Aeromexico
Viernes 18 de abril de 2014 
SGUENOS:
diciembre 2012
La rutina del sufrimiento
En marzo de 2012, la justicia uruguaya proces a dos enfermeros por el homicidio de 15 pacientes en dos hospitales.
Por Eliezer Budasoff
A la muerte de los otros la humaniza la mirada que les reconoce una biografía.
La primera vez que fue a declarar por las muertes dudosas en el hospital donde trabajaba, Marcelo Pereira habl sobre su equipo de futbol, Pearol. Fue un viernes de marzo de 2012, en un edificio tosco de la ciudad vieja de Montevideo, antes de que su nombre apareciera debajo de los titulares que repetan "horror" o "conmocin" en los diarios del mundo.

Cmo le afecta el hecho de que Pearol gane o pierda? le preguntaron en el juzgado.
Cuando gana me alegro, cuando pierde digo qu macana, por no decir otra palabra comenz a responder.


Marcelo Pereira era enfermero, tena treinta y nueve aos, y estaba detenido por haber inyectado morfina y otras drogas a enfermos graves: ya lo haba confesado a la polica, y en ese momento lo estaba ratificando ante el juez. Lo que no saba era por qu, ahora, le preguntaban por su equipo de futbol. Tres das antes de que lo detuvieran, en ese mismo juzgado, una enfermera que trabajaba con l haba declarado que Marcelo Pereira a veces cambiaba de actitud, y eso tena consecuencias para los pacientes. Cuando se le rompa algo en su casa, cuando tena sueo, cuando perda Pearol, dijo su compaera, Pereira se pona de mal humor. Entonces le daba por "matar a alguien".

Lo que le estaban preguntando ese viernes, con un extrao sentido de la sutileza, era si el futbol lo volva un psicpata; si esas muertes que investigaban eran el resultado de situaciones excepcionales y no una serie de actos regulares, coherentes, incorporados a una rutina que supone una excepcin permanente: trabajar con personas que transitan un lmite. Con cuerpos deteriorados, demandantes, dependientes.
Todo el desconcierto de un pas iba a caber en esa pregunta.


El domingo 18 de marzo de 2012, la justicia uruguaya proces a dos enfermeros por el homicidio de quince pacientes en un hospital y una clnica de Montevideo, y a una enfermera por complicidad en una de las muertes. La noticia circul rpido y lejos, y el nmero de vctimas potenciales se multiplic a medida que se filtraba informacin. "Uruguay: conmocin por supuestos casos de eutanasia", public la BBC en espaol. "Hay dos enfermeros presos por la muerte de unos 60 pacientes", puso en la portada el diario argentino Clarn. "Los mataban con morfina y aire; no eran terminales", titul El Pas de Uruguay el lunes 19 de marzo. "La justicia teme que los fallecidos sean ms de 200", seal El Universal de Mxico en la introduccin de la noticia.

Pronto se instal un tpico que convirti la noticia y los procesados en parte de un fenmeno mayor, con un lugar propio en la historia del crimen: se comenz a hablar de los "ngeles de la muerte", tal como designa una rama de la psicologa forense a los homicidas que trabajan en lugares donde la agona de personas no es inusual (hospitales, clnicas, asilos). Era la primera vez que atrapaban a dos "ngeles de la muerte" que actuaban en forma simultnea pero por separado, en dos instituciones distintas, en una misma sociedad. Al operativo que termin con la detencin de los enfermeros, la polica uruguaya lo llam "Operacin ngeles", porque ellos tambin haban buscado antecedentes en internet durante la investigacin.

Mster Google ayuda mucho me dice Yony Mezquita, jefe del Departamento de Vigilancia de la Direccin General de Lucha contra el Crimen Organizado e Interpol.
Antes de detenerlos, nosotros habamos visto lo que eran los "ngeles de la muerte" en otros lugares, el cmo actan y por qu, y se asemejan mucho al perfil del asesino en serie.


El subcomisario Mezquita tiene treinta y seis aos y va de civil: usa una camisa blanca a rayas azules y celestes, pantaln de vestir, barba de candado. La oficina, en el interior de un casern gris del centro de Montevideo, no tiene ventanas a la calle. Hay expedientes sobre las sillas, un armario de metal, una lata de pintura al lado del cesto de basura, un paquete de yerba Canarias sobre una mesa baja. Asesinos seriales, crimen organizado: las palabras contrastan como neones con la atmsfera sepia de este rincn esta maana, un lunes de junio de 2012.

Hasta el domingo en que el juez de Instruccin proces a los enfermeros, Uruguay tena apenas un "asesino serial" reconocido en su historia reciente: Pablo Gonalvez, el hijo de un diplomtico que mat a tres mujeres a principios de los noventa, en un barrio acomodado de la capital uruguaya. El perfil de "asesino serial" es un producto del afn clasificatorio estadounidense, y se basa en dos criterios cuantitativos: un asesino en serie es alguien que ha matado a tres personas o ms, en un periodo de treinta das o ms; es decir, con un lapso de "enfriamiento" entre una muerte y otra. Tambin es alguien que obtiene una gratificacin psicolgica cuando mata, pero eso se puede decir de cualquier criminal. En Uruguay, un asesino serial es alguien que sale en las series estadounidenses. 

Ninguno de los enfermeros puede precisar la cantidad, ninguno puede decir: "Yo mat a cinco o a sesenta" explica Yony Mezquita.

Dos meses antes de que el caso se convirtiera en noticia, la Direccin General de Lucha contra el Crimen Organizado haba recibido las primeras informaciones sobre muertes dudosas de pacientes en la Unidad de Cuidados Coronarios (UCC) del Hospital Maciel, donde trabajaba Marcelo Pereira. Una denuncia annima haba alertado a la polica de que podan "estar ocurriendo irregularidades", pero todo era "superficial o poco claro", asegura Mezquita. El lunes 12 de marzo, cuando recin haban dado unos pasos iniciales en la investigacin, el departamento que dirige Mezquita recibi una nueva informacin, esta vez ms especfica: Santa Gladys Lemos, una paciente de setenta y cuatro aos que tena el alta firmada, haba muerto de forma repentina en la UCC del Maciel. Eso desat una bsqueda acelerada de indicios que termin con la detencin de tres enfermeros: primero Marcelo Pereira por muertes en el Hospital Maciel; despus Andrea Acosta y Ariel Acevedo, que trabajaban en el Centro de Tratamiento Intensivo (CTI) neuroquirrgico de la Asociacin Espaola Primera de Socorros Mutuos, una de las mutualistas privadas ms poderosas del pas, donde tambin cumpla funciones Marcelo Pereira.

Entre la muerte de Santa Gladys Lemos y la detencin de los enfermeros pas menos de una semana; en esos pocos das se abri una grieta de lmites difusos en la superficie de las instituciones de salud y se alumbraron rincones sombros. Nadie quiere saber lo que pasa donde permanecen los enfermos graves, a menos que sean buenas noticias.

El ltimo caso comenz como todos los que forman parte de la estadstica: con un cuerpo con nombre y apellido Santa Gladys Lemos que avanzaba en camilla por este pasillo de baldosas negras y blancas, recin pintado, donde ahora esperan sentados al fondo los pacientes de dilisis crnica. Es casi medioda de un sbado lluvioso en Montevideo, tres meses despus de la detencin de los enfermeros, y la planta baja del Hospital Maciel, el ms antiguo del pas, est casi desierta. El edificio hace pensar en una fortaleza. Ubicado en el lmite de la ciudad vieja una zona portuaria, marginal o pintoresca segn la esquina, conserva en el interior una belleza del tiempo en que la arquitectura quera hacer historia. La sala de la UCC, que funcionaba al lado del Centro de Dilisis, tiene las luces apagadas: est cerrada. Sobre las puertas cuelga una declaracin de la Federacin de Funcionarios de Salud Pblica, reunida en carcter urgente el 18 de marzo de 2012: "Deslindamos todo tipo de responsabilidad con los hechos, que nada tienen que ver con nuestros principios, de una salud de todos basada en la vida como un derecho humano fundamental", dice el primer punto. El aviso no explica cules son "los hechos". No hace falta.

A finales de 2011, el entonces jefe de la UCC requiri una investigacin interna porque la mortalidad en la unidad haba aumentado llamativamente. El ltimo ao, el ndice de muertes haba crecido de 3% a 10%. Todos los fallecidos eran enfermos graves, explicara despus el jefe de la UCC, pero encajaban "en el promedio de gravedad" de los pacientes habituales que deban atender. En la auditora interna no hallaron causas "conducentes e irrebatibles" para las muertes; slo una condicin clnica similar en la mayora de los fallecidos: bradicardia, hipotensin y paro cardiorrespiratorio inesperado. No haba nada definitorio. Slo nmeros y coincidencias. Quejas formales por problemas de conducta. Rumores. Pacientes que se descompensaban de manera similar en las guardias en las que trabajaba Marcelo Pereira, o inmediatamente despus.

El 1 de marzo de 2012, Santa Gladys Lemos fue internada en el Hospital Maciel por problemas vinculados con su diabetes. Tena setenta y cuatro aos y era una mujer con temperamento, cuentan sus hijas: inquieta y autnoma. El lunes 12 le firmaron el alta, pero no lleg a salir del hospital. Ese da, sus hijas recibieron tres noticias: antes del medioda les avisaron que se haba descompensado, que no la podan llevar a su casa; al atardecer, unas horas despus que la ingresaran en la UCC, les dijeron que haba fallecido; por la noche, mientras intentaban digerir la noticia, la empresa fnebre llam para avisar que la Direccin General de Lucha contra el Crimen Organizado se haba llevado el cuerpo.

No entendamos nada. Si ella muri en un hospital y tena documentacin, por qu Crimen Organizado? Nunca se nos pas por la cabeza, pero nunca, que era por un asesinato me cuenta un sbado de junio, por la tarde, Miriam Lemos, en una casa de Cerrito de la Victoria, un barrio de la periferia de Montevideo. Del otro lado de la mesa, su hermana Gladys asiente y le pasa otro mate.

Despus, una y otra vez, ellas volveran a examinar los recuerdos de ese ltimo da, tratando de identificar el momento exacto en el que Marcelo Pereira entr en escena. Santa Gladys Lemos haba pasado sus das de internacin en una sala comn hasta el da que muri. Ese lunes, despus de que se descompensara, la trasladaron a la UCC cerca de las diecisis. Estaba viva cuando los camilleros la llevaron de una sala a la otra: sus hijas la siguieron por los pasillos y se quedaron ah, puertas afuera de la UCC, mirando el vaivn de las puertas blancas. Queran entrar a verla, pero no podan. "A la hora de la cena", les dijeron. Miriam Lemos recuerda el aspecto que tena el enfermero cuando entr a la UCC, a eso de las dieciocho, mientras ellas esperaban afuera.

Vimos entrar a una persona bastante desagradable de pinta. El tipo nos mir. Iba en pleno verano con un campern verde militar de gabardina. Tena una mochila y una matera.

Marcelo Pereira un morocho de barba y ojos marrones, robusto, de estatura media recin llegaba para comenzar el turno de las dieciocho. Ese lunes estaba "enojado por el tema de una computadora", contara ms tarde una de sus compaeras. A las diecinueve, hora en que deban supervisar a los pacientes, Pereira se qued controlando a Santa Gladys. Antes de que la paciente entrara en crisis, relat su compaera, el enfermero haba apagado las luces de la cama. Entonces se escuch un ronquido fuerte, Pereira avis que la paciente estaba en paro respiratorio, llamaron a los mdicos, intentaron reanimarla, pero no hubo caso.

"Siempre es lo mismo, y ocurre estando l solo en el sector del paciente, y es l quien alerta de la situacin", dira despus, en el juzgado, la jefa de enfermera de la sala. La muerte inesperada de Santa Gladys precipit las sospechas que circulaban dentro de la unidad haca meses, y la jefa decidi actuar de inmediato: tom una muestra de sangre que le haban extrado a la paciente, y se la entreg a un suboficial de Polica. Esa noche, Crimen Organizado se llev el cuerpo para hacerle una autopsia. El martes 13 la supersticin es un guionista oscuro, mientras la familia Lemos enterraba a Santa Gladys sin enterarse de nada, en el juzgado de instruccin comenzaban a tomar declaraciones a los funcionarios del Hospital Maciel.

Nadie haba visto nada de manera directa dice Yony Mezquita, pero despus de interrogar a doce, catorce personas, era como si armramos un puzzle.

En la sede judicial, las compaeras de Pereira relataron que l a veces apagaba la luz mientras estaba con algunos pacientes, y que despus se descompensaban. Que, en esas ocasiones, el enfermero se ubicaba del lado en que tenan la va central (un catter en una de las venas grandes que van al corazn, que sirve para administrar medicacin y monitorear funciones vitales). Que los pacientes que se moran eran aosos, que daban ms trabajo. l mismo sembraba sospechas, dijeron sus compaeras: Pereira sola comentar que en la mutualista La Espaola, a determinados pacientes se les mataba. Durante las indagatorias se mencionaron otros casos, fechas, situaciones: una seora del interior a la que haban dado el alta por la noche, cuya familia prefiri esperar hasta el otro da para llevarla, muri durante la guardia de Pereira. Un paciente que le grit, una madrugada, en vspera de Navidad: "Qu hacs, hijo de puta? Estoy enfermo pero s lo que hacs", muri en la guardia siguiente. A la jefa de enfermera cada vez le resultaba ms difcil armar los turnos en los que estaba l: "Todos piden otro horario", dijo. Las compaeras de Pereira preferan trabajar solas antes que tener que compartir el turno con l.

El escenario que dibujaron los testimonios alent la decisin de detener al enfermero, aunque no existan pruebas concluyentes en su contra. "Era muy importante lo que pudiramos obtener en ese primer momento me dir despus el fiscal Diego Prez, porque la gran dificultad de este tema es que casi la totalidad de los pacientes eran personas que estaban muy delicadas, con lo cual se ha hecho difcil, y seguramente va a ser difcil establecer cul fue la causa de las muertes".

El viernes 16 de marzo por la tarde, la Polica detuvo a Marcelo Pereira y le requis una rionera con medicamentos, mientras otro grupo allanaba su casa en El Pinar un balneario alejado, ciudad dormitorio para los que trabajan en Montevideo y detena a su esposa, tambin enfermera. Pocas horas despus de que lo detuvieran, Pereira reconoci que le haba inyectado morfina a Santa Gladys Lemos y que haba suministrado medicacin no prescrita a distintos pacientes en varias oportunidades, tanto en el Hospital Maciel como en el CTI neuroquirrgico de La Espaola, donde trabajaba hace unos dieciocho aos. "Mi fin no era matar a nadie sino sedarlos, analgesiarlos'. Yo no ando por la calle matando gente", le dijo al fiscal en la indagatoria. "No soy capaz de matar un animal asegur al final, levanto animalitos que estn en la calle. Yo no quera matar a nadie". Cuando revisaron su telfono celular, los policas encontraron los mensajes que los condujeron a la muerte de pacientes en la Asociacin Espaola. Especialmente uno, enviado por la enfermera Andrea Acosta el 11 de diciembre de 2011: "El puto limpi al 5 y se fue a la farmacia. Todos reanimando", deca el mensaje. El "puto" era Ariel Acevedo, enfermero de la Asociacin Espaola. El de la cama "5" era Jos Alberto Coll, un paciente que falleci ese 11 de diciembre en la Asociacin Espaola. Unas horas despus de que la Polica leyera los mensajes en el telfono de Pereira, Andrea Acosta y Ariel Acevedo haban sido detenidos.

Probablemente, las primeras muertes hayan tomado muchas ms precauciones en no dejar rastros. Despus, con el tiempo, se volvi rutina dice Mezquita.

A diferencia de Marcelo Pereira, Ariel Acevedo no usaba drogas con los pacientes: les inyectaba, a travs de la va central, veinte centmetros cbicos de aire, aunque eso no siempre les provocaba la muerte. Eso fue lo que dijo durante el interrogatorio: "En caso que el paciente no fallezca y salga del paro cardiaco explic Acevedo, yo ya no lo intento ms, ya que para m no es su momento de fallecer, pensando que por algo sigui vivo". Despus de que compareci ante el juez, los medios reprodujeron una supuesta declaracin de Ariel Acevedo, que deca lo siguiente: "Pido perdn, me cre Dios y me equivoqu". Pero el enfermero nunca dijo que l se haba credo Dios, me asegura la abogada penalista Ins Massiotti: fue un error de interpretacin de los medios. Ella se lo dijo a l, cuando Acevedo le reconoci lo que haba hecho con los pacientes, porque no poda verlos sufrir ms.

Como amiga le dije: realmente, Ariel, te creste Dios. T no sos dueo de la vida de los dems. Eso se llama homicidio, porque ac no existe la eutanasia.

Cada vez que dice algo significativo, Ins Massiotti levanta una ceja y asiente levemente en direccin a su interlocutor: un recurso gestual que espera el efecto de un golpe. Massiotti tiene cincuenta y cinco aos, rasgos angulosos, corte de pelo carr. Estamos en un departamento del barrio Pocitos, de Montevideo, donde ella vive, en dos sofs enfrentados, uno rojo y uno blanco. Massiotti ocupa el rojo. El da en que Ariel Acevedo fue llevado a declarar en la sede judicial, ella haba ido a los tribunales por otra causa y se encontr con Jorge Yozzi, pai umbanda y pareja de Acevedo. Ins Massiotti conoca a los dos desde hace aos; ella les haba hecho la unin concubinaria. Ese encuentro casual la convirti en defensora de Acevedo, aunque pronto fue desplazada: la gran exposicin meditica que tuvo entonces hizo que algunas de sus declaraciones se utilizaran en lo que ella califica como un "asesinato periodstico" de su figura. Un martes por la noche, mientras sala en directo para el programa de televisin Otro Tema, del canal argentino Todo Noticias, la abogada relat que haba sufrido un preinfarto en medio de una audiencia agotadora, y que la coronaria mvil que llamaron de emergencia haba demorado casi una hora: "Me hubiera convenido sacarme al que estaba en el carcelaje se refera a uno de los enfermeros detenidos, me daba una inyeccioncita, y pasaba a mejor vida", dijo al aire.

Los medios, efectivamente, la destrozaron.
Fue algo infeliz. Estaba medicada. Los penalistas, como los mdicos, estamos sometidos a un gran estrs. Generalmente tenemos humor negro.


Massiotti se indigna y enciende otro cigarrillo. Esos das, adems, ella cont a los medios algunos detalles de la vida de su defendido que haban surgido durante la pericia psiquitrica y que consideraba que haban influido en su conducta o que lo hacan merecedor de una comprensin distinta. Cont que Ariel Acevedo, que naci en un pequeo pueblo llamado Minas en el este de Uruguay haba sido violado a los trece aos por su cuado. Siendo adolescente emigr a Montevideo, termin el liceo y trabaj de polica. En la capital del pas se asumi homosexual y decidi ser enfermero. Tena buena reputacin entre sus superiores y estaba estudiando para ascender a licenciado en enfermera. En la pericia, dijo Massiotti, se determin que su ahora ex cliente era plenamente consciente de sus actos, pero que senta una gran angustia por lo que haba hecho.

No entiendo lo que le pas, creo que no pudo soportar ms el estrs. El perfil del otro es muy diferente. Ariel es un tipo muy introvertido, pero bueno, simptico.

Las diferencias de perfil entre los enfermeros fueron sealadas desde un principio. Marcelo Pereira y Ariel Acevedo se conocan: haban compartido guardias durante casi dos dcadas en el CTI neuroquirrgico de la Asociacin Espaola, pero no actuaban juntos para terminar con la vida de los pacientes. En el interrogatorio, ninguno de los dos acept conocer lo que haca el otro, "pero s desconfiaban", me dir Mezquita. No existan elementos para abonar la versin de una "competencia" entre ellos, como sugiri en esos das un funcionario. Eran opuestos en el vnculo con sus compaeros y sus superiores. Lo que los acercaba, tal vez, era el tipo de pacientes que elegan: "Algunos de ellos eran terminales, aunque por supuesto no se saba cundo iban a morir, y los otros porque eran totalmente dependientes de la enfermera, tenan lesiones corporales, y les molestaba a mis compaeros limpiarlos y atenderlos", dijo Andrea Acosta, la nica enfermera que tena conocimiento de lo que hacan Pereira y Acevedo. Andrea Acosta cuarenta y dos aos, casada, madre de dos hijos trabajaba desde haca veintids aos en el CTI neuroquirrgico de La Espaola, y fue procesada como cmplice por un homicidio, el del paciente de la cama "5" que figuraba en su mensaje de texto. Ella nunca vio a sus compaeros aplicar una inyeccin letal en forma directa, le dijo al juez: cada vez que alguno de los dos deca que a un paciente haba que "darle una ayuda", asegur, ella se retiraba. "Y cuando volva, el paciente del que ellos hablaban ya haba fallecido, o estaba en paro cardiorrespiratorio". Tanto Pereira como Acevedo le decan lo mismo sobre sus actos: que slo estaban adelantando lo inevitable, y les ahorraban sufrimiento a ellos y a sus familias.

Marcelo Pereira cuarenta aos, casado, padre de dos hijas fue procesado por cinco delitos de homicidio especialmente agravado. Ariel Acevedo cuarenta y siete aos, soltero fue procesado por diez delitos de homicidio especialmente agravado. Al ser detenidos, los dos enfermeros terminaron reconociendo durante los interrogatorios policiales lo que haban hecho, pero ninguno pudo precisar el nmero de personas a las que haban aplicado inyecciones, ni el tiempo exacto durante el cual lo haban hecho. Cuando ratificaron sus confesiones en el juzgado, a cada enfermero le exhibieron una serie de fotografas de personas que, se sospechaba, podan haber sido sus vctimas. Pereira y Acevedo deban mirar las imgenes e identificar, entre esos rostros, a quines haban aplicado sus inyecciones. ste s. ste no.

El reconocimiento de las posibles vctimas fue una de las dificultades que se presentaron, me explica el fiscal Diego Prez un viernes por la tarde, mientras su mano derecha se apoya sobre el Cdigo Procesal Penal en un gesto reflejo.
Obviamente, ellos tambin decan que una cosa es que se les exhiba una foto que muchas veces no est actualizada, y otra cosa es ver un paciente que est entubado, que est demacrado por todo el tratamiento, desmejorado.


Entre las imgenes que les exhibieron, Marcelo Pereira reconoci a cinco pacientes. Ariel Acevedo reconoci a diez personas a las que haba aplicado inyecciones. En su declaracin, Acevedo estim que mantena esa prctica desde haca "un par de aos", pero que no era "algo para llevar la cuenta". Marcelo Pereira reconoci que l lo haca desde un ao y medio atrs. Andrea Acosta estim que las prcticas de sus compaeros haban comenzado hace unos siete aos, a razn de dos pacientes por mes. Segn su testimonio, el clculo aproximado de muertes poda llegar a ciento sesenta y ocho, y eso slo en el CTI neuroquirrgico de la Asociacin Espaola. Desde marzo, Pereira y Acevedo pasan sus das en la crcel Juan Soler, a unos cien kilmetros de la capital uruguaya, a la espera del juicio. La cantidad de muertes que pueden adjudicarles todava es indeterminada.

Hubo mucho inflado por la prensa, pero sin duda que los tipos fueron asesinos seriales. Si hay ms gente que mataron y no se sabe, no sabemos. Pero tambin hay casos, por ejemplo: una de las pacientes era una viejita de noventa y ocho aos que haba estado en La Espaola, que tena miles de patologas, que lo raro era que viviera. Y que se muri porque se tena que morir me dice el doctor Hugo Bielli, un mdico veterano, hoy jubilado, que preside la Comisin de Apoyo del Hospital Maciel.

Bielli tiene setenta y dos aos, y durante treinta y cuatro fue docente de la Facultad de Medicina. Fue profesor de Clnica Mdica en el Hospital Maciel y titular de la ctedra de Medicina Familiar y Comunitaria. Lejos de las trampas del pnico moral y la solemnidad, Bielli tampoco consigue explicarse lo que sucedi. Es evidente que para ser enfermero se necesita una predisposicin particular, me dice cuando se lo pregunto, porque las tareas son pesadas y desagradables, y la mayora tiene sobrecarga de trabajo.
Ahora, de ah a matar un tipo porque les molesta lavarlo eso ya es una cosa patolgica.


Entre las cosas que salieron a la luz con las muertes es que apareci el sndrome de burnout (o "del quemado"), un padecimiento que se define como una respuesta al estrs laboral crnico, y afecta en especial a mdicos y enfermeros que trabajan en cuidados intensivos. Al burnout se asocian la fatiga crnica, la ineficacia, los sentimientos negativos hacia las personas con las que se trabaja (despersonalizacin), el agotamiento emocional.
Eso sucede, y es muy comn, pero no lo explica dice Bielli.


Hace algunos aos, recuerda, una jefa de enfermera que cumpla funciones en dos sanatorios, una profesional con excelente reputacin, termin su jornada por la noche, "y fue manejando a la casa y mat a dos personas en el camino con su auto. Quiere decir que sali totalmente trastornada del sanatorio, y se llev por delante a uno, sigui su viaje, y se llev por delante a otro. Estuvo presa. Se nubl, o vaya a saber en qu estaba pensando. Realmente, la sobrecarga de trabajo hace cometer errores. Pero eso puede explicar errores, no muertes intencionales".

Hablamos, antes de despedirnos, de las hiptesis econmicas del caso: del alto costo que implica una cama en una unidad neurolgica como la de La Espaola; de la posibilidad de que algunas familias hayan pagado a los enfermeros para que los pacientes tuvieran una muerte piadosa. Todos esos vnculos fueron descartados por la investigacin inicial. Otras teoras ms extremas que surgieron esos das al abrigo de la prensa amarilla, como la venta de rganos, ni siquiera podan ser consideradas seriamente. Los quince pacientes por los que procesaron a los enfermeros tenan entre sesenta y cinco y noventa aos y, si bien no eran todos terminales, todos eran enfermos graves.

A pocas cuadras de la casa del doctor Hugo Bielli se levanta, como una ciudadela vertical, el Hospital de Clnicas de Montevideo, una mole de veintitrs pisos donde se cre el primer Centro de Tratamiento Intensivo que existi en Uruguay, a principios de los setenta. Mientras cae la noche sobre Montevideo, recuerdo una entrevista al mdico argentino Carlos Lovesio, autor del libro Medicina intensiva. Hace cuarenta aos, deca Lovesio, terapia intensiva era un lugar donde los enfermos iban a morir: un lugar fsico adonde llevaban a los enfermos graves para que alguien se ocupara de rotarlos, ponerles un tubo si respiraban mal, pasarles suero, y no mucho ms. "Tan es as que la gente no quera ir. En este momento, terapia intensiva es el lugar donde la gente va a vivir o a jugar su esperanza de vida", explicaba. La medicina intensiva, que ha reducido los ndices de mortalidad a menos de 10%, sealaba Lovesio, es una especialidad terriblemente desgastante: "Uno est enfrentado a la muerte, y entonces, uno tiene que tener una idea muy clara de qu es la muerte para poder convivir con ella, lidiar con ella, amigarse con ella, confrontar cuando es necesario, retirarse cuando es necesario".

Desde donde espero el mnibus, el Hospital de Clnicas iluminado parece el edificio de un futuro rstico, tal como imaginaban el futuro en las pelculas de los aos setenta.

Uruguay es un pas de viejos, me dice un mdico con las ojeras tatuadas, como si el hecho estadstico pudiera explicar un poco el escndalo que an arrastran las muertes. La frase es un clich popular en "la Suiza de Amrica", y una verdad numrica. Uruguay es el pas con la poblacin ms envejecida de Amrica Latina: los nuevos habitantes nacen poco, los viejos habitantes mueren poco. Segn el ltimo censo, los mayores de sesenta y cinco aos representan 14% de la poblacin total. Jos Mujica, el presidente uruguayo, tiene setenta y siete aos, uno ms que el promedio general de esperanza de vida en el pas. "No le llevemos a la poblacin la idea de que todos los enfermeros estn locos, enfermos o asesinos, no podemos transformar esto en una patologa nacional", dijo Mujica la primera vez que se refiri pblicamente al asunto. El caso de los "ngeles de la muerte" supuso una crisis de confianza en los servicios mdicos, y las noticias alentaron una "psicosis" colectiva: las semanas posteriores al procesamiento, el Ministerio de Salud uruguayo reuni ms de trescientos reclamos por muertes sospechosas. Mujica pidi menos sensacionalismo y ms atencin a los peligros de la profesin: "Ac hay que revisar si una persona puede trabajar veinte, veinticinco o treinta aos en un CTI. Cules son los lmites humanos cuando usted ve el dolor permanente y la muerte dando vueltas todo el tiempo?, cules son las reacciones interiores?", pregunt.

Despus, con la misma calma proverbial, alab la actitud de la enfermera del Hospital Maciel que desconfi y denunci sus sospechas a la Polica, en medio de una cultura de "corporativismo que mira para otro lado. Es muy probable que si esta seora no hubiera estado en el lugar que estuvo, no nos hubiramos enterado".

Nadie quiere saber lo que ocurre donde permanecen los enfermos graves, pienso, mientras ingreso en la Asociacin Espaola, donde trabajan diariamente ms de mil cuatrocientos auxiliares de enfermera. La planta baja del edificio principal, a primera vista, es difcil de distinguir de un centro comercial. A lo largo de un pasillo ancho, alto, impecable, pequeos puestos con promotoras ofrecen servicios adicionales a los usuarios. A mitad de pasillo, tras pasar los carteles de Coca-Cola de la cafetera (men del da: strogonoff de pollo con timbal de arroz), la gente hace fila para subir a los ascensores. A la derecha, junto a la entrada, ms gente se distribuye con lgica bancaria en un apndice amplio, profundo, poblado de ventanillas: para los pagos, para los trmites, para solicitar informacin. Todo ese aspecto cuidado y eficiente que presenta el acceso a la clnica y sus dependencias, me dir despus Santiago Patrn, nieto de una mujer que falleci en la mutualista, se perda al ingresar en el cuarto piso, donde funciona el CTI neuroquirrgico: "Las condiciones del CTI eran patticas. Los baaban a los pacientes y abran las ventanas como si nada. Entraba cualquiera sin un tapabocas, sin nada. Y la higiene: vos entrabas al CTI y estaban los tachos de basura ah, abiertos, como si nada. Y siempre eran malos tratos. Tenas que pedir siempre para que hicieran las cosas".

Si bien los tres enfermeros procesados trabajaban desde hace dos dcadas en la Asociacin Espaola, el posible homicidio de pacientes all no apareci hasta que se investigaron las muertes dudosas en el hospital pblico. El expediente cuenta as la historia de una trayectoria ascendente, ya desquiciada, que llev la situacin a un extremo inocultable: si Marcelo Pereira, que trabajaba en La Espaola y en el Hospital Maciel, no hubiese actuado de modo tal que lleg a ser relacionado con el aumento de la mortalidad en la UCC, y si una de sus compaeras no hubiese decidido hacer una denuncia a la Polica, tal vez todas las muertes se hubiesen diluido en el silencio. 

Dos meses despus del procesamiento, en una presentacin, el fiscal solicit al juez que, adems de incorporar a la causa las historias clnicas de los nuevos casos, pidiera a la Asociacin Espaola "estadsticas correspondientes a los ltimos dieciocho aos de las muertes ocurridas en el Centro de Tratamiento neuroquirrgico". Llegado el caso, me haba sealado el fiscal Diego Prez, "va a haber que hacer no slo estudio de historias clnicas, sino tambin exhumaciones".

Una tarde glida de junio, mientras segua buscando respuestas en Montevideo, entrevist en su casa al mdico forense Guido Berro, ex director del Departamento de Medicina Forense, para saber si era posible determinar la muerte de una persona por sustancias a pesar del paso de los das.

Tens los dos caminos: o probar que es una muerte natural, o probar que es una muerte violenta. Ambas cosas te pueden servir. Que encuentres un hallazgo que te explique que es un tromboembolismo pulmonar, un cogulo que tapa las arterias pulmonares, o que en un relevamiento de txicos encuentres drogas a determinadas dosis incompatibles con la vida. Pero a eso hay que hacerle una autopsia precoz. Dudo mucho que en las exhumaciones tengan la posibilidad de alguno de estos hallazgos, porque con los das que pasan avanzan los fenmenos de autolisis, de descomposicin cadavrica, las drogas se degradan, van desapareciendo.

Lo mismo sucede con las inyecciones de aire, me explica Berro. Si bien es posible detectar una embolia gaseosa con ciertas tcnicas, la autopsia se debe hacer en forma inmediata. Y primero hay que sospecharla, aclara, con hbito docente: para encontrar, primero hay que sospechar. Le pregunto, entonces, qu es lo que piensa sobre el caso.

Yo he visto con este tema tres enfoques describe. Un primer enfoque es el que dice: stos son unos asesinos seriales, que se ocupe la justicia de ellos, no tienen nada que ver con nosotros los mdicos y los enfermeros y el equipo de salud; mataron ac porque trabajaban ac. Otro es: tenemos que poner ms controles, esto pas por carencia de controles. Y un tercer enfoque dice: esto pas porque esta gente est enferma, evoluciona hacia un burnout, hacia un desgaste excesivo, primero no los seleccion bien y luego no se les dio apoyo psicolgico. Yo creo que las tres posturas tienen algo de verdad y no son incompatibles.

La muerte de los otros puede ser un asunto burocrtico. Un asunto de maquinarias que alertan cuando se exceden los nmeros, de cuerpos que slo se humanizan con la mirada que les reconoce una biografa, un conjunto de vnculos y singularidades: la mirada de un nieto, por ejemplo. De las ms de trescientas denuncias por muertes dudosas reunidas por el Ministerio de Salud Pblica despus de que se conoci la historia de los enfermeros, slo treinta y una pasaron un primer filtro selectivo y fueron elevadas a la Asesora Legal del ministerio. De esos treinta y un casos, slo seis fueron remitidos a la justicia. De esas seis historias clnicas, una era la de Lina Amelia Gaudio, fallecida en el CTI neuroquirrgico de La Espaola en 2010, despus de pasar cuarenta y siete das internada. La historia que me cuenta este medioda Santiago Patrn, su nieto, de dieciocho aos, transita los mismos tpicos de la angustia y de la duda que tien mil historias de muertes en los mrgenes del sistema de salud. Patrn me habla de una rutina desgastante en el cuarto piso de la Asociacin Espaola, de la lucha cotidiana con los enfermeros para que asistieran a su abuela y la mantuvieran limpia: el gesto con el que reciban sus reclamos, dice Patrn, siempre haca evidente que estaba molestando.

Los ltimos das, mi abuela estaba al lado de la cabina de los enfermeros. En el momento en que ella estaba por morir, mi ta abuela se acerc en ms de una oportunidad y les dijo: "Miren que est mal, est transpirando". Ella era diabtica tambin. No le dieron bola. Le decan: "No, seora, ella es as, qudese tranquila que no pasa nada". Cuando fueron, ya estaba en paro cardiorrespiratorio.

Santiago Patrn no sabe, dice, cmo van a comprobar si la muerte de su abuela fue producto de una inyeccin intencional, o si muri como consecuencia de un deterioro inexorable. No parece haber mucha diferencia: lo que prevalece en su recuerdo es la impotencia, la desolacin de esos das de convalecencia, la frialdad con la que fue deglutida por una maquinaria que, para seguir funcionando, necesita reducir personas deterioradas a cuerpos, cuerpos a nmeros, nmeros a criterios.

El mal es una cosa banal. El desconcierto siempre se queda con los vivos. \\

<< Pag de 5 >>
Ambulante 2014
LO MÁS LEÍDO
Fragmento del libro "Gabo periodista", preced...
Las mejores opciones de la temporada para pro...
Roberto Saviano conoce y conversa con el repo...
Bienvenida sea la 56 Muestra Internacional de...
El Munal repasa el papel del desnudo masculin...
COMUNIDAD
Copyright © 2010  -  www.gatopardo.com  -  Desarrollado por: Estrategia 360°