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La resistencia del vinil
Hay un antes y un después en la historia de la música, marcados por el momento en que ésta dejó de ser una experiencia que se podía disfrutar en vivo y se convirtió en un producto de consumo. Junto con el cine, se trata de una disciplina artística que se volvió popular porque permitía su reproducción, porque se podían “poseer” las piezas a través de formatos. En el caso de la música, el disco de vinil fue el primer formato comercial que apareció en los años cuarenta; llegaron los formatos de 7 y 10 pulgadas para sencillos y obras de corta duración, y los discos de 12 conocidos como LP, que comprenden álbumes completos. De manera que el vinil lleva en el mercado casi 70 años, y no existe aún un formato que haya superado su experiencia sonora. Aunque el oído parece no darse cuenta, a diferencia del audio compreso en los medios digitales, los formatos análogos como el vinil permiten la reproducción completa del sonido que viaja a través de ondas, hasta las frecuencias más complejas. Y eso se siente en el cuerpo y densidad del sonido.

Desde hace unos diez años, se habla del regreso del vinil, luego de que desapareciera de manera comercial por los altos costos de producción y envíos, así como por la practicidad y economía que representó el CD y después el MP3. Pero el formato nunca se fue. A pesar de las nuevas tecnologías, los puristas del sonido que conforman la industria (artistas, compañías discográficas y público) lo han mantenido vivo. En países como Estados Unidos, Inglaterra o Alemania se siguió pensando en vinil, aunque sólo en nichos como el de la música clásica, la experimental, el rock y algunos circuitos del metal.

Ahora vivimos la extinción del CD como formato de audio y la proliferación y difusión de la música a través de medios digitales intangibles como MP3, FLAC, WAV y los servicios de streaming. En la lucha de lo análogo contra lo digital se ha olvidado lo que de verdad está en juego. En cómo la proliferación “gratuita” de los formatos digitales ha transformado las prácticas de consumo, se ha perdido el sentido de pertenencia de la música como objeto. Su inmediatez provocó que el público dejara de considerar necesaria la inversión para disfrutarla. Esto ha hecho que la pugna por la calidad se convierta en una analogía de “pagar o no pagar”. Las grandes discográficas han encontrado su manera de seguir adelante con campañas de publicidad y otras prácticas que poco tienen que ver con una experiencia estética o artística.

Hoy el vinil está reviviendo y poniendo en debate la relación de la música con los objetos tangibles, esos pedazos de la obra del artista, tal como en su momento, y en menor medida, lo hicieron el casete y el CD. El “regreso” del vinil —que se dio primero dentro de la industria independiente— es un gesto romántico y purista que no compite contra los formatos digitales en ventas, puesto que su producción sigue siendo mínima. El vinil de hoy es un acto de resistencia simbólico. Su lucha no es contra lo digital sino contra las prácticas de consumo, en las cuales se ha perdido la noción de que la música es un trabajo artístico, una inversión, la obra de un creador que sobrevive gracias a su arte. El vinil está de vuelta para hacer sonar su revolución.
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