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Viernes 25 de abril de 2014 
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Diciembre 2010
Gobernar rápido y morir en el poder
Un último vistazo a la vida de Néstor Kirchner.
Por Pablo Plotkin
Néstor Kirchner, ilustrado por José Hernández.
Hay dos personajes de historieta argentina que, en un mundo de fantasía que no es el mundo que nos tocó, podrían abrir y cerrar la fábula política de Néstor Kirchner. El primero es Lúpin, de Guillermo Guerrero, un aviador buenazo que recorría el mundo a bordo de un biplano estilo Primera Guerra Mundial. Kirchner se parecía bastante a Lúpin: los ojos saltones, la nariz picuda, el gesto a medio camino entre la sorpresa y la complicidad. Ese apodo, Lúpin o Lupo, se lo pusieron en Río Gallegos, capital de la provincia patagónica de Santa Cruz, la remota pista de hielo desde la que construyó su proyecto de poder.

El segundo personaje es Juan Salvo, protagonista de El eternauta, la creación de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López probablemente, el mejor cómic de la historia nacional y una de las grandes obras de ciencia ficción del siglo xx. En los años cincuenta, Oesterheld que en los setenta engrosaría la lista de desaparecidos de la dictadura junto con sus tres hijas imaginó a Salvo como un hombre cualquiera capaz de encarnar el ideal del "héroe colectivo". La historia transcurre en una Buenos Aires distópica, asolada por una invasión extraterrestre que se presenta en la forma de una "nevada mortal", un fenómeno silencioso y fosforescente que fulmina a todo aquel que sale a la calle o simplemente deja una ventana abierta. El invasor va adoptando diversas formas (escarabajos gigantes, telépatas con un montón de dedos), pero el enemigo real es una fuerza abstracta: los Ellos. Las interpretaciones políticas de la obra son múltiples (y se acentuaron en la segunda parte del relato, cuando Oesterheld ya integraba, como veterano, las filas de la guerrilla), pero a nadie se le habría ocurrido asociar la figura de El eternauta con la de Kirchner. Juan Salvo era esbelto, hermoso y romántico; Kirchner era desgarbado, feo y pragmático.

A nadie se le habría ocurrido, en realidad, hasta hace un par de meses, cuando La Cámpora la organización nuclear de la juventud kirchnerista—organizó un acto titulado "Néstor le habla a la juventud, la juventud le habla a Néstor". En los afiches que promovían el encuentro, el ex presidente aparecía cuadruplicado en el modo Mao de Warhol y, más llamativamente, caminando con pies de plomo bajo la nevada mortal, metido en el traje de supervivencia que alguna vez diseñó Solano López, con la mirada estrábica asomándose por el visor de la escafandra. Era El Eternéstor. Una mitificación graciosa. Un delirio. Pero, de última, un síntoma que anticipó lo que pasaría algunas semanas más tarde, cuando el estadista se convirtió en cadáver y el cadáver empezó a cocinarse en el horno peligroso de la canonización política.

Kirchner murió un miércoles, un 27 de octubre, por la mañana. No era un día cualquiera en Argentina. Era uno de esos días que se dan cada 10 años: el censo nacional. Con todos los comercios y las dependencias públicas cerradas, sin bares ni bancos, con el transporte reducido a su servicio de emergencia y las fuerzas de seguridad desplegadas perezosamente, la atmósfera era la de una película de zombis sin escenas de acción. Es casi el anverso de una jornada electoral, en la que el acto cívico convoca a la gente a salir a la calle, al menos por un rato. El censo lo obliga a uno a encerrarse en su casa, a esperar al compañero del gremio de las estadísticas para que lo incluya en la numerología estatal. Y apenas empezaba esa zona muerta del tiempo, ese paréntesis burocrático de la maquinaria productiva, ese día en que hay que mantener el termo lleno para ofrecerle al censista un mate que no aceptará, ahí nomás la noticia cayó como la nevada que Juan Salvo vio una noche por la ventana.

La vida política de Kirchner, o al menos el dueto presidencial que integró con su mujer, Cristina Fernández, en los últimos siete años, tuvo para muchos el vértigo del punk: lo suyo fue gobernar rápido y morir en el poder. Y dejar un cadáver bonito para que la tradición necrofílica del peronismo (el deambular macabro del cuerpo de Evita, la profanación de la tumba de Perón para robarle las manos) lo convierta en fetiche. El largo velorio popular en la Casa Rosada, adonde peregrinaron miles de militantes y ciudadanos conmovidos, fue a cajón cerrado, un hecho que derivó en especulaciones del tercer tipo: ¿el cajón estaba vacío; por qué la presidenta no quiso exhibir a su difunto?

Pero la presencia invisible de Kirchner parecía abarcarlo todo. ¿Cuánto tuvo de sorpresa esa reacción sentimental en cadena, ese fenómeno de una multitud llorando a un dirigente justicialista? ¡A un presidente argentino! Si alguien lo hubiera contado nueve años atrás, cuando el país detonó en un estallido social casi nihilista, con los ahorros de la gente confiscados y el desempleo trepando hasta más del 20%, habríamos creído que era una ucronía espectacular. Ese mediodía del 20 de diciembre de 2001, los que fuimos adolescentes en los años noventa marchamos al microcentro de Buenos Aires sin saber muy bien por qué ni para qué: daba la sensación de que el país se estaba disolviendo y queríamos ser parte de la caída, flotar en el vértigo del puro presente (¡ya no había que pensar en el futuro!) y vivir la experiencia nacional que nos tocaba: la de las últimas cosas. Todo era trágico y, de alguna manera, una fantasía absurda. El himno renegado que alumbró el momento (“Que se vayan todos, que no quede uno solo”, en referencia a toda la clase política) proyectaba la dimensión del hartazgo. La crisis de representación parecía definitiva. Se pretendía echar al presidente De la Rúa y, en efecto, antes del anochecer abandonaría el cargo en un helicóptero, pero antes y después hubo gases y balas en todo el país. En los alrededores de Plaza de Mayo vimos muertos y vírgenes políticos vomitando glicerina en las escalinatas del monumento al General Roca. Después de esas escenas, y después de una semana en la que tuvimos cinco presidentes, los decembristas soñamos un mañana regido por el trueque de bienes y servicios, las asambleas cogobernando en las esquinas y las fábricas controladas por los obreros. El Estado podía permanecer ahí, en las alturas o en las catacumbas, deformado y acechante como el fantasma de una ópera barata.

Nada de todo eso tenía mucho sentido. Como observa el escritor Alejandro Rubio, “la parte no dicha del ‘que se vayan todos' era la que susurraba sin palabras ‘pero que venga alguien, por Dios'”. Ese alguien, en principio, fue un caudillo del peronismo bonaerense conservador, Eduardo Duhalde, alguien que puso un poco de orden y acomodó las cuentas de la mano del que sería, entre 2003 y 2005, el primer ministro de Economía de Kirchner: Roberto Lavagna. En medio de los escombros, en una patria tachonada por un millón de piquetes, y mientras Naomi Klein nos visitaba para asistir a la avant-premiére de la crisis global, al primer ensayo general de la guerra de los mundos financieros, Duhalde dejó el poder con dos piqueteros masacrados por la policía frente a las cámaras (Maximiliano Kosteki y Darío Santillán), pero con la maquinaria productiva reactivada y una imagen lo suficientemente positiva para propulsar la candidatura de un ignoto gobernador patagónico que venía a garantizar la continuidad. Kirchner arañó 22% en los comicios de 2003 y, con la oferta electoral atomizada, se quedó con el bastón presidencial luego de que Menem renunciara al ballotage.

Néstor y Cristina habían sido dos estudiantes de Derecho en La Plata (capital de la provincia de Buenos Aires) y militantes de la Juventud Peronista, la organización de la que salió la mayoría de los muertos de la dictadura. Pero en los años setenta, cuando sus compañeros tomaban definitivamente las armas, ellos optaron por una vida silenciosa en Santa Cruz, donde ejercieron su profesión e hicieron fortuna con el negocio inmobiliario. La vuelta de la democracia representó su reinserción en los asuntos públicos, y después de un paso por la Caja de Previsión Social de Río Gallegos, Kirchner ganó la intendencia (1987) y después la gobernación provincial (que ejerció entre 1991 y 2003, después de impulsar la reelección indefinida).

Desde el comienzo, aun en la función municipal, el primer gran monstruo a vencer para Kirchner fue el déficit fiscal. Eso que Gonzo, del blog Mis muertos post-punk, definió como la "cruzada de los porcentajes": "Votos. Reservas. Superávit primario. Índices de aceptación. Kirchner fue como mi abuelo: un hombre obsesionado por enseñarme las tablas de multiplicar". Y si bien muchos seguidores y oponentes— lo señalaban como un batallador de las grandes causas, un ideólogo que llegaba para vengar las derrotas materiales y simbólicas de los años setenta y del neoliberalismo de los noventa, su obsesión cotidiana eran las cifras: volver a llenar las arcas del Estado para recuperar el manejo político de la riqueza. Por eso el paisaje roto de 2003, en el que, sin embargo, se avizoraba la inevitable curva ascendente posdevaluación y un montón de campos de soja estallando como pop corn desde el horizonte de las pampas, era lo más parecido a una Disneylandia keynesiana. Era, cómo no, un trabajo para Néstor Kirchner. Un megaadministrador del consorcio curtido entre vientos asesinos. Y él lo asumió con total convicción. Desde el momento en que se puso la banda presidencial y salió a dejarse manosear por la multitud que lo vitoreaba, después de ese bautismo de fuego en el que, en pleno fervor, recibió el golpe de una cámara de fotos (el saldo fue una herida superficial pero emblemática en la frente), el Pingüino empezó a gobernar como si cada día fuera el último. Y sobre la base de esa prepotencia construyó la legitimidad de mayoría que las elecciones le habían negado.

Entre las historias que suelen contarse de su mandato y que de ahora en más se irán amplificando y distorsionando hay una (reproducida por el periódico oficialista Miradas al sur) que dice que Kirchner llegaba bien temprano a la Casa Rosada, apenas después del amanecer, y que tenía el helicóptero siempre a mano para volar a algún barrio del conurbano: una reunión con un intendente, la inauguración de una nueva extensión cloacal, el anuncio de una fábrica recuperada. Como si la casa de gobierno fuera, para él, un campamento desde donde gestionar las zonas más castigadas de la patria. Y en esas jornadas maratónicas de ejercicio excitado del poder, Néstor Kirchner grabó los primeros grandes éxitos de su presidencia: el rearmado de la Corte Suprema de Justicia, la renegociación de la deuda con el FMI, la reducción del desempleo, la vuelta de la discusión salarial y de los convenios laborales caídos durante el menemismo. Y un acercamiento histórico a los organismos de Derechos Humanos (en especial Madres y Abuelas de Plaza de Mayo) que se cristalizó en el fin de las leyes que garantizaban la impunidad de los represores de la dictadura. Con todo eso, al término de su mandato, la imagen positiva del presidente era de 70%. Su mujer lo sucedió después de obtener 45% de los votos.

La continuidad del “modelo”, con Néstor cogobernando en la piel del primer caballero, estuvo cruzada por turbulencias que, en buena medida, hoy siguen vigentes. La confrontación con algunas corporaciones (los productores agropecuarios, los grandes medios de comunicación, la Iglesia) convirtieron a Kirchner en el centro de gravedad de la polarización política. Aun en vida, los que lo amaban y los que lo odiaban le atribuían poderes y emociones casi sobrehumanas. Para algunos era el Mesías. Para otros, el Anticristo. Pero Kirchner era, ni más ni menos, un estadista con mucha muñeca y sentido de la oportunidad. Y con una conciencia de posteridad que, muchas veces, le orientó la nave para el lado de las causas nobles. Entre sus principales cuentas pendientes se puede señalar la deuda con el núcleo duro de la pobreza (incluyendo índices sostenidos de desnutrición infantil), la falta de una política ambiental progresista y una red ferroviaria nacional que, aun en un contexto de crecimiento inédito, sigue desmantelada.

Kirchner no fue Juan Salvo. Pero fue un piloto de tormentas que torció la dirección de un país y cambió su paradigma de gobernabilidad: es posible confrontar ciertos poderes permanentes sin que eso empuje a un presidente al vacío. Lejos de la imagen demoniaca que le asignaban en vida sus adversarios, y también lejos de los raptos mitificadores de sus deudos políticos (que empezaron a pintarlo como un inmolado), Kirchner fue el hombre indicado para un trabajo ridículamente difícil: gobernar Argentina. La mala sangre que conlleva todo proyecto demencial le dejó un infarto a los 60.

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