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Miércoles 16 de abril de 2014 
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Marzo 2010
El reino de Bosé
En los ochenta fue el hombre más deseado de España y Latinoamérica. Treinta años después, Miguel Bosé sigue causando furor con su guapura, su música y sus ideas.
Por Tamara de Anda / Fotografías de Zony Maya
¿Qué tiene ese hombre que nos pone turulatos?
Hay algo extraordinario en esta sesión fotográfica. Siempre hay nervios y tensión, pero esta vez algo nos tiene como atarantados, expectantes de la aparición de Miguel Bosé. ¿Qué tiene ese hombre que nos pone turulatos cuando todavía ni siquiera lo hemos visto en persona? Lo discutimos y encontramos el motivo en el pasado remoto, en los ochenta, en la infancia de algunos, en la adolescencia de otros: si no estábamos fascinados con él, tuvimos una madre que estaba absolutamente enamorada. Los fotógrafos, asistentes, diseñadores, periodistas y colados tenemos en común haber escuchado o gritado, hace veintitantos años: “¡Miguel Bosé está en la tele!”. Hay una imagen grabada con rayos catódicos en nuestras mentes, que con la plática se sintoniza en la pantalla desteñida y convexa de nuestra memoria: un muchacho en entallado traje rojinegro, con cola, cuernos y tridente, bailando y entonando una canción llamada “Don Diablo”, rodeado de  angelitos, los Timbiriche, recién salidos del horno discográfico con su álbum homónimo, y adoptados como hijastros por el también emergente cantante español. Algunos divertidos por la música, la letra, la inusual frescura, el baile, los disfraces; otros viendo a nuestra madre boquiabierta, y los mayores soñando con ese “beso chiquitín con un swing, por aquí, por allí”. Niños, púberes o adultos jóvenes, entonces no sospechábamos lo que pasaría casi tres décadas después: estaríamos bailando en bodas las canciones de amor de esos niñitos, y ese muchacho tan gallardo se convertiría en una de las figuras más importantes y respetadas del pop en español, y del pop en general.

Al fin aparece la estrella, como un relámpago. Está vestido de impecable traje oscuro, perfectamente maquillado, nada fuera de lugar. Se abalanza frente a la cámara y sin mayor preámbulo el fotógrafo empieza a disparar. Nadie tiene tiempo de reaccionar, sólo abrimos los ojos como platos y observamos cómo el quincuagenario —sus 53 se ven como 40 muy bien llevados—, guapísimo, domina cada una de sus poses y se desenvuelve con una naturalidad y una gracia que cualquier modelo envidiaría. Sonríe, hace muecas, se agacha, baila, se agarra el trasero, coquetea, brinca. Sí que hay algo extraordinario en esta sesión. Alguien escribe en Twitter: “¿Cuántas semanas puede uno pasar sin lavarse la mano que estrechó la de Bosé?”.

—¿Sabías que la mayoría de las que entrevistan a Bosé son mujeres y que todas se ponen nerviosas? —me dice la productora de foto en tono burlón, minutos antes de platicar con él.

—No, no sabía, ¡y ahora ya me puse nerviosa!

La verdad es que ya lo estaba, pero no me había dado cuenta. Claro, después de 33 años de ser tan famoso, ¿qué pregunta inteligente podría hacerle? Me acomodo en un sofá y minutos después sale Bosé, ya no de traje, ahora vestido con una polo color cereza y pantalones de pijama cuadriculados. Viene de buenas, el shooting le gustó. “Me gustan los fotógrafos que son rápidos. Los que quieren sesiones de dos horas se ve que no me conocen”, me dice mientras prende un cigarro. Le confieso lo de los nervios, como un chiste. Se ríe. “Si te pones nerviosa corre por tu cuenta. No es mi intención, jamás”. Bosé es atento, con sentido del humor, sin forzar la simpatía. El talento, el éxito y la fama no han hecho que deje de ser un tipo normal.

Las fotografías de la infancia de Bosé podrían ser parte de un libro titulado Los grandes artistas del siglo XX. El niño aparece al lado de personajes como Jean Cocteau, Ernest Hemingway, Cary Grant, Ava Gardner, Audrey Hepburn, Deborah Kerr, Ingmar Bergman, Roberto Rossellini, Michelangelo Antonioni, Salvador Dalí, Pablo Picasso o Luchino Visconti. Uno se imagina al pequeño Miguel devorando las enseñanzas de toda esa gente, pero la realidad es que ni siquiera se acuerda de la mayoría. “Era muy chico. En la vida de pocas de esas personas estuve el suficiente tiempo como para tener recuerdos”, me dice. Excepciones fueron Visconti, su padrino, y Picasso, el de su hermana Paola. Se sabe, por ejemplo, que Picasso lo inscribió a una escuela de danza clásica y le regaló su primera malla de baile a Miguel, y que el jovencito pensó que era una pijama, así que durmió con ella esa noche. También que él y sus hermanas visitaban con frecuencia el taller del pintor. “Picasso o Dalí fueron personas que descubrí en la escuela, en la asignatura Historia del Arte, a pesar de que veía sus pinturas todos los días en la casa, apiñadas”, dice.

Para Bosé, la fama y el talento nunca fueron asuntos extraordinarios. “Ves a una familia de leones y desde fuera dices guau, qué belleza, pero los leones no saben que lo son”, dice. Sus mismos padres, la guapa actriz Lucía Bosé y el torero Luis Miguel Dominguín, eran célebres. “Los cachorros de todos los animales imitan a su madre, a su padre. Lo mismo me pasó a mí. Son personas muy normales”.

De niño y adolescente, Bosé estudió en el Liceo Francés de Madrid. “Una educación muy estricta, excelente. Me han regalado la posibilidad de aprender cuatro idiomas”. Su padre nunca estuvo de acuerdo con sus inclinaciones artísticas, que más bien sacó de su madre, pero él igual las exploró. A principios de los años setenta fue a Londres a estudiar danza con la actriz y bailarina Lindsay Kemp —que también le dio clases a David Bowie—. No tenía claro a qué quería dedicarse, sólo que quería hacerlo sobre un escenario.

Empezó a actuar para cine en 1973, en Roma, también a modelar, y en 1975 grabó un par de sencillos, producidos por Camilo Sesto, que pasaron inadvertidos. Más adelante, la casa disquera CBS compró su contrato. Hace cinco años, Bosé dijo para la desaparecida revista chilena fibra que él no decidió nada: “En esa época pasaba con los cantantes un poco como con los futbolistas. Me ficharon como en el futbol. […] Me raptaron literalmente, me llevaron a un estudio y canté ‘Linda' , y luego otra, y luego era la una de la mañana y me senté en un sillón a escuchar lo que habíamos grabado, y me desperté en mi cama de la casa de mis padres. Como en un sueño. […] No tuve tiempo de pensar si era cantante, actor, ni cómo me llamaba, ni qué quería”.

De pronto ya era 26 de abril de 1977: la fecha del debut televisivo de Miguel Bosé como cantante, en el programa Esta noche… Fiesta. Y aquí es cuando agradezco infinitamente estar escribiendo este reportaje en 2010, porque no tengo que imaginarme qué pasó. Busco en YouTube “debut Miguel Bosé” y veo lo que conmovió a España aquel día, seis años antes de que yo naciera: un chico delgado, con ropa azul entallada, el pelo a la Beatle, andrógino y extremadamente sexy, sobre un escenario anticuado —con una cortina de hilos plateados al fondo, foquitos al borde y rodeado de mesas: una de ellas ocupada por sus padres— entonando “Linda”, una balada cursi pero pegajosa. Entiendo por qué el mundo se volvió loco por él.

En el destape posfranquista, con la Movida madrileña en ciernes y una juventud sedienta de música y libertad, se desató la fiebre alrededor de Miguel Bosé. Poco después del disco Linda grabó su segundo, Miguel Bosé, luego Chicas!, que incluía el inolvidable tema “Súper Superman”, en cuyo video Bosé viste pantalón rosa y camiseta blanca, y baila acompañado de un grupo de ocho. Los gritos histéricos del público empañan la melodía. Las pasiones que este chico desataba perforan mis oídos. “Ahora veo las fotos de mi adolescencia y digo guau, qué efebo más extraordinario, qué físico y qué aura más moderna”, me dice Bosé, con sus cincuenta-y-tres-que-parecen-cuarenta.

No dejo de youtubear la época temprana de Bosé: veo la primera versión de “Don Diablo”, de 1980, luego aquella incrustada en mi memoria, la de Timbiriche, ese que tuvo a México pegado a la tele. Después lo veo con Daniela Romo, con quien trabó gran amistad, actuando sin cantar en dos videos: “Celos” y “Pobre secretaria”, en la que hace de indiferente jefe por el que las secretarias desfallecen. Por aquella época lanzó Made in Spain, un disco musicalmente intrascendente que es más recordado por su portada, diseñada por Andy Warhol.

Hace dos años, en el programa Peta-Zetas de Antena 3, Bosé recordaba junto al presentador Jose Corbacho las publicaciones de cotilleo que nacieron en aquella época, como Súper Pop, en cuyas páginas rivalizaba con artistas ahora olvidados, de los que mi generación no oyó hablar: Los Pecos, Leif Garret, Iván. ¿Por qué ellos quedaron en el olvido y Bosé no? Si hubiera seguido la línea musical de sus primeros trabajos quizás hubiera tenido el mismo destino. Pero entonces conoció a Roberto Colombo, el tecladista de la mítica banda italiana de rock progresivo Premiata Forneria Marconi, una influencia que fue un parteaguas en su carrera. Colombo lo incitó a componer e inventar un estilo propio, al margen de la música complaciente de la época, y fue el productor de Bandido, el álbum en que Bosé dejó de ser un guapo interpretando temas pegajosos y se convirtió en un artista creador de himnos pop. El Bosé que tengo sentado a mi lado y que sigue fumando.

El año pasado Miguel Bosé concluyó una exitosísima gira de más de dos años, el Papitour, en la que celebró tres décadas de carrera. El detonante fue Papito, un álbum de éxitos regrabados a dueto con amigos como Alaska, Shakira, Sasha Sokol, Juanes, Benny Ibarra, Bimba Bosé, Michael Stipe o Alejandro Sanz. Las nuevas versiones sonaban en todos lados y le traían recuerdos a cualquier ser humano mayor de 10 años que no haya estado viviendo en aislamiento mediático. Su popularidad quedó patente.

La fama, por desgracia, viene acompañada de una oscura contraparte llamada chismes, que en el caso de Bosé han sido descomunales. Como él jamás habla de su vida personal ni ha confirmado o desmentido ninguna relación romántica, los rumores han alcanzado niveles estratosféricos. A principios de los noventa se dijo que estaba enfermo de sida, y un programa de radio anunció su muerte una mañana, mientras él en realidad estaba rodando una película en Francia, perfectamente sano. También llegó a correrse el chisme de que pertenecía a una secta satánica (claro, esa canción “Don Diablo” ya me parecía sospechosa). Las más comunes son las especulaciones sobre su preferencia sexual, sobre la que él nunca ha hecho una declaración contundente. “Mi vida privada es un templo sagrado que les pido que se respete, porque si no después qué me quedaría, dónde me ampararía”. Sobre la patológica insistencia de los reporteros para que hable de su vida sexual, dijo una vez en televisión: “Que se hagan pajas, pero que me dejen en paz”.

Desde siempre ha sacudido a las “buenas conciencias”. Su androginia, las mallas, las faldas que usó a finales de los ochenta. Y sus videos. El primero que fue censurado fue “Nena”, de 1988, porque abofetea a una chica. “Me dijeron que a las mujeres no se las pegaba. Yo quedé alucinado, harto de ver tanto maltrato en las telenovelas”, recuerda aún contrariado. Más adelante, “No encuentro un momento pa' olvidar” causó problemas por mostrar parejas homosexuales, una de ellas besándose, y en “Down with love” aparecían mujeres y hombres nadando desnudos. Uno de ellos, para mayor escándalo, era la estrella española porno Nacho Vidal. “El amor da mucho miedo. La guerra no, la violencia tampoco, y eso sí que aparece en todos los lados”, dice Bosé. Una vez apareció desnudo y “embarazado” en la portada de una revista. Escándalos sobran, pero él siempre ha dicho que su intención no es provocar. “Mi teoría es que existe gente que quiere ser provocada y que busca candidatos o cosas que les causen eso, que los remueva. Es la naturaleza de las cosas que hago, que son diferentes, que impactan”.

—Pero, ¿y te gusta cuando eso ocurre?

—A mí me encanta estar en el juego del deseo.

Los escenarios y la prensa (de todas las tonalidades) no son los únicos sitios donde se ha dado a conocer. Ha actuado en una veintena de películas, unas olvidables, otras de culto como Suspiria, de Dario Argento, o Tacones Lejanos, de Pedro Almodóvar, en la que interpretó uno de sus papeles más recordados: el juez Domínguez, un tipo que en las mañanas usa barba y bigote postizos, y por las noches se pone tetas falsas para convertirse en Femme Letal, un travesti con un espectáculo inspirado en los años sesenta. Bosé se jacta de pertenecer al contadísimo club de actores que han sido chico y chica Almodóvar al mismo tiempo.

También en los noventa tuvo un afortunado paso por la televisión española, como conductor y director del programa El séptimo de caballería, en el que se presentaron músicos como Madonna, Prince, Mick Jagger, R.E.M, Placebo y Alejandro Sanz. De nuevo recurro a YouTube para conocer el programa, que nunca fue transmitido en México. Aunque él ha declarado que ser entrevistador televisivo no era lo suyo, a mí me suena a demasiada modestia. Además de buen presentador, había una clara complicidad gremial: Bosé sabía lo que es estar del otro lado, conocía las preguntas indicadas, omitía las incómodas. Alguna vez dijo que sus entrevistados se sentían tan relajados y en confianza que él debía cuidar que no revelaran alguna intimidad de la que luego se arrepintieran. Las charlas estaban llenas de sentido del humor, un elemento que Bosé aprecia. “Es mucho más saludable que la solemnidad, el aburrimiento. Pero todo eso tiene que ser compatible con tomarse las cosas en serio”. Como las causas con las que se compromete.

Aunque dice estar desencantado de la clase política mundial, en 2008 Bosé apoyó la reelección del presidente español José Luis Rodríguez Zapatero, del Partido Socialista Obrero Español, junto con otros artistas como Joaquín Sabina, Joan Manuel Serrat, Ana Belén y Víctor Manuel. Antes de las elecciones, un grupo opositor tomó la canción “Amante Bandido” de Bosé, alteró la letra e hizo un video que atacaba a Zapatero. Cambiaba líneas como “Pasión privada, dorado enemigo / Huracán, huracán abatido” por “También la leche y el pollo han subido / Tu gobierno nos tiene bien fritos” o “Seré tu héroe de amor” por “Mejor que gane Rajoy”, el candidato del Partido Popular. Bosé pidió que lo censuraran. “Estaban incurriendo en algo tremendamente ilegal. Podía haberles metido un pleito por daños y perjuicios, estaban incumpliendo algo que es tan básico como el respeto a la propiedad intelectual”. No denunció, simplemente solicitó que se retirara de YouTube. Se cumplió su petición, pero como era de esperarse, el video fue colgado en otras plataformas.

La política dura, sin embargo, no es lo suyo. Bosé rechazó la oferta de Zapatero de convertirse en Ministro de Cultura de España. “No estaría a la altura y tengo algo que es mucho más importante: mi carrera. No iba a dejarla”. Pero sí es un activista. Lo mismo ha apoyado la defensa del atún rojo, que la lucha contra el sida. Colabora con Oxfam y la Fundación ALAS, que lucha por la salud y la educación de los niños latinoamericanos. En 1997 fue nombrado Embajador de la Paz por la UNESCO, aunque ha dicho que es una organización débil a la que le falta credibilidad, que de él sólo quería su foto. No le importa ser directo en esos temas, siempre ha dicho que le encanta incomodar a los políticos.

De las causas que apoya, su favorita es la paz. Bosé es parte de Paz Sin Fronteras, un movimiento creado por Juanes que consiste en organizar conciertos masivos y gratuitos en lugares en conflicto, con el objetivo de difundir un mensaje antibelicista que prevenga una catástrofe. El primero se llevó a cabo en la frontera de Colombia y Venezuela, durante la crisis diplomática que surgió entre esos dos países y Ecuador. El segundo fue en La Habana, Cuba, y desde su planeación fue fuente de controversias y sombrerazos. Los mayores críticos eran los grupos de exiliados en Miami. “Creímos que recibiríamos adhesiones de todos los colores. Y en cambio nos decían: ¿cómo se os ocurre dar un concierto por la paz en Cuba?”, escribió Bosé en un artículo en El País. El día del evento, Juanes y Bosé terminaron llorando de indignación y a punto de cancelar por restricciones de acceso y la colocación de zonas privilegiadas para miembros del partido y familiares de funcionarios. Al final se cumplieron sus exigencias, siguieron adelante y el concierto superó expectativas. Muchos detractores reconocieron que no fue castrista y que dio un mensaje importante a los cubanos: es tiempo de cambiar. Para este año, Paz Sin Fronteras planea una presentación en el límite entre México y Estados Unidos.

En 2007, Bosé anunció que pronto publicaría su primera novela. Le pregunto cómo va ese asunto y no pone buena cara. “En todas las entrevistas me lo preguntan, ¡en qué momento habré abierto la boca! Me deprimo mucho con esa historia”. Dice que tiene dos novelas terminadas, pero necesitan edición y corrección para las que Bosé no ha tenido tiempo. “Cuando estaba sentándome para hacerlo me dicen que Papito sigue estallando, que hay una demanda de conciertos brutal y me piden un año más de gira”. Bosé no pudo decir que no a “la armada de mis grandes cómplices con quienes he construido esta carrera: mis fans”. Después de posponerse la publicación varias veces, Bosé decidió dejar el lanzamiento para después. “Me dije: cuando tenga que ser, será”.

Le cuento a Bosé cuánto me sorprendió ver —y escuchar— a señoras mayores de 60 años al lado de chavitas de 15 gritando con la misma histeria y disfrutando con la misma pasión de sus conciertos. Y a la generación de en medio, a la que pertenezco. Su explicación: “Las mías no son canciones estándar. No están marcadas para que le gusten sólo a personas de una edad o a una generación porque ya nacieron contemporáneas y modernas”.

—¿Cómo fue volver a componer después de un repaso tan largo por tu pasado? —le pregunto.

—El de Papito fue un tiempo fantástico, una celebración para la gente, para dar gracias y soplar las velas de esa enorme tarta que habíamos construido y que nos comimos entre todos. Pero necesitaba componer, crear. Fue como un rodeo. Tenía unas ganas enormes de escribir material nuevo y salió un montón, alrededor de 30 cosas. Grabé 15 y al final quedaron 12, más una que será bonus para iTunes Store.

Minutos antes de la entrevista me prestaron un iPod con algunos temas de Cardio, el álbum que sale a la venta el 9 de marzo. “Estuve a punto de…” ya lo conocía, desde que Juanes la dio a conocer a través de su cuenta de Twitter y se regó como pólvora en internet. Las demás canciones me sorprendieron. La que da nombre al álbum, “Cardio”, empieza con un sonido electrónico estilo Kraftwerk; “Júrame” está inspirada en la experiencia en Cuba; “Dame argumentos” es una canción de desamor. No se parecen entre sí y suenan claramente a Bosé, pero no igual a sus otros discos. “Lo que he hecho no lo vuelvo a repetir”, dice siempre.

—¿Qué es lo que más te gusta de Cardio?

—La actitud. El buen rollo. Lo divertido. Lo original. Lo descarado. Lo variado. Lo positivo y solar. Y el hecho de que suena a mí. Es mi retrato, un retrato muy contemporáneo.

Me llama la atención el eclecticismo de estilos de las pocas canciones que escuché de Cardio. “Estoy demasiado con lo que sucede ahora y que no tiene que ver con mi generación. Setenta por ciento de la música que escucho es dance, DJ, como Tiësto, Armin van Bureen, Paul van Dyke. Voy a más raves que a conciertos, ahí encuentro los sonidos, las formas de producción que quiero trasladar a mi música”, dice.

Pienso en el legado que hasta ahora Bosé ha dejado. En sus días tempranos puso de moda las camisetas arremangadas, llevar un paliacate en el bolsillo trasero y el estilo andrógino. “No se sabía si era chico o si era chica, era ese anuncio de generación de la que sois parte, que tenéis equilibrio en lo masculino y lo femenino, sois tan ying yang”, dice. Pienso en los Timbiriches, a los que apadrinó y que luego se convirtieron en la banda ochentera de pop mexicano más importante. Y en los que salieron de ese grupo y que siguen componiendo, como Sasha y Benny. También en artistas que recientemente ha adoptado, como la cantante Ximena Sariñana, que ha dicho que para ella Bosé es “casi como mi papá”. Pienso en el buen uso que le da a su imagen pública. En su ingenio para batear preguntas incómodas y contestar de forma coqueta a sus fans. En su honestidad, inteligencia y su ausencia de pedantería. Se me ocurre que debería haber más como él.

—¿Te consideras un ejemplo a seguir?

—No, para nada. Creo que la gente lo mejor que puede hacer conmigo es observarme y sacar conclusión de que ya hay suficiente con uno. Con uno basta.

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