Sábado 1 de noviembre de 2014 
SÍGUENOS:
ESTILO DE VIDA
Arte
Por Diego Petersen Farah
DICIEMBRE 2012
MÁS ESTILO
  LIBROS  
La sangrienta vuelta de tuerca
Angela Carter reformuló los cuentos de hadas desde el feminismo. >Leer más

  CONAPRED  
Bienvenido a México
Lucas da Costa Maciel fue discriminado por ser extranjero. >Leer más

  EN LA MESA CON  
Gaby Cuevas
De esta senadora se podrán decir muchas cosas, menos que es una monja. >Leer más

  ARTE  
Bogotá contemporánea
Regresa una de las ferias de arte más consolidadas en Latinoamérica. >Leer más

  POSTAL  
Poemas para combatir la calvicie
Viñeta de Alejandro Magallanes para Gatopardo 155. >Leer más

  AUTOS  
Selectivo lujo británico
El principal sello de la marca es el lujo británico de la realeza. >Leer más

  PROTAGONISTA DEL MES  
El genio detrás de Balenciaga
Alexander Wang lanzará colección para H&M. >Leer más

  TRAGOS  
Joya de la familia
José Cuervo presenta edición especial con obra de Enrique Rosas. >Leer más

Nosotros somos los marranos
Oh, galletas de animalitos,
tan corrientes como mis amiguitos
.
"Poema" de Trino, cuando iba en la preparatoria.
Si un peyote es capaz de matar y al mismo tiempo torcer a la más fresa de las fresas, la Kikis Corcuera, para enseñarle los placeres de la vida; si lo más famoso de Sahuayo ya no son los tacos sino los zombies; si una luchadora topless compite con un policía de a pie por el amor del Santos es porque Jis y Trino son unos genios. La explicación es así de sencilla, pero si este par de moneros son lo que son es también porque son producto de una generación que los cobijó, los empujó, les rio sus chistes y sobre todo los juntó, pues ellos no podían ser más diferentes. Trino, conocido en el IFE como José Trinidad Camacho Orozco, es un tapatío de raíces alteñas. Su familia materna es de Atotonilco, Jalisco, un pueblo que antes era famoso por sus "naranjitos en flor" y sus muchachas como "angelitos de Dios" y hoy es productor de los mejores tequilas del país. Los de Los Altos son, como diría Agustín Yáñez en la inmortal primera frase de Al filo del agua, "pueblos de mujeres enlutadas" y los alteños son los guardianes de la tradición ranchera y cristera, reaccionarios por naturaleza, codos por convicción y negociantes por supervivencia. Son buenos bebedores y mejores jugadores.

Trino creció en Guadalajara, educado, o por lo menos matriculado, en escuelas jesuitas. La contradicción entre la cultura alteña y la libertad absoluta de las escuelas ignacianas de finales de los setenta y principios de los ochenta no era cosa menor, y Trino lo mostró rápidamente en los años de preparatoria en lo que fue su primera publicación: El caldito, un hoja tamaño oficio color azul doblada a la mitad e impresa en mimeógrafo que él mismo dibujaba, escribía, imprimía y vendía, al principio por 50 centavos y pocos meses después a un peso gracias a una afortunada combinación de inflación y éxito.

Jis, acrónimo de Jose Ignacio Solórzano, es la otra cara de la moneda de la sociedad tapatía. Hijo de un científico, creció en el seno de una familia liberal y se educó en una de las pocas opciones de escuelas laicas y bilingües de la ciudad, la American School. José Ignacio creció en una burbuja, alejado y protegido de todo el mal que generaba la imposición de la moral tapatía. A pesar de haber nacido en Guadalajara, Jis nunca supo lo que era rezar el rosario, llevar flores a la Virgen o tener que confesar a un cura sus pecados juveniles ni su pertenencia al club de la mano.

La educación liberal no logró quitarle lo tímido. En la secundaria se encontró con un alma gemela, Roberto Rébora, que entonces firmaba como Betini, y juntos emprendieron la tarea de hacer caricaturas de todos sus compañeros, con tal éxito que fueron impresas en el anuario al lado de cada uno de los graduados de secundaria. Visualizados a sí mismos como caricaturistas, a los 16 años no dudaron en inscribirse y apersonarse en un concurso de caricatura en Cuba, donde conocieron a Naranjo. Roberto se dedicó a la pintura y la edición de libros artesanales en su Taller Ditoria. Jis hizo de los monos su vida.

En Guadalajara fue
donde yo me enamoré.
Julio Haro
La Guadalajara de los ochenta es una ciudad en crisis. Lo había perdido todo: su identidad, su recato, su autoestima y hasta la figura. La ciudad armoniosa y planeada a detalle de un millón de habitantes se convirtió en una mancha urbana llena de caseríos dispersos, arquitectura horrible y culturas diversas. Los años setenta fueron convulsos para la Perla de Occidente: la guerrilla urbana, la confrontación de la clase política y una generación de juniors más dispuestos a seguir la ola que la empresa cimbraron a Guadalajara desde sus cimientos. El modelo de gobernanza que había permitido el desarrollo acelerado de la ciudad (una mesa de decisiones que compartía el gobernador "revolucionario" en turno, con el cardenal, los empresarios y los representantes de las buenas conciencias) se hizo añicos. Los jóvenes, ricos, pobres y clasemedieros, se negaron, por distintas razones, a continuar con una forma de vida que los axifiaba. En medio de su crisis de identidad, Guadalajara no crece: engorda. El desarrollo urbano se sale de madre, el orden se pierde, los liderazgos se apocan, las Chivas se sumen en la mediocridad y el Atlas se va a segunda. Al mismo tiempo que la Perla expulsa a muchos de sus mejores talentos ("como una puerca vieja que devora a sus hijos", diría Fernando González Gortázar), la migración de los estados vecinos hacia Guadalajara crece aceleradamente. Eso que en su momento se vio como una tragedia fue en realidad el caldo de cultivo de una generación.

¡Ay!, no me hallo. No, no me hallo.
Julio Haro
Las escuelas de comunicación son un invento de los jesuitas. La primera fue en la Ibero, en el DF, y pocos años después abrió la del Iteso, en Guadalajara. Lo gelatinoso del objeto de estudio, el abordaje reivindicativo del fenómeno de los medios, los resabios de una revolución fallida y la crisis del modelo de profesiones liberales convirtieron a las escuelas de comunicación en resumideros de intereses. Todo aquel que no se hallaba, que no encontraba su lugar en la nueva sociedad, buscaba refugio en ellas. Roqueros, poetas, cineastas, pintores y moneros terminaron encontrando ahí un espacio: entre el montón de "extraños" todos se sentían normales. En septiembre de 1982 salió a la luz el primer número de Uno no es ninguno, una revista estudiantil de la escuela de Comunicación del Iteso. El tiraje era escaso y la distribución mano a mano. Su gran virtud fue convocar a una generación de creativos que pululaban en la escuela. Fueron sólo tres números en los que Falcón (tamaulipeco), Jabaz, Trino y Jis, como moneros, y Antonio Márquez, Toñimex (guanajuatense); Enrique Blanc; Alejandro Rizo; Rodolfo el Che Bañuelos (todos ellos a cargo de los textos), entre otros, consiguieron generar tal repudio a la publicación ("lo que ahí se escribe no es digno de estar ni en las paredes de los baños" gritaron las autoridades), que llegaron a pensar que aquello tenía sentido. El Iteso prohibió que el nombre de la universidad saliera en la publicación por considerarla indigna. En una solución muy jesuita: la revista fue expulsada de la universidad, los autores no.

Reforzados por Julio Haro (sinaloense), quien después sería el vocalista y letrista de El Personal, y nuevos moneros y escritores como José Luis García, Josel (defeño); Carlos Sánchez, Esegé (defeño); Paco Navarrete; Carlos Reynals; el Infeliz, y Postof, entre otros, la aventura editorial dio un paso más en mayo de 1983 para convertirse en Galimatías, una revista absolutamente irreverente que catapultó a esta generación. Hablaron sin tapujos de poder, sexo y drogas; se rieron del Papa y de la Iglesia; del presidente de la República y de la República del presidente; del condón y la religión, de todos los intocables de aquella época y de ellos mismos. Mientras en la ciudad de México el cartón seguía atado a la reivindicación política, la generación Galimatías reivindicaba el humor por el humor. Impulsado por el éxito de la revista y el momento creativo, Guillermo del Toro lanza en octubre de ese mismo año, con el mismo formato y papel, la revista Cáspita, un espacio dedicado a la historieta. Carlos Monsiváis los "descubrió" y publicó un amplio reportaje sobre Galimatías en La Cultura en México, el suplemento cultural que entonces se publicaba en la revista Siempre!. Los moneros de Guadalajara cobraron fama nacional.

El éxito, que llegó demasiado rápido, terminó por matar a Galimatías. En el número 5, el galimate del mes fue el paro obrero: un desnudo masculino a doble página con el falo erecto y un casco de minero por única vestimenta. El escándalo fue mayúsculo, la provocación insuperable, el choque de egos inevitable y la muerte de la revista también: después de eso, cualquier cosa que publicaran parecería ligera, sosa y poco atrevida.

Más vale cholo
que mal acompañado.

Galimatías, núm. 3.

El rápido ascenso y caída de Galimatías puso a los moneros en la vitrina. Radio Universidad de Guadalajara, que de la mano de Carlos Ramírez se había transformado de una estación de música clásica en una de cultura contemporánea, abrió la puerta no sólo al rock sino al humor como género de crítica. La Pitaya Ye-ye con Trino, Octavio Limón y Luis Usabiaga (guanajuatense) fue el espacio de la escatología y la reivindicación de lo diferente y puede presumir de ser el único programa que murió al aire. El festín de los marranos, con Trino y Julio Haro como pilares, se rio de todo, comenzando por la propia crisis que vivía en ese momento la Universidad de Guadalajara. Mientras los líderes universitarios pelean el control de la Casa de Estudios en una guerra de desplegados (un gran avance, pues apenas 20 años antes lo habían hecho a balazos), los marranos crean la radionovela Rectoría: la pasión tras el poder, donde se burlan de todos, incluso del rector.

Invadidos por el tono de humor e irreverencia, Julio Haro, Andrés Haro, Óscar Ortiz, Pedro Fernández y Alfredo Sánchez crearon El Personal, un grupo musical que mezcla ritmos latinos como la cumbia y el bolero con reggae y rock. La letras de Julio Haro, llenas de humor y arquetipos tapatíos, se convierten en himnos generacionales. "Niño, déjese ahí", "No me hallo", "La tapatía" suenan en las fiestas privadas, pero nunca en la radio.

Magú invitó a Jis, Trino y Falcón en la última etapa de Unomásuno y luego a La Jornada. La página La Croqueta: Humor Perro se volvió un dolor de cabeza para los editores: la irreverencia, la escatología y las drogas resultan temas complejos, incluso para los periódicos más liberales de la ciudad de México.

La mamá del Abulón, primero como revista independiente y luego como suplemento del periódico Siglo 21 fue, sin desearlo, un espacio de confrontación generacional: mientras los empresarios lo perseguían, sus hijos lo coleccionaban.

Estaba un día el Santo rasurándose, cuando...
Trino, Historias paralelas.
El ambiente estaba listo para el gran parto. Trino había publicado en el semanario Paréntesis una tira de Historias paralelas que en el primer cuadro empezaba: "Estaba un día el Santo rasurándose (por encima de la máscara, claro) cuando..." Ding, dong. Llegaron unos niños jodones a su casa a tirarle carrilla (hoy diríamos hacer bullying y serían motivo incluso de una demanda). Los niños no gritaban "Santo, Santo", sino "Santos, Santos", como decían en los barrios de Guadalajara y seguramente también de Atotonilco. En La Croqueta, entre las páginas del suplemento La Cultura en Occidente, en El Occidental de Guadalajara, el Santos comienza a interactuar con "el Cabo y el jefe de la policía". En La Jornada, Jis le había dado vida a la Tetona Mendoza, no como luchadora, sino simplemente como un personaje que representaba una madona, la mujer fuerte que con sus grandes tetas domina el mundo. En una presentación de la revista La mamá del Abulón le preguntaron a Jis si la Tetona era alguna fijación, a lo que respondió tranquilamente: "No, es mi hermana".

Llegó el día de enfrentar a los personajes. La Tetona le traía ganas al Santos y viceversa. En una técnica totalmente inusual, Jis y Trino comenzaron a hacer una historieta conjunta, pero no a cuatro manos, sino como dos solistas en diálogo. Trino hacía los primeros cinco cuadros, en los que planteaba el tema y el conflicto; Jis retomaba la trama y fugaba la historia a lugares insospechados; Trino aterrizaba y complicaba la anécdota, tejiendo sobre las fugas de Jis, quien a su vez concluía de manera inesperada. Al final, una serie de solos, variaciones sobre el mismo tema, finales diferentes, humor construido sobre el humor y personajes disparatados: un peyote perverso, unos zombis imbéciles, un gamborimbo punketo, una niña fresa con alma de prostituta. El Santos y la Tetona eran el jazz llevado a la tira cómica.

Nosotros somos los marranos,
nos divertimos como enanos.

Julio Haro
Hace unos años, Carlos Monsiváis me preguntó cómo se podía explicar que Jis y Trino, los más escatológicos y libres de los moneros mexicanos, hayan surgido en la ciudad más conservadora de México. La ciudad que más curas y monjas forma en el mundo, sólo después de Roma; la ciudad de los cardenales fuertes y metiches; la ciudad que rechazó, por puro miedo, un congreso homosexual. Pero si bien todo eso es cierto, también lo es que Guadalajara siempre ha tenido una veta liberal y contestataria, una pequeña élite intelectual que en el siglo XIX y XX ejerció la función de equilibrar a la sociedad. En el Santos y la Tetona Mendoza se combinaron los dos mundos, lo más ranciamente tapatío con lo más abierto de una sociedad que dejó de ser provinciana a fuerza de sus propios fracasos pero también de sus propios impulsos. Jis y Trino no se explican sin la convivencia con grandes talentos que llegaron de fuera, Manuel Falcón, Julio Haro, Josel, Toñimex, Luis Usabiaga, Alfredo y Carlos Sánchez, pero tampoco sin una sociedad que les rio y aguantó todo (o casi todo), incluso que siendo tan marranos tuvieran tanto éxito.
LO MÁS LEÍDO
Alianza entre Vacheron y el Castillo de Chapu...
Luego de tres décadas de escritor subterráneo...

Esta venta especial de Victoria 147 impulsa a...

COMUNIDAD
Copyright © 2010  -  www.gatopardo.com