Sábado 20 de septiembre de 2014 
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Mayo 2010
Alejandra Guzmán: esta herida es mía
Detrás del escándalo, hay una gran rockera.
Por Patricia Peñaloza / Fotografías de Mariana Yazbek
"Me inspiré en personajes a los que identifique con rebeldía"
Un ventarrón de clichés se deja venir cuando uno pronuncia su nombre. Los medios amarillistas, impresos o electrónicos, gozan con inventar buena parte de lo que “informan” sobre ella, siempre que aparezcan una foto y un llamado en portada que les haga vender ejemplares o ganar rating, según el caso. El aire de escándalo que la rodea suele opacar su trabajo: ese gozo que se toma tan en serio desde los 20 años de edad y que le sigue siendo tan redituable y le impulsa a ser una de las mujeres más trabajadoras del rock-pop mexicano. Uno lee “Alejandra Guzmán” y la asociación libre remite a canciones pegajosas de los difusos años noventa, estrafalarios cambios de look, voz rasposa y desgarrada, desvergüenza, pero también su nombre puede asociarse a un intento por reducirla a una mera fachada comercial sin sustento. A muchos les ha interesado escarbar en sus relaciones personales, sus elecciones de consumo, sus desventuras de salud. A pocos les interesa indagar, sin juzgarla, qué hay detrás de un personaje con tanto arrastre, que sigue llenando grandes foros entre públicos de habla hispana de todas las latitudes y que posee una personalidad que amas o que odias, pero que no pasa desapercibida.

Por eso resulta una delicia hurgar entre sus fibras más delicadas, inquirir sobre sus motivaciones, cuestionar su relación con la música. Charlar a corazón abierto con La Guzmán —depositaria de dos genes tan disímiles y explosivos como lo son sus padres, la actriz Silvia Pinal y el cantante Enrique Guzmán— es hallar a una mujer decidida, pero también vulnerable, hambrienta de cariño, para quien la música es una herramienta al servicio de su tema favorito: ella y sus pasiones todas. No por nada se define a sí misma y sus 20 años de carrera, como “un drama personal hecho música”.

Eternamente bella
Cuando llegué a la sesión de fotos, Alejandra Gabriela Guzmán Pinal (su nombre completo) se hallaba envuelta en un ceñido vestido dorado que la hacía lucir espectacular. Lo primero que me sorprendió fue notar que es más bajita de lo que imaginaba (mide 1.60 metros aproximadamente) y mucho más delgada de lo que aparenta en la tele. Carnosita siempre ha sido y lo será, pero para nada está pasada de peso. Lo más bello de su rostro son sus ojos, grandes, expresivos, alargados, cinematográficos: parecidísimos a los de su mamá. Confiada, sensual y coqueta, derrocha tablas en las poses y en sus expresiones. Cambios y más cambios de vestuario. Horas y horas. Complicidad con el maquillista, con los chicos de la iluminación o con la guapa fotógrafa Mariana Yazbek, toda un hacha para arrancarle los mejores ademanes. Entre toma y toma no deja de hacer bromas, de llenar el estudio con su voz grave y elevada, con esa carcajada suya tan ruidosa y desparpajada. Una veintena de ojos se posan sobre la cantante, y en vez de que se le esponje el ego luce natural y, en ocasiones, parecieran más bien intimidarle. Detrás de ese vampiro de atención hay una gran dosis de timidez y fragilidad; se deja guiar sin soberbia, se pone dócil y disfruta el momento sin rockstarismos.


Aun así, su marca es clara: le gusta su cuerpo. Se muestra, se toca, presume. A algunas tías encopetadas e hipócritas les parecería muy vulgar su desinhibición habitual. Pero muchos otros, incluida ella misma, afirmarán que es auténtica. Y punto.

Cuando llegó el momento de la entrevista, habían pasado tres o cuatro horas. Aunque lucía cansada, su disposición fue absoluta. Por alguna razón, comenzó a mostrar sus entrañas rápidamente. Quizá porque le dije que prefería charlar con ella sobre su mundo interior y no sobre los chismes habituales. Hasta el final, ella me revelaría otra cosa: “Me caíste bien porque se ve que eres bien roquera”. Así que nos pusimos a platicar durante una hora, de manera tan rica, que de pronto no parecía una entrevista sino una chorcha entre colegas.

Mala hierba
Tras dos décadas de carrera, la también actriz y bailarina ha grabado 14 discos, de los cuales se han vendido 10 millones de copias. La Guzmán es una de esas celebridades ineludibles, que suenan a toda hora en todos lados. Esto explica que muchos nos sepamos o conozcamos casi todos sus temas y tengamos un disco de ella: se han colado 28 sencillos entre los 10 primeros lugares de la radio nacional e internacional. Y con todo y que la mayoría opine que su franqueza y liberalidad ya no espantan a nadie, su figura sigue incomodando a muchos: qué mejor publicidad que provocar urticaria, de cualquier tipo.


Desde fines de 2009 viene promoviendo el álbum Único, producido por Graeme Pleeth en Londres, cuya presentación cumbre será el 22 de mayo en el Palacio de los Deportes. Ésta será la primera vez que busca llenar ese foro. Con una nueva disquera (cambió de Sony/BMG a EMI), es visible su renovado aire publicitario. Luego de varios “bajones”, está viviendo una de sus crestas altas. Y es algo que se le nota incluso en el semblante.

Pero a propósito de estar celebrando 20 años de trayectoria, vámonos al principio, cuando doña Silvia Pinal actuaba en la obra Mame y Alejandra participaba en un papel secundario; cuando sus padres no la dejaban dedicarse de lleno al canto, hasta que acabara la preparatoria; cuando audicionó para Flans y Fresas con Crema en los dorados años ochenta. Recuerda: “Yo me inspiré en personajes a los que identifiqué con la rebeldía: Jim Morrison, Billie Holiday, Edith Piaf. No tanto en sus géneros musicales, sino en su actitud. Pensé: ‘Tienes que estar loco para ser especial, para poder ser único', y yo jugué con esa locura durante años hasta que me encontré a Alejandra frente a frente. Ya no podía reinventar un personaje: tenía que ser yo, sacar lo que había dentro de mí… Los roqueros dicen que soy fresa, y los fresas que soy muy roquera… hay un choque de conceptos. Pero yo soy fiel a la actitud que elegí, y que aprendí de mi papá, que viene del rock&roll. Yo siempre fui muy fan de mi papá”.

—¿Pero en qué momento tuviste claro que querías cantar, y que además querías estar del lado “rebelde”, y no del conservador?

—Cuando Mame, yo tenía 17 años. Mi mamá salía y era una sombra impresionante (dice como arremedando a un pavorreal). Entonces pensé: mi mamá, actriz, mis hermanas, actrices… ¡Yo no quiero ser actriz! ¡Yo quiero ser yo! La idea de no querer ser igual a todas las mujeres de mi familia fue el detonador; dije: no quiero ser un personaje ya escrito, sino mi propio personaje. Y ése tiene que ser rebelde, ser una cabrona, aguantarlo todo, ir contra corriente. Y esa Alejandra me funcionó maravillosamente.

—Pero había algo de verdad en ello, ¿o no?

—Creo que sólo acentué lo que ya era.

—Aun así, siento que en contraste con esa imagen de “mujer fuerte que todo lo puede”, muchas veces ha salido a la luz una Alejandra sensible, delicada.

—Yo sigo siendo como cuando tenía 17 años, sintiendo las cosas a flor de piel, pero trato de aprender de la vida. A veces cometo muchos exabruptos, a veces me paso, ya que podría hacer lo mismo, con menos. Pero no me sale. Me enseñaron a hacerlo todo en grande, como en el teatro. Todas esas técnicas aprendidas en el teatro me han servido para cantar. Cuando quiero interpretar una canción, me meto en el personaje para que el público sienta lo que interpreto. Tengo que sentir que lloro de verdad. Cuando más bonitas cosas han salido de mi garganta, es cuando ha estado a punto de cerrarse… Entonces aspiro y sigo cantando. Es decir, las cosas me salen mejor cuando me atrevo a meter la pata un poquito. Hay que arriesgarse, arrojarse, no estar siempre en una posición segura, bonita y tranquila, sino buscar el riesgo, el filo de la navaja: ahí es donde he encontrado cosas más reales para sobrevivir.

—¿Y no será que esa búsqueda de peligro es lo que te ha llevado a que te relacionen siempre con algún escándalo?

—No. Yo creo que sin buscar nada, ya me envolvieron en un escándalo. Cada cosa que haga la van a hacer más grande. Y a mí no me gusta hacer cosas pequeñas. Lo importante es que la gente te crea. Si eres auténtico o no. Si estás buscando a propósito el escándalo o no. Y yo nunca lo estoy buscando, ¡de verdad! A veces digo: “¡Ya déjenme, carajo!”. Soy una persona que sueña con ser libre, pero creo que esa libertad no la voy a tener jamás.

—Es la vieja paradoja de la fama. Has pasado tu vida buscando el reconocimiento, pero eso mismo te ha llevado a la falta de libertad…

—Es que ya no me dejan de ver como ese personaje que ofrecí en mis inicios. Hace cuatro años presenté el disco Indeleble: ahí soy una Alejandra que nunca había mostrado, llena de serenidad. Porque en una parte de mí hay tolerancia, humildad, paciencia. Tras 20 años de carrera, no todo puede ser taaan acelerado. Y creo que eso no lo entendieron. Di un concierto muy fino. Mi papá me dijo: “Es la primera vez que no te oigo gritar”. Está padre que mi papá me diga: “Tú no cantas bien, cantas bonito”. Entendí que le tenía que cantar a la gente bonito, porque tengo una voz que atrapa. Vi que si canto con mis sentimientos y emociones, a flor de piel, puedo atrapar. Si dejo de hacer eso, no hay magia.

Y es verdad. Yo la vi en esa gira de la que habla, en el Auditorio Nacional en 2007, y me sorprendió su despliegue vocal y dancístico. Los años infantiles de ballet son notorios en su desempeño corporal, en sus sinuosos movimientos. Con todo, en el reciente Festival Nacional de Zacatecas (septiembre de 2009) su semblante tenía más brillo. Sus gestos, menos explosivos, más apacibles; su expresión en el habla, menos “despatarrangada”; se le ve plantada con más tranquilidad. Su alegría es contagiosa, y la serenidad de la que habla es, en efecto, visible.

Llena de muecas, gritona, sonriente y con muchos movimientos de manos, prosigue: “He mostrado muchas alejandras, pero cuando me he sentido más a gusto, es cuando he hecho lo que realmente he querido, sin que me impongan nada. En los últimos discos he logrado sentirme más cómoda. Me mandé hacer un penacho negro (tipo azteca), porque me recuerda que soy mexicana y que ando en una etapa muy guerrera, pues he luchado para sobrevivir física y emocionalmente. De tres años para acá me han pasado cosas muy duras. Sentir que la muerte te susurra al oído no es cualquier cosa. Quiero cantar más sobre eso; en mi disco pasado, Fuerza, en “Hasta el final”, hablo de un miedo que entra por la piel, y que no sabes qué va a pasar… Yo voy a luchar en esta vida hasta que me digan: “Ya se te acabó tu veinte”.

Ten cuidado con el corazón
Y es que ha pasado trances intensos: una temporada de adicciones ya superada; la detención de su esposo Farrell Goodman por venta de estupefacientes, meses después de haberse casado con él en 1998; un aborto natural (2003); una extirpación de cáncer de seno (2007), y quizá la más sonada: la infección que sufrió en octubre del año pasado, tras haberle sido inyectada en los glúteos una sustancia plástica en la clínica de belleza de Valentina de Albornoz. El riesgo de la operación fue muy alto, pues la infección se extendió entre nervios, músculos y piel, y pudo haberla dejado inmovilizada de las piernas, o matado. Sin embargo, la cirugía fue exitosa y su recuperación rápida, aunque tendrá que ingerir antibióticos por un año.


—¿De qué manera han incidido estos hechos en tu vida?

—Son cosas que no me esperé ni busqué; me tocaron porque me tenían que tocar. Son pruebas de supervivencia. Esto último me hizo darme cuenta de lo que implica mi cuerpo. Es ahora a mi espíritu al que quiero rescatar, pues siento que están desfasados. Como que me partieron en dos, y mi cuerpo no se ha dado cuenta de lo que pasó, pero mi espíritu sí: él está en el plan de que ya no va a dejar que nadie le haga daño.

Y es curioso que lo diga, porque el álbum Único denota tranquilidad. No es un disco de temas encendidos. Si bien hay guitarras eléctricas distorsionadas y dos que tres alaridos rocanroleros, su ánimo no es de “desmadre” sino de conciencia y reflexión. Así se lo externo y ella asiente: “Sí. En algún momento tenía que hacer un alto y tomar conciencia de lo que soy, de lo que he hecho, de lo que he vivido, y de lo que no he hecho también. Para seguir adelante, tienes que ser consciente de qué es lo que quieres y qué es lo que no”.

—¿Y qué es lo que quieres hoy día?

—Yo podría seguir igual que hace 20 años, pero de pronto dije: “Tengo una hija, una carrera, un deber por la música y por las cosas reales que veo”. Soy muy honesta, y quiero eso para mí, seguir siéndolo. Aunque luego me meto en problemas por decir la verdad y eso lo veo en mi padre. Somos parecidos en eso. En México no se perdonan ni el éxito, ni el ser franco, ni honesto…

—Como que acá domina la hipocresía…

—Sí. Y tener que lidiar con toda esa hipocresía me hace ser consciente de que… ni soy tan desmadrosa ni me vale gorro todo. Nada de eso es verdad. Me gusta verme al espejo y sentirme bien conmigo misma. También he aprendido a ser política con quien hay que serlo. Antes no entendía nada de marketing, por ejemplo; ahora saludo a quien hay que saludar. Me cae mal hacerlo, pero me aguanto, porque durante mucho tiempo metí la pata…

—Quizá por ser muy espontánea…

—¡Más bien por haber tenido el derecho a ser joven e inexperta!

El rock, directo y a las venas
Multinominada en los premios Grammy tanto internacionales como en su versión “latina”, La Guzmán ha ganado el Latin Grammy Award 2002 en la categoría de Mejor disco de rock solista, por Soy, así como el premio a compositores ASCAP Latino 2006 y 2009, por “Volverte a amar” (2006) y “Soy sólo un secreto” (2009). Asimismo, obtuvo una Luna del Auditorio Nacional en 2006 y dos Premios Oye! en el mismo año. Lo suyo es ese mundo de glamour y reflectores miles. Pero el momento de intimidad es cuando están ella sola, las palabras, los sentimientos y las notas de un piano.


Mucha gente piensa que unos señores le componen las canciones y que ella sólo llega y canta. Sin embargo, Alejandra dice que esto no es así. Relata que compila ideas y situaciones en sus escritos personales. Después se reúne con los músicos en turno con quienes esté componiendo (para este disco, Mario Domm y José Luis Pagán), y les comparte una idea temática, les cuenta su historia, sus sentimientos alrededor de tal o cual momento. Después, junto al instrumento, van sacando música y melodía; ella interviene en frases completas, en tonadas. En otras ocasiones, sí le brindan canciones ya hechas, pero no canta nada con lo cual no se identifique. Asegura: “Hay veces que llegan con canciones que se ajustan; te las pones y te quedan a la medida, como un saco. El chiste es elegir temas que vayan con lo que eres. Y para eso tienes que tener claro quién eres. Yo tengo claro que lo que hago es rock pop. El blues me encanta, y siento que me va, pero en la compañía me dicen que no vende”.

Entonces la chica rebelde se topa con un límite: el dictado de la compañía disquera. Porque si va a hacerla, va a hacerla en grande, de manera comercial y vendedora. Le pregunto si no le incomoda ceñirse a los ejecutivos de una casa grabadora: “Pues no tanto. Por mucho tiempo pensé que yo sabía qué canción podía pegar y cuál no. Hasta que hace poco, ellos decidieron que el sencillo del disco anterior, Fuerza (2007) debía ser ‘Volverte a amar’. Yo lloraba furiosa; pensaba que era la peor elección. ¡Pero fue un trancazo! Así que desde entonces dije: ‘Ay, yo no sé nada’. Cuando grabé con Desmond Child, con Aerosmith y con el guitarrista de Cheap Trick el disco Lipstick (2004), pensé que sería el trabajo de mi carrera. ¡Pero no pasó nada! Por eso no hay que tomársela tan a la tremenda. Al hacer música hay que ser natural, no sobreesforzarse, y menos si haces rock.

—Hay muchas maneras de entender al rock. ¿Tú cómo lo entiendes?

—¡Nunca lo he entendido! [carcajada]. Creo que cuando el rock es puro, tiene un sentido. No necesitas sobreproducirlo. Puedes hacer rock del estilo que sea, de la época que quieras, mientras tengas actitud y algo qué decir, de manera directa. Ése es el rock que yo aprendí: a decir las cosas como son, y decirlas tal como eres. El rock que hago es old-school. Guitarra, bajo, batería y ya. Si lo complicas más, ya no es rock. Y que tenga alma. La gente me sigue porque cuando canto, entrego el alma y me vale gorro lo demás. En ese momento todo desaparece, el tiempo, el dolor. Creo que es en el escenario donde me quiero morir, es mi santuario. Y creo que el rock no tiene edad. Cuando abrí el concierto de los Rolling Stones en Monterrey, en 2006, los vi y me cagué. ¡Ésos son roqueros! Y cuando mi papá canta “La Plaga”, es cuando todos se prenden. El rock es un ángel inmortal. ¡El rock es neta! Pa’ acabar pronto. ¡Es decir la neta, directo y a las venas! ¡Punto! Un buen guitarrista, y ya estás.

Volver a amar
—En tu trayectoria, imagino ha cambiado tu relación con la música. ¿Cómo ha evolucionado?


—Antes quería cantar porque quería ser alguien. Ahora quiero cantar porque necesito cantar para vivir. Es mi catarsis diaria. Porque si no canto, me vuelvo loca. Ahora me atrevo a acercarme a los músicos con los que trabajo, como Mario Domm, ponerme junto a él en el piano, y sacar una melodía que me haga llorar. Si lloro, es que es la buena. Todo el tiempo estoy escribiendo mis pensamientos y reflexiones. Aunque mis canciones, de donde mejor salen, es de mis experiencias. En este momento estoy aprendiendo a decir: “¡Necesito amor!”.

—Me di cuenta. La mayoría de las canciones de este disco se basan en ese grito. No tienes el prurito feminista de dejar de decirle a un hombre que lo extrañas, lo necesitas. En la canción “No importa la hora”, hay una frase muy clara: “Tengo tantas ganas de volver a amar, tengo tantas ganas de empezar”.

—Yo estaba en el desdén hacia los hombres a los 20 años. Pero ahora que tengo 40, como que está saliendo una Alejandra que ya no quiere estar sola. Decir: “Quiero amar y necesito esto”, ya que durante mucho tiempo no necesité de nadie. Siempre me he bastado a mí misma. Pero tampoco quiero estar sola de aquí a que muera. Y menos si veo el ejemplo de mi familia, en la cual todas las mujeres somos tan fuertes, que nos quedamos solas. Es algo muy duro.

—¿Y a qué lo atribuyes? ¿Sientes que los hombres te temen?

—Pues no les gusta que la mujer tenga más éxito que el hombre, sino que seamos un poquito menos que ellos. Aunque tampoco me gusta traer a un perrito fiel a mi lado, todo quietecito. Eso les quita hombría… Sé que en la vida he llevado esa bandera de mujer que todo lo puede, pero eso tiene un precio. A muchos hombres eso les da pánico. No me imagino todas las cosas que han de pensar de mí. Quisiera saber cómo me ve una persona “normal”. Yo digo que también soy normal, pero no veo que los demás me vean así.

—Aunque podría decirse que tu cotidianeidad no es como la de todo mundo…, ¿o sí?

—Pues busco estar bien conmigo, hacer ejercicio, comer bien, bailar… Tengo que estar en acción. Soy hiperactiva. Para mí, lo más difícil de estar en el hospital fue tener que estar quieta.

Fuerza
—Y a propósito de eso, ¿este percance es la prueba más difícil que has vivido?


—Sí. La más fuerte. Más que la del cáncer, porque afortunadamente eso casi no lo sentí. Lo descubrieron a tiempo y me lo sacaron rápido. En cambio, en esto último tuve que ir de un hospital a otro. Decían: “Huy, no, ésta es famosa, no vaya a pasar algo”, y no me querían atender. Pero tuve mucha fe. Fui quien convenció al doctor mexicano Raúl López Infante: “Tú ábreme y sácamelo todo”. Creo que haberme atrevido es de una fortaleza que creo muy pocos tienen. Cuando te van a abrir y no sabes ni qué te va a pasar, da mucho miedo. Pero llevaba seis meses con dolores terribles. Fue ahí que me di cuenta de lo fuerte que soy.

—Sí. Veo que es una constante en tu vida, la resistencia. ¿De dónde sacas tanta fuerza? ¿De qué te agarras?

Piensa detenidamente, suspira y exclama: “Híííííjole… pues… no sé. De lo espiritual. De arrodillarme, rezar y decir: ‘¿Sabes qué? Hijo, ahí te lo encargo, cabrón, porque yo aquí sola ya no puedo’. Y dejar de querer tener el control de todo. Porque siempre he querido ser quien dice la última palabra. He aprendido a decir: ahora a ver qué pasa. Y dejarle las cosas a quien se las tengo que dejar. Dejar de cargar cosas que no son mías. Un día tuve claro que me había dado cáncer por guardarle rencor a cierta persona. Dije: ‘¿Ah, sí? Pues ándale, te perdono’. Pero no lo hice por él, sino por mí, para liberarme.

”Entonces, volviendo a la pregunta de hace rato, tooodo eso es lo que me ha enseñado a ver qué es lo que sí quiero y lo que no: me gusta cantar, comer, coger, vivir, ser feliz. Me gusta reír, y también llorar, que a veces es rico. Y no quiero ser perfecta, pero sí quiero ser mejor persona. Quiero ser roquera, pero no me quiero partir la madre para tener que serlo. Muchos roqueros han muerto jóvenes. Yo quiero agarrar esa rebeldía, pero para el lado bueno, no partirme el alma.

”El aprendizaje que saqué de este último percance fue el tener que afrontar temas que no me gustan. Tuve que decir: ‘Esta herida es mía’. Curiosamente, justo donde me abrieron, para los chinos, es donde comienza la vida. Así que todos estos hechos han sido muy simbólicos. Es otra oportunidad para vivir. Obviamente ya no voy a hacer más pendejadas con mi cuerpo [risas]”.

—En este disco dedicaste la canción “Ella” a tu hija, que es de las más bonitas de Único. Frida Sofía, has dicho, es tu motivación para vivir.

—Tiene 18 años, y la veo como un reflejo de mí. Su papá también es fuerte de carácter, y así la veo. ¡Ahora comprendo a mi mamá! Yo me fui de la casa a los 17 y no volví jamás. Le doy consejos, pero nunca me va a hacer caso, como nunca le hice caso a los que me daba mi papá. Soy muy consentidora, muy abierta, muy distinta a todas las mamás. A mi hija le deseo que sea muy feliz y encuentre el amor. Es muy lista y tiene mucho para dar, pero hay que trabajarle. La felicidad se tiene que chambear.

Reina de corazones
—Cuando acababas de salir del hospital, en octubre, dijiste “estar muy sorprendida de que la gente te quisiera tanto”. ¿En serio te extrañó? ¿No pensabas que así fuera?


—No. Y aún no lo creo. Fue impresionante que llegara gente que no me conoce a decirme: ‘Yo recé por ti’. Jamás había sentido una demostración tan grande de amor, de gente desconocida. Me dio mucha tranquilidad, me puso chinita toda esa manifestación de cariño.

—Dijiste que sentías tener varias vidas, y que te estaban dando una oportunidad. ¿Sientes tener una misión, por la cual aún seguir viva?

Alejandra parece sentir escalofríos.

—Wow. Qué bonita pregunta —respira hondo y no parece hallar respuesta certera. Pero emite a tientas:

—No lo sé, pero sí veo que me están dando chance de seguir haciendo lo que hago. Debe haber un por qué... Una vez una chica me dijo que no se había matado cuando oyó una canción mía que dice “necesito amarme”; otra chica adoraba mi canción “Rosas rojas”, y cuando murió, le llenaron todo de rosas rojas y le pusieron la rola… Veo que mis canciones han llegado a lugares que no me imaginaba… Sin embargo, aún no sé por qué lo hago.

—¿Será que eres sólo parte de una “orquestación cósmica”? —pregunto con algo de ironía. Y dice, solemne aunque sonriente:

—Puede ser. En realidad te llevan. Sientes que eres tú quien lo lleva, pero no. Sólo eres parte de otra cosa, y eso es lo chingón.

Única
Finalmente, le pido que se convierta en público de sí misma y exprese lo que le gusta y lo que no le gusta de ella.


—He tenido muchos errores, pero todos me han enseñado cosas. Como público, le sería fiel a Alejandra porque sé que me va a entregar todas sus garras, todo su desgarre interno, y eso es lo que yo le compro: ese drama personal hecho música. Sin embargo, no me gusta que es muy soberbia, obstinada y, a veces, muy dura consigo misma.

—¿Y qué les dirías a todos tus detractores?

—Que no me importa lo que digan. Mi música ahí está. Además, si me oyes, dices: ésa es Alejandra Guzmán. Soy identificable. Tengo estilo. Soy única. La música que hago, y como sueno, no suena más que a mí, y eso no lo hace cualquiera. No tengo que ponerme una etiqueta. Mientras tenga público que me siga, no me importa lo que digan. Y la verdad, ¿sabes qué? Yo ahorita ya lo único que quiero es divertirme. Pasármela bien. Si les gusta, bien, y si no, me vale madres. \\

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