Mircoles 22 de octubre de 2014 
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abril 2000
Los santos lugares
En un texto publicado en el nmero 1 de GATOPARDO, el escritor argentino recin fallecido describe aquellas cosas que le han producido felicidad.
Por Ernesto Sabato / Fotos de Daniel Mordzinsky
Ernesto Sabato (1911-2011).
Ya muy cansado en esta calurosa tarde de verano he salido a despejar mi nimo al jardn. Sentado junto a la silenciosa compaa de las magnolias, entre los jazmines y las inmensas araucarias, me detuve a observar la trama que las enredaderas han ido labrando sobre las paredes de esta casa que es ya una ruina querida, con persianas podridas o desquiciadas, y, sin embargo, o precisamente por su vejez parecida a la ma, comprendo que no la cambiara por ninguna mansin en el mundo.

As he pasado un largo rato bajo la luz del crepsculo, mientras volvan a mi memoria algunos acontecimientos, el recuerdo de personas que me han ayudado a resistir esta vida tumultuosa y llena de contradicciones, y que han sido para m como esta costa lejana en la que finalmente podemos descansar luego de un largo naufragio.

A medida que pasan los aos, cuando nos vamos despidiendo de sueos y proyectos, ms nos acercamos a la tierra de nuestra infancia, no a la tierra en general, sino a aquel pedazo, a aquel nfimo (pero tan querido, tan aorado!) pedazo de tierra en que transcurri nuestra niez. Y entonces recordamos un rbol, la cara de algn amigo, un perro, un camino polvoriento en la siesta de verano, con su rumor de cigarras y un arroyito. Cosas as. No grandes cosas sino pequeas y modestsimas, pero que entonces adquieren increble magnitud. Durante mi infancia tuve enormes alegras. Me recuerdo sintiendo las primeras gotas de lluvia en la tierra reseca de mis calles, sobre los techos de zinc, hasta que el chaparrn amainaba y los chicos salamos corriendo descalzos a largar barquitos de papel. Y a esas maestritas del colegio primario que nos ensearon a ser buscadores de la verdad, capaces de despertar en nosotros la pasin y el asombro, con ternura, como si se tratara de una partera. Fueron ellas las que nos sealaron las maysculas que deben llevar palabras como Justicia, Libertad, Patria. Hasta que un da crecemos y vemos cmo son degradadas por la corrupcin y el oportunismo, descendido a minsculas y, finalmente, debiendo ser puestas entre pavorosas comillas. Tambin en esa poca comenc mis torpes intentos en la pintura con unas acuarelas que me haba regalado mi hermano Pancho.

Cuando me enviaron a seguir mis estudios secundarios en la ciudad de La Plata, lejos de mi madre, sufr muchsimo. A menudo lloraba durante la noche en esa ciudad tan remota y extraa para m, pero que luego estara entraablemente unida a mi destino. Ni el amor, ni los encuentros verdaderos, ni siquiera los profundos desencuentros son obra de las casualidades, y as, en esos conflictivos aos, tuve tambin momentos de enorme alegra. En La Plata se echaron las races de todo lo que luego tuvo que ser, y las ciudades, que ms tarde recorr por el mundo, no pudieron borrar sus calles arboladas, sus tilos y sus pltanos. En sus bosques se forjaron las ideas que hasta hoy me acompaan, y fue en sus calles donde conoc el fervor libertario, cuando nos manifestbamos por el general Sandino, por los valerosos Sacco y Vanzetti. En aquel tiempo abrac los ideales anarquistas, los mismos que an sigo alentando, por una comunidad de hombres libres y en la que haya tambin justicia social. Fue una poca verdaderamente feliz en mi vida, con sus interminables partidas nocturnas de ajedrez que continuaban por la maana con el estudio de las aperturas ms clebres. Tanta era mi pasin que haba llegado a pensar que con el diagrama de aquellas jugadas famosas se podra reflejar plsticamente la personalidad del jugador, y servira, adems, para distinguir si su estilo era clsico o barroco, impetuoso o de los exquisitos. Con cunto candor recuerdo aquellas ocurrencias de adolescente! Tambin por esa poca descubr el enorme poder de la creacin literaria. Me veo entrando en esas bibliotecas de barrio fundadas por hombres pobres e idealistas, para embargarme hacia los mundos de Salgari y de Julio Verne, en las grandes creaciones de los escritores rusos y la literatura romntica.

En muchas ocasiones he ido a los lugares donde vivieron los personajes de aquellas obras que me estimularon e influyeron en mi espritu. Y cuando en un otoo de 1962 pude divisar la pequea iglesia de Ry, desde una colina en Normanda; o cuando tembloroso entr en lo que haba sido la farmacia de M. Homais; o cuando mir el sitio donde la pobre Emma tomaba la diligencia que la llevaba a Rouen, se me oprimi el corazn al pensar que por all mismo haba pasado tantas veces Flaubert. Cuntas veces aquel hombre haba ido hasta esa aldea! Cuntas, desde una colina como esa se haba detenido a meditar sobre la vida y la muerte! En una ocasin fuimos con Matilde hasta Tbingen, con el solo propsito de visitar el Seminario Evanglico y sentarnos en el banco aquel donde alguna vez un joven estudiante llamado Schelling se reuni a conversar con su compaero Hegel. Y luego nos acercamos a la casita del carpintero Zimmer, aquel ser humilde y bondadoso que cuid de Hlderlin en sus ltimos aos de locura.

Las obras y los libros que le, las teoras que frecuent no estuvieron nunca dictadas de antemano, sino a partir de mis propios desgarramientos, a travs de mis bsquedas personales en la ciencia, el surrealismo, la literatura, la revolucin, atravesando desiertos tras un oasis que amenazaba siempre con desaparecer. As he pasado de peligros de amor, de amargura, de pobreza, de desengaos polticos, mientras me aguardaba divisar bajo un cielo estrellado una seal que indicara nuevamente el rumbo. Y en momentos de grandes tristezas me ha reconfortado alguna cantata de Bach, un quinteto para cuerdas de Mozart, y, desde luego, el apasionado Beethoven, el desdichado y maravilloso Schumann. Y tantos, tantos otros: Brahms, Rachmaninov, Schnberg. Con los aos, he sabido escuchar con agrado tambin esas tiernas canciones de Lennon, y la melanclica belleza que se trasluce en la voz de Joan Bez, aquella artista genial que tuve la dicha de conocer. Siempre he considerado que la msica es el arte supremo. Basta a veces con un simple acorde, el melanclico sonido de una trompa para sentir nuevamente la presencia del absoluto.

Pero quienes me han ayudado a reconciliarme con la existencia, quienes me han revelado cunto de placer y dignidad hay en la vida han sido esa clase de seres, a veces, muchas, los ms humildes seres, que, con su coraje y su desinters, con su solidaridad frente a los infortunios y los fracasos, han mantenido en m una sed de infinito, y me han alentado hacia nuevas luchas.

Buenos Aires, marzo del 2000.

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