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ACTUALIZADO 2013-07-20 AT 18:13:39
Peligroso pop
Carlos Velázquez
ESCRITOR
La lengua más violenta
2013-07-20 18:13:39


En sus últimos tiempos, Julián Garza exhibió una vitalidad y una lucidez sólo comparables a las de Henry Miller hacia el final de sus días. Pero a diferencia del autor de Trópico de Cáncer, que se recluyó en Big Sur, no se atrincheró en su rancho a recapitular sobre los éxitos cosechados durante su vida. Al contrario, le dio la espalda al pasado y comenzó desde cero. Cuando se pensaba que la tradición de la música norestense ya no tenía nada que ofrecer, se situó a la vanguardia al inaugurar una nueva corriente dentro del género: “el corrido posnorteño”.

Originario de Los Ramones, Nuevo León, irrumpió en el panorama de la música norteña junto a su hermano como parte del dueto Luis y Julián. Su consagración como compositor le llegaría en 1973, con la publicación de “Pistoleros famosos”, más no como intérprete. Al grado que la versión más popular de esta pieza es la grabada por Los Cadetes de Linares, el dueto más popular en la historia de esta corriente. Son los mismos Cadetes quienes popularizarían la segunda gran composición del autor: “Las tres tumbas”. Estas dos canciones justifican la existencia toda de Julián. Son suficientes para ingresarlo en el olimpo de la tradición musical norestense. Un lugar qué difícilmente otro creador de historias puede disputarle. En un verso de “Pistoleros famosos” está cifrado todo nuestro devenir: “en los pueblitos del norte siempre ha corrido la sangre”. La clarividencia que esgrima es apabullante. Se convertiría en sino y presagio, maldición y condena. Una habilidad que sólo un compositor de corridos posee.


ACTUALIZADO 2013-01-24 AT 12:00:13
Peligroso pop
Carlos Velázquez
ESCRITOR
R. Moreira me quiere gobernar
2013-01-24 12:00:13


Coahuila vive una crisis de gobernabilidad sin precedentes. Torreón, el segundo municipio más importante del estado, se ha convertido en un paraíso de la criminalidad. Hasta Lolet de Mola se vino a sacar la foto del recuerdo. Y Saltillo, la capital, también vive una cruda ola de violencia.



La política en Coahuila se parece cada día más a la serie Los Tudor: intriga, traición, hermanos incómodos, enfermedad, violencia intrafamiliar. Lucero Davis, viuda de José Eduardo Moreira Rodríguez, culpa al gobernador por la muerte de su esposo; Humberto Moreira, de gobernador a presidente nacional del PRI a productor de mermelada a becario en España; el gobernador disminuido, rumores de que se va y que será suplantado por Jericó; la denuncia de Humberto a Felipe Calderón el pasado mes de diciembre por el caso de La Haya; una orden de aprehensión vigente contra Javier Villarreal, ex titular del Sistema de Administración Tributaria, que se dio a la fuga y de quien ya no se volvió a comentar nada; la bendita deuda, etc. Y todo en tan sólo dos temporadas, es decir: dos sexenios de moreirato. Ay, Coahuila no te acabes.

Por lo anterior, y muchas cosas más, todos, absolutamente todos los coahuilenses quieren mandar al góber por cigarros a Hong Kong. Estamos hasta la papita frita del drama que nos vemos obligados a padecer por parte de la dinastía Moreira. Y por la violencia que supera a cualquier súper producción de Hollywood, a cualquier guerrilla, a casi cualquier guerra. Torreón: "La ciudad más violenta del sexenio [pasado]" es el nuevo epítome que nos rige. Al que me atrevería a sumar que también lo es del entresexenio y del sexenio que comienza. Y ya sabemos qué le espera al que increpe. Sometimiento. Como le sucedió a Miguel Ángel, un joven de alrededor de catorce años que interpeló a Rubén Moreira en la Secundaria Técnica no. 83 y fue reprimido por los guardaespaldas del góber.

Ante la baja de 158 policías de Gómez Palacio y Lerdo, incluidos los titulares, la crisis de seguridad se ha agudizado tanto en La Laguna de Coahuila que Torreón se ha convertido en el paraíso del hurto. Asaltos a bancos, robos a centros de atención de telefonía celular, a financieras, a restaurantes, donde los ladrones se llevan carteras, celulares y joyería, de vehículos, asaltos a transeúntes, secuestros, extorsión, que tienen a la población sumida en el pánico y la defenestración. Que hacen a Coahuila cantar: "No, no, no. Rubén Moreira que no, que no. Ay, por qué. Rubén Moreira me quiere gobernar". Pero el estado y el Estado nomás no consiente.



ACTUALIZADO 2012-08-12 AT 19:19:42
Peligroso pop
Carlos Velázquez
ESCRITOR
Ciudad Travesti
2012-08-12 19:19:42


(LA CIVILIDAD DEL BÁRBARO)

La droga en Torreón ha dejado de ser un asunto de dílers. No recuerdo cuándo fue la última ocasión que compré cocaína. Seguro antes de que estallara la guerra contra el narco. Los estupefacientes siempre han estado aquí. Sin embargo, su presencia nunca ha sido tan significativa. Es admirable la entrega y el ansia de superación por parte de los cárteles. Apenas se registra una jornada violenta histórica en la región, la consigna es que el día siguiente resulte más sangriento. Hasta que alcanzamos la cifra de dieciséis ejecutados en veinticuatro horas. Lo más conveniente era permanecer en casa. Eludir la calle. Pero tengo la convicción de que no debemos permitir que el crimen organizado nos arrebate la ciudad. Así que me fui de parranda.

Cuando aumentan los niveles de violencia, no consigo evitar que me ataquen las pesadillas. Una manifestación del miedo que no me atrevo a concientizar en la vigilia. Tenía frente a mí uno de los meses más decididamente gore que se hayan registrado en la entidad. La semana estaba marcada por dos hechos significativos. El primero es que me encontraba molesto. Siendo honesto, siempre estoy encabronado. Y la verdad desconozco el motivo. No sé si achacarle mi estado de ánimo al calor, al miedo, o simplemente a cómo se lo carga la chingada a todo esto. La diferencia es que en esta ocasión había identificado qué me tenía bien emputado: Salvajes, de Oliver Stone. Me arrastré a la sala porque, creo, el cine significó algo en un momento de mi vida. Todavía recuerdo el misticismo de Mickey y Mallory, aunque para mi gusto la película no resistió tan bien el paso del tiempo. También tenía presente el tratamiento que se otorgó a las drogas en The doors. Y tampoco olvidaba que el director había escrito las versiones para la pantalla de Scarface y Expreso de medianoche. En resumen: taras producto de haber sido adolescente en los noventa.

Estoy acostumbrado a que las cintas me decepcionen, o me aburran, pero no a que me irriten. Lo que más me produjo coraje fue la visión que se ofrece de Tijuana. La alusión al lugar común de que es el paraíso de la criminalidad. La atmósfera ominosa con que la representan. Aspecto que se convierte en el leitmotiv de la trama: el narco mexicano es uno de los males irrefrenables de la actualidad. Sus visos terroristas ponen en riesgo la seguridad de Norteamérica. A lo largo de su historia, el cine gringo ha dirigido, a través de la industria cinematográfica, su encono hacia distintas razas. Pensamos que nunca nos sucedería, pero ahora le tocó su turno a México. Lo que nos lleva al mismo problema de siempre. Para qué se hacen pendejos, si a pesar del gran problema de salud pública en que se ha convertido la drogadicción en este país, siguen como los principales consumidores de nuestros productos. La mayoría de las armas con las que podemos infundirles terrorismo pasan a través de su frontera.



ACTUALIZADO 2012-05-31 AT 15:34:46
Peligroso pop
Carlos Velázquez
ESCRITOR
A savage journey to Torreón
2012-05-31 15:34:46


A SAVAGE JOURNEY TO THE HEART OF THE TORREÓN DREAM OF LIFE

"En los pueblitos del norte siempre ha corrido la sangre", mienta un corrido de Los Cadetes de Linares. En concordancia con los relatos populares, en los últimos tiempos mi ciudad se ha convertido en un referente mundial debido a sus altos índices de criminalidad. En cuanto a las estadísticas, somos una cifra más en el conteo del infortunio. Sin embargo, los sucesos, que causan pánico, inestabilidad social y asesinatos, no han provocado una transformación radical en los habitantes. Sólo un reducido porcentaje de personas han emigrado de la ciudad. Por el contrario, se ha desarrollado una "domesticación" de la violencia. No concibo una fuga masiva por la situación actual que vivimos. Pero sí considero que experimentamos un crack-up que no se rompe. Qué sostiene a estos "pueblitos" del norte. Ante los acontecimientos y la respuesta de parte de la población hacia ellos, surgieron ante mí varias preguntas: qué nos define como torreonenses. En dónde radica el rasgo de identidad que nos une. Qué nos sostiene imantados a una tierra que cada día que transcurre se aleja más y más del ideal primario de supervivencia. Para descifrar a tales cuestionamientos, me propuse indagar en los rescoldos más íntimos del alma torreonense. Emprendí un trayecto enloquecido a través de mi idiosincrasia.

Mi viaje comenzó una madrugada que recibí la llamada de José Alfredo Jiménez, el artista más cabrón del Estado. Eran las cinco AM. Qué reputas haces despierto, me increpó. Veo The wire. Por qué mejor no escribes, continuó. Cuando veo The wire estoy escribiendo, me defendí. Cuando proferí tales palabras me aconteció una epifanía, si se me permite la imagen. Y no trataba en lo absoluto sobre mí. Como desee creer en un principio. Era sobre la ciudad. Comencé a recapitular y descubrí un paralelismo horrorizante entre Torreón y el Baltimore que es retratado en la serie. Vino a mi memoria un diálogo entre dos policías. El Gobierno Federal le declaró la guerra al narco. Una imprecisión, definitoria, calificaría yo, de la realidad mexicana contemporánea. Una pecata minuta que la charla entre oficiales clarifica a la perfección. Uno de ellos sostiene que su combate contra el narcotráfico no es una guerra. "Porque las guerras terminan". Oh, verdad. Entonces, en medio de qué estamos. En qué temporada está Torreón. Esta sutileza, obvia si se antoja, nos revela que la narcoviolencia ha rebasado los niveles de audiencia. The wire sólo tuvo cinco temporadas. Torreón no es The wire. Pero Torreón sí es Baltimore.

Entre las coincidencias descubrí que Baltimore cuenta con el mismo número de habitantes que Torreón: 600 000. Mientras observaba obsesivo por enésima vez los capítulos de The wire, compré toda la serie porque la encontré en oferta, me repetía a mí mismo que los escenarios donde se desarrollaba la trama me eran conocidos. Nunca he pisado Baltimore. Tampoco los rememoraba por una especie de dejà-vu televisivo. No quiero parecer exagerado, u excesivo, pero lo que atestiguaba en la pantalla, eran los mismos platós donde se filma la cotidianidad aplastante de mi ciudad. Y por encima de todo, me resonaban estas palabras de David Simon: "Yo soy totalmente contrario a la prohibición de las drogas. Lo que comenzó como una guerra contra el narcotráfico hace ya varias generaciones se ha convertido actualmente en una guerra contra las clases marginadas, y lo que las drogas no han destruido en nuestras ciudades lo ha destruido la guerra contra ellas". Otra vez, no pretendo sonar mamón, pero una guerra contra las clases marginadas es una definición más exacta para explicar lo que se escenifica en Torreón. En este ranchote, como deduzco se repite en otras zonas de la república, todos los convoys que lo transitan: Federales, Guachos, Grupos Especiales, etc., apuntan sus armas a la ciudadanía en general. Entonces todo se distorsiona, sale de cuadro, se vuelve un ready-made. Y la destrucción es palpable. No es necesario que la enumere.



ACTUALIZADO 2012-03-02 AT 18:49:50
Peligroso pop
Carlos Velázquez
ESCRITOR
Todo narco, todo narco
2012-03-02 18:49:50


Para Blanca Sotos

I read the news today, oh boy: Estados Unidos ha lanzado una advertencia a sus ciudadanos. No viajar a distintos puntos del territorio mexicano. La lista la conforman dieciocho estados. Entre los que se incluye Coahuila, por supuesto. Aunado a esto, un secreto a voces desde hace tiempo se ha hecho público: el gobernador recién electo, Rubén Moreira, se encuentra aquejado por el cáncer. Tal aseveración ha desatado rumores de distintos tipos por parte de empleados gubernamentales. Esta circunstancia personal ha concientizado al dirigente a tal grado que se asegura nos viene encima una intensa campaña de salud. Acción que no me parece negativa. Somos una de las entidades con mayor índice de obesidad (entre la que me incluyo). La población que no nos merma la guerra contra el narco está siendo disminuida por la hipertensión. Entonces, no estamos instalados en la incertidumbre, sino en lo que le sigue. Así es la vida en tiempos preelectorales en la región.

La Comarca Lagunera está caliente. Tras el atentado que sufrió en el mes de febrero el director del Cereso de Torreón, Alejandro Chacón Sánchez, dieciocho días después, se produjo una huelga por parte del personal al interior de la prisión. Suceso que inquietó a la comunidad. La mesa estaba puesta para que se produjera un motín como el que vivió el penal de Apodaca hace unos días. Para fortuna de todos, la situación se normalizó a las cuarenta y ocho horas.

La noticia de un atentado contra un jefe de policía o director de una cárcel es un acto grave. Sin embargo, pierde importancia debido a la rapidez con que se suceden los hechos delictivos. Mi preocupación latente de las últimas dos semanas es que han tirado varios cadáveres a una cuadra de mi casa. El mercado Soriana se ha convertido en el sitio predilecto de algún cártel para abandonar ejecutados. El centro de la ciudad se ha transformado en el escenario favorito del narco. Una nueva modalidad que se ha adoptado apenas de unos meses a la fecha.

Brincar muertos no es novedad. Además de los distintos enfrentamientos en los que me he quedado atrapado entre el fuego cruzado, viví una ejecución a quemarropa en el 2010. La fecha nunca la voy a olvidar. Fue el siete de octubre. Lo recuerdo con precisión porque ese día Fernando Vallejo ofreció una cátedra en Torreón. Después del evento, Fernando se marchó a su hotel con un muchachito. Un efebo del hampa que ahora trabaja para el Cartel de Sinaloa. Un grupo de amigos nos apiñamos en un café, ni siquiera era un bar o una cantina. Un sujeto armado entró al lugar y vació toda la carga de una nueve milímetros sobre un empleado de la Comisión Federal de Electricidad. Algunos de mis compas tuvieron la experiencia de su vida. Yo no. Después de huir del lugar antes de que arribara la policía, llegué a mi casa. Había fiesta. Me tomé unos whiskeys y cogí hasta las cinco de la mañana.

Se hace de noche en mi jardín del edén. Podría observar la carne fresca molida salir de la trituradora como en el video de The Wall de Pink Floyd sin inmutarme. Lo que me preocupa es mi hija de cinco años. No deseo que tenga un encuentro con un ejecutado. No me malentiendan. No pretendo que nunca haga contacto con la muerte. Eso lo experimentará cuando algún miembro de la familia muera. Mi temor nace al pensar que se enfrentará con una víctima o protagonista directo de la violencia que se vive en este país. Ese día le arrebatarán la poca inocencia que aún preserva. No han sido contadas las ocasiones que llega a casa y me suelta estás palabras: "Papá, se armaron los chingazos". Una frase que repite cada ocasión que escucha una sirena o escucha una granadazo o una ráfaga.



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