Lunes 20 de octubre de 2014 
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Febrero 2010
La otra versión sobre Florence Cassez (Parte I)
Una revisión a fondo del proceso de Florence Cassez arroja suficientes dudas sobre su participación en los secuestros por los que ha sido juzgada y sentenciada. Un repaso por la historia política de su caso muestra que ella es rehén de muchas fuerzas, entre otras, una policía con necesidad de legitimarse y dos presidentes con intereses en conflicto.
Por Guillermo Osorno
A principios de marzo de 2009 la historia de Florence Cassez ocupaba la atención de todos los medios de comunicación mexicanos. Un juez de apelación la acababa de sentenciar a 60 años. El gobierno francés negociaba la repatriación para que purgara su condena en casa y el presidente Nicolas Sarkozy estaba por llegar a México en visita oficial. Como respuesta a las presiones del gobierno francés, las víctimas enviaron cartas a los periódicos donde relataban cosas terribles. En particular, Cristina Ríos Valladares, la mujer que se exilió después de que la policía la liberó junto con su hijo de 11 años del secuestro, escribió que ahora que escuchaba a Cassez reclamar justicia, también oía la voz de la mujer celosa e iracunda que entró furiosa al cuarto donde la vejaba Israel Vallarta, el novio de Cassez y supuesto líder de la banda. Cassez había gritado a Vallarta que si se volvía a meter con Cristina se desquitaría con ella. "Florence narra el ‘calvario' de la cárcel, pero desde el penal ve a su familia, hace llamadas telefónicas, concede entrevistas de prensa y no teme cada segundo por su vida", escribió Ríos Valladares en relación con la campaña que rodeaba a la francesa. "No detallaré lo que es el verdadero infierno, es decir, el secuestro. Ni mi familia ni yo tenemos ánimo ni fuerzas para hacer una campaña mediática, diplomática y política para lograr que el gobierno francés y la prensa nacional e internacional escuchen la otra versión, es decir, la palabra de las víctimas".

Luego llegó el presidente Sarkozy a México. Su visita fue un fracaso diplomático cuyo punto culminante fue la intervención en el Senado hablando de Cassez, después de que los representantes mexicanos le habían pedido explícitamente que no tocara el tema. La actitud retadora de Sarkozy acabó por unificar a la opinión pública mexicana alrededor de lo expresado por las víctimas de ese secuestro: Florence Cassez debía pagar por sus delitos en México. Cualquier otra solución significaba doblarse frente a un poder extranjero y demostrar una tremenda insensibilidad.

Una de las figuras que más me intrigaba en ese entonces era el abogado mexicano de Cassez, el penalista Agustín Acosta, a quien se le veía remar con mucho esfuerzo y sin éxito contra la opinión pública. Acosta me recibió a mediados de mayo en su oficina en la colonia Condesa, una casa blanca que ocupa una apacible esquina fuera del tráfico y la actividad diaria de los restaurantes de la zona.

Los vientos de la visita de Sarkozy se habían calmado, pero el 7 de mayo las autoridades detuvieron a otros integrantes de la banda a la que presuntamente pertenecía Florence Cassez. Días después, la policía presentó un video de uno de ellos, David Orozco alias el Géminis. Dijo que Cassez había llegado a la banda en 2004 y que ejercía una enorme influencia sobre Vallarta.

Acosta tenía documentos y videos dispersos en la mesa. Me los presentó con una velocidad abrumadora. Todos apuntaban hacia un escenario impensable: el proceso de Cassez estaba lleno de errores y ella podría ser inocente. Pregunté si podía conseguirme una entrevista con Cassez en la cárcel. Me dijo que eso era prácticamente imposible. Tenía ya una lista de periodistas que se lo habían solicitado, pero la defensa, es decir, él y el abogado francés, habían decidido que la mejor estrategia con respecto a los medios era que Florence se quedara callada.

La entrevista con Cassez la obtuve gracias a la intervención de Anne Vigna, una periodista francesa que estaba en el camino de escribir un libro sobre el asunto y mantenía un contacto frecuente con ella.

Por aquellos días, la situación de Cassez era la siguiente: Calderón había prometido llevar el caso a una comisión binacional que estudiaría la repatriación para que ella cumpliera su condena en Francia. La comisión dictaminaría el asunto en tres semanas, pero comenzaron a pasar los días y para mediados de junio todavía no había una resolución. Finalmente, el presidente Calderón en persona anunció que Cassez debería cumplir su condena en México. Faltaba una semana para las elecciones del 5 de julio. La embajada de Francia hizo saber su descontento.

Por otra parte, pedí a un joven periodista colombiano radicado en París que fuera a Dunkerque, la ciudad costera en la punta norte de Francia, casi frontera con Bélgica, a visitar a los padres de Florence para que hiciera un retrato de ellos y que tomara el pulso del apoyo local a Cassez. Al cabo de unas semanas, Ricardo Abdallah envió un reporte de la investigación. Entre las cosas que escribió había historias como esta que retaban la noción que en México se tiene del tema: a principios de 2005, en el mismo año que la policía detuvo a Florence, Bernard y Charlotte Cassez viajaron a México para conocer a Israel Vallarta, el hombre divorciado que era novio de su hija.

—Era un tipo normal —dijo Charlotte a Abdallah—, amable como siempre son los mexicanos.

—Muy amable —dijo Bernard—.  Nos llevó a pasear. Pasamos mucho tiempo con él. Dijo que hacía negocios con autos. No había por qué no creerle. Conocimos a sus padres, era gente normal.

Bernard contó que habían conocido el rancho Las Chinitas en la carretera vieja a Cuernavaca, el mismo sitio donde meses después entró la policía a liberar a Cristina Ríos, a su hijo Cristian y al joven Ezequiel Elizalde; la casa donde las autoridades encontraron armas y apresaron a la pareja de secuestradores. Bernard dijo que se habían quedado tres noches. A veces tomaban el desayuno en un restaurante en la carretera, al que iban caminando. La dueña del restaurante tenía las llaves para vigilar el rancho cuando Israel no estaba.

—De todas maneras —dijo Bernard— casi se puede ver el rancho desde la puerta del restaurante. Si algo extraño hubiera pasado, ella lo habría notado.

Pero nada fuera de lo común sucedió durante la estancia de los Cassez en México. Ellos subieron al avión de regreso a casa convencidos de que habría una boda en la familia.

El penal de Tepepan está por el rumbo de Xochimilco. Es una cárcel más bien pequeña. Ocupa la extensión de tres o cuatro cuadras. Llegué el día pactado, y después de pasar la seguridad, entré a la cárcel donde me estaba esperando una estafeta, una presa que trabaja como mensajera. Me condujo hasta el salón de visitas donde había una mesa blanca de plástico cubierta con un mantel de flores amarillas, a la entrada de un patio al descubierto. Junto a nosotros había otra mesa con una canasta verde que guardaba servilletas, café soluble en distintas presentaciones, azúcar, vasos desechables, cucharas y un rollo de papel de baño. La estafeta trajo una jarra con agua caliente a la mesa. Luego llegó Florence Cassez. Llevaba el pelo largo, ondulado y rojo. Tiene los ojos azules y la piel muy blanca, con pecas. Se conducía de manera muy erguida y formal.

Como tenía la intención de repasar en orden cronológico algunos acontecimientos de su vida, pregunté sobre la decisión de su hermano Sébastien de venir a vivir a México en 1997, cinco años antes que ella lo hiciera. Su corrección estalló como un globo. Hizo una mueca de desesperación e impaciencia. Dijo que eso lo preguntara a Sébastien.

—A mí me enfurece escuchar que tengo que cumplir una sentencia de 60 años —dijo—. Pienso que se me ha declarado la pena de muerte.

Pregunté qué pensaba hacer. A pesar de que en ese momento tenía varios abogados, ella no sabía qué seguía. Estaba muy molesta porque la estrategia se había centrado en el asunto de la repatriación, no sobre su inocencia. Además, le habían pedido que no hablara con nadie. ¿De qué había servido?

Una persona nos interrumpió. Dijo a Florence que le hablaban de la dirección del penal. Ella se fue y regresó cinco minutos después. Me dijo que no podía seguir con la entrevista. Pregunté qué pasaba y ella dijo que acababan de llegar dos personas del consulado. Me escoltó presurosa hacia la reja de salida y luego la vi meterse a un cuarto donde estaba el personal diplomático.

La mañana del 9 de diciembre de 2005, poco después de las seis y media, Pablo Reinah, un reportero de Televisa, irrumpió en el programa Primero Noticias de Carlos Loret de Mola para anunciar la transmisión en vivo de “un golpe contra la industria del secuestro”. Las imágenes mostraban a miembros de la Agencia Federal de Investigación (AFI) cargando sus armas y entrando en fila por la puerta de una propiedad hacia un amplio jardín. El reportero dijo que él se encontraba en la carretera México-Cuernavaca. Sabía que en la operación se estaban liberando a tres personas, entre ellas, una madre y su hijo menor de edad. Sabía también que el jefe de la banda era un hombre que está casado con una mujer de origen francés. La cámara mostró a los policías corriendo por el jardín y luego dirigiéndose a una cabaña. En el pasillo de la entrada estaba un hombre atado de manos y tirado en el piso, boca abajo. Luego alguien lo volteó y le levantó la cara. Era Israel Vallarta. La cámara mostraba también algunas armas tiradas en el suelo.

—Esta mujer que vemos tapada es una mujer de origen francés —dijo Reinah. La cámara mostró a una persona cubriéndose la cabeza con una sábana. Luego una mano jalaba la tela.
—¿Cuál es su nombre?
—Florence —dijo Cassez visiblemente asustada—. Yo no tengo nada que ver, no soy su esposa.
Reinah le preguntó si sabía que allí había tres personas secuestradas.
—No, no lo sabía.
—¿Cómo llegó?
—Era mi novio, me estaba dando chance de quedarme en la casa.


La cámara volteó y enfocó hacia Israel Vallarta, que ya se encontraba junto a Florence y estaba sostenido por un policía. Después de preguntar su nombre, Reinah le pidió que contara cómo se urdió el secuestro.

—Yo no urdí nada —dijo Vallarta—. A mí me ofrecieron dinero para prestar mi casa. Un tipo que se llama Salustio.

—Carlos, vamos a movernos un poco para que entren los agentes de la AFI, y ellos me están pidiendo que nos salgamos —dijo Reinah a la cámara.

En un punto, Reinah se acercó con Ezequiel Elizalde, un joven con la barba crecida y una venda en la cabeza. Ezequiel, fuera de foco, se quejó de los malos tratos recibidos por los secuestradores, como el golpe en la cabeza por el que llevaba la venda. Cuando le preguntaron cómo era un día típico de su cautiverio, dijo que era un constante terror psicológico.

—Doy gracias a la Policía Federal que me haya rescatado.

Cuando Reinah entrevistó a Cristina Ríos, cuya imagen también estaba fuera de foco, ella dijo que los secuestradores la trataban bien y que le daban de comer adecuadamente. Reinah quiso saber si ella podía identificar a sus captores. Cristina dijo que no. Siempre se presentaban encapuchados y hacían diferentes voces.

Después de interrogar a las víctimas, Reinah regresó con los presuntos secuestradores, que estaban afuera, metidos ya en una camioneta de la AFI. Parado frente a la ventana del vehículo le preguntó a Cassez si sabía que en el rancho estaban tres personas secuestradas.

—No lo sabía, lo hubiera denunciado. Lo juro.
—Qué hace usted en nuestro país.
—Estoy trabajando —Florence interrumpió para corregirse— estaba trabajando en el hotel Fiesta Americana.
—¿Qué hacia en el rancho?
—Nada más estaba de paso, mientras buscaba un departamento. Ya lo encontré antier. Me iba a ir de su vida para siempre —dijo refiriéndose a Israel Vallarta, que estaba sentado junto a ella.


La mayoría de los medios de comunicación tomaron nota del espectacular rescate. Durante los días siguientes, las víctimas abundaron en sus declaraciones. Cristina Ríos, en particular, comenzó a decir que sí identificaba a Israel Vallarta y a Florence Cassez. Una nota del periódico La Crónica publicada el 14 de diciembre causó además un gran revuelo, pues sugería que Florence Cassez planeaba los secuestros a partir de la lista de los huéspedes importantes del hotel Fiesta Americana Grand.

Yuli García, una reportera del programa Punto de partida que se transmite los domingos por la noche, vio la presentación de Israel y Florence desde su casa. Y le pareció que algo no checaba. "Tratándose de un secuestro —dijo—, el operativo era demasiado perfecto". A su jefa, la periodista Denise Maerker, también le pareció que el asunto merecía una revisión más profunda. Maerker consiguió hablar con Cassez por medio de su abogado. Florence le dijo que la habían detenido un día antes, la habían mantenido en una camioneta durante todo este tiempo y que la madrugada del 9 la habían plantado en el rancho. El abogado Jorge Ochoa les dio un documento del expediente, un parte policial hecho por los agentes de la AFI que también contaba una historia distinta a la que había salido en la televisión. Los policías federales decían, por ejemplo, que el mismo Israel Vallarta fue quien, detenido en la carretera, se había regresado al rancho a abrir la puerta.

Yuli también consiguió el material original de la transmisión del rescate. Al revisarlo se encontró con todos los indicios del montaje, como conversaciones entre la policía y la gente de producción discutiendo la señal para comenzar a moverse.

Yuli pidió una entrevista con el procurador Daniel Cabeza de Vaca. Hablarían sobre secuestros. Pero los reporteros en realidad le mostraron una reproductora portátil donde enseñaron las escenas que comprometían toda la operación del 9 de diciembre. Yuli le preguntó directamente si aquello había sido un montaje. Después de negarlo repetidas veces, Cabeza de Vaca tuvo que aceptar.

Ese mismo día en la tarde, una persona de la oficina de comunicación de la Procuraduría habló con Yuli para tratar de convencerla de que si bien la operación había sido un montaje, eso no desacreditaba la investigación. Le ofrecieron entrevistas con Ezequiel y con el mismo director de la AFI, Genaro García Luna.

Yuli contó a sus jefes lo que había pasado. Maerker decidió quitar las escenas de la conversación con Cabeza de Vaca, pues esa entrevista había sido obtenida argumentando interés por un tema distinto al del montaje. Se dejó el resto del material como estaba e invitaron al estudio a García Luna.

Maerker comenzó la transmisión diciendo que la semana pasada habló con Florence Cassez y ella había dicho que era inocente y su arresto era parte de un montaje. Maerker, además, tenía en la mano el parte de la policía que relataba el arresto de una manera distinta. Quiso dejar claro que reconocía la excelente labor de la policía en la lucha contra el secuestro, pero preguntaba si la policía no estaba utilizando políticamente los resultados de sus investigaciones. García Luna, que estaba acompañado por Jorge Rosas, de la Unidad de Investigación y Secuestros de la Procuraduría General de la República (PGR), argumentó que no había contradicción entre el parte policial y lo que la gente había visto en la televisión. Con su característico estilo incisivo, Maerker parafraseó una y otra vez la pregunta a lo largo del programa. Enseñó el reportaje de Yuli y después de un intercambio de argumentos, a veces tenso, a veces torpe, preguntó a los policías si, en todo caso, estarían de acuerdo con que sería un error manipular los resultados y utilizarlos como propaganda. Los dos asintieron.

Entonces, Maerker se puso la mano en el oído.
—¿A quién tenemos? —preguntó al equipo de producción—. ¿Desde la casa de arraigo? Dígame, adelante, Florence Cassez.
—Adelante —dijo Cassez por el teléfono.
—¿Tiene algo que decir?
—Sí, que fui detenida el día 8 en la carretera, y me secuestraron en una camioneta. No fui arraigada el 9. Me detuvieron el 8 de diciembre a las 11 de la mañana.


Yuli García dijo que la llamada de Cassez a pocos minutos de terminar el programa no estaba planeada y provocó una enorme conmoción en el equipo. "Era muy raro que una persona acusada de secuestro tomara el teléfono y le dijera al director de la policía que era un mentiroso", dijo Yuli.

Una semana después, la policía reconoció públicamente que aquello sí había sido un montaje hecho a petición de los medios de comunicación, pero que los resultados de esa investigación no se modificaban.

El reportero Pablo Reinah fue despedido de Televisa. Él envió una carta argumentando que sólo estaba haciendo su trabajo, y que el acuerdo de transmisión se había tomado en un nivel más alto. Televisión Azteca había reproducido igualmente el falso arresto.

Florence Cassez nació en 1974 en Béthune, un pueblo del norte de Francia. A los 16 años decidió abandonar la escuela y entró a trabajar en una tienda de muebles. En 2001, a los 27 años de edad, fue nombrada directora de una tienda en Calais, pero un año más tarde se encontró sin trabajo, después de que ese negocio redujo su personal. Desorientada y con un poco de rabia, trabajó en un restaurante en Béthune, hasta que su hermano Sébastien le habló por teléfono para invitarla a venir a trabajar a México. Sébastien vivía en Toluca con su esposa Yolany y sus dos hijos. Se había mudado a México desde 1997 y trabajaba en una empresa que comerciaba productos médicos.

"Llegue a México el 11 de marzo de 2003", escribió Florence Cassez en su libro de memorias À l'ombre de ma vie. Prisionnière de l'État mexicain, que saldrá publicado en Francia este febrero. "Sébastien me esperaba en ese aeropuerto un poco anticuado que hervía de sonidos y colores. Para mí, era el comienzo de una nueva vida. Estaba feliz de encontrarme de nuevo con él, se veía bien, estaba contento y sonreía mucho".

Pero la estancia en México no resultó tan feliz como Florence esperaba. No se llevó bien con su cuñada y acabó por salirse de la casa de su hermano para rentar un apartamento en la colonia Roma con una compañera de trabajo. Es por esta época que Sébastien presentó a su hermana con Israel Vallarta.

Al principio, Israel le pareció un hombre correcto, serio, siempre vestido con cuidado, pero sin originalidad. Había conocido a Sébastien hacía unos años, cuando estaba casado y le compró equipo para un spa de su esposa. Ahora estaba divorciado. Vivía solo en un rancho sobre la carretera México-Cuernavaca, una propiedad con un gran jardín, una cruz al centro y una casa principal agradable. Trabajaba con sus hermanos, que eran propietarios de un taller mecánico de autos en Iztapalapa. Israel se dedicaba a comprar las refacciones para arreglar los coches. Durante los primeros meses de la relación, pasaron momentos agradables y apacibles, como las largas caminatas por los alrededores del rancho. Pero con el paso del tiempo Israel comenzó a mostrarse celoso y posesivo.

Hubo una ruptura y después una reconciliación, en parte, porque los padres de Florence anunciaron que iban a pasar unos días en México. Florence no quiso dar la impresión de que su aventura mexicana fracasaba y decidió darle a su relación otra oportunidad. Aquella fue la temporada que Bernard y Charlotte conocieron a Israel, como le contaron a Ricardo Abdallah en Francia.

Sin embargo, una nueva crisis empujó a Florence a dejar a Israel y mudarse a Francia durante el verano. Pero aquella tampoco fue una buena solución, pues lo único que hizo fue trasladar a Francia su malestar. Había estado dos años fuera y, al regresar a Francia se encontró casi sin amigos. Le costó mucho esfuerzo aterrizar en un trabajo porque era verano. Y tuvo largas horas para pensar. Tenía 30 años. Se sentía un poco avergonzada por haber regresado a Francia sin nada fijo en su vida. Como una reacción de orgullo, después de una conversación difícil con su padre, decidió regresar a México y comenzar de nuevo.

Israel aceptó darle albergue, tal vez con la esperanza de regresar con ella. "Por lo tanto, fui muy clara —escribió Florence—. Puse las reglas y él las aceptó gentilmente. Me veía hojear las páginas de los anuncios clasificados e intentar suerte aquí y allá. Yo lo veía ir y venir entre los talleres mecánicos de sus hermanos, donde trabajaba todos los días, así como ocuparse de otras cosas de las que yo tuve cuidado de no entrometerme".

Al cabo de unas semanas, las cosas parecían enderezarse. Florence encontró trabajo como anfitriona del piso VIP del hotel Fiesta Americana Grand. Grupo Posadas le parecía una buena empresa para crecer y progresar. Luego, encontró un pequeño apartamento en la calle de Hamburgo, a unas cuadras de su trabajo. "Israel se tomó las cosas con filosofía y se propuso ayudarme con el cambio", escribió Florence.

El jueves 8 de diciembre de 2005, cerca de las 10 de la mañana, Florence e Israel tomaron la carretera con rumbo a la ciudad de México. Manejaban una camioneta prestada con los muebles de Florence en la parte de atrás. Los estaban transportando al apartamento en la calle de Hamburgo para que ella se instalara definitivamente.

Florence cuenta en su libro que en la primera curva después del rancho, Israel tuvo que parar porque un camión de gas estorbaba en el camino. Algunos hombres vestidos con un chaleco naranja se acercaron para tocarle la ventana y le dijeron que harían una inspección de rutina. Le preguntaron de quién eran los muebles, a dónde iban y quién era Florence. Le pidieron su identificación y mientras la buscaba, otras personas armadas se acercaron, abrieron la puerta y sacaron a Israel del auto poniéndole un saco en la cabeza. Una persona se metió en el lugar de Israel. El camión de gas se quitó y esa persona arrancó la camioneta. Avanzaron un tramo corto. Luego se detuvieron. Esa persona obligó a Florence a salir del auto y meterse a otra camioneta que los esperaba. La pusieron en la parte de atrás del vehículo. Las ventanas estaban cubiertas y había una oscuridad casi total. La sentaron en una silla, que se bamboleaba violentamente. Manejaron como una hora. Había tres personas en el asiento del frente, que le estuvieron haciendo preguntas. Florence tuvo la sensación de que se metieron a la ciudad. Finalmente el auto se detuvo. Entonces, una mujer abrió la puerta corrediza de la camioneta y se fue a sentar junto a Florence. Siempre oscuro, la mujer la iluminaba con una lámpara de mano. Le explicó que ella, como sus compañeros, eran de la AFI y que habían estado vigilando a Israel, sus actividades y contactos. Ella no tenía de qué preocuparse. Luego siguió un largo interrogatorio. ¿A qué se dedicaba Israel? ¿Tenía casas en Iztapalapa? La mujer dijo que buscaban a una niña y a su mamá que estaban en una casa de Xochimilco.

Florence preguntó si podría ir a trabajar esa tarde, pues entraba a las tres. Ella le dijo que sí, pero insistió en lo de la niña en Xochimilco. Florence dijo que Israel tenía una hermana, Lupita, que vivía allá. Le describió la calle y la casa. Pero la mujer no prestó mucha atención. El tiempo pasó. La mujer regresó algunas veces más para seguir con un interrogatorio con las mismas preguntas. Florence tuvo la sensación de que se hacía tarde, porque la temperatura comenzó a bajar.

Pasaron muchas horas hasta que de repente hubo de nuevo una gran movilización. Los autos arrancaron, pero esta vez encendieron las sirenas. Al cabo de un rato la camioneta se paró. Alguien abrió la puerta y Florence se dio cuenta de que estaban de regreso en el rancho. Al principio pensó que la iban a liberar, luego miró cómo el ambiente era distinto. Había camionetas de la AFI y hombres uniformados por todos lados. Allí vio de nuevo a Israel. Estaba terriblemente golpeado. Apenas se podía sostener de pie y vomitaba. Policías con uniformes de la AFI lo golpeaban bajo el vientre.

Empujaron a Florence hacia la pequeña cabaña que está del lado derecho de la propiedad. Donde antes había una bodega llena de cosas, ahora había muros de tabla roca, algunos muebles, objetos distintos, y muchas personas dando órdenes y contraórdenes. Florence pudo ver a un hombre de barba con una venda en la cabeza. Luego supo que se trataba de Ezequiel. Cuando parecía que todo estaba acomodado, la gente salió de la cabaña. Se cerró la puerta y sólo quedó alguien en el interior que los vigilaba. Luego la puerta voló en pedazos. Entraron de nuevo los policías que se fueron sobre Israel, lo esposaron y lo tiraron al suelo. Atrás de ellos entraron las cámaras de televisión.

Sébastien Cassez fue el primer familiar que se enteró de la detención de su hermana. Estaba en su casa preparando a sus hijos para la escuela cuando sonó el teléfono celular. Un compañero de trabajo le hablaba para decirle que encendiera la televisión. Sébastien habló con sus papás en Francia y luego envió información de prensa por internet. Los padres vieron la foto de Florence y de Israel recién capturados. No leían bien el español, pero lograron traducir la nota y confirmaron que los acusaban de un secuestro. No tenían idea de lo que eso significaba en México y no sintieron necesario tomar el primer avión, pues pensaron era un error judicial que pronto sería aclarado. En todo caso, el consulado les aconsejó encontrar un abogado pronto.

Sébastien acababa de pasar por una demanda en contra de un socio suyo, el empresario Eduardo Margolis, y pidió a su abogado que le recomendara un penalista. Fue así como la familia Cassez entró en comunicación con Jorge Ochoa, quien era un ex policía y parecía el hombre adecuado para enfrentar el asunto. Asimismo, estaba completamente persuadido de la inocencia de Florence porque él había visto por televisión el arresto y le parecía un montaje. Además, Ochoa tenía una historia que contar, una coincidencia tan grande que sonaba casi inverosímil. El 8 de diciembre él y un amigo suyo, el actor Jaime Moreno, manejaban por la carretera vieja a Cuernavaca cuando el auto se calentó y tuvieron que parar a pedir agua, precisamente frente al rancho Las Chinitas. Ochoa se acordaba del nombre porque a la entrada del rancho hay un letrero muy grande. Vio que la puerta de la propiedad estaba entreabierta y se asomó para ver si alguien le podía dar agua en una cubeta. Lo recibió un policía que le dijo que no podían estar allí, que quitaran el coche. Ochoa pudo escuchar que alguien clavaba cosas dentro del rancho.

Trató de ponerse en comunicación con Florence, quien había sido trasladada a una casa de arraigo después del arresto, pero cada vez que iba a verla las autoridades decían que Florence no lo quería recibir, que ella se rehusaba a que fuera su abogado. También argumentaban que había un error en el nombre y que esa persona no estaba. Florence hablaba con el cónsul para saber qué había pasado con el abogado y pedir explicaciones de por qué no llegaba. Pasaron varias semanas antes de que pudieran encontrarse.

La primera vez que Ochoa vio a Florence le dijo que ella tenía una imputación directa en su contra. Ni Cristina ni Cristian la reconocían en sus declaraciones ministeriales. Sólo Ezequiel dijo que mientras estaba en cautiverio, escuchó una voz de mujer que hablaba con acento extranjero y arrastraba la erre, como si fuera francesa. Había visto que esta mujer traía un pasamontañas y lentes oscuros. Miró que por el pasamontañas se asomaba pelo largo, teñido y rubio (güero, fue la palabra que usó).

Ezequiel declaró que días más tarde, en otra casa de seguridad, esta mujer le vendó los ojos y le dijo que le quería enviar un regalito a su papá, que escogiera si sería un dedo o una oreja. Sintió que le doblaban el brazo izquierdo atrás de la espalda y le sujetaron el derecho. Luego lo llevaron al cuarto donde lo tenían secuestrado y sintió la mano y el brazo izquierdos totalmente dormidos. Al día siguiente, el 9 de diciembre, los agentes de la AFI lo liberaron. Más tarde, cuando tuvo enfrente a Israel y Florence y escuchó su voz, dijo que los reconocía sin temor a equivocarse.

Ochoa le dijo a Florence que no se hiciera ilusiones: el proceso sería largo. Calculaba cuatro años. Su caso no se resolvería en la primera instancia ni en la segunda, sino hasta el juicio de amparo. En todo caso, su mejor estrategia por el momento era tratar de demostrar que el arresto había sido montado.

Y entonces hablaron con la prensa y consiguieron la entrevista con Maerker, pero no podían prever el giro que tomarían las cosas después de que Florence habló para retar lo que decía el director de la AFI, Genaro García Luna.

Florence relata en sus memorias que el día de la transmisión de Punto de partida ella había tenido una larga conversación con el director de la casa de arraigo, un hombre de apellido Armas. Había sido uno de los pocos momentos reconfortantes de las últimas semanas, pues parecía que Armas la entendía. Por eso, Florence se sintió en la confianza de avisarle que esa noche Denise Maerker hablaría de ella.

Cuando comenzó el programa, una buena parte de los detenidos en la casa de arraigo estaba pendientes de la televisión. Entonces Florence escuchó que las autoridades negaban una y otra vez el montaje. Desde la puerta de su celda pidió al guardia hacer una llamada por teléfono en el aparato que estaba en el pasillo. Contestó un asistente. Le dijo que no colgara. Y la comunicó en vivo con Denise Maerker.

"En las celdas, los que miran la emisión comienzan a gritar, aplaudir, yo escucho el ruido de pasos que corren por el pasillo —escribió Florence—. A algunos metros de mí, del otro lado de la reja, veo una veintena de guardias que se pelean con la cerradura. Me gritan que termine, que cuelgue y eso me hace entrar en pánico. Yo quiero llegar hasta el final pero la reja se abre y yo les digo ‘se los dejo, se los dejo'. No tengo tiempo de colgar, están allí, saltan sobre mí y se adueñan del teléfono mientras que los otros detenidos, en sus celdas, se pasan la voz. Todo el mundo ha visto la televisión, todos me escucharon, gritan y aplauden, es la locura alrededor mío y la única cosa que me viene a la cabeza, en medio de esa bullanga increíble, en el momento en que yo me siento aliviada, serena y orgullosa de lo que acabo de hacer, a pesar de todo, es una nueva idea: ‘Florence, vas a salir de aquí'".

Tres días después de la transmisión del programa, el 8 de febrero, Cristina Ríos y su hijo Cristian se acercaron al consulado de San Diego para ampliar su declaración. Cristina decía que cuando hizo la primera declaración, todavía estaba consternada y no había hecho mención de algo muy importante. Recordó que en alguna ocasión durante el secuestro se llevaron a su hijo argumentando que le iban a hacer unos análisis y cuando lo regresaron le preguntó qué le habían hecho. Cristian dijo que le habían sacado sangre del brazo, pero que no había sido un doctor, sino una mujer que hablaba con acento raro. Había logrado verle las manos y éstas eran muy blancas y bonitas.

Luego, el 10 de febrero, apareció otro testigo más. Leonardo Cortés era un comerciante que tenía un puesto en un mercado sobre ruedas cerca de la casa de Cristina Ríos. Se había enterado de que la señora fue secuestrada y cuando vio las noticias se dio cuenta de que la francesa era una persona que había estado siguiendo a la señora Cristina poco antes del secuestro. Declaró que esa persona no era común en la colonia pues era alta, rubia, de piel blanca y ojos verdes. Cuando el ministerio público le presentó una foto de Florence, Cortés la reconoció como la que seguía a Cristina Ríos Valladares y la misma que vio en la televisión.

La defensa notó que esta declaración tenía un grave problema. Cortés decía que esto sucedió en el verano de 2005, justo cuando Florence estaba inequívocamente en Francia. Cortés murió más tarde en un accidente automovilístico.

A principios de marzo terminó el periodo de arraigo y una juez federal dictó la formal prisión a Florence Cassez. La trasladaron al penal de Santa Martha Acatitla. La ubicaron en la celda contigua a La Mata Viejitas. Pocos días después comenzó su juicio. Las páginas que Florence Cassez le dedica a este periodo se pueden seguir leyendo como un alegato, pero también son una ventana al sistema de impartición de justicia, que en México es particularmente opaco. En lugar de los hermosos tribunales de madera a los que nos tiene acostumbrado el cine, el que ella describe es un salón desordenado al que se llega cruzando un túnel repugnante, después de un viaje en camión lleno de reclusas peligrosas. En vez de los jueces rebosantes de dignidad, hay unos secretarios que toman nota de las largas declaraciones. Rara vez el juez está presente en el juicio.

"No sé cómo llego a esa puerta, al final de numerosos pasillos, de escaleras que hay que subir, bajar y subir una vez más,  entro a una especie de celda pequeña y la puerta se cierra tras de mí —escribió Florence—. Delante, hay una reja. A la altura de los ojos veo a mi abogado Jorge Ochoa, que está en la parte posterior y me mira llegar tranquilamente. Casi me le echo encima y le grito que una mujer me quiere matar, que amenaza con que va hacer que me trague los dientes, grito y lloro, y me escucho decir: ‘quiero hacer pipí'. Pero me oigo verdaderamente alto. De hecho, hay un micrófono en esa celda y yo grité frente a él que quiero hacer pipí y todo el mundo me escuchó porque así es como funciona, estamos en el tribunal".

Por aquellos días, Florence estaba muy confundida con respecto de la figura de Israel. La primera audiencia, como muchas otras, fue conjunta. En un tiempo muerto, Israel lloró y le juró que era inocente, aunque lo acusaban de nueve secuestros en total y de la muerte de un hombre. Un día, Ochoa le dijo a Florence que Israel estaba limpio. Otro, que Israel estaba metido hasta el cuello. Al final, Florence dejó de hablar con Israel y los procesos se separaron. Algunas de las pruebas aportadas indicaban que las víctimas habían estado secuestradas en una casa de Xochimilco, la casa de Lupita, la hermana de Israel y de su esposo Alejandro Mejía. La defensa pidió que se citara a Lupita, pero extrañamente la petición fue rechazada.

Otro elemento importante de este juicio fue la tensa relación entre Cassez y Ochoa. En sus memorias, Florence deja ver un cierto rechazo por la falta de convicción de Ochoa, así como por su estilo frío y enredado, aunque fue él quien con su experiencia policial fue encontrando algunas pruebas y quien en la audiencia de Ezequiel lo hizo caer en numerosas contradicciones. Al final probó que la mancha en el dedo de la mano que, según Ezequiel, era la cicatriz que Florence le había dejado cuando quiso inyectarlo, era en realidad una mancha de nacimiento.

Jorge Ochoa investigó a Cristina Ríos. Se encontró con que había unas compras a su nombre hechas en una tienda departamental de la ciudad de México, realizadas en los mismos días en los que se supone que estaba secuestrada. El jefe de seguridad del establecimiento, conocido de Ochoa, encontró los videos donde se veía a Cristina en la tienda. Ochoa dijo que para obtenerlos había que pagar una suma importante de dinero. Los padres de Cassez, que cargaban con los gastos de la defensa, se negaron a hacerlo. Y poco después Florence cambió de abogado. Los videos nunca han sido aportados como pruebas. Cuando vi a Ochoa en un café del sur de la ciudad, me dijo que trataría de recuperarlos, pero que esa y otras pruebas que tenía del asunto Cassez habrían desaparecido, porque la agencia con la que hacía sus investigaciones se resquebrajó en medio de un escándalo de espionaje político.

Así, la defensa de Cassez cayó en los hombros de Horacio García, un abogado que había dejado muy bien impresionada a Charlotte, a quien tampoco le gustaba el estilo de Ochoa. Les parecía más formal, cálido y en definitiva menos propenso a los arreglos extraños.

Casi dos años después, conforme se acercaba el final del proceso, Horacio García respiraba cierto optimismo. Pensaba que la sentencia sería favorable. Habían presentado una buena defensa e incluso pudieron introducir algunas dudas sobre Cristina Ríos, uno de los testigos más importantes. El 8 de febrero de 2006, cuando Cristina recordó 10 meses después de su liberación que durante su cautiverio había sido violada por Israel Vallarta, la juez Olga Ochoa se salió de la sala manifiestamente desesperada.

Los rumores en el penal de Tepepan, a donde Florence había sido trasladada desde hacía más de un año, también eran auspiciosos. La juez había sido muy amable con Charlotte cuando visitaba México. Y gente de la embajada francesa le había dicho a Sébastien que debían ir comprando el boleto de avión, porque tenían información de que Florence sería finalmente liberada.

La tarde del 25 de abril fueron a buscar a Florence a su celda porque tenía una visita jurídica. Bajó a la sala donde se celebraban las reuniones de la dirección del penal. Una persona la esperaba. Le dijo que debía comunicarle su sentencia. El juez la había encontrado plenamente responsable de secuestro. Le impuso una pena de 20 años por cada uno de los tres secuestrados, 96 años en total por el cúmulo de todos sus delitos.
Florence se quedó sin voluntad. Le habló a Horacio García para darle la noticia y luego se fue a su celda, donde ya había hecho maletas. Fue sacando mecánicamente sus cosas, los cuadros, la ropa, el expediente. Pasó la noche con los ojos abiertos, incapaz de llorar o dormir.


A la mañana siguiente habló con Jacques Yves Tapon, un periodista francés que había seguido el caso desde el principio. Le contó de la sentencia y comenzó a hablar de cómo se sentía. Tapon le pidió que esperara, iba a grabar. Florence dijo que deseaba que alguien en Francia abriera su expediente para que se diera cuenta de todas las mentiras que estaban allí, y pidió que el presidente Nicolas Sarkozy interviniera.

Fin de la parte I.

La segunda parte de este reportaje se lee aquí.


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