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La sencilla libertad de echar un trago sin que nadie te joda, a cualquier hora, en cualquier lado, es una de esas estúpidas razones por las que el escritor Julián Herbert siempre volverá a Berlín.
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Berlín cumple el sueño de cualquier ciclista neurótico: extensa, abierta, segura, con poco parque vehicular y con carriles y normas de ciclismo perfectamente establecidos.
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3
Alemania es tan rica, tan poderosa, tan estable que hasta los anarquistas se han vuelto pequeñoburgueses.
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Una suerte de falsa reja marca la frontera entre los barrios Mitte y Wedding. No hace falta un guía de turistas para saber que es el recuerdo material de que una vez, hace más de veinte años, Berlín tuvo el espinazo partido por un muro.
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5
Los parques abiertos abundan en Berlín: predios arbolados donde -ilustrada y gloriosamente- SÍ-SE-PERMITE-PISAR-EL-CÉSPED.
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"En esta ciudad nadie jamás se roba nada", dice Julián Herbert. Hace unos días olvidó su laptop sobre el césped del Volkspark Friedrichshain. Volvió por ella dos horas después y la mochila seguía intacta.
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Ahora lo que rifa es la revolución Banana Republic: el Café-Commune, los sótanos de salsa, el arte callejero de celebridades, el MyFest (inventado por el gobierno y que ha transformado protestas anarquistas en pedas carnavalescas).
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8
"Berlín es, ante todo y sobre todo, un mirador del cielo. Ésa es otra de las razones estúpidas por las que siempre volveré", dice Herbert.
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9
"Nuestro avión despegará dentro de menos de doce horas. Pienso en mis últimas palabras 'Espero verte pronto'. Ésa es la única frase con la que puedo despedirme de Berlín. Nunca voy a poder decirle adiós".
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