Sábado 25 de octubre de 2014 
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Febrero 2010
Ely Guerra: letra y música
Es una artista atípica. Aunque es hermosa, su éxito no descansa en su belleza, y cambia de imagen drásticamente. No ha permitido que nadie maneje su carrera. Dejó a las disqueras y formó una propia, con la que acaba de lanzar su primer disco independiente, Hombre invisible, que sólo se puede comprar en formato electrónico.
Por Julieta García González / Fotografías de Gregory Allen
"Me gusta cuando el escenario se llena de luz..."
La primera vez que vi a Ely Guerra fue en una boda. María Urtusuástegui —quien por entonces cantaba con Aleks Syntek y era la mejor amiga de la novia— se había parado detrás de un micrófono. Los presentes asumieron que cantaría porque lo hacía cotidianamente en reuniones, a petición de los invitados, porque su voz clara y profunda de verdad gustaba. Ese día, venía con una acompañante (colega de canto), parada detrás suyo.

La colega parecía una muchachita tímida, apenada; daba la impresión de no haberse presentado en público jamás. En vez de cantar, María le cedió el micrófono a la joven. La chica hizo un saludo entrecortado, muy modesto, y sonrió a las personas que bebían y celebraban y estaban en medio de una ruidosa cháchara. Después cerró los ojos y entonó. Se hizo un silencio auténtico y azorado: quien estaba tras el micrófono era una cantante, una verdadera cantante. La timidez desapareció, desaparecieron los gestos apenados y quedó tan sólo una mujer con una voz.

Eso fue hace más de una década. Por entonces, ella no había experimentado con todas las posibilidades de su cabellera, no había jugado a parecerse al personaje de Rarotonga ni tenía una productora propia; no era dulce y amarga a la vez; no había tenido frío más que en privado ni jugaba con hombres invisibles. Aún estaba gestándose Ely Guerra.

Por escrito
El trabajo periodístico es algo sui generis en este país, por decir lo menos. Lo mismo sucede con el trabajo artístico. Tal vez sea una condición de ambas actividades y el país en el que se desarrollen no tenga nada que ver. Que sirva esta breve reflexión casi como pretexto: debo confesar que Ely y yo no nos encontramos en persona para la elaboración de este artículo. No pudimos coincidir por lo que a mí me parecen las particularidades de nuestras ocupaciones, o a lo mejor porque el hado no lo quiso así. Sin embargo, sí estuvimos en contacto constante. Ely estaba a punto de salir de viaje, yo metida en mil líos y la concreción de la cita de plano no se dio. Así que decidimos hacer la entrevista por correo electrónico.


Las entrevistas físicas tienen algunas ventajas: se pueden ver los pequeños gestos del entrevistado, sus manías, el color real de sus ojos y si tiene o no pintado el pelo (y qué tan retocadas están las raíces, por ejemplo). Las entrevistas electrónicas tienen otras virtudes, sobre todo si se consideran las enormes capas de información que provienen de la escritura. Las palabras tienen un peso importante, fueron elegidas con mucho más cuidado que cuando hay frente a la boca una grabadora.

Para este caso, la escritura tuvo un peso aún mayor. La pregunta 12 tiene la respuesta más breve: "De niña, ¿qué querías ser de grande?". "Ely: escritora".

Hombre invisible (Homey Records, 2009) comparte con los últimos discos de la cantante una condición fundamental: se dice tanto en la letra como en la música. En entrevista con People en español, poco antes de la presentación de esta nueva empresa, Ely dijo: "Mis fans leen mis letras. Se comunican a través de mis canciones". Por lo tanto, lo que escribe forma parte de un diálogo constante entre ella misma y los demás; la diferencia más radical que hay entre "La Guerra", como se autodenomina, y otros cantantes actuales es la atención fundamental que se pone a las palabras. Cada frase, cada sustantivo, el vuelco de intención que proveen los adjetivos, se convierten en claves para continuar la complicidad forjada con el tiempo. Quien desee saber lo que sucede con Ely Guerra, sólo tiene que echarse un clavado a las letras de sus canciones.

Lo anterior es una frase recurrente en los artistas contemporáneos: si quieres saber quién soy, revisa mi producción. Esto es común no sólo en quienes hacen música; también los actores, los directores, los pintores… Quienes crean, invitan a revisar su trabajo casi en automático porque saben que consideramos que es el más puro producto de su interior. Freud dijo que todo sueño es la realización de una fantasía inconsciente y aplicó esa tesis para interpretar el arte. El público se ha habituado a ver el arte como una expresión del inconsciente de su autor.

La exigencia cada vez más persistente de que los artistas se desnuden (literal o metafóricamente) para conocer de verdad sus fantasías y deseos ha desdibujado la línea entre lo que pueden ofrecer y lo que son. Tal vez eso se relacione con el tipo de creación o entretenimiento disponible: es difícil averiguar bien a bien qué significa el falsete de un actor en escena, los trazos bruscos sobre un lienzo o el vibrato de un instrumento. Todo eso está sujeto a la interpretación. Claro, ése es en parte su chiste.

Pero algo distinto sucede con la escritura: las palabras están ahí, con significados específicos. Y la interpretación debe pasar primero por la comprensión, por la aprehensión. Es un ejercicio más complejo que obliga a los lectores o escuchas a que participen de manera más activa.
Lo siguiente resume el valor que la entrevistada le otorga a la escritura: "¿De qué eres fan?". Ely: "De aquel que sabe contar historias con extenso vocabulario y buena ortografía".


Buena oreja
"Su fuerza está/ en no hablar de más y en ser poeta", así empieza "Ángel de fuego" de su producción Pa' morirse de amor, de 1997. ¿En ser poeta? Ely comenzaba a tener una presencia importante en el medio artístico porque su música, por entonces más agitada en lo superficial y menos labrada en lo profundo, hacía eco a los fantasmas de fin del milenio. Las canciones llevaban títulos como "Lágrimas de agua salada" o "Los milagros" y parecían presagiar lo que vendría apenas un par de años después.


Lotofire (1999) fue un cambio radical de tono y señaló el camino por el que la cantante regia (y potosina y tapatía y ahora coyoacanense) andaría la siguiente década. Para empezar, el título anunciaba los juegos de palabras con los que Guerra se deleita no sólo como banderas de su discografía, sino como el tejido mismo de sus canciones. Una flor de loto y fuego o el fuego del loto o… da un poco lo mismo. Es una quimera que sirve como pretexto para, una vez más, obligar al público a poner más atención. "Tengo frío" es tal vez el sencillo más reconocible de ese disco. En el video, Ely está vestida (no mucho, diría mi abuela) y recostada en el lecho poco profundo de un río. El agua baja por sus hombros, la empapa y, a todas luces, la hace sentir frío. Lo evidente de las imágenes se contrasta con una letra doble, de sombras: "Y tomo cuenta de los días / Nadie… nadie puede ver / Si tengo miedo, si llevo alguna herida / La idea es que vengas a mí".

"Soy buena oreja", dice Ely en el cuestionario-entrevista. "¿Sabes cómo? Es simple, me interesan las vivencias de los demás, me gusta externarles mi opinión, me parece importante conservar la cercanía a través de una conversación sincera…, no estoy todos los días ahí, definitivamente no, pero si me pides que te escuche, lo haré, y me estarás ayudando a integrarme a tu vida y seguramente te contaré la mía. Los actos cotidianos nutren mis letras y mi música, así como lo hace mi condición solitaria…".

Es buena oreja y sabe cómo vaciar lo que en ella entra. Note el lector que lo que he hecho no es más que una transcripción literal de las palabras de La Guerra. Ya no me parece coincidencia que hayamos establecido una relación por escrito. Ser buena oreja es muy útil para quien desea retransmitir las palabras que ha escuchado, transformándolas después de hacerlas suyas. La discografía de Ely da la impresión de ser precisamente eso: un trabajo de apropiación y destilación. En distintas entrevistas, la cantante ha hablado de los procesos que la han llevado a consolidar sus producciones. Del deseo o la fantasía de amor surgió Sweet & Sour, Hot y Spicy (2004); de la necesidad volar por encima de lo negativo y experimentar, Lotofire; etcétera. Podemos notar que Ely Guerra (1992) suena con la timidez de quien deja atrás la adolescencia y Pa' morirse tiene la intensidad de alguien de 25. Hombre invisible es un disco más contenido, más cadencioso, con composiciones que se escuchan más cuidadas. Hay un trabajo obvio de engarce, de filtro y también de reflexión.

Finalmente, la capacidad de escucha se perfecciona, en quien de verdad la tiene, con el tiempo.

La mayor libertad y la extrema angustia
Sus discos tienen denominadores comunes (el artista y su obra son consustanciales, Freud dixit), pero también son camaleónicos. Nadie permanece único e inalterado con el paso del tiempo y en Ely eso es muy evidente; más bien, ella lo hace muy evidente. Para empezar, con su apariencia física.


Es una mujer muy guapa, sensual, con un cuerpo envidiable, llena de energía. Los videos y las fotografías la muestran conocedora de su físico. Posee esa belleza inusual de alguien de quien puede decirse que es "bonita", "atractiva" o "sexy" de forma indistinta. También tiene algo poco común: juega con su apariencia constantemente, sin casarse con una imagen con la que se siente segura. Quienes la han entrevistado o reseñado sus discos y videos, suelen interpretar estos cambios radicales como un aviso muy claro de que hay algo nuevo pasando por la mente de la autora. Podrían leerse como un llamado de atención para quien tenga la mala idea de hacer caso omiso a la letra de sus canciones.

Para Lotofire, la cantante llevaba el pelo cortísimo, casi al rape, de un rubio platinado que contrastaba agudamente con sus cejas, pestañas y ojos oscuros. Esa imagen resaltaba su nariz (respingadísima) y el cuello largo y elegante. Durante el tiempo de Sweet & Sour, llevaba una melena afro esponjadísima a la que añadía flores en la oreja de vez en cuando (la portada de ese disco me remite inevitablemente a las imágenes del cómic Rarotonga). Entre ambos extremos, ha pasado por el corte Mary Pickford, un despeine más bien común, pelos parados e irredentos, y suaves ondulaciones que le cubren la frente (a veces oscuras, a veces claras). Recibe Hombre invisible con un par de trenzas castañas y un mechón recogido a la altura de la coronilla: un peinado poco convencional que es, sin embargo, menos provocador.

En vista de tal profusión de "looks" y de la constante interpretación que hay sobre los mismos, la consulto sobre el tema. ¿Qué hay de su imagen?, ¿se sabe guapa o sexy?, ¿le pone la atención que suponemos?

Copio: "Ely: Puedo mencionar que soy insegura. El escenario es mi mayor libertad y también mi extrema angustia, salir extasiada de un escenario, plena y satisfecha, me somete a sentir pudor después… (¿Por qué me tiré al piso? ¡Mira tus rodillas! ¿Por qué [le] dijiste eso a toda esa gente?, ¡eso no está bien! ¿Por qué lloraste en esa canción? ¿Por qué eres así?) Luego de esas dudas, no hay ‘sexiness'; uno, incluso, se siente lejos de este mundo y sus tradiciones, modos, formas de seducción entre mujer y hombre. Lo privado se [hizo] público cuando canté mis canciones y siento que estoy desnuda ante los demás… complejidad diría cualquiera que vive simple, ¿o que simplemente vive?

"Trabajo a diario, es mi forma de alcanzar metas, de reintegrarme a mi equipo y familia que tanto cariño me tienen, y así, acercarme a la excelencia. Mi capacidad de sobreponerme a estos momentos tan personales me permite reconocer que así es, que el éxito demanda una corteza dura, resistencia, educación y amor, eso me hace sentir sexy en lo cotidiano".

Comunión
Mientras escribo esta nota, Ely está con las maletas preparadas para llegar a algún destino del mundo. Y, cuando estemos por irnos a imprenta, ese destino será el Cono Sur. Llegará ahí para desplegar su Hombre invisible en el verano argentino. Sé que no para de ir y venir. Muchos de sus discos han sido producidos o grabados en el extranjero. A eso hay que sumarle la presencia sobre el escenario. Esto implica llegar a un lugar, montar el espectáculo, ensayar, interpretar las canciones en un sitio y, 80 kilómetros después, repetirlas de nuevo.


Me queda claro que así es como ha diseñado su vida, pero también me parece un reto en buena medida porque supongo que se espera de ella un espectáculo intenso, diverso cada vez. Pienso en las mujeres de la farándula estadounidense y en que esos shows son un escaparate para demostraciones que poco tienen que ver con el arte y mucho con la exhibición (del cuerpo, de efectos especiales…).

Esta noción de entretenimiento me lleva a preguntarle a Ely: qué se considera por encima de lo demás: cantante, música o entertainer en el sentido de espectáculo que se le da al término. Transcribo: "Ely: [...] No siempre he llegado al lugar donde me encanta estar cuando comparto mis canciones. En giras donde vas de un lugar desconocido a otro aún más desconocido, la gente no te percibe, eres un simple entertainer, como bien lo mencionas…, pero nunca logré ser un simple entertainer: me niego a serlo… Ya montada en el escenario de ese recóndito lugar, canto en voz baja o simplemente guardo silencio, tomo mi whisky y pregunto cosas como: ‘¿Se pueden callar?'. Supongo que de manera inmediata me convierto en el peor de los ‘entertainers', pues asumo que para divertir a los demás, debes ser divertido… not my case, me tomo demasiado en serio mi participación musical en este mundo moderno que nos toca vivir".

Guau.
La idea glamurosa de un artista reconocido suele ser diferente a lo que La Guerra presenta en su respuesta. Hay otra que ayudará a comprender mejor su persona. Cuando le pregunto qué es lo que más le gusta de todo el proceso, desde el inicio hasta el final, responde: "Ely: Me gusta cuando el escenario se llena de luz y fuera de él existe un espejo donde mirarse… un público que permite compartir la música es lo mejor de este proceso solitario".


Es decir, la cúspide de su trabajo es un acto de comunión, no el brillo, la posibilidad de atuendos exóticos, el viaje a lugares remotos o la fantasía colectiva de la fama.

Esta convicción —la de una labor individual que se hace para ser entregada al mundo— no debe ser algo fácil dentro de la industria musical. El horno, para quienes de eso viven, no está para bollos. Internet y todas sus posibilidades, la piratería y la dura competencia han sido el coco de los últimos años para las disqueras. La inversión en un artista es muy alta y es difícil calcular cuál será el retorno. Supongo que eso ha obligado a reglas estrictas —y puedo imaginarme con facilidad a estas grandes empresas tratando de llevar a todos los niveles las órdenes de alguna planeación estratégica hecha para las áreas administrativas, recortando gastos por aquí y por allá, chiquiteándole a su gente un poco de todo. Lo que me cuesta imaginar es a Ely Guerra sometiéndose a eso. Claro, abuso de la información que tengo: la cantante y compositora ha renunciado a las compañías disqueras, porque de plano no se entiende con ellas por el momento y ha fundado la suya propia, Homey Records.

Hombre invisible se lanzó en www.mapamondo.com para quien quisiera comprarlo y se vende en Oxxo a un precio de ganga. También puede descargarse directamente de la página de Ely (www.elyguerra.com). Por si fuera poco, ahí hay una liga para seguirla por todos los medios electrónicos posibles: Twitter, MySpace, Facebook… Por supuesto, se lanzaron teasers del disco en YouTube que se replicaron como hongos por el portal.

No, en éste y otros sentidos, Ely Guerra no es lo común para el medio.

Disciplina, imaginación y más palabras
La primera pregunta que le hice fue: "¿Cómo haces música? ¿Podrías describir brevemente el proceso?" Cito su respuesta: "Ely: Cuando escribo mis canciones no existen muchas dinámicas parecidas. Acostumbro a ser matador, eso sí. Es decir, me fatiga, me quita el foco…, me distraigo con una imaginación alterna, poner atención casi requiere de una disciplina escolar. Es común escapar [me] a otros espacios, donde la imaginación tiene un mejor lugar […] Hacer canciones me permite dormir, nunca duermo bien cuando la hora de dormir llega, pero negociar con el hecho de escribir una canción me permite cansarme y dormir…, duermo con mi guitarra encima de mi barriga, mi cuerpo languidece y me recuesto sobre mi espalda, acurruco mi guitarra en mi vientre y toco las notas, escribo las palabras, memorizo las melodías…, así escribo mis canciones, casi contra mí misma, casi a fuerza…".


El equipo de Homey Records, fundada el año pasado, me envió dos materiales básicos para que pudiera redactar esta pieza: una semblanza y una biografía. Sospecho que la mano de la propia Ely ha sido responsable en buena medida de lo que en ambos documentos aparece. La biografía se divide en segmentos, cada uno con un título: "Me veo, te veo, no es necesaria brújula", "Nunca igual, no invisible, tan sólo… diferente", "En el puritito goce", "Contar… contar…", etcétera. La narración, poco ortodoxa, nos lleva por el camino del descubrimiento personal de Guerra. En la primera parte, se cuenta cómo "halló refugio y calor en la escritura de frases personales" y cómo descubrió el "poder y certera entonación de su voz". Ese documento cuenta la historia de la hija de un técnico de futbol y de una modelo, que encontró a los nueve años que ya era capaz de escribir una canción, que tenía algo que decir y que sabía cómo hacerlo.

Hombre invisible se logró de la siguiente manera: Ely solicitó una colaboración a hombres con los que quería trabajar y fue como escribir un deseo y meterlo en una botella, lanzándola al mar. Recientemente dijo de su proyecto: "No visité ningún camerino o [hice] aproximaciones inoportunas. A todos los hombres invisibles los invité a que participaran a través de una carta. Fue una colaboración a larga distancia". ¿Y qué se esperaba de ellos? "Una secuencia en piano, unos acordes de guitarra" para que fueran retomados y, como las palabras, transformados en algo único y personal.

Los hombres invitados son una gama variopinta: de Gustavo Santaolalla a Horacio Franco pasando por Gil Cerezo, Bunbury y su propia banda, los Elys Guerras.

Fuera de la zona de confort
Como el estado de nuestro país es una de mis preocupaciones constantes, llevo el tema a la entrevista. Así, le pregunto a Ely qué piensa de México, hoy. Responde: "Sé bien que te refieres a qué opino de nuestro país y su esfera en la actualidad, pero aprovecho este juego de palabras para meterme en el siguiente contexto. […] Nos gusta mirar para afuera antes que mirar hacia adentro y, definitivamente, preferimos ‘adorar otros dioses' antes que a los nuestros. A los mexicanos nos falla LA EDUCACIÓN. Mi opinión acerca de nosotros como mexicanos tiene que ver con […] [el] poco placer que encontramos en el enriquecimiento individual como una norma de excelencia. ¿Que qué opino de lo que ocurre en nuestro país actualmente en temas ecológicos, políticos, de salud, de cultura y todo eso que envuelve de manera general esta pregunta? Que todo ello se remite a la pobre educación que nos impartimos y nos exigimos los mexicanos. Que nuestro país grita su grandeza y nosotros aceptamos su generosidad desde una zona de confort que, en mi opinión, destaca nuestra mediocridad […]."


El rigor que la agota en la producción de sus canciones, la idea de excelencia que la desliga de las disqueras convencionales, la autonomía creativa que la lleva a buscar lo que de verdad le interesa a través de cartas es algo que hace extensivo para los demás. Hay que salir de la zona de confort, educarse, enriquecerse, cambiar, dejar atrás la comodidad de los mediocres. Hacerlo como uno sabe: con palabras, con música, con las herramientas al alcance de cada quien.

Ely Guerra
Pero, más allá de la creación, ¿cómo es Ely Guerra? Ofrezco aquí unos fragmentos de sus respuestas:


¿Qué te regocija? Ely: "Me regocija escribir notas en papeles bonitos, aunque me regocija más tener una pila de papeles bonitos en bodega, sólo míos. […] Me regocija pasar una noche en vela con mis amigos hablando de nada. Me regocija un pretendiente aventado…".

¿Hay algo que esperes con ansias, que te dé emoción recurrente? Ely: "[…] Espero con ansias mis discos posteriores… El amor es una recurrente forma de emoción para mí".

¿Qué te pone nerviosa? Ely: "Salir al escenario, esos momentos previos a los conciertos cuando estoy en camerinos ya lista para cantar. Me pone nerviosa que toquen a la puerta de mi casa si no espero a alguien. Me pone nerviosa hablar por teléfono con el chico que me gusta. […] Me pone nerviosa sentir que algo se me olvidó. Me pone nerviosa que mi pelo no se acomode como quiero. Me pone nerviosa ver que me crece el trasero. Me pone nerviosa el cambio climático y la próxima escasez de agua. Me pone nerviosa la ignorancia mía".

Sólo quien entiende el valor de la información y los enigmas del conocimiento puede sentir nervios ante sus propios vacíos. Y suelen ser los autores, los artistas auténticos, quienes logran esa comprensión.

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