Mircoles 1 de octubre de 2014 
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Una casa para los migrantes
POR ALEX DORFSMAN
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septiembre 2011
Solalinde
En tan slo cuatro aos, Solalinde  se  convirti en una de las figuras ms notables de la iglesia, por su defensa de los inmigrantes en su paso hacia Estados Unidos y por su denuncia de la complicidad entre autoridades y bandas criminales en este holocausto del siglo XXI.
Por Emiliano Ruiz Parra / Fotos de Alex Dorfsman
Una viajera descansa en una de las camas recién donadas al albergue.
La ruta de Jesucristo
Alejandro Solalinde se toma un capuchino de treinta pesos y deja cincuenta de propina. Posee cinco camisas blancas de cuello Mao y dos guayaberas en su ropero, que l mismo lava y plancha. No tiene trajes, pero la blancura de su ropa basta para transmitir pulcritud y alio. Su reloj cuesta ciento cincuenta pesos (Casio Illuminator), y no ha entrado a la generacin de sacerdotes de BlackBerry, iPhone y iPad, aunque s gasta pequeas fortunas en tarjetas de prepago para sus telfonos celulares, a donde lo llama la prensa nacional e internacional. Duerme en una hamaca dentro de un cuartito atiborrado de ropa, mochilas y libros de sus colaboradores, pero suele ceder ese espacio y tira un colchn en el patio donde pernocta rodeado de sus guardaespaldas. Si un migrante llega al albergue con los pies destrozados, l mismo va a la zapatera a comprarle un par de zapatos idnticos a los suyos. No tiene escritorio, ni secretaria, ni oficina. Recibe a la gente en una salita debajo de un techo de palma, y resulta imposible sostener una conversacin con l sin que lo interrumpan cada dos minutos para pedirle jabn, papel sanitario, dinero, un vaso de agua. Se baa a jicarazos en un baito que comparte con los voluntarios del albergue y usa un excusado que se desagua a cubetazos. Si entre los donativos del mercado de Juchitn llega una sanda, se la comer sonriente aunque est podrida. Lo cuidan cuatro policas estatales del gobierno de Oaxaca que acept hasta que Margarita Zavala, la esposa del presidente Felipe Caldern, se lo pidi personalmente, pero no hay viticos para que lo sigan en sus continuos viajes, as que a partir de la central de autobuses de Ciudad Ixtepec, un pueblito de veinticinco mil habitantes enclavado en el estado de Oaxaca, al sureste de Mxico, vuelve a ser oveja para los lobos. Carga su ropa en una maleta rota y de nfima calidad, que ha perdido el asa y las rueditas, y que deja al alcance de cualquier mano su toalla amarilla.


Solalinde es de las pocas personas que se reinventan y dan lo mejor de s mismas despus de los sesenta aos. Durante dcadas no fue ms que un cura de aldea, con todo el sacrificio y la conviccin que eso requiere, pero sin mayor influencia social, poltica ni religiosa. Graduado de dos carreras universitarias (Historia y Psicologa) adems de sus estudios sacerdotales y con una maestra en Terapia Familiar, Solalinde es un administrador distrado que prefiere regalar el dinero antes que cuidarlo, y se juega la vida al oponerse a una industria en la que se confabula la ms alta poltica con el crimen organizado: el secuestro de migrantes. Nunca ser consagrado obispo porque dice lo que piensa de su madre Iglesia: que no es fiel a Jess sino al poder y al dinero; que es misgina y trata con la punta del pie a los laicos y a las mujeres, y que no es la representante exclusiva de Cristo en la Tierra.

A los sesenta y un aos se decidi a abrir un albergue de migrantes en Ixtepec, no slo para interponerse a las violaciones a los derechos humanos de los indocumentados centro y sudamericanos, sino para preparar su propio retiro. Se haba cansado de las disputas entre sacerdotes en la dicesis de Tehuantepec situada en el Istmo del mismo nombre, en la costa oaxaquea del Ocano Pacfico, se tom dos aos sabticos para estudiar Psicologa contra el consejo de su obispo, que le dijo que era intil porque a su edad no retendra los conocimientos y renunci definitivamente a administrar una parroquia.

"Antes de entrar en esto de los migrantes era una persona sencilla, comn y corriente, y desconocida. Escog los migrantes porque eran una zona muy hermosa para morir, para pasar los ltimos aos de mi vida sirviendo de forma annima, pacfica, privada, y retirarme as", cont el sacerdote Alejandro Solalinde el 29 de junio pasado en la Casa Lamm de la ciudad de Mxico, donde inaugur una muestra de pintura. Despus de visitarlo en Ixtepec, Oaxaca, a principios de junio, lo segu en sus continuas visitas a la ciudad de Mxico. En aquella ocasin acudi a la presentacin de "Rostros de la discriminacin", una muestra de cincuenta artistas que, animados por Gabriel Macotela, donaron sus cuadros para apoyar a la red de albergues que hospedan y defienden los derechos humanos de los migrantes centroamericanos en Mxico.

Tras slo cuatro aos de coordinar el albergue Hermanos en el Camino, Solalinde se convirti en una de las figuras ms notorias no slo de la Iglesia catlica, sino de los defensores de derechos humanos. Delgado, de voz suave y de maneras corteses, es un imn de la polmica: ha sido acusado de pollero por un delegado del Instituto Nacional de Migracin (INM); autoridades municipales lo quisieron quemar con gasolina con todo y albergue; se ha visto repetidamente amenazado de muerte y ha pedido perdn a los Zetas, a quienes considera vctimas de una sociedad violenta. Jugndose la vida, ech luz sobre el holocausto que padecen los centroamericanos indocumentados en Mxico, que a nadie le importan. En Centroamrica se convirti en una leyenda al punto de ser conocido como "el Romero mexicano" en alusin a scar Arnulfo Romero, el arzobispo de San Salvador asesinado por la dictadura.

En cada migrante que llega a su albergue, Solalinde observa el rostro de Jess. "Me han enseado que la iglesia es peregrina y que yo mismo soy migrante. Me han enseado esa fe tan grande: la esperanza, la confianza, la capacidad de levantarse, rehacerse y seguir el camino. Sera fantstico que como catlicos tuviramos la capacidad de los migrantes de levantarnos de tantas cadas y seguir caminando en la ruta de Jesucristo".

Los cmplices (El holocausto migratorio)
En un Mxico, que de suyo se ha tornado a la barbarie debido a la disputa por las drogas, no hay peor tragedia humanitaria que la explotacin de los migrantes centroamericanos. Son el dinero ms fcil: el secuestro de cada uno de ellos reporta entre mil y cinco mil dlares de ganancia y se secuestra a miles o decenas de miles al ao. No votan en Mxico, as que ningn poltico se interesa por ellos. No dejan remesas en Mxico, as que el gobierno no invierte un centavo en protegerlos. No son un grupo de presin, as que la prensa publica sus historias de manera espordica y anecdtica. No dejan un peso de limosna en las iglesias del pas, as que slo una parte marginal de la Iglesia catlica se ocupa de ellos bajo la indiferencia de la jerarqua eclesistica.


scar Martnez, un joven reportero salvadoreo, despus de pasar tres aos en las rutas de migrantes escribi un libro memorable, Los migrantes que no importan. En el camino con los centroamericanos indocumentados en Mxico (Icaria). Martnez documenta cmo Mxico transit del asalto perpetrado por pequeas bandas locales en Chiapas, Oaxaca, Tabasco y Veracruz a la industria del secuestro masivo: de los ladrones y los violadores con machete y pistola a los comandos de Zetas con armas largas y autoridades cmplices. El auge del secuestro coincidi con el sexenio de Felipe Caldern y la militarizacin del combate al narcotrfico.

La Comisin Nacional de Derechos Humanos (CNDH) es la nica instancia del Estado que hace un esfuerzo por documentar los abusos a migrantes. Entre septiembre de 2008 y febrero de 2009 registr 9 758 secuestros; entre abril y septiembre de 2010, 11 333. Pero es muy probable que sus cifras se queden cortas frente a la realidad, porque el gran atractivo del negocio es que nadie ser llamado a rendir cuentas. Nadie busca a los migrantes desaparecidos, y los que padecieron un secuestro difcilmente denuncian por la desconfianza a las autoridades mexicanas y la urgencia de continuar el viaje hacia el norte.

La guerra contra el narcotrfico ha impulsado la narrativa oficial de un enfrentamiento de las fuerzas del orden contra las fuerzas del crimen. Del lado del gobierno hay soldados y policas buenos que protegen a la sociedad de malignos transgresores de la ley que se disputan las calles. Dicha hiptesis pierde vigencia cuando se trata de los secuestros y abusos a los migrantes. En las violaciones a derechos humanos de los indocumentados suelen estar involucradas las autoridades, ya sea las policas municipales, estatales o ministeriales o tambin la polica federal, agentes del INM y, a veces, elementos del Ejrcito:

Amnista Internacional (AI) public en 2010 el informe Vctimas invisibles en el que el adjetivo ms recurrente es "generalizado": los secuestros, las violaciones sexuales, las extorsiones, los asesinatos, las desapariciones y la complicidad de las autoridades son generalizados, como generalizada es la indiferencia de los distintos niveles de gobierno. Mxico atraviesa por una "epidemia oculta" de secuestros, sobre todo en las fronteras y en las rutas de paso: Chiapas, Oaxaca, Tabasco, Veracruz y Tamaulipas. Los plagiarios, afirma, secuestran a "ms de un centenar de migrantes" en cada golpe. De 238 vctimas y testigos que haban rendido su testimonio a la CNDH, "noventa y uno manifestaron que su secuestro haba sido responsabilidad directa de funcionarios pblicos, y otros noventa y nueve observaron que la polica actuaba en connivencia con los secuestradores durante su cautiverio". Amnista Internacional: "Segn algunos expertos, el peligro de violacin es de tal magnitud que los traficantes de personas muchas veces obligan a las mujeres a administrarse una inyeccin anticonceptiva antes del viaje, como precaucin contra el embarazo derivado de la violacin".

El informe de AI relata no slo los abusos de la Polica Federal, la Agencia Federal de Investigacin (AFI) y el Ejrcito, sino los procesos kafkianos a los que se somete a las vctimas que se atreven a denunciar: pasan meses antes de que se les cite a rendir su declaracin para entonces muchos de los testigos y vctimas se han ido ya a Estados Unidos o a sus pases de origen, pues mientras tanto deben vivir de la caridad de los albergues, y cuando se les cita a identificar policas abusadores, les presentan fotos distorsionadas en las que son irreconocibles.

Ya en los testimonios recabados por scar Martnez, ya en los informes de AI, o en las historias que recog en el albergue Hermanos en el Camino de Ixtepec cuando acud con el fotgrafo Alex Dorfsman para escribir este reportaje, los relatos de los secuestros son igualmente crueles, como el que me cont Alberto, un hondureo que se haba quedado a trabajar de albail en el albergue con la esperanza de reunir los tres mil dlares que haba pagado su familia por su rescate: los migrantes son secuestrados en grupo y llevados a ranchos y casas de seguridad. Les exigen los nmeros de telfono de sus familiares en Centroamrica o Estados Unidos. Quien no lo proporcione o no tenga es asesinado de inmediato. Alberto estuvo plagiado una semana con otros nueve connacionales suyos, golpeados con tablas en la espalda baja (de ah el verbo "tablear" asociado con los Zetas). Escuch cmo dos fueron ejecutados porque sus familias no pagaron el rescate. Dos ms nunca aparecieron. Seis sobrevivieron al secuestro y fueron liberados pero dejaron a sus familias con una deuda catastrfica.

Los Zetas, cuenta scar Martnez, no necesariamente ejecutan los secuestros, sino que absorben a las bandas delictivas locales y las ponen a trabajar para ellos. Lo mismo hacen con las autoridades de todos los niveles. Las organizaciones criminales cooptan a todos los eslabones de la cadena: a centroamericanos que se hacen pasar por indocumentados en el camino y se ganan la confianza de los verdaderos migrantes para sacarles informacin sobre sus familiares; a las policas locales, a las autoridades federales, a maras, a narcomenudistas, a taxistas, hasta a vendedores de refrescos que emplean como vigas. Y de ah a la punta de la pirmide.

Alejandro Solalinde cuyo nombre es el ms citado en el informe de AI, con diez menciones compara el abuso a los migrantes con la industria petrolera. El albergue Hermanos en el Camino, dice, es el jardn asentado sobre un rico yacimiento de petrleo que una mafia poltico-delictiva quiere perforar y explotar. Y seala a Ulises Ruiz Ortiz, ex gobernador del estado de Oaxaca (2004-2010), como una de las cabezas de esa mafia:

"Con [el gobierno de] Ulises Ruiz me queda claro que ellos queran hacer un negociazo con los migrantes: ganar en volumen con extorsin, secuestros, trata, todo. La mafia, desde el gobernador para abajo, presidente municipal, la polica judicial, vieron que era un botn, que eran clientes cautivos", me dijo.

Ruiz Ortiz atac el albergue. Gabino Guzmn, el presidente municipal de Ixtepec (2008-2010) que acompa a la turba que pretenda quemarlo, era uno de sus subordinados polticos. Cuando Ruiz Ortiz era gobernador, Solalinde fue presionado por la delegada del INM, Mercedes Gmez Mont, y su propio obispo para cerrar el albergue. A cambio le daran otro a tres kilmetros de ah, en un terreno alejado de las vas del ferrocarril, a donde nunca iran los migrantes, "y en donde no pudiramos estorbar para hacer el negocio de este funcionario apoyado por su gobernador".

"Le dije al obispo que aceptaba encantado porque ya tendra dos albergues y me aclar: No, nada ms uno'". El superior eclesistico y Gmez Mont insistieron. Solalinde resisti. La funcionaria federal se fue enojadsima y Solalinde le cuestion a su obispo: "Cudese de que los poderosos no lo usen contra m". El sacerdote hizo esa denuncia a la revista Esquila Misional (abril, 2011), de los misioneros combonianos, que se reparte profusamente entre miembros de la Iglesia catlica.

El albergue Hermanos en el Camino pertenece a una red de unos cincuenta albergues, refugios, casas y parroquias de miembros de la Iglesia catlica (sacerdotes, laicos y voluntarios sin filiacin religiosa) que ofrecen algn tipo de asistencia a los centroamericanos: "La espina dorsal del apoyo que reciben los migrantes", dice AI. "Gracias a sus esfuerzos hay muchos ms migrantes que no sucumben al agotamiento, la exposicin a los elementos [de riesgo] y el hambre durante su viaje. Desempean un papel crucial a la hora de documentar abusos cometidos por agentes estatales y por personas y grupos particulares y de animar a los migrantes a buscar justicia. Tambin ayudan a combatir la xenofobia que estalla a veces en las comunidades locales. Quienes defienden a los migrantes irregulares son a su vez vctimas de frecuentes ataques".

Solalinde sostiene que no se trata slo de un lucrativo negocio en volumen, sino de una estrategia poltica para hacerle el trabajo sucio a Estados Unidos: contener a travs del miedo la inmigracin indocumentada a ese pas.

"El gobierno federal entindase de Felipe Caldern tiene una poltica de Estado con Estados Unidos. Estados Unidos es su aliado y es su amigo, entonces l tiene que hacerse responsable y cumplirle a su amigo. Cumplirle significa hacer el trabajo sucio, cuidarle su patio trasero, y si tiene una poltica de Estado, tambin tiene que tener una estrategia de Estado, que es la poltica migratoria que est implementando con los migrantes. Mxico no puede, le da vergenza y no tiene valor para hacer un muro de una vez por todas y sellar la frontera, que sera lo ms honesto, porque sabe que si lo hiciera no tendra cara para exigir que quitaran el muro en el norte, pero, adems, tampoco podra exigir una reivindicacin para los migrantes mexicanos en el norte, entonces lo que hace es una poltica de Estado por colusin o por omisin, como son los secuestros", le dijo a Carlos Martnez hermano de scar reportero del peridico digital salvadoreo Elfaro.net.

Detrs del tema migratorio subyace una discusin normativa: la migracin es un delito o un derecho? En la legislacin mexicana hasta 2008 la migracin indocumentada alcanzaba penas de hasta diez aos de prisin. Mxico opt por una poltica de puertas cerradas a la inmigracin pero de puertas abiertas a la emigracin. Once por ciento de la poblacin mexicana se march a Estados Unidos, en donde la inmigracin irregular es criminalizada. En la defensa de sus connacionales, Mxico se convirti en el "lder en la proteccin de los migrantes", como declar en octubre pasado la canciller Patricia Espinosa. Pero los abusos a los centroamericanos evidenciaron la hipocresa mexicana.

Para Solalinde, la migracin es un derecho. Con ese principio y aliado de otros defensores de derechos humanos presion al Congreso mexicano que, finalmente, aprob una Ley de Migracin promulgada por Caldern el 25 de junio pasado. La ley descriminaliza la inmigracin irregular y establece una "visa de transmigrante" de ciento ochenta das, que le permitira a los migrantes, en el camino a Estados Unidos, transitar por Mxico de manera segura y legal.

Aun cuando entre los expertos en migracin se le ha llamado la "ley Solalinde", no se plasmaron exigencias del sacerdote como la desaparicin del INM, que Solalinde identifica como irremediablemente corrompido por las mafias de secuestradores.
Y aun cuando la visa de transmigrante es una conquista fundamental, todava podra convertirse en letra muerta si el reglamento que elabora actualmente el Poder Ejecutivo establece tantas trabas que la haran inaplicable.


La infancia
Rompa vidrios de las casas de los vecinos, amarraba mecates a ras de suelo para hacer tropezar a los paseantes, incitaba guerras de lodo y pedradas, diriga una pandilla de muchachos que echaban agua, fango y a veces pintura a las parejas que iban a besarse al jardn salesiano, se disfrazaba con una capa y chicoteaba a los ms chicos. Dentro de la escuela era igual: le bajaba los calzones a las nias, tocaba en las ventanas de otros salones y cuando se asomaban los nios les echaba tierra en los ojos. Su conducta era tan mala que las monjas lo expulsaron dos veces, y le regalaron el certificado de primaria por puro respeto a su padre, profesor de barrio que se ganaba las becas de sus hijos llevando la contabilidad, tocando el piano y haciendo de maestro de ceremonias en el Colegio Amrica.


Acaso la colonia Anhuac (al poniente de la ciudad de Mxico) en los aos cincuenta del siglo XX era tierra frtil para el travieso proceder de Janillo, cuarto hijo del matrimonio Solalinde Guerra. Lindante con la Santa Julia uno de los barrios ms clebres del Distrito Federal por su bravura y su violencia, los pleitos de pandillas eran la comida de todos los das. La violencia era comn y el abuso una condena que haba que sobrellevar. Aunque no le gustaban los golpes tuvo que aprender a defenderse de los peces grandes como El Pinola, siete aos mayor, que lo pateaba y le tiraba la bolsa de pan cada que sala de la panadera, hasta que un da se hart, fue a su casa, le clav varios clavitos a una tabla y fue a marcarle las piernas a su abusador.

No era el deseo de su padre que sus hijos crecieran en ese barrio. Juan Manuel Solalinde, profesor de Comercio y Taquimecanografa, haba establecido una escuelita para los trabajadores de la Lotera Nacional en la Guerrero, una colonia popular del centro de la ciudad. Ral Guerra, su cuado, le haba invitado a asociarse para comprar unas casas dplex en la Anhuac, pero el profesor Solalinde haba desdeado la colonia por brava. Una poca de crisis lo llev a vender las mquinas de escribir y a cerrar el local, y no encontr otro lugar para su familia que un cuartito en esa misma colonia que haba despreciado, en una vecindad donde comparta un bao sucio y minsculo con los habitantes de otros diez cuartuchos. Despus el profesor se trag su orgullo y acept arrimarse con su familia en la casa de Ral Guerra.

Hijo y nieto de periodistas, Juan Manuel Solalinde se distingua por su suavidad de carcter y su generosidad. Tocaba de odo el violn y el piano, tena facilidad de palabra y organizaba grupos de canto. Haba estudiado para profesor de comercio y ese oficio lo llev hasta la ciudad de Aguascalientes, en el centro del pas, en donde un acomodado terrateniente, Luis Guerra, lo contrat para que le diera clases particulares a su hija, de quien se enamor. Bertha complement el espritu bonachn de Juan Manuel con ese temple femenino que permite a los hombres sin demasiada preocupacin por el dinero sostener una familia.

Al poco tiempo lograron independizarse de Ral Guerra y alquilar un departamento frente al jardn salesiano, en el corazn de la Anhuac. El padre de familia ocup la sala para instalar su Academia Comercial Solalinde y aun cuando era experto en ensear comercio, no era el mejor administrador: no slo cobraba cuotas bajas a su veintena de alumnos, sino que becaba ora a cinco, ora a ocho, ora a diez alumnos ms. A uno de ellos, el indgena nahua Ral Hernndez, lo dej vivir en su casa como a otro de sus hijos. Pero aunque no produjera mucho dinero, los Solalinde s ganaban en respetabilidad: ser hijos del profesor del barrio los protega un poco de la violencia callejera.

De noche, los Solalinde apartaban las mquinas de escribir y desdoblaban catres en la sala. Y aunque nunca falt comida, no siempre alcanzaba para una pieza de pan de dulce para cada uno de los hijos, as que Janillo se apresuraba a lamer un pan completo antes de la cena y a dejarlo de nuevo en la canasta, para que no se lo ganaran. Los domingos eran das de fiesta porque el abuelo Luis llegaba con bolsas de mandado a casa. Nunca alcanz para un uniforme escolar completo, y se remendaba el calzado una y otra vez antes de darse el lujo de comprar un par nuevo. En su foto de primera comunin Janillo enseaba los calcetines detrs de los zapatos rotos. Cuando era un poco ms grande recort los pies de la fotografa.

El silbato del tren acompaaba la vida cotidiana de la colonia. Ironas de la vida, Alejandro creci a unos cien metros del paso del ferrocarril (aunque en la actualidad ste no forme parte de las rutas de migrantes), y el Colegio Amrica se situaba enfrente de las vas. Su hermano Juan Luis se acostaba sobre los durmientes cuando pasaba la mquina y as se ganaba unos veinte centavos de apuesta con sus amigos.

Veinte centavos era "el domingo" que Juan Manuel poda darle a sus hijos, que lo reservaban ya para una pieza privada de pan de dulce o para la matin del cine. Janillo mejor se lo daba a Nazarita, una anciana que viva sola en un jacal de tablas al lado de las vas. Su solidaridad con la vieja que corra paralela a sus travesuras la haba aprendido en casa. No slo de la generosidad de su padre hacia sus alumnos pobres, sino de su madre, que cada tanto recoga a los nios de la calle, les daba de comer y les regalaba la ropa de sus hijos. Adems de ama de casa, Bertha Guerra haca de enfermera amateur: inyectaba y cosa a los descalabrados del barrio sin aceptar dinero a cambio, pero s tortillas o un pan.

Juan Manuel Solalinde confes lo ineludible: era incapaz de pagar la secundaria a sus hijos. Las mquinas de escribir de las clases de mecanografa se empeaban cada diciembre, pero apenas daban para comer. El mayor de los hijos, Juan Luis, encontr refugio con un to, que le dio hospedaje y un trabajito y le pag la escuela. Ral se ganaba unos centavos ayudando en un taller mecnico y llevando la contabilidad de las tienditas de alrededor de su casa, pero resultaba insuficiente. A sus catorce aos y gracias a la recomendacin de su to Ral Guerra, que era oficial del ejrcito, Ral Solalinde, Rulillo, encontr trabajo en la crcel de Lecumberri. Vctor, Vitillo, entr a trabajar a una imprenta. Antes que encontrar trabajo, Janillo tena que encontrar escuela, expulsado como estaba de cuanto colegio haba pisado. Por fin lo aceptaron en una escuela de gobierno gracias a un amigo de su padre, aunque reprobara el examen de admisin porque se haba pasado los ltimos dos aos entre sin hacer nada y estudiando comercio con su pap.

Ral, Bertha Alicia Manilla por "mana", Vctor y Alejandro estudiaron gracias al salario de Ral. Su madre convenci a Janillo de que no era un nio malo y de que en su nueva escuela nadie sabra de su negro expediente de travesuras y reprobaciones. A los dos meses se sac su primer seis, luego un siete y en el primer semestre ya haba obtenido un diez. Hacia el final del ao lo nombraron subjefe de grupo y exent casi todas las materias.

El incgnito
Slo un hombre con un cuadro agudo de gripa poda presentarse de abrigo y bufanda bajo el calor sofocante de Ixtepec. Con la mitad del rostro cubierto, sin sus habituales anteojos, una tos fingida y un sombrero de palma que ocultaba su calvicie, Alejandro Solalinde acudi a fines de 2006, de incgnito, a negociar la compra del terreno de Avenida del Ferrocarril Poniente nmero 60. La instalacin de un albergue para los migrantes se haba convertido en una necesidad imperante para el sacerdote.


Al principio, antes siquiera de imaginarse que coordinara Hermanos en el Camino, Solalinde acuda a las vas del tren en Ixtepec al volante de una camioneta pick-up para regalar comida y agua a los cientos de centroamericanos que llegaban en los lomos del tren que vena desde Arriaga un pueblo en Chiapas a unos doscientos kilmetros y doce horas de camino ferroviario hasta Ixtepec, para esperar all la salida del siguiente tren, ste con destino a Medias Aguas, Veracruz. Su presencia disuada a los operativos de las policas judicial y municipal que asaltaban a los migrantes con la amenaza en entregarlos al INM. Pero el 14 de mayo de 2006, Solalinde no lleg a tiempo, y los elementos policiacos asaltaron a los migrantes antes de que se aferraran al tren que estaba por partir. Al verse amenazados, unos setenta centroamericanos corrieron a esconderse y se perdieron el tren. Otros s alcanzaron a subirse y a escapar de los policas-ladrones.

Solalinde estaba tirado en su hamaca leyendo un libro cuando son el telfono y una voz del otro lado de la lnea le reclam su presencia de inmediato: el tren a Medias Aguas se haba descarrilado. Los que se haban salvado del asalto policiaco no se salvaron del accidente. El sacerdote acudi a toda velocidad y lleg a las vas manoteando y gritando desesperado, "como si preguntara por sus propios familiares", recuerda un testigo de la escena. Al poco tiempo vio los restos de Miguel, un nicaragense gordo que haba sido despedazado, entre el resto de los mutilados por la mquina.

Solalinde acudi con el cura Alfonso Girn prroco de Ixtepec para pedirle que albergara en su iglesia a los ms de setenta migrantes que haban huido del asalto y recuperaban fuerzas en la plaza municipal. Hasta ese da, Solalinde no se haba planteado la necesidad de un albergue porque pensaba que cada iglesia deba ser casa de Dios y alojar a los necesitados. Crea que bastaba con pedirle al prroco su solidaridad para que abriera las puertas de su templo.

Poncho, no puedes darle hospedaje a los migrantes?, son como setenta pidi Solalinde.

No pueden estar aqu, qu tal que nos roban?, hay asaltantes y ladrones entre ellos y, qu va a decir la gente? Va a ser una quemada. Si recibo esa gente, (mi comunidad) no lo va a aceptar.

Entonces, qu enseas en tu iglesia? contest Solalinde irritado.  Si no les enseas que Jess est en la persona de los necesitados, entonces, qu les ests enseando?

El prroco se qued callado. Solalinde sigui:
La gente, as como los ests formando, y t mismo, son ojetes. No encuentro otra palabra ms tcnica.


Solalinde se haba convertido en una presencia incmoda para las autoridades de Ixtepec y el INM. A bordo de su camioneta, cada que vea un operativo se dedicaba a seguir a la polica. Los migrantes le relataban los asaltos de la polica: "Esos judiciales que van ah son los que nos robaron en la maana", escuchaba Solalinde y se apresuraba a levantar denuncias. Tena un cuaderno con las fotografas de los policas judiciales y municipales que los indocumentados apuntaban con el dedo: "ste me rob mil quinientos pesos", "ste me golpe", y Solalinde anotaba rayitas debajo de cada uno. En sus persecuciones a los agentes gubernamentales, se topaba con autobuses del INM que transportaban migrantes: "Padre, los de Migracin nos golpearon, mire cmo estamos sangrando!", le gritaban, y l se apersonaba en las oficinas de Migracin con una cmara de video a levantar las denuncias y a reclamar a los funcionarios.

Con las puertas de la parroquia de Ixtepec cerradas, Solalinde inici la bsqueda de un lugar. Ingenuamente, acudi primero a la oficina de Bienes Comunales a solicitar un espacio, que nunca le dieron. Despus busc a los dueos de los terrenos aledaos a las vas del tren. La sola presencia de Solalinde espantaba a los dueos de terrenos, que siempre le daban una negativa rotunda. Ahora est convencido de que el entonces gobernador de Oaxaca, Ulises Ruiz, era quien saboteaba su bsqueda. No le qued otra ms que el disfraz de un enfermo de gripa para ocultar su rostro y su calvicie frente a Tomasita. Una pareja de amigos hizo la negociacin. Solalinde asenta con la cabeza cuando le requirieron su aprobacin para la oferta final, de ciento ochenta mil pesos. Al otro da, Solalinde se present sin disfraz con Tomasita y le dio un anticipo.

Las autoridades municipales no tardaron en enterarse y fueron a disuadir a la vendedora: si se instalaba ah un albergue, le dijeron, Ciudad Ixtepec se llenara de mareros y de asaltantes. Pero ella se mantuvo firme y vendi el predio que ahora le pertenece a la dicesis de Ixtepec. Con el tiempo, el territorio del albergue se extendera unos metros ms con la compra del terreno aledao.

"Hasta la fecha, el padre Alfonso Girn no les da ni un vaso de agua a los migrantes", me dijo Solalinde.

"Para qu te mand, pendejo?" (Solalinde habla con Jess)
Alejandro Solalinde habla con Jess cotidianamente. Las ms de las veces Jess escucha sin decir nada, pero cuando el sacerdote le hace una pregunta crucial, el Hijo responde, y sus respuestas determinan el camino de Solalinde o le devuelven la paz espiritual. En las clidas noches en Ixtepec, cuando los migrantes centroamericanos recuperan fuerzas para continuar la travesa y su equipo de voluntarios ha sido vencido por el sueo, Solalinde se acuesta en su hamaca en el nico lugar en el que puede estar solo y se dirige a su enamorado: "Jess, qu friega te pusieron a ti! Cuando t estabas, la cosa estaba del cocol: la gente era ms cerrada que hoy. Ahora hay derechos humanos, y a ti quin te defendi? Yo tengo guaruras: t tenas que cuidarte de todo el mundo y hasta tus discpulos te dejaron solo. Yo salgo en los peridicos, soy muy popular, y t? A m las autoridades me tienen un poquito de respeto, pero a ti? N'ombre. A veces me atraso un poquito en la comida porque nos falta, y t cuntas veces te quedaste sin comer!". Jess escucha sin interrumpir.


Hace ms de treinta aos, cuando Solalinde era un joven y carismtico sacerdote de barba y camioneta, charlaba en silencio con Jess sobre su atraccin por la belleza de las mujeres. Si pasaba una mujer guapa, se inclinaba ligeramente para hablarle al odo, le daba un ligero codazo y le susurraba: "Qu forro de mujer hiciste, qu bruto, te volaste la barda". Lo chuleaba por haber hecho una mujer as pues, como l dice, "he tenido esa confianza de decirle lo que pienso como hombre, y siento que me quiere mucho". Jess escuchaba sin interrumpir.

Pero Jess interrumpe. Y fuerte. Apenas pasados los treinta aos, Solalinde era un aburguesado sacerdote de Toluca una ciudad a una hora de carretera de la ciudad de Mxico, cuando acudi a unos ejercicios espirituales en la sierra mixteca de Oaxaca, uno de los lugares ms pobres del pas. Vestido de catrincito, como l mismo recuerda, al trmino del retiro se fue de compras y adquiri seis mil pesos en adornos para su casa. La mensualidad de un coche del ao, recuerda, no pasaba de dos mil pesos. Caminaba con sus bolsas cuando se encontr con mujeres pobres vendiendo artesanas en la calle. Le despertaron la curiosidad y Solalinde pudo enterarse de que venan de San Antonino, un pequeo municipio indgena de la sierra, eran esposas de hombres alcohlicos y ese da haban vendido unos trece pesos. A la tercera pregunta, la indgena dej de responder y mir con desdn al atildado sacerdote. Avergonzado, Solalinde escuch el reclamo, esta vez no de Jess, sino de Dios padre.

Solalinde: "Llegu a Toluca y trat de chantajear a Dios: De lo que yo gaste de mi vida de consumista te voy a dar el 30%, 30% para los pobres' Pero mi conciencia no se acallaba. Algo en m me deca que no era mi lugar en Toluca. Entonces trat de llegarle al precio: Est bien, Seor, no el 30, sino el 50% de mi vida de consumista, de burgus'. Pero esa voz no se callaba. Yo tena la ilusin de hacer una fundacin misionera de laicos. Mi hermano Ral me haba regalado una camioneta Blazer equipadsima y un Thunderbird convertible para rifarlo y construir la casita de misioneros burgueses que yo quera hacer y donde quera pasar el resto de mi vida. Pero esa voz no se callaba. Hasta que me di por vencido: Est bien, Seor, s que no quieres mi dinero sino mi persona. Te la voy a dar. Voy a ir a la parte ms pobre'".

El arzobispo Bartolom Carrasco Briseo, simpatizante de la Teologa de la Liberacin, acept a Solalinde, entonces de treinta y siete aos, y a sus Misioneros Eclesiales Itinerantes (MEI) en la arquidicesis de Oaxaca, y en agosto de 1982 les asign una parroquia en San Pedro Amuzgos, en donde permanecieron seis meses. De ah los trasladaron a Santa Mara Yolotepec, en la sierra mixteca. El territorio parroquial se recorra de punta a punta en veinte horas a pie. No haba caminos ni caballos y las distancias de una comunidad a otra demandaban caminatas de unas siete u ocho horas a travs de las montaas. El da que recibi la parroquia, el 24 de enero de 1983, camin toda la maana para visitar Cuanana y San Mateo Yucutind. De vuelta, agotado, titube entre el almuerzo una tortilla seca y el reposo. Opt por tirarse en el petate y descansar, cuando le dijeron que tena que atender el telfono de la caseta rural que estaba en el pueblo vecino. Una voz angustiada le inform que haba una batalla campal entre los pobladores de Santiago Amoltepec y San Mateo Yucutind. Urga su presencia para detener la muerte, pues ya haban asesinado al joven catequista Tacho y arrastraban su cuerpo por las calles. Estaba a ocho horas a pie por subidas y bajadas. No se comprometi a ir: "Djenme ver qu puedo hacer", dijo, y regres a casa.

Esa tarde descubri que Jess era malhablado. Se reclin sobre una pared y volte a ver a un Cristo, una imagen del crucificado que resaltaba los efectos de la tortura. "Seor, qu hago?" Jess se puso en jarras y le dijo: "Entonces para qu te mand, pendejo?". Solalinde se sinti repuesto, remoj su tortilla, y camin las ocho horas que lo separaban de los pueblos en pugna. "Desde esa vez ya no me hago dem, porque s que me va a decir: para qu te mand?".

Una dcada despus, Jess provey otra respuesta clave. Los sacerdotes de la dicesis de Tehuantepec a donde se haba incardinado Solalinde celebraban un retiro con su obispo Felipe Padilla Cardona en Catemaco, un pueblo en el vecino estado de Veracruz. Especialista en Sagradas Escrituras, el obispo Padilla les dio una instruccin: "Padres, tienen que predicar a un Cristo rico, a un Cristo poderoso, a un Cristo fuerte; si no, quin va a confiar en un Cristo pobretn y dbil?". Solalinde se pasm y fue el nico que tom la palabra. De dnde sacaba esa interpretacin de Jess?, le pregunt: "De mi maestro el cardenal Joseph Ratzinger", dijo el obispo que, efectivamente, haba sido alumno de Benedicto XVI en Roma. (Solalinde dice no creer en la veracidad de la fuente, pues Ratzinger jams ha dicho una cosa as).

Impactado por la respuesta de su jefe, se recluy en su recmara y le pregunt a Jess: "Explcame qu est pasando: es tu obispo, t lo elegiste, fue consagrado, es de nuestra jerarqua catlica pero, cmo es posible que siendo doctor en Teologa bblica diga esas aberraciones?".

"Tranquilo, es su interpretacin", respondi Jess. Una sensacin de paz recorri a Solalinde.

He aqu la clave para explicar a sacerdotes como Alejandro Solalinde y a obispos como Ral Vera y Samuel Ruiz en contraposicin a la jerarqua catlica dominante: la interpretacin de Jess. La jerarqua de la Iglesia prefiere al Jesucristo divino: un Dios que en efecto tuvo un estadio humano, pero que era y sigui siendo sustancia divina. Esa interpretacin adquiri fuerza en la Edad Media: entre ms se insista en el carcter divino de Jess, menos se reparaba en el Jess terrenal. Por el contrario, las disidencias polticas dentro de la Iglesia catlica reivindican al Jess histrico (sin negar al Cristo divino) y encuentran en el relato evanglico a un hombre que fue condenado a muerte por rebelarse contra las autoridades de su poca, que optaba por ayudar a los hambrientos aunque eso implicara violar la ley mosaica, que eligi como apstoles a los hombres ms sencillos de entre los judos, que prodig sus milagros a los marginados de su sociedad (los "publicanos", los leprosos, las prostitutas) de quienes gustaba rodearse, que manifest su resurreccin no a sus seguidores varones sino a mujeres, que no tena posesiones y predicaba en las calles, que no celebr ms que una sola misa (la ltima Cena) y no la cobr en suma, un Jess perseguido, rebelde, maestro, migrante, pobre, defensor de los derechos humanos, que ense la opcin preferencial por los pobres, feminista para su poca y profundamente humano. Con ese Jess, de quien dice estar enamorado, charla Alejandro Solalinde desde su hamaca las noches de Ixtepec.

"Si la Iglesia mexicana est en un pas en crisis y tiene un chingo y dos montones de curas, y no hemos logrado reducir la impunidad, la corrupcin y la injusticia, y es un honor juntarnos de vez en cuando con Carlos Slim y hasta llamarle exitoso, yo le digo a la Iglesia: 'Entonces, para qu te mand Iglesia? Para qu te mand, qu estas haciendo?'", pregunta Solalinde.

Martha Izquierdo
Entre las ms de cincuenta casas, albergues, refugios y parroquias de la Iglesia catlica que dan algn tipo de ayuda a los migrantes, Hermanos en el Camino y su coordinador, Alejandro Solalinde, se volvieron los ms clebres, aun cuando en recursos e infraestructura su albergue es de los ms precarios y tambin de los ms nuevos. Diversos factores explican su notoriedad: el carisma meditico de Solalinde, su valenta al denunciar a secuestradores y autoridades y la apertura a reporteros, documentalistas y a quien quiera conocerlo. Pero una oportuna coincidencia le permiti saltar a la fama: la presencia del corresponsal de un diario nacional en el pequeo pueblo de veinticinco mil habitantes que es Ixtepec (y cuyo nombre oficial es Ciudad Ixtepec).


Martha Izquierdo naci en Veracruz en un contexto familiar de pobreza, explotacin y abandono. Pag sus estudios de periodismo con las propinas que ganaba de mesera y se mud a Ixtepec para cuidar de su padre, herido de bala, en donde toc las puertas de los peridicos locales. Cronista y aguda observadora poltica, se gan un lugar en Noticias, el principal diario del estado de Oaxaca. Tras la cuestionada eleccin de Ulises Ruiz Ortiz como gobernador, el peridico Reforma de la ciudad de Mxico abri una corresponsala permanente en el Istmo de Tehuantepec, reducto del priismo caciquil. El Istmo cobr una importancia informativa creciente y, debido a las distancias y a la geografa montaosa de la entidad, resultaba imposible cubrirlo desde la ciudad de Oaxaca, a seis horas de carretera.

Izquierdo fund la corresponsala y pronto advirti de los abusos a los migrantes centroamericanos. El 14 de mayo de 2006 corri hacia el poblado de Nizanda a reportar el descarrilamiento del tren. Acelerado, caminando entre los migrantes heridos y muertos dos perdieron la vida haba un hombre que gritaba como desesperado diciendo que era sacerdote y exigiendo que le permitieran auxiliar a los heridos. sa fue la vez que conoci a Alejandro Solalinde.

Izquierdo cocinaba grandes ollas de comida en su casa y las llevaba a las vas del tren para aliviar un poco el hambre de los centroamericanos. Se dio cuenta de que Solalinde haca lo mismo, habl con l y empezaron a repartir la comida juntos. El flujo de indocumentados era an mucho mayor que ahora porque Mxico no se haba convertido en una trampa mortal: los robos y las extorsiones eran frecuentes, pero los secuestros eran an espordicos. A fines de 2006 se hicieron frecuentes los plagios masivos y surgi la necesidad del albergue. Izquierdo ayud en la accidentada bsqueda del terreno que culmin en febrero de 2007.

Solalinde cobr la fama nacional el 10 de enero de 2007. Un grupo de doce migrantes cuatro menores, tres mujeres y cinco hombres fue secuestrado por policas estatales, entre ellos un comandante de la Polica Judicial, y entregado a un grupo delictivo, que lo llev a una casa de seguridad. Unos cuarenta indocumentados se movilizaron para rescatar a sus compaeros. Estaban enardecidos y dispuestos a cualquier cosa. El sacerdote los acompa para disuadirlos de que emprendieran acciones violentas. Armados de palos y piedras, descubrieron una casa de seguridad con recibos de transferencias de dinero, credenciales de elector de Tamaulipas, botas picudas. Pero ya no estaban ni los secuestradores ni los plagiados. Lo que s encontraron al salir de la casa de seguridad fue a la polica municipal, que arremeti contra ellos: dieciocho migrantes fueron arrestados, algunos brutalmente golpeados. Entre los detenidos iba un hombre de camisa blanca y crucifijo al pecho: Alejandro Solalinde.

La polica municipal no pudo sostener la versin de que Solalinde haba subido voluntariamente a la patrulla y que pretenda quemar uno de los vehculos. Las fotografas mostraban a los agentes levantndolo en vilo y sometindolo en la caja de la pick-up. Las siguientes imgenes mostraban a Solalinde en calcetines, sentado en una celda en medio de los detenidos. Y por fin la ms clebre: una contrapicada del sacerdote tras las rejas, asido a los barrotes y mirando a la cmara: fotografas de Martha Izquierdo.

El sacerdote fue liberado en cuatro horas. A los arrestados se les deport a sus pases. Algunos de los secuestrados aparecieron en Juchitn, a veinte kilmetros de all; otros fueron llevados por sus captores a Estados Unidos a cambio de que no declararan. Solalinde continu con las denuncias de los secuestros. Fue Izquierdo quien le proporcion las fotografas de los policas municipales y estatales con las que el sacerdote arm un cuadernillo, en las cuales los indocumentados sealaban a sus asaltantes o secuestradores (Izquierdo las haba tomado cuando cazaba mapaches electorales, porque el gobierno local haba dispuesto de los policas para resguardar instalaciones con el cemento que se us para comprar votos). Ya con el albergue en funciones, Izquierdo acuda con grandes ollas ya preparadas o bien con los insumos necesarios para hacer de comer.

Izquierdo cocin para el albergue durante algn tiempo, hasta que los donativos y el trabajo voluntario la liberaron de esa responsabilidad. Sin embargo sigui llevando, cada ao, la cena de Navidad que preparaba en su casa: en una ocasin esa cena dur apenas cinco minutos porque sala el tren a Medias Aguas y los migrantes echaron a correr. La comida se termin de servir entre las vas y el tren en marcha.

Solalinde iba a su casa a desayunar una vez a la semana. Cuando tena alguna denuncia importante, acuda de inmediato con Izquierdo. La informacin a veces encontraba espacio en las planas del diario, a veces no. Solalinde le dio informacin exclusiva a otro medio nacional. Martha lo sinti como una deslealtad y le retir el habla. Ella recuerda cmo Solalinde acuda a la puerta de su casa a pedirle que reconsiderara: "Inmadura!", le gritaba el sacerdote. "No me importa qu me diga, no le voy a abrir!", responda Izquierdo.

"Lo senta de mi propiedad", reflexiona ahora Izquierdo, que tras un ao de berrinche recapacit y recuper la amistad del cura, que ha vuelto a caer de sorpresa a su casa, ya para desayunar, ya para acompaar a un sobreviviente de secuestro a que cuente su historia. Le dije a Martha Izquierdo lo que Solalinde transmiti a sus colaboradores en la ltima reunin: que se haba agotado un sustancioso donativo de treinta mil dlares y el albergue regresaba a su pobreza habitual. Con una sonrisa resignada me dijo que ni modo, que ser cuestin de tiempo para que vuelva a apoyar a Hermanos en el Camino.

La conversin (El Yunque)
La camisa blanca, la corbata negra, el pantaln luido y los zapatos boleados que visti esa maana eran las joyas del ropero de un adolescente pobretn como l. Alejandro Solalinde no tena claro a qu iba aquella madrugaba de 1962 a la Villa de Guadalupe, al norte de la ciudad de Mxico, pero s saba que tena que resaltarse por su pulcritud. No quera contrastar demasiado con su amigo Juan Manuel Montalvo, un muchacho riquito que haba conocido unos meses atrs en una fiesta de lasallistas. Montalvo se haba convertido en su ventana hacia otra clase social. Por medio de l, Solalinde haba llegado a las reuniones de los Escuderos de Coln, a donde iba con una dosis de vergenza por la evidente baja calidad de sus ajuares. Tras unos meses de observarlo, Montalvo lo cit aquella maana en un edificio derruido junto a La Colegiata, con la advertencia de que llegara muy temprano y no fallara en el cdigo de vestimenta porque habra de ocurrir algo importante.


Nacido en 1945, Solalinde fue contemporneo de la generacin del 68, que cimbr al mundo con movimientos que recorrieron desde Pars a Mxico con un severo cuestionamiento tanto al capitalismo como al "socialismo real". Pero entre las primeras lecturas polticas de Solalinde no figur El manifiesto comunista de Marx y Engels, no cant La internacional, no se form en las escuelas de cuadros de las organizaciones revolucionarias que amenazaron el statu quo de la posguerra ni tuvo a Ernesto Che Guevara como su referente de lucha. Todo lo contrario: sus primeros libros polticos fueron Mi lucha, de Adolf Hitler y Derrota mundial, de Salvador Borrego; su cancin de combate, el himno de la Falange espaola; su hroe, el dictador Francisco Franco. La formacin poltica temprana: adiestramiento para reventar violentamente manifestaciones de izquierda.

Lo que ocurri al interior de ese edificio derruido de la Villa de Guadalupe determinara la primera experiencia poltica de Solalinde. Aprendera a ser lder o, como dice ahora, descubrira al lder que llevaba dentro: perdera la timidez, adquirira confianza en s mismo, descubrira su facilidad de palabra y aprendera oratoria. Para la ceremonia de iniciacin le cieron un brazalete con un crculo blanco y una y griega negra. Esa maana, a sus diescisiete aos, jur fidelidad a la Organizacin Nacional del Yunque.

Hoy el Yunque cuyo descubrimiento debemos al periodista lvaro Delgado ha degenerado en una mafia sotto voce que disputa cargos pblicos y candidaturas al interior del Partido Accin Nacional (PAN) y los gobiernos panistas. Pero en sus orgenes, el Yunque se propona defender la religin catlica y combatir una supuesta conspiracin judeo-masnica-comunista que pretenda dominar el mundo. Fundada en 1953 por Ramn Plata Moreno, detrs de su organizacin fachada Movimiento Universitario de Renovadora Orientacin (MURO), se infiltr en universidades y capt a cientos de jvenes catlicos.

Alejandro Solalinde fue uno de ellos. Experiment el fervor de un adolescente que encontraba una misin en la vida y una agrupacin de jvenes que se propona instaurar el Reino de Dios en un mundo aparentemente acechado por el liberalismo angloamericano, el estalinismo sovitico y el poder financiero judo. En Mxico, el rgimen de partido de Estado se mantena sin relaciones con el Vaticano y no reconoca legalmente la existencia de la Iglesia catlica. La polica poltica, si bien se concentraba en socavar organizaciones de izquierda, tambin infiltraba y reprima a las de derecha como el Yunque. Los yunquistas, como los primeros cristianos, se sentan parte de un colectivo de perseguidos y elegidos.

Para Alejandro Solalinde nunca fue una molestia levantarse de noche y esperar los espordicos autobuses nocturnos que lo llevaban de la colonia Anhuac a la Villa de Guadalupe para visitar a Brgida, el nombre en clave de los entrenamientos en artes marciales, combate cuerpo a cuerpo y formacin de grupos de choque anticomunista. Adopt un nombre secreto: Orfeo, y se le asign un jefe inmediato, Jenofonte (Guillermo Velasco Arzac, subsecretario de Seguridad Pblica durante el gobierno de Vicente Fox). Su talento lo llev a escalar rpido y convertirse en "jefe de centro", cabeza de una clula de jvenes que, afirma, destacaron despus en la poltica y la jerarqua catlica.

Durante tres aos Solalinde milit en el Yunque, organizacin a la que llamaban La Orquesta para no revelar su nombre real. A los veinte aos manifest a Velasco Arzac su deseo de convertirse en sacerdote, en particular sacerdote jesuita. "Qu bueno, porque de esa manera vamos a infiltrar a la Iglesia catlica", le respondi Jenofonte. Pero su superior rechaz la idea de que se convirtiera en jesuita porque, le dijo, eran progresistas, y a cambio le dio a elegir entre dos congregaciones amigas, los franciscanos y los carmelitas descalzos. O en su defecto podra convertirse en hermano lasallista pues los lasallistas eran sus incondicionales y les prestaban los auditorios de La Salle para ceremonias y reuniones.

"Entr con los carmelitas. Si ellos me hubieran dicho: escoge entre el Yunque o la Orden del Carmen, no lo hubiera pensado: inmediatamente elijo el Yunque", record Solalinde.

Los carmelitas descalzos le cambiaron la vida y sembraron las semillas que germinaran en el Alejandro Solalinde de hoy. Camilo Maccise, quien fue superior mundial de los carmelitas durante doce aos, el ex sacerdote carmelita ngel Saldaa y el propio Solalinde me hablaron, por separado, de la vinculacin carmelitana con el Yunque en los sesenta. Coinciden en que no eran su brazo religioso. Tras los primeros aos de la fundacin del Yunque, dice Maccise, hubo carmelitas que compartieron la fobia comunista y le abrieron las puertas a la organizacin secreta. Como parte de esa vinculacin, el padre ngel Saldaa fue nombrado asesor espiritual del MURO, responsable de sus misas, confesiones y acompaante en sus ceremonias secretas en 1964.

Al poco tiempo, sin embargo, los carmelitas advirtieron el carcter negativo del Yunque, pero optaron por no romper relaciones sino seguir cerca de ellos para "monitorearlos". Esa decisin poltica corri paralela al acontecimiento ms importante de la Iglesia catlica desde la Reforma protestante: el Concilio Ecumnico Vaticano II (1962-1965), que, aunque no reform de tajo a la Iglesia, la oblig a asumir un grado de preocupacin social y a abrirse a algunas ideas de la modernidad. Modesto en sus alcances reales, el concilio era un salto de calidad frente al modelo medieval que haba prevalecido, y despert el entusiasmo en obispos y rdenes religiosas de todo el mundo, como en los carmelitas Jos de Jess Durn y Camilo Maccise superiores de Solalinde y en ngel Saldaa, que diez aos despus, en la dcada de los setenta, tendra que refugiarse en Canad, perseguido, preso y torturado por la Direccin Federal de Seguridad, la polica poltica del rgimen priista, porque se haba convertido en guerrillero marxista.

Alejandro Solalinde ingres con los carmelitas el 6 de enero de 1966, el ao del entusiasmo conciliar, y sus superiores pacientemente desarmaron su ideologa de ultraderecha. Su superior en el seminario, el padre Durn, le pidi a los enviados del Yunque que le dieran un par de aos para que se concentrara en sus estudios eclesisticos. Camilo Maccise se concentr en su joven discpulo: no slo le ense francs, sino que se enfoc en transmitirle las conclusiones del Concilio Vaticano II, que preparaba en hojas mimeografiadas en papel revolucin: "Este padre me forj, me ense una Iglesia que no voy a soltar", recuerda hoy Solalinde.

"Me hicieron ver que estaban actuando maquiavlicamente, que satanizaban todo, que al progreso y al cambio le llamaban conspiracin. Decan que haba un complot de los judos, de los masones, de los comunistas, que eran el diablo mismo. Los carmelitas me iban enseando otra cosa, y yo abro los ojos. Cuando pasan los dos aos, ellos intentan volver y mis superiores dicen: Denle chance otro poquito tiempo'. Yo para entonces estaba perfectamente consciente. Me doy cuenta de que es un grupo fascista, maquiavlico, que ficha, que investiga, que intriga. El fin en ese momento era vlido, pero empleaban cualquier medio para lograr tal fin.

"Ah cambia mi vida. Imagnate qu salto, un pndulo. No reniego de nada, es parte de mi historia. Tuve la capacidad de cambiar porque Dios me ayud a cambiar. El Yunque que yo conoc, con todo lo maquiavlico que era, tena ideales. Hablaban de luchar por la rectora de Dios, no para agandallarse el dinero como ahora. Despus vi que se volvi pragmtica. Se volvi ms de lo mismo: una mafia conservadora y reaccionaria".

Los yunquistas volvieron de nuevo, pero ahora fue Solalinde quien encar al emisario, a quien ni siquiera conoca. Le dijo que no se prestara a infiltrar a la Iglesia catlica y menos para los fines del Yunque. Nunca lo buscaron ms.

La quema
La maana del 24 de junio de 2008, mientras iba en camino a la curia episcopal, Solalinde recibi una llamada desde el albergue. Tena que regresar de inmediato: una multitud encabezada por el presidente municipal, Gabino Guzmn, y el sndico Erasmo Carrasco haba llegado a Hermanos en el Camino. Tenan palos y piedras. Por las calles del pueblo, una camioneta con perifoneo convocaba al pueblo a quemar el albergue porque ah se violaban y traficaban migrantes bajo la proteccin del sacerdote. Solalinde telefone a su obispo no slo para cancelar la cita sino para prevenirlo, pero ste le contest: no se preocupe, no va a pasar nada.


Amnista Internacional en su denuncia de los hechos registra que fueron cincuenta personas, entre ellas catorce policas municipales, las que acudieron con garrafones de gasolina a quemar el albergue. El sacerdote todava salud de mano a un grupo de treinta que acompaaba al alcalde. Pero cuando lleg al ltimo se encontr con Juana, una cristiana evanglica que no esper ms: "Pues ah est ese pinche cura, ese seor, se es el culpable de todo lo que est pasando, l protege a los violadores...". La turba rode a Solalinde y Juana volvi a la carga: "Para qu estamos hablando tanto! Vamos a quemarlo!" Solalinde quiso argumentar: los migrantes no violaron a nadie, yo sera el primero en exigir justicia, no pueden criminalizar ni al albergue, ni al equipo ni a m.

Bueno, ya, ya, ya. Para qu estamos alegando tanto? Vamos a quemar al tal por cual! dijo una voz.

Las nforas de gasolina empezaron a abrirse. Solalinde jug su ltima carta: baj la cabeza, abri los brazos en cruz, extendi las manos y dio unos pasos al frente.

Si me van a quemar, pues qumenme!
As no: baje los brazos! le orden Juana.


El sacerdote piensa que su potencial asesina vio algo de Cristo en su figura y por eso se detuvo. Solalinde se aproxim a ella. La turba entr en un silencio absoluto. Nadie se atreva a arrojar la primera piedra. Despacio, Solalinde se dio la media vuelta y se intern en el albergue. Por ese momento, la turba perdon la vida no slo a Solalinde sino a los nueve migrantes dos menores de edad que estaban dentro.

Esa misma tarde, el cabildo priista de Ixtepec orden el cierre del albergue en un plazo de cuarenta y ocho horas. La turba volvi, ya no para quemar a Solalinde sino para arrojar piedras a los migrantes, porque el tren a Medias Aguas estaba prximo a partir. Solalinde llam a Guzmn: si haba agresiones contra los indocumentados, a l lo hara responsable. La turba no atac a los centroamericanos pero s mand al hospital al maquinista.

El Evangelio segn Solalinde
Alejandro Solalinde dice lo que piensa no slo respecto de la corrupcin de la Polica Federal, sobre la sumisin de Felipe Caldern frente a Estados Unidos, la xenofobia de los ixtepecanos y cuanto tema afecte a los migrantes. Tambin dice lo que piensa de su madre, la Iglesia catlica, apostlica y romana, una Iglesia que no ha tenido de otra ms que tolerarlo por su autoridad moral. Solalinde disiente desde la liturgia: sus misas las convierte en asambleas (el significado original de ecclesia era precisamente se: asamblea). Despus de su homila, invita a los laicos a tomar la palabra. Si a su misa acuden cristianos protestantes, mormones o testigos de Jehov presencias frecuentes entre los centroamericanos y ellos piden una bendicin para su iglesia, Solalinde se las dar, y si le ordenan que se arrodille, lo har sin dudarlo. Y si alguno de ellos quiere comulgar aunque no sea catlico y no se haya confesado nunca en su vida, no le negar el sacramento. Al trmino de la misa, Solalinde le pide a una mujer que d la bendicin a los congregantes, un ritual que slo pueden hacer los sacerdotes varones. Cada una de estas transgresiones ameritara un proceso inquisitorial.


Solalinde es un defensor de las mujeres al punto de la idealizacin, como cuando espera de funcionarias de la Procuradura General de la Repblica (PGR) una actitud solidaria con los migrantes por el solo hecho de ser mujeres. No slo se dice orgulloso de que su superior administrativo en la Dimensin Pastoral de la Movilidad Humana sea una mujer, Leticia Gutirrez, sino que demanda que las mujeres sean ordenadas sacerdotisas ya. Jess no tuvo apstolas por el machismo de su poca, pero integr a las mujeres a su proyecto como discpulas y misioneras, y los tiempos han cambiado lo suficiente como para ordenarlas ministras, afirma.

Su compromiso con la liberacin de la mujer lo lleva a dar interpretaciones sui generis de la Biblia. En una homila, a propsito del pasaje del Gnesis en el que se narra que Dios le quit una costilla a Adn para convertirla en mujer y darle as una compaera, Solalinde dijo que el hecho de que fuera una costilla era especialmente significativo: no se trataba de una extremidad superior o inferior: ni de arriba ni de abajo, sino de en medio del cuerpo de Adn: ese hecho significaba que Dios situaba en un plano de igualdad a ambos sexos.

Solalinde me cuenta algo que nunca le haba platicado a un reportero. Cuando tena cinco aos de ordenado, a sus treinta y cuatro, era un sacerdote aburguesado y galn de Toluca. Reacio a vivir en parroquia, con el dinero de su hermano mantena una casa elegante con no pocos lujos: botellas de buen vino, unos doscientos discos de msica y una televisin con control almbrico: un verdadero adelanto para la poca. Una noche, despus de una reunin con laicos de la Asociacin Catlica de la Juventud Mexicana (ACJM), de la que era el asistente nacional, una joven le pidi que la llevara a su casa. Pero de repente se dio cuenta de que no traa llaves y no estaban sus paps. l ofreci llevarla a un hotel. Ella pidi dormir en su casa y que l se fuera al hotel. Ella cambi de opinin: qudate en el sof porque tengo miedo a dormir sola. Mejor vente a la cama, al fin que eres un caballero y no me faltars al respeto. Abrzame porque hace fro.

Hasta ese da, la castidad haba implicado un sacrificio mayor en el sacerdote. Haba sido "como aplastar un giser con una mano", me dice. Su relato de la relacin sexual me recuerda a un pasaje de La confesin: el diario de Esteban Martorus, una novela en la que Javier Sicilia narra la vida de un sacerdote de pueblo. Ya maduro, Martorus descubre la sexualidad con una de sus feligresas. Ambos relatos coinciden en describir la relacin sexual como una comunin y ubicarla en un plano divino. En el sexo encontraron un punto privilegiado de la relacin con Dios.

"Ese da andaba como nio con juguete nuevo, feliz, feliz. Agradec muchsimo a Dios porque para m no es pecado. Agradec a Dios porque fue una experiencia muy hermosa, algo muy bello. Entend lo que es la comunin, cmo dos personas pueden unirse y formar una sola cosa. Entend cmo Dios es tan sabio de hacer el cuerpo del hombre y de la mujer y cmo se complementan. Estaba inmensamente feliz: de las experiencias ms hermosas que he descubierto en la vida. De mis oraciones ms profundas que he hecho son las de ese momento. Le agradec que me haya hecho un hombre, le agradec el don de la mujer. A partir de entonces la mujer ya no fue un enigma".

Solalinde sigui viendo a la chica durante un tiempo, dud entre el sacerdocio y el matrimonio y retorn a la castidad. Lo novedoso no es la revelacin de su noviazgo (es comn que los sacerdotes mexicanos sostengan relaciones heterosexuales u homosexuales clandestinas), sino la equiparacin de la mujer con el templo: el cuerpo femenino como lugar de comunin y de relacin con la trascendencia. El sacerdote slo lamenta que ella nunca se haya casado.

Su disidencia religiosa no se limita al papel de las mujeres en la Iglesia. No slo est a favor de que se ordene sacerdotes a los hombres casados (con el argumento de que el matrimonio es un camino de santidad y que Jess vivi en casa de Pedro, que era un hombre casado y con familia). Su principal crtica la dirige a la burocratizacin del aparato eclesial. La Iglesia de hoy no vive para Jess sino de Jess: de los rditos que produce celebrar misas en su nombre. Y muchas misas, porque se ha convertido en una Iglesia centrada en el culto y no en el servicio, y se olvida de que Jess celebr una sola misa y no la cobr. Es centralista y medieval, dedicada a cuidar el cascarn de una hacienda: el Vaticano. Se olvida de que Jess fund una Iglesia, no los estados pontificios. Las propiedades, las estructuras, las cargas impiden caminar a la Iglesia y la han convertido en burocrtica y clientelar, con una jerarqua piramidal y clerical en la que los laicos son cristianos de segunda y las mujeres de tercera clase, dice.

Como prroco, que lo fue durante aos, Solalinde estuvo en iglesias pobres, esas que no dan para coches del ao y viajes a Roma. Cuando recibi amenazas de muerte, el Episcopado Mexicano le dio el ttulo de coordinador de la Pastoral de la Movilidad Humana en el sureste, un cargo ms honorfico que real Solalinde no se entromete en el resto de los albergues del sur del pas, pero que le da el respaldo oficial de la jerarqua a su defensa de los derechos humanos. En su dicesis, le ha dado largas a la insistencia de su obispo de que acepte ubicarse en algn lugar del organigrama, como vicario cooperador o vicario adscrito de una de los dos parroquias de Ixtepec parroquias manejadas por curas, a quienes l llama "codos" y "ojetes" por su indiferencia hacia los migrantes. As que ni siquiera existe administrativamente en la dicesis de Tehuantepec.

"Antes que elemento de un organigrama, soy misionero. Mi modelo no es Jesucristo Sumo Sacerdote, sino Jess el Buen Pastor: el pastor que da la vida y vive con sus ovejitas, y no nada ms las junta para una fiestecita (la misa). Jess deca que la prioridad no es el culto, sino el Reino de Dios y su justicia.

"Yo amo mucho a mi Iglesia, pero tengo la conviccin de que no es la Iglesia que quiere Jess", resume.

El albergue
Durante aos el albergue no fue ms que un terreno baldo sin bardas que lo protegieran de los lobos. Tampoco haba camas para pasar la noche: se pernoctaba sobre cartones tirados en el piso que se empapaban en la temporada de lluvias. El primer donativo permiti levantar una pared y un techo de zinc al que se le llam capilla y sirvi de refugio para el sol y la lluvia. Luego se hizo el comedor y despus unos cuartitos a la entrada.


Por el albergue han pasado decenas de colaboradores: los migrantes que se quedan unos meses a reponerse del cansancio y a acumular fuerzas (y dinero) para seguir, o bien que fueron vctimas de delitos y esperan a que concluya su proceso legal; miembros de ONG de derechos humanos que apoyan al albergue al tiempo que hacen alguna investigacin de campo Solalinde llama a algunos de ellos "cristianos ateos" por practicar una solidaridad cristiana sin ser creyentes; sacerdotes o religiosas que colaboran alguna temporada en el albergue y, por ltimo, voluntarios de congregaciones catlicas.

Daniela Soto, estudiante de la Universidad Iberoamericana de Len, form parte de un grupo de alumnas de escuelas jesuitas que acudieron como voluntarias. Estuvo casi seis meses, entre agosto de 2007 y enero de 2008. Recuerda la casa en la que viva Solalinde antes de mudarse permanentemente al albergue, y en donde se hosped con otra voluntaria adolescente: modesta, sin ventanas ni regadera y un patio con plantas; recuerda la calidez de Solalinde con los migrantes, a quienes animaba a pensar en el tren como en un "un corcel blanco" que los llevara a Estados Unidos; ella estaba con otras dos voluntarias cuando irrumpieron maras y slo David, entonces coordinador del albergue, consigui correrlos; recuerda la entrada de cuatro camionetas de polica que fueron a hostilizar a Solalinde y a decirle que cerrara el lugar; recuerda al padre John Popf, un sacerdote estadounidense que colabor algunos meses, que estaba en desacuerdo con la laxitud de Solalinde. Junto con otras dos voluntarias, Daniela era la encargada de recoger las verduras que regalaban dos mercados, uno de Ixtepec y otro de Juchitn. Y tambin le tocaba cocinar: sopa de verduras siempre, adems del arroz caducado que se reciba en donativo. El albergue demandaba su atencin permanente: en la cocina, en el cuidado de migrantes enfermos o con los pies deshechos, en la revisin de las mochilas y el registro a la entrada. Solalinde, mientras tanto, sala a conseguir donativos pues, al igual que ahora, el dinero no alcanzaba.

Daniela recuerda a un nicargense de quince aos que haba escapado de una casa donde estaba secuestrado, y Solalinde lo convenci de denunciar. El padre Popf, el migrante nicaragense y ella fueron en la tracker de Solalinde a la ciudad de Oaxaca. Las autoridades le tomaron la denuncia al muchacho pero no lo dejaron salir del Ministerio Pblico, sino que lo entregaron a Migracin para ser deportado.

Los jesuitas interrumpiran el envo de voluntarias despus de las amenazas a Laura, una joven de Torren a quien le robaron sus pertenencias. Unos hombres presuntamente Zetas le advirtieron que ya saban en dnde vivan sus padres y que iran sobre ellos. La joven tena la mala suerte de apellidarse Guerra, y sus agresores pensaron que se trataba de una sobrina del cura.

La hechura de un sacerdote
Si en la infancia lo corrieron tres veces de colegios privados y escuelas pblicas, en la juventud lo echaron o se fue azotando la puerta de cuanto seminario religioso pis. Ya no eran travesuras de nio, sino rebelda frente a la obediencia, la disciplina y el modelo de Iglesia lo que lo confrontaba con sus superiores. Los carmelitas lo salvaron del Yunque y le ensearon el Concilio Vaticano II, pero fallaron en imponerle la disciplina de la orden. Durante el noviciado, en una ocasin en que deba guardar el voto de silencio, una seora se acerc a hacerle una pregunta y el joven seminarista Alejandro Solalinde os responderle frente a sus pares. Cuando le pidieron que confesara su culpa, dijo que la caridad para contestarle a una seora estaba por encima de una norma disciplinaria. Los carmelitas ratificaron que su vocacin sacerdotal era firme pero que no serva para la vida comunitaria carmelitana, as que le dieron una carta de recomendacin mientras lo ponan en la calle.


El resto de su formacin fue azarosa y errante. Entr al seminario de Tlalnepantla ("de cuyo nombre no quiero acordarme"), ubicado al norte de la ciudad de Mxico, en donde tampoco permaneci mucho tiempo. Estaba a disgusto con el conformismo y la hipocresa de sus pares, que soportaban el autoritarismo para no poner en riesgo sus carreras. Con un grupo de quince seminaristas form una suerte de sindicato llamado Corese (Consejo Regional de Seminaristas) que se mud a una vecindad en la colonia Portales, un barrio popular de la capital del pas, y consigui ser admitido en el Instituto Superior de Estudios Eclesisticos (ISEE), vanguardia entonces de estudios teolgicos a la luz del Concilio Vaticano II en donde fue alumno, entre otros, de Miguel Concha, defensor de los derechos humanos.

Pero era un seminarista al garete sin seminario ni dicesis que se resista a someterse a la disciplina para conseguir la ordenacin. Para su suerte, una pequea congregacin espaola, los Operarios Diocesanos, se interes por la comunidad de seminaristas y su prepsito general, Julio Garca, aprovech una estancia en Mxico para investigarlos y pasar un tiempo con ellos. Entre el expediente del seminario de Tlalnepantla, que condenaba a Alejandro por indisciplinado, y su propia observacin, se qued con la suya y decidi que fuera el primer ordenado de la comunidad de jvenes rebeldes. Las constituciones de los Operarios marcaban que los seminaristas deban ordenarse en en el lugar que residieran los padres de los candidatos, y como los Solalinde Guerra se haban mudado a Toluca, el 18 de mayo de 1974 el obispo de esa ciudad, Alfonso Torres Romero, le impuso las manos.

Lo ordeno sacerdote a ttulo de
(El obispo no saba ni siquiera a ttulo de qu, porque Solalinde no provena de ningn seminario diocesano).
A ttulo de la dicesis, monseor le aclar Julio Garca ceceando en dicesis.


Ya convertido en sacerdote diocesano form una inusual comunidad de seminaristas, religiosas y laicos llamada Misioneros Eclesiales Itinerantes (MEI). Solalinde ocup algunos puestos en instancias directivas de la Iglesia catlica, como el Consejo de Laicos y la Asociacin Catlica de la Juventud Mexicana (ACJM) de la que fue asistente nacional. Pero su ilusin era construir una casa con huertas donde pasar el resto de su vida regando los arbustos con su comunidad. Su hermano Ral encontr la prosperidad econmica con una preparatoria en Toluca y le mantena una vida cmoda, de "padre Amaro", como la recuerda ahora (en referencia a la novela El crimen del padre Amaro, de Ea de Queirs, que recientemente se llev al cine con Gael Garca).

En 1982, Solalinde y sus misioneros optaron por dejar la comodidad toluquea y buscar a los pobres. ngel Legorreta, seminarista en aquel entonces, me cuenta que el propsito del grupo era misionar en una comunidad y despus partir a otra. Dentro del MEI haba fricciones entre Solalinde y el resto de los miembros. No todos estaban de acuerdo con sus decisiones y l se mostraba temperamental e impositivo a veces, pero al final caminaban con l.

Su obispo le puso un ultimtum: o disolva la comunidad o se marchaba de la dicesis. Solalinde haba considerado irse a comunidades pobres del estado de Quertaro, en el centro del pas, o a Oaxaca, en el sur, y su obispo lo previno antes de autorizar un permiso de cinco aos: "No te vayas a Quertaro porque el obispo Toriz Cobin es ms cerrado que yo". Tocaron la puerta de Bartolom Carrasco Briseo, el arzobispo de Oaxaca de la Teologa de la Liberacin que terminara acorralado por el Vaticano con el nombramiento de un arzobispo coadjutor.

Mndenos a la zona ms pobre pidi Solalinde.
En la zona ms pobre, la gente nunca dejar a su cura sin comer respondi Carrasco.


Tras seis meses en la regin de San Pedro Amuzgos, en el norte del estado, Solalinde y su equipo fueron llamados a la sierra mixteca, a Santa Mara Yolotepec. La parroquia estaba en manos de Manuel Marinero, que haba aceptado una misin en la frontera con Guatemala y dejaba la parroquia de veintids comunidades. Era una regin muy pobre y sin comunicaciones, que requera caminatas de hasta doce horas para ir de una comunidad a otra.

Marinero le dio las llaves del templo tras varios das de recorrer la parroquia: "Aqu est: te entrego una parroquia sin problemas", le advirti. Marinero slo oy de l aos despus, cuando Solalinde pas tres meses con su comunidad en Grand Rapids, Michigan, para trabajar con migrantes mexicanos, y lo juzg como un hombre que coleccionaba experiencias sin dedicarse a fondo a ninguna. Pero su impresin cambi cuando supo, muchos aos despus, de Hermanos en el Camino, y entonces inici una relacin epistolar con l para animarlo a seguir. (Me llama la atencin, por otra parte, que Solalinde llame "santo" a Marinero: es un cura proscrito porque se atrevi a hacer pblico que tena mujer e hija. Le prohibieron celebrar en templos catlicos, pero su comunidad en San Bartolo Coyotepec desoy el castigo y le permiti vivir en la casa parroquial y presidir la misa en domicilios particulares).

Al principio, sus pares de Oaxaca tachaban a Solalinde de riquillo que iba con guantes a misionar con los pobres. Y los primeros meses fueron, en efecto, duros. En medio de las caminatas solitarias por los cerros, su mente lo transportaba al Sanborns de Lafragua una cafetera en la ciudad de Mxico, o a Loobies, un restaurante de postres en Tampico, al norte del pas, a donde se iba mentalmente a comer helados enormes e ignorar as la realidad: que en su morral cargaba la comida del da: una tortilla dura que deba remojar antes de poderse masticar.

Pero el tiempo le disip las alucinaciones y le ense a vivir la pobreza con alegra. Como a muchos otros sacerdotes de la misma vena, los indgenas de la zona lo "evangelizaron". La Mixteca result una gran universidad que le ense una lectura poltica y social del evangelio frente a la miseria y las violaciones de los derechos humanos.

El MEI mantuvo la cohesin apenas unos aos y despus cada quien se reparti en la dicesis de Oaxaca. ngel Legorreta fue ordenado sacerdote y se le asign su propia parroquia. Solalinde renov su permiso y se qued cinco aos ms.

Su hermano Ral recuerda que, al trmino de sus dos permisos, Alejandro acudi a Toluca a curarse una anemia crnica, a tratarse una tuberculosis y a operarse la nariz. El tabique nasal se le haba roto porque le cayeron unos bultos cuando dorma a bordo de un camin guajolotero.

Su tercer permiso para ausentarse de Toluca lo llev a la dicesis de Tehuantepec. Fue prroco de San Pedro Comitancillo, donde estableci un albergue de nios hurfanos, abandonados y golpeados (algunos de ellos llegaron con l al albergue de Ixtepec), y su ltimo encargo parroquial fue la Santsima Trinidad, en una zona pobre de Juchitn. Los pleitos entre grupos de sacerdotes entre los favorecidos por el obispo saliente y los que pujaban por el favor del nuevo lo cansaron y pidi un permiso, pero ahora para estudiar Psicologa en Guadalajara. A su vuelta estableci un consultorio de terapia familiar sistmica en El Espinal, un pequeo municipio vecino, y dio consultas a parejas hasta que el 14 de mayo de 2006 vio el cuerpo destrozado de Miguel, el nicaragense mutilado por el tren, y decidi que tena que abrir el albergue.

Rulillo
Alejandro lo llama "mi segundo padre", aunque Ral es apenas un ao mayor que l. Son de la misma estatura y complexin y ambos usan anteojos; por telfono sus voces se confunden y cuando estn juntos se percibe esa conexin entre dos hombres que han guardado una complicidad fraterna y comparten la visin del mundo.


Sin Ral Solalinde resulta imposible explicarse al sacerdote Alejandro Solalinde. De nios, Ral meta las manos por su hermano cuando se encontraba en peligro en el barrio bravo. Fue el salario de Ral el que permiti a Alejandro estudiar la secundaria, el bachillerato, los primeros semestres de Arquitectura, dos carreras universitarias y fueron las ganancias de Ral las que le dieron a Alejandro una vida aburguesada durante sus primeros aos de sacerdote en Toluca.

Ral es de esos que dicen que van al bao y en realidad se adelantan a pagar la cuenta. Adems de maestro de contabilidad, durante dcadas fue un empresario prspero como socio mayoritario del Instituto Tecnolgico de Humanidades y Artes de Toluca (ITHAT), una preparatoria de colegiaturas relativamente bajas. Ral se dio la vida que sus padres no pudieron ofrecerle: viajes al extranjero, cenas en restaurantes de lujo, vacaciones pagadas para decenas de parientes, casas con instalaciones deportivas, automviles del ao. La derrama era suficiente para que su hermano, el padrecito, viviera ms como prncipe de la Iglesia que como misionero itinerante en los aos en que an no se decida a ser pobre entre los pobres.

Los rotarios de Metepec, el club al que Ral perteneca en Toluca, adquirieron conciencia de que el municipio requera inversin social: edificaron una estacin de bomberos, repararon calles y le encargaron a Ral levantar una casa para la tercera edad.

La segunda vez que nos vimos, Ral Solalinde me cit afuera del Hospital de la Ceguera, en el sur de la ciudad de Mxico. Desde que estableci la primera casa de ancianos en Metepec, una comunidad aledaa a Toluca, su vida fue dando poco a poco un giro hasta que abandon la administracin de la preparatoria y se dedic de tiempo completo a la fundacin y direccin de hogares para ancianos. Al da de hoy coordina cuatro casas, todas en el Estado de Mxico, donde se atiende a 272 personas, la mayora de ellas residentes permanentes. La maana que nos encontramos haba trado a la ciudad a ocho ancianas a operacin de cataratas, cirugas pagadas por una cadena de salas de cine.

Las historias de los adultos mayores que protege Ral son tan crudas como las de los migrantes que refugia Alejandro. El abandono, la explotacin familiar, las enfermedades crnicas, la miseria, la falta de medicamentos, la disolucin de la memoria, la tristeza, constituyen su pan cotidiano. Ral se enfrenta a familias que se resisten a separarse de la ta abuela de noventa aos, no porque la quieran a su lado, sino porque la explotan como sirvienta o enfermera, a veces con insultos y golpes. Las amenazas de denunciarlos penalmente son un recurso a la mano para salvar a esas ancianas de yugos familiares.
Ral no slo ha aportado una mesada a su hermano durante toda su carrera sacerdotal, tambin ha sido crucial para las obras sociales de Alejandro. En San Pedro Comitancillo, el padre Solalinde fund un albergue para nios en situacin de abandono, hurfanos o no, el Centro de Reconstruccin Familiar. Durante diez aos el Centro de Promocin Asistencial, de su hermano, pag la operacin del albergue, hasta que result insostenible.


Ral reparti entre sus familiares la mayora de las acciones del ITHAT y se dedic por completo a trabajar en los hogares de ancianos. Pero la preparatoria, como negocio, comenz a declinar. La matrcula se redujo a la mitad y slo da para pagar sus propios costos de operacin.

El ITHAT ya no soporta la carga financiera de El Pueblito de los Abuelos, como se llama a la fundacin de casas de adultos mayores. Despus de sus gastos, apenas da quince mil pesos para Alejandro que se van al albergue y doce mil pesos para Ral. Y las casas de ancianos absorben, slo en nmina, poco ms de cien mil pesos a la quincena entre gerontlogos, enfermeras, mdicos, nutrilogos y personal administrativo, adems de las medicinas, los paales y la comida. Salvo en una de las cuatro casas, en donde los adultos mayores aportan cien pesos mensuales a su propia mesa directiva, en las dems los servicios son gratuitos, porque sus beneficiarios, adems de ancianos, son pobres o miserables sin seguridad social.

Mientras caminamos de vuelta al hospital, despus de tomar un caf, advierto un atisbo de angustia en su rostro. Se aproxima la quincena. La preparatoria simplemente no dio para pagar la nmina de la fundacin. Desde hace dos aos quiere vender una casa grande con canchas de frontn pero no encuentra comprador y, por primera vez, piensa en enajenar la preparatoria para seguir pagando los gastos de las casas de ancianos. En el fondo le inquieta pensar quin se ocupar de "los abuelitos" cuando l se muera. Ese da a duras penas consigui un donativo de treinta mil pesos que le permite pagar tercios o cuartos de sueldo. Pero despus recupera la sonrisa y me dice respecto a la quincena que le debe a sus empleados: "Yo no me preocupo porque eso es problema de Jess y l ver cmo le hace".

En casa de Ral en Metepec es a donde Alejandro va a descansar fsica y anmicamente. Transita de las amenazas de los Zetas a los apapachos de su hermano y su familia. Llega temprano y rara vez se queda ms de una noche. Ral lo lleva a la gasolinera donde pasa el autobs a la ciudad de Mxico, para tomar otro a Ixtepec.

Ral est convencido de que Dios le da una misin a cada persona en la Tierra. La misin de algunos es simplemente sobrevivir; de otros, cuidar a sus familias. La de Ral son "los abuelitos". La de su hermano Alejandro, los migrantes. "Jano acept con humildad la misin de ser las manos de Cristo. En cualquier momento me dicen: Asesinaron a tu hermano'. Estoy seguro de que no ser la mafia, sean los Zetas o quien sea. Ellos no lo van a asesinar, pero las cabezas de ellos s, y estamos hablando de los polticos".

Ya somos pobres otra vez
"Ya somos pobres otra vez", dice Alejandro Solalinde para abrir la reunin del 12 de junio. Diecisis colaboradores del albergue se sientan en crculo, como cada domingo, a discutir los asuntos de Hermanos en el Camino.


Solalinde informa que los treinta mil dlares del Premio Notre Dame que haba donado Cuauhtmoc Crdenas, tres veces candidato presidencial de la izquierda mexicana, ya se agotaron. De repente se le ocurri pedir el saldo de la cuenta bancaria y le informaron que quedaban unos quince mil pesos. Lo primero que lamenta es no poder cumplir su palabra con el padre Francisco Ponce, prroco del pueblo vecino de Santo Domingo Zanatepec, que recibe a migrantes en el atrio y les da veinte pesos a cada uno. Pensando en voz alta, Solalinde dice que ni modo, tendr que recurrir a su hermano Ral para que le den unos cinco mil pesos para el padre Ponce.

A la primera ronda de intervenciones emergen los problemas de la administracin del albergue: el encargado de las obras el dinero donado por Crdenas se emple primordialmente en construir dos dormitorios: uno para mujeres indocumentadas y otro para el equipo de voluntarios se queja de que el rea de cocina se est acabando la lea de la cimbra. Ni siquiera hay solvencia para los doscientos pesos que cuesta la carreta de lea (y sin lea no hay cmo cocinar). As como se acaba la lea se acaban las reservas: quedan cinco kilos de sal, dos costales de frijoles, medio costal de arroz y cinco kilogramos de detergente.

La comida se convierte en debate principal de la reunin. Unos das atrs, lleg entre las donaciones un pollo completo una verdadera joya, y tres residentes del albergue centroamericanos que colaboran en Hermanos en el Camino mientras se resuelve su situacin jurdica lo frieron en aceite y se lo comieron. Se vala comerse el pollo en secreto y de paso gastar el escaso aceite? De ah se pas a discutir si era legtimo que hubiera dos cocinas, una para los indocumentados y otra para los voluntarios. Un bloque sostena que era injustificable: una cocina aparte generaba una segregacin: personas de primera, los colaboradores, y personas de segunda, lo cual contradeca el espritu de Hermanos en el Camino, por lo que haba que desaparecer la cocina del staff e integrarla al comedor de migrantes. Otro bloque argumentaba que miembros del equipo tenan restricciones en su dieta y necesitaban cocinar aparte. Solalinde dijo la ltima palabra: s a la desaparicin de la cocina de los voluntarios, pero hasta que se terminara de construir la otra (en el albergue todo est a medias).

Luego los prejuicios salieron a flote: un hondureo homosexual haba llegado con el tren de Arriaga y haba pedido pernoctar en el dormitorio de mujeres pues tema ser atacado sexualmente si dorma con hombres. El tema dispar una discusin en la que se oyeron las palabras "putos" y "maricas" y se dijo que jvenes como el hondureo iban al albergue a ofrecer servicios sexuales por cincuenta pesos. Amelia Frank-Vitale, voluntaria graduada de Yale, interrumpi molesta: la razn de ser del albergue era evitar discriminaciones como sta. La solucin: cuando llegara alguien vulnerable a abusos sexuales, uno de los elementos de seguridad dormira junto a l.

Siguiente punto: el camin de alimentos se haba usado ms de una vez para sostener relaciones sexuales. Arel Palomo, una voluntaria de la ONG Idheas y ex coordinadora del albergue, sostena que las relaciones sexuales deban estar prohibidas: no slo vulneraban el sentido mismo de Hermanos en el Camino, sino que se prestaban a abusos. Solalinde respondi primero con una pregunta: entonces habra que prohibirle la sexualidad a la pareja de Isaac y Rosemary, que vivan en un casetn dentro del albergue, mientras tramitaban su refugio humanitario? S, respondi Arel. Solalinde acot: "No somos la liga de la decencia, ni somos policas sexuales. Si viene una pareja, que tengan relaciones sexuales. El albergue es la casa de los migrantes y tenemos que respetar su libertad. El criterio ya lo di. No hay recetas de cocina".

Uno de los voluntarios da una ltima queja. Es hondureo y cuenta que escuch decir a otro miembro del equipo, cuando el tren a Medias Aguas se marchaba con migrantes con los que hubo algn conflicto: "Qu bueno que ya se van estos malditos". A l le haba dolido en lo personal la frase porque l mismo era un migrante que ms temprano que tarde se trepara a ese tren.

Solalinde zanj el punto: "Ellos son una bendicin. ste es un lugar sagrado porque Jess est en ellos".

"Hablo para confirmar la ejecucin del cura" (Las amenazas)
El Reynosa, un sicario de los Zetas, lleg una maana de principios de 2008 al albergue a bordo de una motoneta marca Italika. Se acerc a dos centroamericanos que descansaban a un lado de la puerta y les dijo que esa noche entrara a asesinar a Alejandro Solalinde.


La voz se corri rpidamente y el albergue entr en un estado de alarma. Haba unos cien centroamericanos en Hermanos en el Camino, a la espera del tren a Medias Aguas. Hubo rpido un acuerdo: se dividiran en cuatro grupos apostados en cada esquina del albergue, que todava no tena cerca.

Se establecieron las guardias y Solalinde se meti a su camioneta tracker blanca a esperar la noche. Luego lleg el tren desde Arriaga con otra centena de migrantes. Pero la mayora de ellos ni siquiera alcanz a registrarse en el albergue, porque de repente se escuch que parta el tren hacia Medias Aguas, el prximo destino. Los centroamericanos, incluidos los que hacan guardia, tomaron sus cosas y corrieron a montarse en l. De los cuatro grupos que resguardaran esa noche a Solalinde no qued nadie. Slo permanecieron unos quince migrantes que llegaron exhaustos y se tiraron a dormir debajo de la capilla. Solalinde se qued dormido en el asiento de la camioneta.

Pero uno de los indocumentados s despert con el ruido de unos pasos. Distingui bajo la luz de la luna a un hombre que entr al albergue, camin a la tracker y meti la mano por la ventanilla entreabierta. No toc a Solalinde, slo movi su mano en crculo sobre la cara del cura. Lo vio desde donde dorma, un cartn tumbado en la cocina, pero estaba tan cansado que no hizo ningn esfuerzo por reaccionar.

Meses despus, un funcionario del gobierno federal le ense a Solalinde la declaracin de un pollero detenido que trabajaba para los Zetas. El pollero cont que una noche de principios de 2008 estaba con un alto mando de la organizacin criminal en Piedras Negras, Coahuila, cuando son el telfono celular: era el Reynosa, que llamaba para confirmar el asesinato de Solalinde.

Hablo para confirmar la ejecucin del cura consult el Reynosa con su jefe.
Djalo por ahora y haz tu trabajo le respondi la voz desde Piedras Negras, Coahuila, en el norte del pas, de acuerdo con la declaracin a la que tuvo acceso Solalinde.


No fue la nica vez que unos zetas entraron al albergue. Solalinde recuerda otras dos ocasiones. Son inconfundibles por su porte y su resolucin. Entran como si mandaran. La ltima vez, en enero de 2011, Solalinde los pas al cuarto de su hamaca y les puso dos banquitos:

Sabes por qu no te matamos? le pregunt uno de ellos.
Solalinde call.
Por que si te matamos van a cerrar el albergue y va a ser ms difcil encontrar a los indocumentados. En cambio, con el albergue, t nos los juntas le dijo.


Los Zetas le demostraron que conocan la operacin cotidiana: quin cocinaba, qu se coma, qu tareas desempeaban los voluntarios.

Pero no slo de los Zetas han provenido las amenazas, intimidaciones y agresiones. Tambin de maras. Jos Alberto Donis, coordinador del albergue, se neg repetidamente a que un integrante de la Mara ingresara al albergue. El marero desafiaba con su presencia constante al albergue, hasta que un da Donis le dijo que le dejara entrar al albergue, pero que primero tena que registrarse como cualquier otro migrante, ser revisado y sujetarse a las reglas. El marero lo tom como una ofensa personal y advirti que se vengara. Los voluntarios del albergue supieron que el altercado provoc una discusin al interior de los maras de Ixtepec: un grupo quera vengar la afrenta y ejecutar a Donis. Pero otra faccin se negaba por la persecucin que desatara sobre todos ellos. Esta ltima faccin prefiri delatar ante la polica a los mareros que estaban por matar a Donis.

La CNDH tambin document cmo el delegado del INM, Omar Heredia, mont una acusacin de trfico de menores contra Solalinde: agentes del INM detuvieron a Jeimy Moncada, inmigrante hondurea, con cinco menores de edad. De acuerdo con la versin del INM, los nios separados de Jeimy declararon que en el albergue de Ixtepec haban sido aleccionados por Moncada y por Solalinde para que declararan que Jeimy era su madre, cuando no lo era. Omar Heredia aprovech una visita de Solalinde a la delegacin regional para conducirlo con Moncada y tomarle una fotografa cuando la saludaba de mano. Despus a Moncada y a otro guatemalteco que la acompaaba se les present ante el Ministerio Pblico por trfico de menores.

Pero Jeimy Moncada s era la madre de cuatro de los nios (el otro era su sobrino). Y los nios en efecto haban sido intimidados, pero por los elementos del INM, para incriminar a su madre y a Solalinde, de acuerdo con la recomendacin 23/2011 de la CNDH.

Las anteriores son slo tres intimidaciones contra Solalinde y el equipo de Hermanos en el Camino. l puede contar ms, desde empujones y golpes hasta amenazas directas contra su vida. En abril de 2010, la Comisin Interamericana de Derechos Humanos pidi medidas cautelares para Solalinde, Donis, David lvarez, Norma Caldern, Araceli Doblado y Arel Palomo. El gobierno acat la orden con la instalacin de una cerca y de arbotantes de paneles de luz solar. El sacerdote acept la proteccin de cuatro elementos de la polica estatal a partir de diciembre de 2010, cuando mareros ingresaron al albergue a amenazar a Donis y a Solalinde.

Los guardaespaldas caminan con una escuadra al cinto y cuando salen del albergue portan armas largas. Pero Solalinde cree que si lo quisieran matar, lo mataran sin ms. Pero que en la cpula de la mafia del secuestro hay polticos que calculan y que han optado por dejarlo vivo. A veces ha declarado a la prensa que est "anestesiado contra el miedo", pero en otras ocasiones ha reconocido pblicamente que vive en una "premuerte". Incluso responsabiliz al secretario de Seguridad Pblica, Genaro Garca Luna, de cualquier atentado en su contra.

El albergue hoy
Hermanos en el Camino ha transitado en cuatro aos de ser un terreno baldo con cartones en el piso a un modesto albergue con cinco construcciones, dos de ellas inconclusas, que cuentan con literas y colchones. No ha habido dinero para repellar los muros, y el color gris prevalece en las paredes. Lmparas de luz solar lo alumbran de noche y cuatro guardaespaldas mantienen el orden.


Las victorias del albergue y de su coordinador son asombrosas: aminorar los secuestros de indocumentados en el Istmo de Tehuantepec, contribuir a visibilizar una tragedia humanitaria y convertir a un cura sesentn en una leyenda entre los centroamericanos. Pero los pendientes saltan a la vista: dentro del albergue no se ha logrado consolidar a un equipo directivo. Nominalmente siempre hay un coordinador debajo de Solalinde, pero la lnea de mando es dispersa, seguido se rompe la disciplina y los voluntarios o los migrantes que se quedan una temporada en el albergue no tienen claras sus tareas. Tampoco se ha generado una inercia para abastecer al albergue de insumos esenciales: comida y lea para cocinar. Del mercado de Juchitn llegan verduras y menudencias de pollo, pero la mayora de ellas estn podridas o a punto de la descomposicin (la insistencia del cura en hacer menos sopa de verduras y ms ensaladas choca con esta realidad).

El albergue rema a contracorriente, es cierto. El sacerdote dominico Gonzalo Ituarte me cuenta que su congregacin mantuvo durante aos un albergue para migrantes en Ciudad Jurez, y que nunca tuvieron problemas con la comida porque la poblacin juarense, de un milln trescientos mil habitantes, era muy solidaria. Ciudad Ixtepec es lo contrario: un pueblo de veinticinco mil habitantes en el que prevalece la xenofobia hacia los centroamericanos. Basta decir que los ixtepecanos que quisieron quemar el albergue en junio de 2008 eran nada menos que sus vecinos de barrio.

Valiente hasta la heroicidad, Alejandro Solalinde tambin es un administrador torpe: ni cuenta se dio cuando un donativo de treinta mil dlares se agot de repente. Hombre de discusiones y asambleas, tambin es un directivo temperamental. Sacerdotes, religiosas y laicos que han pasado algn tiempo en Hermanos en el Camino han diferido de l sobre la conduccin del albergue: se ha aferrado a que es la casa de los migrantes, un lugar donde deben sentirse en libertad. Me toc presenciar una reunin interna en junio pasado, en la que se form una comisin para redactar un reglamento, a ms de cuatro aos de su fundacin. Solalinde tambin ha hecho cada vez ms frecuentes sus viajes y son cada vez ms espaciadas sus estancias en Hermanos en el Camino.

Las normas rgidas de otros albergues aqu no existen: all por lo general se impone un horario, de siete de la noche a siete de la maana (de da los migrantes deben salirse) y ac las puertas permanecen abiertas. Se obliga a los hombres a cubrirse el torso: ac los indocumentados son libres de exhibir sus barrigas bajo el denso calor istmeo y de permanecer a cualquier hora del da y la noche.

Slo hay tres reglas: no beber, no introducir drogas y armas y no permanecer ms de tres noches. Pero aun esta ltima regla es flexible si el usuario argumenta que espera un envo de dinero. Y si pide trabajo en el albergue probablemente lo obtendr.
La apertura entraa riesgos, por supuesto. No hay una lnea fina entre indocumentados, polleros y agentes de los maras y los Zetas, que podran incluso colarse entre el equipo de colaboradores. Si se sorprende a alguien enganchando gente para llevar a Estados Unidos, se le expulsa, pero es difcil saber quin est realmente en el camino y quin acude a recabar informacin que sea til para un secuestro.


Los migrantes, en efecto, se sienten en casa. En los retratos de Alex Dorfsman, en las charlas que sostuve con los que coincid a principios de junio, en los testimonios que me muestra la realizadora Alejandra Islas con los que elabora el documental El albergue resalta la serenidad de hombres y mujeres que provienen de la pobreza espantosa y de la violencia extrema centroamericana, y que en Mxico han pasado por las ms duras: secuestros, robos, asaltos sexuales, explotacin laboral o accidentes que los marcan de por vida, como mutilaciones o descargas elctricas. Tratados como delincuentes, mercanca o ganado en el resto del pas, aqu representan el rostro vivo de un mesas de Galilea. Lo que hay es poco: edificios grises, comida descompuesta, calor sofocante, pero es una fortuna respecto a lo que les espera a campo abierto.\\

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