Viernes 25 de julio de 2014 
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diciembre 2011
Originales del punk
En enero comienzan a circular las crnicas de un pocho en la ciudad de Mxico: El Bajn y El Delirio (Ocano), de Daniel Hernndez. Cuentan la historia de un chicano que llega al DF con ganas de convertirse en chilango. Presentamos el captulo en el que Hernndez se encuentra con un punk.
Por Daniel Hernndez / Ilustracin de Alejandro Magallanes
Un estado radical de autonomía total es el dogma principal del punk.
Reymundo, conocido por su nombre punk, el Reyes, es un tipo de treintaitantos aos, de cuerpo grande y robusto. Su panza est llena, no exactamente de grasa ni msculo, sino de fuerza. Tiene la cabeza rapada. O sea, es punk peln, segn me explica el da que lo conozco. Por eso, a veces, lo confunden con skinhead, o peor an, skinhead fascista. A veces eso le causa pedos.

Conoc a Reyes a finales del verano de 2009, en un foro conocido como El Clandestino, en Ecatepec, Estado de Mxico. Es otro toqun. Grupos de punks con picos y ropa llena de parches, hombres y mujeres, se juntan en una transitada avenida. El sol quema, el olor del escape de los autos y el agua de drenaje rebota contra el trfico y los sonidos rudos de rock provenientes del interior. Algunos chavos inhalan su mona. Reyes es el encargado de la puerta. Su trabajo es asegurarse de que los punks de afuera no se metan sin pagar los cien pesos de la entrada en la caja improvisada: un pequeo auto blanco estacionado cerca de la puerta. Dentro, un gey sentado sin camisa bebe, fuma, y recibe el dinero.

Un cartel enumera las bandas que tocarn en el Festival Katrtiko Punk de Aniversario, con el lema "Porque la Catarsis an es vlida, liberarla es nuestra forma de vida". Le digo a Reyes que soy periodista de Los ngeles y que vengo a cubrir el evento. Me dice que me espere como una hora, y luego me presenta al gerente de El Clandestino, quien me da la bienvenida junto con un amigo que est de visita desde California. El espacio, apenas un cajn con piso de tierra, hierve de chavos cubiertos de tatuajes, y chavas con collares de estoperoles alrededor del cuello y el cabello peinado en picos altos. En las paredes hay murales de calaveras, siluetas con el puo levantado, los Addicts. Aunque es evidente que no pertenezco a la escena, ni soy punk de hueso colorado, nadie me mira con sospecha ni hostilidad. Comienzo a sentirme cmodo y pido una caguama bien fra y una torta sencilla de jamn, queso, mayonesa y una raja de chile.

Ahora toca Sndrome, una de las bandas punk ms antiguas y famosas de Mxico. Todo el mundo se empuja y choca entre s. Un chavo que parece de diecisis o diecisiete aos pero que padece un enanismo severo se une al baile comunal gracias a un cuate que lo lleva sobre los hombros. Por encima de las cabezas del resto, el pequeo punk llega al escenario, donde el cantante de Sndrome, Amaya de cuarenta y siete aos y todava resistiendo lo levanta, y ambos unen su energa y levantan el puo hasta la gloria. Me acerco ms. Estrello mis botas contra el piso de tierra y levanto el polvo. Grito cosas sin sentido. Empujo y jalo gente. La gente rebota por todo el lugar y da codazos a completos extraos. Huele a comunidad.

Al salir de El Clandestino, le agradezco a Reyes en la puerta. Se despide de m con un enrgico apretn de manos. "Yo te voy a ensear las verdaderas races del punk en Mxico. Los chavos tienen que saber". Algo en la actitud de Reyes me hace confiar en l de inmediato. Seis das ms tarde, le llamo.

Reyes me pide que lo vea en el andn del metro Salto del Agua a la una de la tarde. Es el siguiente domingo. Llego en punto de la hora y, tras media hora de ver trenes pasar, gente entrar y salir, finalmente lo veo caminar por el andn hacia m. Sus hombros son anchos y sus pasos largos. Lleva pantalones de camuflaje, botas y una vieja camiseta negra con las mangas recortadas con la frase REBELDE: ORGULLO PUNK Y SKIN, ANTIFASCISTAS. Despus de saludarnos, sin decir nada, Reyes hace un rpido movimiento. Mete las manos entre las puertas del metro que se cierran y las abre, lo que hace sonar una alarma automtica. Los pasajeros nos abren espacio. Ah es donde Reyes quiere subirse, y ah es donde nos subimos. Sonre abiertamente. Est emocionado por el inicio de nuestro viaje. Nos dirigimos a un suburbio llamado Chicoloapan, me dice, para conocer a su familia.

"Muchos reporteros me cuenta, durante el viaje se han interesado en nosotros, el movimiento punk, pero llegan y ven lo que est en el momento. Casi no le escarban a la raz. Algunos tienen sus veintiocho, sus treinta y cinco aos en el movimiento. Yo yo creo que unos veintisis, veintisiete aos".

Lo escucho mientras vamos a toda velocidad hacia el este, cruzando por debajo la ciudad y decido que es mejor no preguntarle cuntos aos tiene. La gente entra y sale del vagn constantemente: el movimiento diario de la ciudad subterrnea. "Ahora ya somos ms viejos dice Reyes. Las chavas ya son seoras. A sus esposos los mataron. Ya tienen sus hijos, noms de vez en cuando le caen con nosotros, a las tocadas."

Me muestra los tatuajes que decoran sus brazos gruesos. Uno de ellos est marcado con las iniciales PND, el nombre, dice, de su banda punk de Santa Fe, donde creci. Me dice que en ocasiones la gente confunde el acrnimo con las iniciales de Punk Never Dies, pero Reyes me explica que significa "Plan Nacional de Desarrollo". El nombre expresa la idea de que la liberacin de la represin del gobierno, que un estado radical de autonoma total, el dogma principal del punk, es un proyecto no slo para el barrio de Santa Fe, sino para todo el pas. "Y eso es lo que sigue siendo, un Plan Nacional de Desarrollo", dice Reyes, mirndome a los ojos, con absoluta seriedad. "Todava lo creemos."

Reyes creci en los barrios pobres que surgieron sin planeacin alrededor del basurero de Santa Fe, al poniente de la ciudad.

Durante dcadas, el basurero representaba el eptome del desorden de una ciudad que haba sobrepasado su capacidad. En esa poca, el DF era reconocido en todo el mundo como la mayor metrpoli del planeta, y en el basurero de Santa Fe, la pobreza extrema era el reflejo de una crisis ambiental igual de extrema. La agencia Associated Press report en 1988:

El pestilente basurero, que abarcaba unas sesenta hectreas en la orilla poniente de la ciudad de Mxico, era uno de los mayores de Amrica Latina Se calcula que en algunos puntos la basura alcazaba hasta setenta metros de profundidad, lo que formaba enormes montaas de deshechos que se haban ido acumulando a lo largo de cuatro dcadas En ocasiones ocurran combustiones espontneas, lo que lanzaba gases txicos al aire. Tambin exista la preocupacin de que los deshechos se estuvieran filtrando a los acuferos subterrneos y contaminaran el suministro de agua de la ciudad, de por s escaso.

Actualmente, gran parte de Santa Fe es un distrito de negocios hiperdesarrollado lleno de rascacielos y exclusivos complejos de oficinas, un lugar de vida impersonal. Hay quienes lo llaman el mini-Dubai mexicano. A pesar de su apariencia de desarrollo, hasta el da de hoy Santa Fe est rodeado por muchos de los barrios pobres originales. En esta historia de transformacin radical, me explica Reyes, se ha borrado la historia del desplazamiento masivo que signific Santa Fe.

A principios de los ochenta, el gobierno federal decidi que Santa Fe se convertira en un "distrito central de negocios" como los que existen en el primer mundo tan lejos como fuera posible del Centro. Para que eso pudiera ser posible, el basurero y la gente que viva de l tenan que ser desplazados. Poco a poco, los pepenadores y los residentes de Santa Fe fueron obligados a irse, para hacer espacio a los nuevos hoteles, el centro comercial y el campus nuevo de la Universidad Iberoamericana. El pequeo barrio donde creci Reyes se llamaba Tlayacapa, uno de los ltimos puntos de resistencia. El gobierno quera que fuera el nuevo hogar del campus en la ciudad de Mxico del Tecnolgico de Monterrey, una de las universidades ms prestigiosas del pas. El barrio tena que ser destruido. A los residentes se les ofreci dinero, pero muchas familias no quisieron irse. La gente de Tlayacapa resisti tanto como pudo, pero el 28 de diciembre de 1998, una fecha que Reyes recuerda con solemnidad, la polica arras con el barrio y sac a los habitantes por la fuerza. La edicin del 30 de diciembre de La Jornada report que esa noche seiscientas personas fueron desalojadas "con lujo de arrogancia y violencia". La familia de Reyes estaba entre ellas.

Durante aos las familias ms rudas de Tlayacapa lucharon contra el gobierno "una guerra", segn Reyes por su tierra. Durante mucho de ese tiempo vivieron en campamentos frente a edificios de gobierno o recorrieron la amplia geografa urbana de la ciudad, viviendo como refugiados o indigentes. En algn momento, la universidad lleg a un acuerdo con la gente de Tlayacapa y les ofreci casas nuevas, algunas de ellas en Chicoloapan, en el extremo oriente de la ciudad, lo ms lejos posible de Santa Fe.

Reyes ve el desplazamiento como algo vital en su identidad punk, la base de su posicin de resistencia y autodeterminacin. En ese periodo, me cuenta, Santa Fe era un hervidero de punks. Toda la ciudad, en realidad, de norte a sur, de este a oeste. En testimonios y grabaciones en video que sobreviven de esa poca, los punks se expresan de una manera que muestra su conciencia poltica. Sin embargo, para la mayor parte de la ciudad, la juventud marginada de Santa Fe eran los chavos banda, un trmino inventado por los medios que esencialmente criminalizaba a la juventud, un trmino que meta a todos con los criminales y ladrones. Tras las redadas orquestadas por el gobierno, la gente de Santa Fe se esparci. Emigraron a Ciudad Nezahualcyotl y a Iztapalapa o incluso ms lejos. La hermana de Reyes, La Flexi lder del movimiento de resistencia de Tlayacapa estuvo entre quienes recibieron casas nuevas en Chicoloapan. Cansados de la lucha, las familias se mudaron.

El tiempo transcurre, y el desplazamiento se corresponde con una transformacin fsica entre la banda. Reyes me cuenta que los ltimos punks de la ciudad de Mxico, quienes no murieron jvenes o con violencia, ya no pueden usar montones de cadenas y cinturones o pararse el cabello en picos. Muchos ya tienen hijos, trabajos o al menos, alguna fuente de ingreso. En muchos casos, los punks mexicanos mantienen lazos muy cercanos con sus contrapartes de Espaa, Alemania y Estados Unidos. Aos ms tarde, los punks de Mxico an ven la resistencia no como una postura o un disfraz, sino como una forma de vida.

Nos bajamos del metro en la estacin Boulevard Puerto Areo, cerca del aeropuerto. En el tnel que sale de la estacin, Reyes me explica que solventa sus gastos en parte vendiendo camisetas tejidas de algodn de colores, tejidas a mano por su hermana Flexi. Las camisetas son un artculo popular entre los punks, donde sea que vivan. De pronto, se detiene en medio de la gente y saca una prenda roja de su mochila. Parece una de cota de malla de algodn empapada en sangre.

"Pntela dice Reyes. Llvatela." Dudo, mientras trato de pensar una excusa. "No, as est bien!"

No tiene caso discutir. Si uno de los punks originales de la ciudad de Mxico te dice que hagas algo, tienes que hacerlo. Me pongo la prenda y de inmediato siento que me veo un poco ridculo. La cosa cuelga de manera poco agraciada sobre mis hombros huesudos. "Te luce!", dice Reyes, con una risa.

Nos metemos a una combi, vehculo tan comn para los viajes urbanos de largo aliento como el metro. Ambos, tanto metro como combis son sumamente comunes para la gente que vive en las fronteras de la ciudad. A las combis se les adaptan pequeos asientos tapizados para los pasajeros. Reyes y yo nos metemos como podemos en la esquina de la combi. Nos espera al menos una hora de trfico viajando hombro con hombro, rodilla con rodilla, en el atestado espacio de una minivan sin ventilacin, compartido con una serie de extraos.

"Te quiero ensear algo", dice Reyes, mientras saca de su mochila un flder de papel manila muy viejo. Reyes lo sostiene con las dos manos, como si fuera un libro sagrado. Me lo pasa y yo lo abro con cuidado sobre mis piernas. Dentro, pgina tras pgina de testimonios punk old school. Dibujos, historias personales mal mecanografiadas o escritas a mano, fotocopias de flyers y fotografas. "Quiero hacer un libro", dice Reyes, presionando con sus dedos los papeles dentro del flder. "La verdadera historia."

Comienza a contarme historias, sobre los punks fascistas con quienes ha tenido contacto, las confrontaciones, las peleas, los punks que ocultan su identidad mientras trabajan en la polica o el ejrcito y, lo ms impresionante de todo, punks que simpatizan con los nazis. La fascinacin de algunos mexicanos con un nacionalsocialismo violento de otro pas y otra era est ms all de mi comprensin. Reyes dice que una vez estuvo dentro de la casa de un polica mexicano, y que ah vio banderas nazis en las paredes.

"He tratado de hablar con ellos", me dice Reyes. Y con un suspiro: "Tienes que dejar que todos crean en lo que quieran creer".

A travs de la ventana, el paisaje es un borrn de estructuras rotas, figuras solitarias, amplsimas extensiones de trfico citadino. Junto a m va sentada una morena gorda, todo su cuerpo parece hecho de maz y tierra frtil; a su lado mi flaco cuerpo se siente como un costal de varitas. Nos acercamos a Chicoloapan. El camino se ha vuelto caf y terregoso, el trfico se mueve a vuelta de rueda. Desde el frente de la camioneta nos llega msica ranchera. Autos y camiones y el olor de los escapes de los autos nos rodean. Reyes se voltea y me pregunta: "Y a ti, qu te trajo al punk?".

Los diversos trenes de pensamiento que haba en mi cabeza en ese momento se detienen. Qu me trajo al punk? Reyes tiene ojos pequeos y mirada firme. Espera mi respuesta. "Pues comienzo No s. Creo creo que el punk es algo que simplemente se lleva".

Reyes asiente.

"Me gustan muchos movimientos contino. Siento que puedes sacar algunas cosas de aqu y de all pero en el fondo"

Divago. Reyes parece satisfecho con mi respuesta. Voltea a verme. Llevo puesta una de sus camisetas punks sobre una camiseta de un esqueleto tocando una guitarra y el logo de una banda punk de Los ngeles, los Screamers. Antes, fui al Clandestino y bail slam con Sndrome. Entiendo lo que dice Reyes cuando habla del Plan Nacional de Desarrollo, sobre resistir al gobierno, y la necesidad de contar las historias. Para Reyes, yo soy banda. Para Reyes, yo soy punk.

En Chicoloapan, un llano que se extiende al oriente de la ciudad, la mancha metropolitana de la ciudad de Mxico parece una zona de guerra abandonada ms que una coleccin de suburbios interconectados. Por aqu y all hay construcciones de concreto a medio terminar, y los perros y los ms pobres entre los pobres se las arreglan como pueden a lo largo del lodoso terreno que bordea el camino. Para el momento en que Reyes le avisa al conductor que vamos a bajar, me alegra poder despegarme de la mujer sentada a mi lado. Podra ser cualquier otra calle desolada de los suburbios del valle, donde lo urbano se mezcla incmodo con lo rural. Construcciones, y cercas, y perros y el enorme cielo encapotado sobre nuestras cabezas. Caminamos por una calle lateral vaca, pasamos tienditas, servicios de internet y tintoreras. No hay nadie alrededor. La calle es tan silenciosa que oigo mi propia respiracin. Reyes no vive aqu; permaneci cerca de Santa Fe despus de que Tlayacapa fue borrado del mapa. Pero se mueve en la zona de Chicoloapan con la seguridad de los locales. Vamos hacia la casa de su hermana, Flexi, a ver quin est.

"Cuntame qu pas cuando los corrieron de Santa Fe le digo a Reyes. Cmo fue?"

Sucedi en la madrugada, dice Reyes. Hubo polica montada, polica de todas las delegaciones, polica afuera de su casa. Viejos, mujeres y nios, todos fueron despertados y echados de sus casas. Suena violento y traumtico. Tras la primera batalla por el desalojo, Reyes y su comunidad formaron un movimiento de resistencia. Acamparon en su territorio. Acamparon frente a edificios de gobierno. "Todas las noches, de dos a cuatro de la maana, llegaban los granaderos y nos sacaban de donde nos plantbamos, sea en la plancha del Zcalo o donde estuviramos cuenta Reyes. Incluso con nuestros hijos chiquitos, los viejos que se nos enfermaban. Una tragedia muy cabrona. Los que se resistan, les pegaban, les pegaban muy feo. Vivimos cuatro aos de lucha y de resistencia".

Pasamos un campo de futbol an mojado por la lluvia de ayer. Tras cuatro aos de lucha, el rector del Tecnolgico de Monterrey gestion para que les dieran casas nuevas a las familias desalojadas de Tlayacapa. "Estbamos cansados de vivir en las calles como nmadas dice Reyes. ramos una de las setecientas familias originales. Al final, quedamos treinta familias."

La casa de Flexi queda cerca del final de una cerrada, en una hilera de casas pintadas de colores alegres, del tipo que se ven con frecuencia en las orillas de las grandes ciudades. Las entradas de las casas estn hechas del mismo material que la calle: un concreto blanco y de mala calidad. Reyes sacude una puerta blanca y oxidada: "Abran!" Esperamos. De la casa salen Flexi y una de sus hijas. Flexi parece contenta de ver a una nueva persona vestida con una de sus prendas. Nos saludamos de mano y con abrazos y besos al entrar a la oscura sala. El suelo es de cemento gris aplanado.

Dentro, conozco a los sobrinos de Reyes y a su padre, un viejito encorvado sobre un banco de carpintero. Flexi, de cabello corto y chino y sudadera de camuflaje, inmediatamente me comienza a decir manito. Est haciendo un consom. El hijo mayor de Flexi, de poco ms de veinte aos, pone un DVD de viejos videos de punks. La cubierta tiene una calavera con huesos y el ttulo: 1985-1995. La dcada perdida.

"Fue tremenda, la situacin", dice Flexi, sentada en un silln a mi lado, mientras llega el consom. "Fue duro, manito". Vemos grabaciones mal hechas de punks muy jvenes que hablan de sus ideas, lo que significa ser punk para ellos. Imgenes de multitudes feroces bailando y golpendose a ritmo de la msica, cientos y cientos de punks de Mxico abrindose paso a golpes durante la dcada perdida. Quin sabe dnde estn todos esos chavos hoy en da, pero justo frente a m se encuentra una familia de supervivientes, originales del punk. Uno de esos punks que baila rabiosamente en la pantalla, me dice Flexi, es su esposo muerto. Lo mataron en una pelea, me cuenta.

"Nos decan que nos tenamos que ir relata Flexi, que nos tenamos que salir, porque ya no era nuestro. Pero nosotros decamos: No, la tierra es de quien la trabaja'. Decamos: De aqu slo muertos nos sacan'. En ese momento, manito, estbamos dispuestos a dar nuestra vida por esa tierra".

Con unas cerveza y tortillas para completar la comida, Flexi me cuenta de una noche especialmente aterradora a dos meses de iniciado el conflicto, cuando llegaron los granaderos. De nuevo, relata, las fuerzas del Estado llegaron en medio de la noche. "Tenamos tanques de gas y dijimos: Si ellos entran, nos matamos', no queramos perder [la tierra], as que nos enfrentamos con esos cabrones".

Pasan las horas. Reyes parece contento de estar en casa. Vive en el extremo opuesto de la ciudad, lo que convierte cada visita a la casa de su hermana en un acto de resistencia. Bromea con sus sobrinos y abraza a su padre. Finalmente, sugiere volver a sus rumbos, a lo que queda del barrio en Santa Fe, a un toqun. Al concierto callejero tambin se le dice ruido. Flexi me muestra parte de su trabajo de bordado mientras un nio pequeo, quiz su sobrino o nieto, camina lentamente hacia m y se detiene en mis rodillas.

"Ahora voy al Chopo, y parece que hay algunos pelones nacionalistas dice Flexi, perpleja. Son nacionalistas y cantan el himno nacional."

Tras la cerveza y el consom, nos despedimos. Les pido que posen para una foto de grupo. El da feliz queda registrado en una imagen en la calle de Flexi, toda la familia tomados de los brazos, sonriendo.

Reyes no me dice exactamente dnde ser el concierto, slo que se trata de un hoyo fonqui, como en los primeros das de la contracultura en Mxico. Este hoyo fonqui, me cuenta Reyes, sucede en un lugar conocido como el Garcy, en las colinas que rodean a Tacubaya, en los barrios de Santa Fe que no fueron destruidos para dejar paso a el "nuevo Santa Fe" de oficinas corporativas y complejos habitacionales muy vigilados. Habr varios grupos, y vamos a conocer a ms punks originales.

En este momento, las seis de la tarde de un domingo, hemos ido a la orilla oriental de la ciudad y ahora nos dirigimos a la otra orilla, todo a pie o en transporte pblico. Al llegar al metro Tacubaya, salimos a la superficie, donde la zona tambin es la transitada terminal de muchas lneas de autobuses que suben a los cerros del poniente de la ciudad. Los taqueros ofrecen sus productos y en cualquier lugar que hay espacio, vendedores ofrecen botanas para ayudar a pasar el largo trayecto. Bombones cubiertos de chocolate, cacahuates, gomitas. "Antes viva por aqu", le digo a Reyes, lo que lo pone contento.

Nos subimos a un microbs. El sudor pegajoso de la tarde en la ciudad permea las banquetas y los cuerpos que transitan en ellas. Reyes conversa brevemente con el conductor y se sienta en el asiento del copiloto, la forma en que la gente de barrio se identifica, mientras que a m me toca viajar de pie, detenido de un grasiento tubo. Todo el tiempo voltea a verme, y me sonre, me cuida. El micro sube y sube y sube por calles llenas de grafiti, pasamos tiendas de todo tipo, por un territorio absolutamente desconocido para m. Para el momento en que nos bajamos, inmediatamente siento cmo aumenta la sensacin de peligro inherente a las dinmicas de la gente del barrio y los fuereos, eso que sucede cuando caminas por las calles de un barrio que no es el tuyo.

Esta ley urbana gobierna los submundos de cualquier ciudad, anlogo a lo que, imagino, opera en los barrios de Bombay o las favelas de Brasil. Y sin embargo, las lujosas torres de Santa Fe estn a unas calles al norte de donde nos encontramos. Cruzamos una calle y un grupo de malandros parados en una esquina nos chifla, amenazante. Reyes los ignora y se detiene a recoger un pster de la tocada pegado a un telfono pblico. La seguridad somos todos, dice, debajo de la lista de los grupos, y le recuerda a los rockeros: No violencia. No armas. No botellas de vidrio y no drogas. Reyes lo arranca y me lo da mientras subimos por un callejn, donde hay otros grupos de jvenes que nos miran con mala onda.

Tras saludar a algunos cuates de antao que lo conocen, Reyes voltea a verme con una mirada seria. "Si alguien te pide irte con ellos, si alguien te habla, y yo no habl con l, no te vayas a ningn lado me advierte, en un susurro. T vienes conmigo. Machn, machn". La palabra me regresa a las calles de Tijuana y partes de San Diego. Machn significa ser rudo, estar listo para lo que sea. La amenaza de violencia es una forma de mediacin o negociacin en el barrio, en cualquier parte del mundo. Es la nica manera de que las cosas se mantengan en equilibrio, si todo el mundo da muestras iguales de ser machn.

En la cima de la colina, ante nosotros se abre un can urbano, con una presa al fondo, que te quita el aliento. En toda la parte lateral de las colinas, casas de cemento se repiten una tras otra, como si estuvieran una sobre la otra. Estas pequeas viviendas se construyeron durante la catica expansin de la ciudad en los setenta y ochenta. Muchas ahora han sido refinadas con pintura, limpias, tan relativamente estables como la posicin econmica de sus habitantes. La gente nos ve desde las ventanas. Las calles frente a nosotros se vuelven escaleras de cemento que bajan hasta el fondo de la barranca. Desde muy abajo nos llegan sonidos de guitarras y bateras.

"Un hoyo fonqui", dice Reyes, con una amplia sonrisa, "lo que queramos".

El "Choyo" es una cancha de basquetbol en el fondo de la barranca, rodeada de rboles. Es la tarde-noche, y comienza a hacer fro, el cielo est pintado de un brillante morado. El ruido en el Garcy comenz oficialmente a las diez de la maana y oficialmente termin a las seis de la tarde. Llegamos a las siete. An falta que toque un grupo de darketos. La banda bebe, se detienen unos de otros. Algunos perros descuidados miran la escena desde la orilla. Reyes y yo caminamos hasta la cancha y es evidente que llamamos la atencin. Algunos chiflidos indirectos, pero no indiscretos salen de un grupo de chavos sentados en unos troncos. Sin hacerles caso, Reyes me lleva directamente a la parte trasera del escenario, una lona amarilla colgada sobre unos palos donde se encuentran la batera, los micrfonos y los amplificadores. "Qu milagro!", gritan los amigos de Reyes, abrazndolo todos a la vez. "Reyes, Reyes!" se trata de Mary, Alfredo, la Mouse, Rebeko, Robo y D'mon, un punk de cabello gris que organiz el ruido. Estn bebiendo, fumando e improvisando con la msica. Son la otra familia de Reyes, su banda punk.

No parecen, pienso. No llevan cadenas, no llevan picos. Ahora, de treintaitantos aos, la banda es tranquila y se complace en defender su estilo punk con sus acciones, no con su forma de vestir. Alguien me ofrece un cigarro y lo rechazo, sin considerarlo. Es difcil acostumbrarse a un nuevo lugar, entre gente nueva, tratando de ver quin es quin y qu es qu. Nadie parece vestirse punk por aqu, pienso. Los chavos ms jvenes ese da en el Garcy parecen ms influidos por la esttica de San Judas del centro: camisetas blancas, gorras blancas, jeans y tenis blancos. La cultura de Santa Fe ha cambiado, al parecer, desde los das de Reyes y su banda.

Algunos chavos se tambalean, con ojos vidriosos, drogados hasta el ms all. El olor de la mariguana y los solventes pende en el aire fro de la noche. Hay uno que parece ser del Santa Fe de antao, perdido por ah del 83. Usa lentes de piloto como de Top Gun, una bandana azul en la cabeza y guantes con los dedos cortados. Siento que debera estar bailando break dance. El tipo camina por la cancha como si fuera mudo, concentrado en algo invisible para el resto de nosotros cuando, de pronto pow lanza los puos al aire o salta al ritmo de la msica. "No le hagas caso dice Rebeko, notando mi mezcla de miedo y fascinacin. Est loco".

Sigo revisando el hoyo cuando alguien me pone una caguama enfrente.
"Chpale dice D'mon, o qu, no chupas?".


D'mon tiene el tipo de personalidad que, imagino, resulta de una proximidad constante con viejas revistas Rolling Stone, discos viejos, viejos carteles de festivales de rock y piel vieja. Su cabello es gris, su piel plida y, con su larga nariz ganchuda y tristes ojos claros, tiene un aire como de brujo. Me dicen que perteneca a grupos punk muy serios de la ciudad de Mxico, en aquellos das. actualmente toca en un grupo con Alfredo, Mary y la Mouse. Se llaman A. C. V., Agudos, Crnicos y Vegetales.
"Bebe!", ordena D'mon.


Cicatriz est bajando el ruido a un final apropiadamente sombro. Frente al guitarrista y baterista, una chava alla frente al micrfono en una voz opertica mientras da caladas a un cigarro y un chavo en otro micrfono grita al estilo death metal mientras castiga las cuerdas de su guitarra. Todos usan botas negras y gabardinas largas de piel negra. Detrs del escenario, los amigos de Reyes pasan la caguama, una actividad tan esencialmente punk porque es muy punk compartir saliva con extraos.

Mi gua, un punk original de santa Fe, est de vuelta en lo que queda de su barrio. Me sonre desde el otro lado. Se ve feliz.

Entonces comienza la pelea. En un instante. Estoy detrs del encargado del sonido, quien acaba de exclamar "estoy muerto" y, en medio de la cancha, una chava discute a gritos con un chavo, nadie sabe por qu. Se insultan y gritan, la gente comienza a acercarse, moscas a la miel. De pronto, la chava lanza un puetazo al pecho de l. El gey se tambalea hacia atrs. Alguien la agarra a ella, alguien lo agarra a l, y por razones desconocidas, los seis o siete de la bolita comienzan a golpearse y empujarse. La bola de gente rebota de aqu para all.

Reyes y su banda de punks viejos miran la escena por un momento. Los miembros de Cicatriz se apresuran a empacar sus cosas. "Ya vmonos", le digo a Reyes, quien ahora est a mi lado, observando la pelea en silencio.

Pegados a la malla, docenas de chavos de los barrios de Santa Fe se meten a la campal, que crece a cada instante. Oigo una caguama estrellarse en el piso. Se oyen chiflidos que llaman a ms gente a la pelea; de las colinas bajan corriendo ms y ms chavos, listos para darse en la madre. El ruido crece. El bajista y el baterista de Cicatriz me sonren, nerviosos.
"Pues, se va a poner pesado", dice D'mon.
Mary, quien hasta hace unos momentos conversaba alegremente conmigo, ahora apura a sus dos pequeos.
"Vmonos de aqu dice alguien. Dnde est Rebeko?".


El grupo me explica despus que los ruidos de Santa Fe casi siempre terminan en peleas, generalmente entre banda de barrios enemigos. Es casi una obligacin; la ovacin final del concierto. Eso no minimiza el miedo que nos envuelve. Reyes, D'mon, la Mouse, Mary y Robo desmontan de prisa el escenario. Es hora de la madriza, pero nadie de los que me rodea parece tener ganas de quedarse a ver cmo termina.

Viejitas y nios se asoman desde puertas y ventanas. Estamos atrapados en la parte trasera de la cancha. Nuestra nica salida ser atravesar un callejn hasta llegar a una zanja llena de pasto y atravesar el dique de la reserva para llegar a casa de Alfredo y Mary. Comenzamos a caminar, en las manos, instrumentos y botellas de cerveza vacas.
"Dnde est Rebeko?".
Rebeko estaba muy borracho y de alguna manera termin en medio de la pelea. Mary va a buscarlo. "Ten cuidado, mam!", le grita su hijito.
"Hay que caminar rpido", dice Robo.


Mary saca a Rebeko de la bola y se nos unen deprisa. Todos regaan a Rebeko por retrasarse. Reyes va delante. Un chavo de camiseta blanca nos sigue, cayndose de borracho. Est ms que intoxicado y casi no puede sostenerse en pie. Bajamos por la zanja hmeda. El chavo que nos sigue se resbala y cae constantemente en las piedras mojadas.
"Se va a caer al agua", dice el hijo de Mary.
"Djalo", alguien responde.
"Que se muera se re Robo. Maana lo leemos en los peridicos".


Ya es casi de noche. La presa Mixcoac est llena apenas a una cuarta parte de su capacidad y huele a suciedad y putrefaccin, y apenas tengo un momento para pensar en el estado del suministro de agua de la ciudad de Mxico, la ciudad deshidratada.

Tras cruzar el puente, llegamos a la seguridad del otro lado de la presa. La madriza al otro lado se est convirtiendo en un motn. Se oyen las sirenas de las patrullas haciendo eco contra las barrancas. El hijo menor de Mary voltea a ver con miedo los callejones que dejamos atrs. Del otro lado de la barranca, se escucha el sonido distintivo de varios disparos. Apresuramos la marcha. Unas cuantas calles ms, hasta una puerta de metal, luego, unas escaleras de piedra, oscuridad y luego, la casa.

Desde fuera continan entrando los sonidos de las sirenas y los disparos. Una vez seguros, los amigos y familia conversan, tranquilizndose unos a otros. Alguien pasa una nueva ronda de caguamas. Hay que esperar que pase el desmadre, que termine la madriza. Luego, tomaremos un taxi de vuelta a Tacubaya. Mientras, Reyes pone un video sobre la vida de D'mon como punk original de Santa Fe. La Mouse baja las luces. Estoy absolutamente exhausto. Exhausto de mente como de cuerpo. Vemos los treinta minutos del documental sin hablar: D'mon habla a la cmara, recuerda, rockea, su mirada ausente atrapada por la cmara, una voz en off relata algo. Estoy sentado en la mesa del comedor, detrs del silln donde estn sentados D'mon y Rebeko. D'mon se acurruca en la oscuridad, abrumado por la nostalgia y otras emociones que slo l podra describir. Parece que llora. Veo su silueta recortada por el brillo de la televisin. Reyes abraza fuerte a su amigo y lo acuna en sus brazos.

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