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ACTUALIZADO 2011-11-28 AT 18:11:30
La cueva de Montesinos
Emiliano Ruiz Parra
REPORTERO
La puta y el escritor
2011-11-28 18:11:30


Los fundamentalismos y los integrismos atraviesan por un reavivamiento: Osama Bin Laden tiró las Torres Gemelas en nombre del islam y George W. Bush respondió con un bombardeo sobre Afganistán llamado "Justicia infinita"; mujeres que residen en Europa reivindican su derecho a encerrarse dentro de un burka y los republicanos del Tea Party amagan con desterrar la evolución de la enseñanza escolar. Pero nuestros tiempos también han sido fértiles para las distintas manifestaciones del secularismo, desde su faceta más suave: la del creyente que sólo acude al templo si hay boda o bautizo, hasta la del ateo, que afirma que Dios es un invento de vivales que encontraron un lucrativo modus vivendi. De los títulos más recientes con los que se ha enriquecido la biblioteca del ateísmo (en donde destacan Dios no es bueno, de Christopher Hitchens y Tratado de ateología de Michel Onfray) uno de los más seductores es La Puta de Babilonia, del estupendo escritor colombiano-mexicano Fernando Vallejo, que recibió el sábado 26 de noviembre el premio Lenguas Romances 2011 en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.



La Puta de Babilonia dirige su artillería contra la Iglesia Católica, pero le sobra munición para atacar al judaísmo, al islam y a las iglesias protestantes. Masacre tras persecución, La Puta de Babilonia (nombre con que los albigenses designaban a la Iglesia de Roma) describe las atrocidades y la venalidad de una institución que, dice Vallejo, creció gracias a sus alianzas con los poderosos, desde Constantino en el siglo IV hasta Hitler en el siglo XX, cuya política de exterminio judío fue tolerada por Pío XII. En sus páginas se narra los crímenes de los papas, los genocidios de las Cruzadas, las quemas de brujas, las bulas que justificaron la esclavitud -la última de 1866- y la servidumbre de las mujeres y los indígenas. Pero el libro no es, afortunadamente, sólo una historia negra de la Iglesia católica. Es una crítica erudita a las religiones semíticas desde su origen en Israel: Vallejo afirma que no existieron ni Moisés ni Josué, que la cautividad en Egipto y el exilio nunca ocurrieron y, citando a historiadores contemporáneos, dice que "la historicidad del Rey David 'no es mayor que la del Rey Arturo'".



ACTUALIZADO 2011-11-21 AT 15:12:27
La cueva de Montesinos
Emiliano Ruiz Parra
REPORTERO
AMLO
2011-11-21 15:12:27


Tuve la suerte de cubrir un tramo importante de la campaña de Andrés Manuel López Obrador en 2006. Pocos años como aquél han sido tan fructíferos para hacer periodismo. La efervescencia social se expresaba en las calles, ya a través de movimientos sociales como el de Oaxaca y Atenco, ya por medio de las expectativas que despertó la candidatura de López Obrador. Seguirlo en las plazas del país equivalía a pulsar la emoción de miles que viajaban desde sus pueblos hasta las cabeceras municipales para escuchar a un hombre que iba con un mensaje de esperanza, de purificación de la vida pública, de solidaridad con los pobres.

Cierto: sus mejores plazas estaban en el sur y el centro, pero también llenó Monterrey y no le fue mal en Guadalajara. Y es cierto también que no pocas de esas plazas atiborradas se nutrían del acarreo. Recuerdo particularmente la masiva concentración de Torreón del 15 de junio de 2006, en donde la policía local reportó la movilización de 700 autobuses. Los gastos del mítin corrieron a cargo de un ostentoso empresario y candidato a senador llamado Francisco León, que fue levantado en febrero de 2007 y que continúa desaparecido. Acarreos aparte, la campaña de AMLO fue sin duda una insurrección electoral que movilizó a casi 15 millones de votantes el 2 de julio de 2006.



ACTUALIZADO 2011-11-07 AT 16:47:24
La cueva de Montesinos
Emiliano Ruiz Parra
REPORTERO
Estampas de Bergen
2011-11-07 16:47:24


BERGEN, Noruega.- El sol bañaba el patio de la Escuela de Economía de Noruega con sede en esta ciudad el jueves 3 de noviembre. La luz era tanta que el fotógrafo de la Fundación Rafto, acostumbrado a los cielos grises, tardó algunos minutos en encontrar el ángulo ideal para la foto de grupo. "Esto es excepcional en Bergen", me dijo una directiva de Rafto, feliz porque desde el miércoles se habían despejado las nubes y habían abierto el cielo a los rayos tibios. En la ciudad más lluviosa de Europa —cuando menos eso dicen los locales— tener dos días de sol era un extraño privilegio.

Frente al lente del fotógrafo se acomodaba un grupo de defensores de derechos humanos de todo el mundo: el ganador del premio Rafto 2011, Frank Mugisha, en representación de Sexual Minorities Uganda (SMUG); el premio 2010, el obispo mexicano de Saltillo, Raúl Vera López; la azerbaijana Malahat Nazibova, 2009; el premio 2008, el pastor evangélico congolés Bulambo Lembelembe Josué; los representantes de la organización de Dalit o Intocables de la India, 2007; la uigur Rebiya Kader, 2004; el saharaui Sidi Mohamed Daddach, 2002; la premio Nobel de la Paz 2003, la iraní Shirin Ebadi, premiada por la fundación Rafto en 2001; el húngaro Peter Molnar, galardonado en 1989, y el estonio Trivimi Velliste, que recibió el Rafto en 1988.



Frank Mugisha.Foto tomada de www.rafto.no.

La Fundación Rafto premia cada año a un defensor de los derechos humanos. Aunque el premio económico es modesto, 10 mil dólares, su mérito es visibilizar los esfuerzos de los defensores de derechos humanos en lugares tan lejanos como Vietnam, Eritrea, Uganda y México. Creada a la memoria del economista y activista noruego Thorolf Rafto (1922-1986), que padeció las torturas de la policía soviética en Checoslovaquia, se dedicó en sus primeros años (1987-1989) a premiar a disidentes de países anexados al imperio soviético. A partir de 1990, tras la caída de la cortina de hierro, amplió su alcance al resto del mundo. Su primera premiada fuera de Europa del Este fue la birmana Aung San Suu Kyi, que recibiría en 1991 el premio Nóbel de la Paz. Otros tres de los galardonados por el Rafto también recibieron el Nóbel: la iraní Shirin Ebadi, el timorés José Ramos Horta y el surcoreano Kim Dae-jung. Durante años, la Fundación Rafto funcionó sin un solo empleado asalariado. Aun ahora impresiona lo que hacen con sólo cinco personas de tiempo completo y tres de medio tiempo que reciben un sueldo. El trabajo de la familia Rafto, como se llaman a sí mismos, es preponderantemente voluntario.



ACTUALIZADO 2011-10-24 AT 11:06:08
La cueva de Montesinos
Emiliano Ruiz Parra
REPORTERO
Cuatro puntos por la paz
2011-10-24 11:06:08


Frente al derramamiento de sangre que ha traído la guerra contra el narcotráfico, pongo a consideración de los lectores cuatro puntos para recuperar la paz.



1. Ruptura de pactos entre el poder político y el crimen organizado, y castigo a los culpables y cómplices

Felipe Calderón nos ha puesto frente al falso dilema de optar entre la guerra o los pactos: si no aprobamos su estrategia de militarizar la política antidrogas, entonces estamos por pactar con criminales. Este discurso presidencial es un engaño: el derramamiento de sangre en México se debe justamente a la permanencia de los pactos entre las autoridades y el crimen organizado. El propio Calderón ha afirmado que se lanzó a la guerra porque había encontrado una metástasis, es decir, una infiltración prácticamente total del narcotráfico en el aparato del Estado.

Con el tránsito de un régimen presidencialista (PRI-Gobierno hasta 1997) a uno semi-presidencialista (1997-hoy), la presidencia de la República perdió el monopolio de la negociación con los principales grupos criminales: cada entidad federativa y cada municipio, y en general cada nivel institucional con atribuciones de seguridad pública, procuración o impartición de justicia, se sintió libre de establecer o admitir pactos con diferentes bandas del crimen organizado y concesionar los derechos a transportar y vender droga, además del abanico de actividades criminales que explotan a los ciudadanos. (Eso no significa, por supuesto, que el crimen organizado no pueda infiltrar o cooptar individualmente a policías o soldados, pero la importancia de esta cooptación es mucho menor frente a los pactos criminales en las cúpulas).

Frente a la metástasis criminal, la salida jurídica, política, social y moral correcta era juzgar y castigar a las autoridades corruptas y cómplices que habían pactado con los narcos. Pero a cinco años de que se iniciara la "guerra contra el narcotráfico" no hemos visto una sola autoridad juzgada por el delito de pactar con el narco. Ni un ex presidente de la República, un ex secretario de Estado, un gobernador o ex gobernador, alcalde, ni siquiera un regidor ha sido sometido a juicio político o llamado a cuentas para que responda por complicidad. Los pactos con el narco no sólo no han sido tocados: se les ha premiado y estimulado con la impunidad.

Por el contrario, Calderón optó por combatir el narcotráfico justo en donde esos pactos no tienen lugar: en sus brazos armados, los que ejecutan las órdenes. El presidente de la República sacó a las calles al Ejército mexicano, un ejército formado mayoritariamente por campesinos pobres y desmoralizados, a combatir a otro ejército: al que se ha formado por sicarios y pistoleros también pobres que, por perversión, desesperación, falta de alternativas y desempleo se unieron o fueron reclutados por las fuerzas lúmpenes de la delincuencia organizada.

No los estoy equiparando moralmente: el soldado del ejército mexicano -tenga convicciones nacionalistas o no- rechazó la opción de delinquir que probablemente le ofrecía la delincuencia organizada, mientras que el sicario o pistolero de las bandas de narcos ejecuta conscientemente órdenes criminales. Pero hay dos características que comparten el pistolero y el soldado: ambos son pobres y jóvenes: están involucrados en una guerra que es el resultado de pactos y corruptelas decididas muy arriba de ellos: una guerra sin reivindicaciones políticas o ideológicas, sino una disputa por los beneficios  de actividades criminales. Ambos son asalariados, son jóvenes y, muy probablemente, no tuvieron oportunidades ni de estudiar ni de incorporarse a una economía justa que les ofreciera algo mejor que portar un arma (y matar con ella). Calderón se enorgullece de sus agallas para enfrentar al narcotráfico. Pero hay que reclamarle que esas agallas no le alcanzaran para enfrentar a los narcopolíticos y narcoempresarios de cuello blanco. Su estrategia fue golpear hacia abajo en lugar de hacia arriba: lanzar a jóvenes pobres a enfrentar otros jóvenes pobres.

Por esa razón una demanda fundamental de un programa para detener la guerra es castigo a los que pactaron y a los que toleraron los pactos. Ex presidentes y ex secretarios de Estado, gobernadores y ex gobernadores, alcaldes y ex alcaldes, legisladores y ex legisladores que hayan pactado o tolerado pactos deben responder frente a la justicia. Contrario a la estrategia de Calderón hay que atacar hacia arriba antes que hacia abajo. Y el primer sujeto a juicio debe ser el propio Felipe Calderón, que dispuso del diagnóstico de la metástasis institucional y fue omiso frente a ella. El éxito de la delincuencia organizada depende de su complicidad con las autoridades. Cuando esas autoridades dejen de gozar de impunidad y los pactos se rompan, entonces empezaremos genuinamente a ver un debilitamiento del crimen. La investigación a Calderón debe deslindar también si las violaciones a derechos humanos cometidos por elementos de las fuerzas armadas contaron con su aprobación.



ACTUALIZADO 2011-10-14 AT 14:21:19
La cueva de Montesinos
Emiliano Ruiz Parra
REPORTERO
Carta a Granados Chapa
2011-10-14 14:21:19


Hace un par de años, apenas te recuperaste de una dolencia que parecía definitiva, retomaste la escritura diaria de Plaza Pública y dijiste que sólo te retirarían la enfermedad o la muerte. Hoy, 14 de octubre de 2011, te despediste de tus lectores con un lacónico: "esta es la última vez que nos encontramos. Con esa convicción digo adiós".

Me invade una profunda tristeza. Nunca te conocí ni estreché tu mano. Lo más cerca que estuve de ti fue en el corral de la ignominia de la Cámara de Diputados, quizá en 2007, a donde ibas a hacer crónica parlamentaria y reporteabas como cualquier periodista raso, de este lado de la barda. Aun cuando trabajabas a unos metros de mí nunca me animé a interrumpirte y decirte cuánto te admiraba. Yo trabajaba para Reforma y me daba el atrevimiento de mandar, igual que tú, la crónica del día, ¡no hace falta decir que sólo publicaban la tuya!

Cuando yo nací, tu Plaza Pública ya tenía cinco años. Recuerdo haberla leído por primera vez en El Financiero, en una época dorada de ese periódico. Después se mudó a Reforma, en donde permaneció hasta el final. Te ocupaste de todos los asuntos de interés público en México: de los partidos políticos a la Iglesia católica, la política exterior, el petróleo, las telecomunicaciones (creo que no caíste en la tentación de escribir sobre futbol). Detrás de tus análisis se transparentaba una investigación acuciosa y fuentes directas. Historiador, proveías el contexto o la biografía de tus personajes; analista, descubrías los resortes y las pasiones detrás de la escenografía; moralista –en el mejor sentido— sancionabas las fechorías, los robos y las mentiras de los poderosos; escritor, tus columnas eran unitarias, fluidas y agradables. Te diste el lujo de exigirle a tus lectores que recurrieran al diccionario y buscaran palabras como lenidad, hesitación, munificencia.

No pienso que te extrañaré sólo porque tus columnas eran capaces de ordenar la realidad y de explicarla; tampoco porque generalmente coincidía contigo. Extrañaré tu Plaza Pública porque era, cada día, una lección de independencia, de coherencia y de sentido del deber. Te creíste tus batallas, las batallas de la izquierda, por llamarlas de alguna manera genérica, aunque debería decir, las batallas de los débiles. No habría suscrito todas ellas –me parece que te faltó ser más crítico con López Obrador— pero eso es irrelevante. Tú ostentaste algo que se ha perdido: el compromiso. Y por eso creo que el mayor vacío que dejas es moral. Yo, que tengo cuarenta años menos que tú, crecí en un mundo seducido por el cinismo y la desesperanza. A los más desfavorecidos se les impuso la obligación de sobrevivir y sabemos que la lucha por la sobrevivencia degrada la moral y la cultura. A los que nacimos en medio de privilegios –privilegios modestos, si quieres, pero liberados de esa lucha por sobrevivir— se nos dijo que era pérdida de tiempo tratar de rectificar el mundo: no hay salvación, el hombre es lobo del hombre (y de las mujeres) y pensar que otro mundo es posible era una imperdonable ingenuidad. Nos acomodamos a ese pesimismo con toda comodidad, arropados por una expansión económica nunca antes vista en la historia y por el mayor crecimiento de las clases medias en los países subdesarrollados. Al final del día parecía que la promesa neoliberal nos proveía de un crédito para un departamentito, un iPhone, unos tragos el fin de semana.



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