Mircoles 22 de octubre de 2014 
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mayo 2011
Argentinos al grito de guerra
A 35 aos del golpe militar que trajo a una generacin de argentinos a Mxico, la escritora Sandra Lorenzano nos entrega una visin personalsima de ese mgico trasplante.
Por Sandra Lorenzano
La escritora Sandra Lorenzano.
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Ao 2011. 24 de marzo. Anochecer tibio de primavera chilanga. Las "islas" de Ciudad Universitaria estn cubiertas de jacarandas y de estudiantes que salen de las ltimas clases del da. En la explanada de Rectora, un grupo de chavos despliega una pancarta: "Todos somos hijos de una misma historia". Sonren ante la cmara. Ellos saben hacer de la militancia por la memoria y la justicia un ejercicio de alegra compartida. As es siempre. Cada vez que se juntan para denunciar, para exigir, para "escrachar", para volver a reflexionar juntos, para apapacharse: lo que gana es la alegra. Son los hijos de desaparecidos. Mejor dicho los H.I.J.O.S. (Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio). Y ah estn todos (todos los que andan por aqu): los de Mxico, los de Argentina, los de Uruguay, los de Guatemala, los de Per. Porque finalmente ellos saben que somos hijos de una misma historia. La historia de violencia que ha marcado a nuestro continente.


Hoy, 24 de marzo, anochecer de primavera chilanga, recordamos el golpe de Estado cvico-militar que instaur en la Argentina la ms terrible dictadura de la historia de aquel pas. Una de las hijas grita: "Treinta mil compaeros desaparecidos". "Presente", le responden los dems al unsono. Y yo y otros ms que recordamos muchos rostros queridos dentro de esos treinta mil, lloramos.

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Djenme confesarles que tengo una relacin extraa, ms bien fetichista con las fotos. No con la fotografa como arte u oficio, o ambas cosas a la vez, sino con esos cuadritos o rectangulitos en los que nos afanamos por detener el paso del tiempo, imgenes que van convirtindose en un archivo de lo que ya no somos. Pocas cosas me conmueven tanto como mirar esas fotos y no tienen que ser ni siquiera de gente conocida, casi siempre mal enfocadas o mal iluminadas, que toda familia guarda entre sus tesoros ms preciados.


Yo, les deca, tengo una relacin ms bien fetichista con las fotos y quiz se deba a que durante muchos, muchos aos la carencia de eso que toda familia guarda fue para m el smbolo por excelencia del exilio. No tener fotos era no tener huella, no tener testigos...

Y no es que no las hubiramos tenido alguna vez. Mi padre compr cuando yo nac una vieja cmara (era ya vieja en ese momento?) Voigtlnder y se dedic a halagarnos y a torturarnos, en igual medida, con sus afanes de fotgrafo. Es decir que tuvimos nuestras fotos de bebs, del primer da de clases, de las vacaciones en la playa, all por Villa Gessell, ao 1966, en fin los dos hermanos mayores, despus los cuatro, con mam, con amigos, con los perros... ustedes saben, lo que se dice un buen lbum familiar.

En el mismo cajn (y ahora que escribo la palabra "cajn" pienso que es la forma en que se le llama a los atades), bueno, pues en el mismo cajn (Vive Lacan!) estaban tambin las fotos que habamos recibido de los abuelos y bisabuelos. Eran fotos ms formales, por supuesto, que aquellas que armaba el "espritu de artista" de mi padre. Muchas eran en sepia y mostraban gestos y rostros adustos o juguetones, pero, en todo caso, invariablemente antiguos. Descubrirme en la mirada risuea de una nia de 1915 que con el tiempo llegara a ser mi abuela, poda conmoverme como pocas cosas, aunque ahora que lo pienso, quiz menos de lo que hoy me conmueve descubrir rastros de esa misma nia en la mirada de mi hija.

En fin, por ser la primognita, o quizs porque vean en m algo as como un buen depsito de memoria, fui recibiendo durante los primeros diecisis aos de mi vida cientos de fotos y de historias. Y no se preocupen, que no les voy a contar una versin subdesarrollada y conosurea de Memorias de Antonia. Se trata solamente de que tena ganas de empezar as, por aquello que fue durante aos en mi imaginario lo que condensaba la sensacin de precariedad del exilio.

Al dejar la Argentina slo habamos tenido el tiempo justo para armar unas cuantas maletas (no demasiadas, no fuera cosa tampoco de que los agentes de migracin sospecharan que el equipaje que traamos era mucho para los cuarenta das que marcaba la visa). Las fotos quedaron en su cajn. Aunque suene cursi, quiero creer que siguen ah, porque a quin pueden interesarle fotos viejas, mal enfocadas o mal iluminadas, donde una abuela nia le sonre en eterna complicidad a una nieta que hoy, con ms de cincuenta aos, ya no puede mirarla.

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Ao 1966. Estoy en la cocina desayunando antes de irme a la escuela. Es invierno y hace apenas tres meses que empec la primaria. En la radio se escucha msica militar y un "comunicado" que no alcanzo a entender. "Hay golpe!", grita mam. El general Juan Carlos Ongana asume la presidencia de la Repblica, dice el locutor. Es la primera vez que escucho hablar de un "golpe de Estado", pero, como toda la gente de mi generacin, no ser la ltima. "Estado de sitio" tambin se suma a nuestro vocabulario. Tenemos la edad de Mafalda, pero entendemos mucho menos que ella. Conciencia poltica hecha a golpes la de los nacidos en los sesenta. Poco despus vino la represin de la Noche de los Bastones Largos, en la cual la polica desaloj violentamente a los estudiantes y los profesores que ocupaban parte de la Universidad de Buenos Aires, para mostrar su oposicin al rgimen militar.


Ms o menos por la misma poca se llevaron preso a mi padre. Por "zurdo". Lo encerraron en la comisara que estaba a unas quince cuadras de casa y donde los policas le decan: "Perdn, doctor, pero son rdenes". Claro, eran otras pocas. Cuando muchos aos despus se habl de la Ley de Obediencia Debida en 1987, ya en pleno gobierno democrtico, con la cual se amparaban los torturadores para explicar las violaciones a los derechos humanos, record con estupor el "Perdn, doctor, pero son rdenes". Con o sin peticiones de disculpa, lo tuvieron ah alrededor de dos semanas. Mi hermano y yo aprendimos para siempre que a la crcel van los "buenos". Desde entonces desconfiamos de todas las series gringas y empezamos a entender dnde estamos parados.

Hacia 1970, yo estaba en cuarto ao de primaria, y a mi maestra le toc preparar la celebracin del da de la OEA. Cada uno de nosotros tena que hacer una bandera en papel crep. "A Cuba no podemos considerarla un pas", dijo y se lo salt; no incluy a la isla en el festejo. Yo, que tena una foto de mi abuela en su cumpleaos nmero cincuenta con Nicols Guilln, protest. "Sensemay, la culebra. Sensemay". Cuando no ponan msica clsica o jazz en el tocadiscos, mis padres escuchaban discos de poesa. Y a m me daba una tristeza terrible porque la poesa, como las fotos, desde entonces me hace sentir la violencia de lo fugaz.

Para completar el panorama de la intolerancia, la directora de la escuela nos prohibi bailar el "Pata Pata", que por entonces haca furor cantado por Miriam Makeba. sa fue la educacin que nos dio la escuela pblica argentina. Lo ms "moderno" que acept que bailramos fue una cumbia. Desde entonces se me traban los pies cuando escucho "con su pollera colorada". Quiero creer que lo mo es ms resistencia ideolgica que falta de coordinacin

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Ao 1973. Pero ah estaban ya la Revolucin Cubana, los movimientos de liberacin en Amrica Latina, la foto del Che asesinado en Bolivia, las barricadas y la represin que veamos en el noticiero. bamos medio ubicndonos a los tumbos: los Beatles, "La imaginacin al poder", Martin Luther King, "Pern vuelve" escrito en las paredes del barrio. Era imposible no sentir la presencia cotidiana de la poltica. Hctor J. Cmpora lleg a la presidencia en las elecciones convocadas por el general Alejandro Agustn Lanusse. En realidad, el papel de Cmpora haba sido decidido por Juan Domingo Pern, debido a que su propia candidatura (e incluso su presencia) estaba proscrita desde que el golpe de Estado de 1955 lo derrocara. El lema de las elecciones haba sido: "Cmpora al gobierno, Pern al poder". Y si a Pern lo llamaban cariosamente el Viejo (el padre), Cmpora sera el To. Comprometido con los sectores ms progresistas y de izquierda del espectro poltico, Hctor Cmpora fue el creador de nuestra cortsima "primavera democrtica".


Mientras el nuevo presidente iniciaba su mandato y organizaba el retorno del lder del peronismo, yo empezaba la secundaria. Me estren en el Centro de Estudiantes: sesiones interminables, cigarros, libros que convena llevar "forrados" para no llamar la atencin.

Con la llegada del peronismo camporista se abri el espacio para que las discusiones que venan dndose en diversos sectores de izquierda sobre la necesidad de una transformacin de fondo en el pas, en especial entre los jvenes, se hicieran abiertas y cada vez ms intensas. Vala la pena o no la lucha armada? Estaban dadas las condiciones para la revolucin? Se fortaleci entre muchos, entonces, la opcin por la guerrilla. Los grupos ms fuertes fueron los Montoneros (peronistas) y el Ejrcito Revolucionario del Pueblo (marxistas), ambos nacidos en los aos sesenta.

El entusiasmo pas tan rpidamente como esos luminosos meses de la historia argentina. Pern volvi, como lo haban prometido las pintadas en las calles, pero lo hizo acompaado de dos figuras negras: su mujer, Mara Estela Martnez (ms conocida como Isabelita), y uno de los artfices del horror en el pas, Jos Lpez Rega, creador de la sanguinaria Triple A (Alianza Anticomunista Argentina). Cmpora dej entonces el gobierno y, como se haba acordado, el presidente de la cmara de diputados llam a nuevas elecciones. Juan Domingo Pern y su esposa arrasaron con ms de 60% de los votos. En julio de 1974, a la muerte de Pern, ella se convirti en presidenta y dirigi el pas con la muy fuerte presencia del Brujo Lpez Rega. Fue realmente en ese momento que se iniciaron la represin y la violencia que se agudizaran despus del golpe cvico-militar de 1976.

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Ao 1976. Tres militares con cara de triunfo, y una vez ms las marchas y los comunicados por la radio. El 24 de marzo, un golpe de Estado derroc al gobierno de Isabel Pern y estableci la dictadura ms sangrienta en un pas "acostumbrado" al autoritarismo y a la violencia; la dictadura de los treinta mil desaparecidos, la de las Madres de Plaza de Mayo, la del Mundial de Futbol y los campos de concentracin, la de las inimaginables torturas y la Guerra de las Malvinas.


Mis padres eran de la gente de izquierda que se opona a la lucha armada. Cuando los militares asumieron el poder, los consideraron "idelogos" y los convirtieron en "enemigos de las instituciones". Y, por lo tanto, en personas non gratas en el pas. Pensar era peligroso con o sin armas en las manos. Pensar era tan peligroso que entre lo que prohibieron los militares estaba la "matemtica moderna" (s, aunque no lo crean: la de la teora de conjuntos), la enciclopedia Barsa (por "roja", habran dicho los espaoles), y una largusima serie de libros, obras de teatro, canciones, pelculas (ya a comienzos de los setenta, si se quera ver buen cine Fellini, Bergman, Antonioni y los que se les ocurra, lo mejor era viajar al Uruguay. Del lado porteo del Ro de la Plata, la censura era brutal contra cualquier propuesta "pensante". Todos nos habamos vuelto "subversivos").

Mi ta ms joven apenas ocho aos mayor que yo haba decidido que s, que vala la pena la lucha armada, y se sum a la guerrilla. Desapareci hace ya treinta y cinco aos. Sus tres hijos heredaron su sonrisa, y son mucho mayores de lo que ella lleg a ser nunca.

El miedo y la incertidumbre se convirtieron en presencias cotidianas; comenzaba nuestro verdadero bautizo poltico. Cualquiera es valiente en las buenas, pero ahora Volvimos a bajar la voz cuando hablbamos de algunos temas, a viajar asustados en el colectivo porque en cualquier momento los soldados o la polica nos hacan bajar, nos pedan documentos, nos palpaban de armas. Aprend a desconfiar para siempre de cualquier optimismo histrico. Somos del bando de los perdedores y difcilmente eso cambiar alguna vez. "Con los pobres de la tierra / quiero yo mi suerte echar haba escrito Jos Mart, el arroyo de la sierra me complace ms que el mar". A los quince aos, yo no saba nada de Amrica Latina a pesar de los noticieros y las canciones ni de la pobreza, pero comparta ya con muchos la marca de la derrota.

"Nos vamos a Mxico", nos dijeron mis padres una maana de junio, diez aos despus de que yo hubiera aprendido qu quera decir Estado de sitio. Y lleg entonces el vrtigo: desarmar la casa, hacer trmites, despedirse de los amigos pero sin dar demasiados datos (Mxico era un pas sospechoso de recibir "subversivos", llorar con los ms cercanos, planear futuros encuentros, imaginar aterrados otra vida, abrazar al perro que no podamos traer, salir en bicicleta a mirar las calles del barrio (qu poco las haba mirado en todos esos aos!), disimular en la escuela. En esas pocas semanas me olvid por completo de las fotos. sas que quedaron en el cajn.

Y entonces, en el momento ms terrible de la historia del pas, yo descubr a la vez el dolor y la libertad. Llegamos a Mxico la madrugada del 9 de julio, despus de una noche pasada en el avin. No pude dormir, estaba asustada, lloraba, y pensaba que en cuanto pudiera regresara all, a mi casa, al lugar donde haba vivido durante toda la vida.

Peor les fue a muchos que se quedaron, claro. Peor le fue al ex presidente Cmpora, quien pidi asilo en la Embajada de Mxico, donde lo recibieron con la solidaridad y la generosidad que caracterizaba la poltica exterior de este pas, pero de donde no pudo salir hasta casi cuatro aos despus cuando, ya gravemente enfermo, los militares le autorizaron el viaje que lo llevara a morir a diez mil kilmetros de la Argentina. El presidente que haba ganado las elecciones con ms de 50% de los votos y cuya primera medida de gobierno haba sido decretar la liberacin de los presos polticos fue condenado a pasar los ltimos aos de su vida en el reducido espacio de la sede diplomtica mexicana. La violenta intransigencia de los militares no cedi ante los constantes reclamos del gobierno mexicano encabezado primero por Luis Echeverra y luego por Jos Lpez Portillo ni de la comunidad internacional. Cmpora muri el 19 de diciembre de 1980. Lo velamos en la Comisin Argentina de Solidaridad, en esa casa de Las guilas que el gobierno de Mxico le haba dado al exilio argentino quiz para ayudar a que fuera menos dura la distancia. Fue nuestro primer muerto. El muerto de todos los exiliados. Me acuerdo de los rostros desencajados y los ojos llorosos de muchos de los que formaban mi "familia del exilio". La nica familia que tenamos por estas tierras: No Jitrik, Tununa Mercado y su hermano Jos, Hctor Schmucler, Esteban Righi quien haba sido Ministro del Interior durante el gobierno de Cmpora, Adriana Puiggrs hija del rector de la Universidad de Buenos Aires, Rodolfo Puiggrs, el Negro Prez, el Gordo Piccato, scar Tern, entraables todos.

No quisiera convertir estas pginas en una retahla de ancdotas, algunas propias y otras que hemos compartido casi todos los que recorrimos los caminos del exilio, sobre nuestra vida en este pas. Es decir, no quisiera contarles por ensima vez los conflictos de lenguaje y de hospitalidad que se generaban cada vez que un mexicano nos invitaba a "su casa de usted" (creo que todos lo han odo hasta el cansancio. Aunque ayer todava alguien se ri al imaginar a una familia argentina bastante sorprendida de que los amigos mexicanos, tan corteses ellos, se hubieran invitado as como as a ese pequeo departamento de exiliados donde, de ms est decirlo, no alcanzaban ni los vasos ni los platos), en fin, por lo menos, no quisiera hablarles slo de eso, o del lento aprendizaje (tan lento que algunos nunca lograron concretarlo) de la cortesa y las formas de la cultura nacional, o de la pasmosa impresin de llegar a una ciudad de las dimensiones de sta, o de los tratos con ese lugar aterrador que era la Secretara de Gobernacin en nuestras vidas, etctera. Por otra parte, siento que (me) est vedado cualquier intento de abarcar o generalizar la experiencia del exilio. "Cuando dicen que pase el extranjero' a veces no me doy cuenta de que soy yo", escribe la uruguaya Cristina Peri Rossi. "El exilio son los otros".

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Hoy, muchos seguimos ac y nos consideramos orgullosamente argenmex, porque sabemos que nuestra vida no sera la misma sin los tantos aos pasados en este pas. Y no slo por cuestiones de desarrollo profesional, o de oportunidades de trabajo o de las posibilidades de todo tipo que aqu se nos presentaron y se nos presentan cada da. No. Es algo mucho ms profundo. Algo fundacional. Algo que hace al ncleo del ser de cada uno. Al "carac" (tutano), hubiera dicho el entraable crtico y narrador David Vias, que muri a principios de marzo y que tambin pas en Mxico parte de su exilio.


Porque dnde est la patria? Cul es ese lugar en el mundo en el que ms all de nacionalismos ramplones se puede decir "estoy en casa"?, existe tal lugar? "La patria est donde estn los afectos". "La patria es el sitio en el que estn enterrados nuestros muertos". "La patria es donde puedo darle de comer a mis hijos". Hay muy diversas respuestas. Pero todas ellas tienen en comn el peso de lo simblico y lo afectivo por sobre lo geogrfico y lo poltico. La patria es, quiz, como lo deca Benedict Anderson para las naciones, una "comunidad imaginada". Por eso cuando hablo de patria pienso siempre en ese maravilloso poema de Jos Emilio Pacheco que se llama "Alta traicin":  

No amo mi Patria.
Su fulgor abstracto

es inasible.
Pero (aunque suene mal)
dara la vida
por diez lugares suyos,
ciertas gentes,

puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,

gris, monstruosa,

varias figuras de su historia,

Montaas
(y tres o cuatro ros)



Y uno descubre, con Pacheco, que puede reapropiarse de la palabra "patria", tan cargada, tan vapuleada por izquierdas, derechas y centros. Y pienso que yo estara dispuesta a dar la vida no por una sino por dos patrias que se me juntan en una sola bocanada y que me llevan de la "esquizofrenia" a la plenitud, de las complicidades al desasosiego. En una de mis patrias crece mi hija, en la otra envejecen mis padres; en una, las urgencias de lo cotidiano me acunan, me sostienen, en la otra la inquietud me hiere y me fascina; en una todo es fuerza y proyectos, en la otra me espera un cajn con fotos


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Hablarles de las fotos, de esas fotos perdidas para siempre, me lleva a recordar las que aparecen todos los das en un peridico de circulacin nacional en Argentina y que convierten a los ausentes en una presencia dolorosa y cotidiana: se trata de las "esquelas" que recuerdan a algunos de los desaparecidos. No hay modo de abrir el peridico y no encontrarse con esos rostros, jvenes para siempre, que nos miran desde fotos familiares. Es perturbadora esta exhibicin de una intimidad hecha del silencio de la muerte. Junto a la superficialidad efectista de la publicidad, que tambin suele exhibir escenas de cotidianidad domstica, la esquela funciona como una suerte de agujero negro que absorbe los gestos inventados que tiene alrededor.


Nos buscan como interlocutores de todos los das para que no (los) olvidemos?, para que no perdonemos? Para no dejar de formar parte de la memoria de la sociedad, nos miran: esa chica que tiene un beb en brazos, esa pareja que apenas sonre, nerviosa, a punto de entrar al registro civil, el muchacho tan bien peinado de la foto carnet... Los muertos con rostro duelen ms.

No hay forma de desviar la mirada, somos testigos involuntarios de esta intimidad desplegada en un octavo de plana que impide que las heridas terminen de cicatrizar. Podran cicatrizar en una sociedad a la que le han amputado treinta mil cuerpos, treinta mil rostros como los de las fotos, treinta mil historias familiares?

Ser argenmex es tambin haber aprendido a mirar esas fotos y esa historia desde aqu, desde Mxico. Las miro hoy y siento que, de alguna manera, como el nio aquel de una vieja pelcula que tena el pelo verde para recordarle al mundo el horror del holocausto, una casi sin querer se va convirtiendo en responsable de la memoria.

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Fotos similares a las de las esquelas, pero ahora sostenidas como carteles y en pleno Paseo de la Reforma, nos acompaaban en las manifestaciones frente a la embajada argentina durante los aos ms negros de la dictadura (1976-1983). Quiero recuperar el relato que hace Tununa Mercado de una de estas escenas, en su libro En estado de memoria (para m, lo mejor que se ha escrito sobre el exilio argentino por estos lares):



Otra madre, Laura Bonaparte, llevaba sendos carteles por sus hijos, yernos, hijas y nueras desaparecidos y por su marido muerto en la tortura, y eran tantos sus muertos que tena que sostenerlos por turno de a uno o distribuir sus retratos entre seis personas hasta que opt por poner una sola gran pancarta con el nombre de toda su familia exterminada. Ella tambin ha de haber sido una extraa figura para la gente que suba a las Lomas en sus automviles, y las molestias que provocaba en el trnsito nuestro mitin se han de haber disipado ante la desmesura: una mujer alta, bella, inmvil, encuadrada por otros, en el centro de una tragedia...Esta madre protagoniz uno de los hechos polticos en los aos finales del rgimen militar: se encaden a una de las columnas de la sede consular argentina, en un acto lmite de protesta, justo el da de las elecciones, cuando tuvimos que ir para sellar nuestros pasaportes, en una suerte de sbita, ridcula legalidad formal.



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Hay un genial cuento de Max Aub llamado "La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco". En l retrata los desencuentros entre mexicanos y espaoles: uno de los meseros de un tradicional caf del centro de la ciudad de Mxico ve cmo se pierde intempestivamente la tranquilidad que caracteriza a su trabajo cuando irrumpen en el caf y en su vida los grupos de refugiados espaoles que llegaron a vivir a este pas despus de la Guerra Civil. El mesero empieza a entender en esas alteradas discusiones en que todos vociferan y en las que nadie est de acuerdo con nadie que hay un punto de unin entre todos (comunistas, republicanos, anarquistas): dicen que regresarn a Espaa el da que muera Franco. As que Ignacio Jurado Martnez decide invertir sus ahorros en recuperar la tranquilidad perdida, y viaja a Espaa a asesinar al caudillo para que los refugiados puedan regresar sin problemas a su pas y dejen que su querido caf recupere la paz.


No conozco ningn relato similar escrito por argentinos, tal vez porque nos cuesta ms rernos de nosotros mismos con la maestra con que lo haca Max Aub. Pero s puedo asegurar que a lo largo de los aos de exilio debe haber habido ms de un mexicano dispuesto a ir a asesinar a Videla o a Gatieri con tal de dejar de ver a los argentinos del exilio. Con voces varios decibeles por encima de las voces mexicanas y modos generalmente mucho ms bruscos, muchos exiliados han ido aprendiendo con el tiempo a "domar" esa natural forma de ser un tanto grosera y prepotente (ni modo: no sera ste un artculo objetivo si no lo reconociera). Uno de los "piropos" que nos hacan al comienzo del exilio, y que nos provocaba una sensacin terriblemente ambigua, era: "Eres argentino? No pareces". Hoy quiero creer que hemos aprendido a ser argentinos ms amables, ms considerados, ms respetuosos. Como lo escribi el periodista y crtico Carlos Ulanovsky: "Yo le estoy agradecido a Mxico porque me ofreci tranquilidad para aprender otras realidades, distancia para valorar lo propio y tiempo seguro para solucionar las elecciones ms definitivas. Ahora, despus de tantos aos, y de haber vivido como distinto entre otros ms distintos a m, soy otra persona".(2)

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Nunca es fcil dejar el propio pas y llegar a uno distinto, ajeno. Sin embargo, la mayor parte de los relatos de los exiliados habla, como el mo, de cmo la generosidad con la que fuimos recibidos en estas tierras ayud a que el desarraigo fuera menos doloroso. De entre todas las historias que conozco, les cuento una que me parece especialmente conmovedora:



Quiero hacer constar que, urgido, yo le escriba a personalidades e instituciones analticas de Pars, Barcelona, Caracas, Mxico. Recib un rechazo de la presidenta de la sociedad espaola: "Ac hay demasiados argentinos que compiten en nuestro campo", una carta distante de Serge Leclaire que [] me describa todas las dificultades que tendra yo en Pars [], y un telegrama del doctor Armando Barriguete, presidente de la Asociacin Mexicana, a quien yo no conoca personalmente, que me instaba: "En Mxico donde comen dos, comen tres, vente!". Me conmueve cada vez que lo cuento.(3)



As es Mxico. Ustedes, amigos mexicanos que quizs estn leyendo estas pginas, lo saben mejor que yo. Pero tal vez piensen que as es en todos lados. Y no: podemos asegurarles que no es as prcticamente en ningn otro sitio. "Donde comen dos, comen tres".


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Nunca me ha gustado el lado plaidero del exilio, porque s como lo saben todos los argentinos que han decidido quedarse que mi vida sera diferente, que yo misma sera otra, sin ese territorio de libertad que nos descubri Mxico a m y a mis diecisis aos, y que me sigue descubriendo tantos aos despus. No slo la oportunidad de conocer otros mundos, una historia cuyas races llegan tan hondo que me daba vrtigo (an me lo da), adolescentes tan parecidos y tan diferentes a como era yo entonces, un mundo de sensaciones, de sensualidades, de solidaridades inquebrantables, de generosidad, sino adems algo que empec a entender tiempo despus: la posibilidad del extraamiento, de la mirada oblicua; ese quiebre de la lengua que la llena de silencios y de complicidades y que me permite "ser otra en ambas patrias".


En mi primer cumpleaos pasado aqu ya me senta "mexicana" (whatever that means), haca un esfuerzo por disimular el acento, segua parecindome detestable el olor a barbacoa del mercado de Mixcoac a las 7:30 de la maana, pero adoraba ese recorrido que nos llevaba, a mis hermanos y a m,  al colegio que nos estaba mostrando otro modo de educar y no el represivo que nos haba prohibido el baile y el festejo, y sobre todo agradeca el recorrido cotidiano que me permita reunirme con mis tres amigos del alma. Con ellos cantaba "El pueblo unido jams ser vencido" a los gritos por la ventana de mi casa en las Torres de Mixcoac, como catarsis y expresin de deseo, y bailaba enloquecidamente al ritmo de "Horses" de Patti Smith en alguna fiesta de fin de semana. Con ellos descubra las solidaridades y pasiones adolescentes. Eran Ali, Pilar y Juan Carlos. Curiosamente los tres viven desde hace aos fuera de Mxico y yo sigo aqu. Nuevamente como "guardiana de la memoria"? Pues ese da, 7 de marzo de 1977, mi profesora de historia me regal un libro que an me acompaa, con esta dedicatoria: "Para que aprendas a conocer tu nuevo pas". Era El llano en llamas.

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Desde muy chicos sabamos que haba cosas que podan decirse y otras que no. Que el flaco que se instal (que se escondi?) en nuestra casa de Buenos Aires junto con dos compaeros, y que pateaba la pelota con mis hermanos cuando hacan un alto en la lectura y las discusiones, era un dirigente que viva en la clandestinidad era algo que no se poda decir. Que mis padres escondan libros en un pequeo clset disimulado en el bao era algo que tampoco se poda decir. Aprendimos que haba libros y personas sobre los que pesaban el secreto y el silencio. Entre ellos, los dos tomos de la "Breve historia de la Revolucin Mexicana" de Jess Silva Herzog. La primera revolucin, decan. Antes que la rusa, comentaban mis padres con orgullo, porque la Revolucin Mexicana era parte de una gesta latinoamericanista que sentan como propia; gesta que continuara con la cubana, por supuesto, y con los movimientos de emancipacin que naceran a partir de ella. Y stas son algunas de las races de mi propia historia. ramos dignos herederos del compromiso con "los pobres del mundo", como deca la Internacional que aqu entre nos, an me conmueve cuando la escucho: "Arriba los pobres del mundo, de pie los esclavos sin pan [] Agrupmonos todos en la lucha final". Y as crec: entre el "Bella ciao", el Himno de Riego y las viejas canciones en ladino, que quin sabe dnde haba aprendido mi madre que vena de una familia yiddisch.


Mxico era para m, entonces, el lugar donde doblaban las series de televisin que veamos en la poca de la primaria (Los tres chiflados, La pandilla y algunas ms) y los dos libritos escondidos de una Revolucin que mis padres admiraban.

Quin me iba a decir a m que a partir de 1976 caminara por lo menos dos veces al da por la avenida de ese nombre? Una de ida y otra de regreso del colegio. Un momento: en la ciudad a la que llegamos a vivir haba una avenida Revolucin? Por menos se hubieran llevado los militares argentinos a quienes se hubieran atrevido a bautizar de ese modo una calle. Y otra llamada Patriotismo? Y la revolucin y el patriotismo marchaban de manera paralela? Caramba! Claro que tambin haba un "aguas, aguas, Ejrcito Nacional", como descubr ms tarde gracias a Efran Huerta. Vaya cartografa.

La palabra "revolucin" hasta estaba en el nombre del partido gobernante. "No?, de verdad?", preguntbamos Pablo y yo en la charla en el patio del colegio, donde sospecho que la mayor parte de nuestros compaeros hijos y nietos de refugiados espaoles entenda tan poco como nosotros. Donde se complicaban las explicaciones o, para decirlo en mexicano vulgar: donde "se les haca bolas el engrudo" era en aquello de la institucionalidad de la revolucin. Ni el to que haba escrito uno que otro documento para el ERP y cuyos hijos, secuestrados juntos con la madre, tardaron en aparecer vivos ms de lo que cualquier cordura hubiera soportado, ni siquiera l nos pudo dar una explicacin clara de la aparente contradiccin.

Qu importaba esa contradiccin si en nuestro primer "puente" (maravillosa creacin de la cultura nacional), el 1 de mayo de 1976, fuimos a Oaxaca y vimos, desde el balcn del hotel, ondear banderas rojas banderas rojas! con siglas de agrupaciones obreras y campesinas que le daban las gracias al seor presidente y al seor gobernador y al seor presidente municipal. Y no entendamos nada, pero las banderas rojas son las banderas rojas arriba los pobres del mundo, de pie los esclavos sin pan, y nos conmovimos ante los cuerpos oscuros y pobres, pero confiados en un futuro de justicia (y se alcen los pueblos con valor). Dnde estamos? Qu es todo esto?, la revolucin?, la que hace esquina con Molinos y huele a caf quemado y a barbacoa?, o la otra?, la de Villa y Zapata?

Ms complicado y doloroso fue saber que tambin aqu haba "desaparecidos". El mismo presidente que nos haba recibido con los brazos abiertos, haciendo honor a la reconocida posicin de Mxico en materia de asilo y poltica exterior, era quien estaba detrs de la detencin y secuestro de Jess Ibarra y tantos otros? No hay duda, a pesar de todo, los hijos tienen razn: somos hijos de una misma historia.

Dejbamos las contradicciones a un lado y vivamos con entusiasmo un pas que nos fascinaba: nos hicimos asiduos de las casas de la cultura. A los diecinueve aos yo tomaba las entonces famosas "ballenas" (las odiaba porque nunca me llegaban los pies al suelo. Pero quin las dise?, los suecos?) o me suba a los "peseros" tan parecidos entonces a las llamadas "mquinas" en Cuba, y llegaba a Promocin Nacional del INBA que funcionaba en una casa de la colonia Jurez que alguien se encarg de tirar y convertir en un Oxxo, una tintorera al vapor y dos loncheras, para tomar taller de poesa con Carlos Illescas. Qu privilegio! Y los domingos bamos al Auditorio Nacional en el metro a escuchar a Luis Herrera de la Fuente, que diriga la Filarmnica de las Amricas, y los nios mexicanos se sentan como en su casa en el Museo de Antropologa (en ese momento ningn nio argentino se senta en su casa en ningn museo de su pas). Y no slo los nios: todo Mxico estaba orgulloso de lo que era y tena. Y mi padre trabajaba en un hospital pblico que pareca sacado de una serie gringa. l, que vena de la pobreza del hospital de Tigre donde a veces no haba ni gasas, pero eso s, donde las monjas eran ms rojas que muchos militantes y por eso pocas se salvaron. Y se haba hecho zurdo por amor a su profesin; profesin que haba elegido por amor a su gente y porque en los hospitales pblicos no haba ni gasas. Y la editorial Siglo XXI publicaba a Marx y a todos los marxistas y marxianos ("los marxianos llegaron ya") y no haba que esconder los libros. Y cantbamos en las peas. Y abrazbamos a los compaeros chilenos, pu huen "El pueblo unido jams ser vencido". Y yo ya haba decidido que estudiara en la UNAM y que sera Puma el resto de la vida, sin saber an que ah conocera a uno de los seres humanos ms entraables con quienes he compartido mi amor por las palabras (claro, no puedo no pensar en el querido Luis Rius que nos hizo amar el castellano dulce de los poetas).

Y habamos guardado lo que trajimos en las valijas a tiempo para no tener el dedo mocho como el del chiste: "Este ao volvemos a Espaa", dejando que la nostalgia nos velara la mirada pero no nos impidiera vivir. Aprendimos a amar cada rincn de esta ciudad "deshecha, gris, monstruosa". Estbamos traicionando a quienes se haban quedado all: en un pas vuelto campo de concentracin? Poda dolernos lo que suceda en el sur y a la vez ser felices con nuestra vida mexicana?

Gracias a Mxico, desde hace treinta y cinco aos ostento esta ciudadana tan particular que es la de ser argenmex. Y de pronto pienso en el modo en que hemos conseguido los argenmex convertir el exilio en una suma, en riqueza, en agradecimiento a nuestros dos pases, y esto se traduce en la tranquilidad con que invadimos la realidad con nuestra propia esquizofrenia. Vivimos cmoda y esquizofrnicamente, y jalamos a nuestra gente ms querida a esta vida hacindole creer, por supuesto, que lo raro es lo otro. Y as, esquizofrnicos pero felices, crecemos y vamos envejeciendo, y as van creciendo tambin nuestros hijos. Y por eso no sentimos ninguna contradiccin, sino todo lo contrario, al cantar a voz en cuello junto con Juan Gabriel que "como Mxico no hay dos", y llorar como locos escuchando "Zamba de mi esperanza" o "Mi Buenos Aires querido" (vieron que hay cierta relacin entre la nostalgia y el kitsch?), comer un buen asado con sus chilitos y sus tortillitas o mezclar en una misma frase mexicanismos, argentinismos y todas sus posibles variantes.

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El poeta Juan Gelman titul "Bajo la lluvia ajena" el largo texto en que los versos y la prosa potica se dan la mano y que incluy en el libro Exilio, del que es coautor junto con Osvaldo Bayer. "Bajo la lluvia ajena". Cules son las lluvias que me mojan a m?, me pregunt despus de leerlo. Dnde estn aqullas que eran cmplices de los das de escuela en el invierno? Mam nos serva el caf con leche, y veamos caer la tormenta con la alegra del que sabe que le espera no el guardapolvo blanco de todas las maanas sino largas horas de juego, sin salir de casa, oyendo el repicar de las gotas en el techo. Bendecamos la lluvia como si furamos campesinos. Y ahora, cules son las lluvias que me mojan? Somos todos dolidos exiliados del tiempo; sa es la marca que determina nuestra vida. No hay "permanencia voluntaria" ni segunda funcin. Ulises nunca volver realmente a taca.


De pronto pens que me convert en argenmex no el da de 1983 en que me llamaron de la Secretara de Relaciones Exteriores para decirme que yo era "oficialmente" mexicana; tampoco cuando al poco tiempo me llamaron, ahora de la Embajada Argentina en Mxico, para decirme que la nacionalidad argentina es irrenunciable, con lo cual ambas instituciones fomentaron y alimentaron lo que yo ya senta como una esquizofrenia galopante. Deca que no me convert en argenmex entonces, sino el da en que la lluvia que caa en la ciudad dej de ser ajena y se volvi tan ma como aqullas que nos regalaban una maana completa de juegos y libros en el invierno porteo.

Ser argenmex es para m perderme en un laberinto de voces, de palabras propias y ajenas; es mirar con mirada "oblicua", dicen algunos, estrbica, quizs; una mirada que se mira mirar; mirada de adentro y de afuera. No es un asunto de lenguaje ni de pasaporte, es un asunto de que la lluvia que nos moja deja de ser ajena, all y ac, ac y all.

Ser argenmex es estar siempre buscando huellas, inventando recuerdos para sentir que una tambin tiene historia, que una tambin pertenece y estuvo. Y que si no, si no estuvo, si no pertenece, si no tiene tanta historia ac, no es por falta de volunt, seo, se lo juro, ni por falta de deseo, Dr. Freud, sino por un puro azar, por aquellos barcos que llegaron al Ro de la Plata, y no a Veracruz, como el de los padres de Margo Glantz, que venan del mismo lugar que algunos de mis abuelos. Y entonces hay que inventarse testigos, y a lo mejor simplemente por eso es que una escribe, para inventar los testigos de una vida que aqu no tuvimos y para seguir teniendo con nosotros a los de all que empiezan a irse.

Ser argenmex es vivir cada da con el desasosiego y la incertidumbre que Mxico nos depara, y a la vez sentir el compromiso de hablar de aquella historia que nos expuls del territorio de nuestra adolescencia. Es tratar de entender los claroscuros de un periodo de muerte y violencia que se instal all, al sur de todos los sures, cambindonos a todos la vida para siempre; es buscar que cada una de nuestras pginas sea tambin una caricia para los treinta mil.

Es saber que la distancia ser siempre dolorosa.

Y agradecer cada da a los mexicanos que como dice Laura Bonaparte en el epgrafe nos hayan ayudado a juntar nuestros pedazos.

Para que me entiendan, para poder explicarles qu es esto de ser argenmex, les cuento la historia del chiquito, aquel hijo de argentinos, que haba crecido en Mxico, y que cuando se instal con su familia en Buenos Aires y le preguntaron si conoca el himno contest: "Claro! Argentinos al grito de guerra!".

Mxico fue la vida: Pilar Calveiro

La vida, Mxico fue la vida, dice Pilar Calveiro con lgrimas en los ojos despus de un rato de charla. Vital, fuerte, clida: as es Pilar. Politloga de gran prestigio especializada en temas de violencia y terrorismo de Estado, fue secuestrada por el ejrcito argentino en 1977 y confinada a uno de los mayores y ms tenebrosos campos de concentracin de la dictadura: la Escuela Superior de Mecnica de la Armada. La tristemente clebre ESMA. Mxico fue la vida. Todava me emociono despus de 35 aos.

Llegu por circunstancias que no eleg. Mi marido en ese momento militaba, iba a volver a entrar a la Argentina, y tena miedo de que si le pasaba algo, si lo secuestraban, nos buscaran a m o a nuestras hijas. l consideraba que Mxico era ms seguro que otros sitios, y por esa circunstancia me pidi que viniera. Sal de Argentina en 1978, me fui a Espaa primero, y un ao despus llegu a Mxico. Mi primer periodo en Mxico fue un periodo de muy poca conexin con otra gente, un periodo relativamente aislado, inclusive por el acuerdo que tena con mi marido que continuaba siendo clandestino. Nosotros tenamos la intencin vivir juntos en Mxico. Las razones por las que vine fueron de ese tipo, no fue una eleccin realmente. S fue una decisin, pero no una eleccin.

Llegu sola con mis dos hijas, sin conocer a nadie ac. Pero, despus de haber salido de Argentina, en las condiciones en las que sal, yo tena una predisposicin muy alta a adaptarme con gusto a cualquier lugar; cualquier lugar que me permitiera vivir era bueno. Cuando llegu a Mxico inmediatamente me sent no s exactamente cmo decirlo como en casa. Siendo un lugar muy diferente, recuerdo perfectamente que durante el viaje del aeropuerto a la casa en la que me iban a hospedar por unos das, miraba por la ventanilla las calles de Mxico, el estilo de la gente, cmo se mova, lo que haca... y era como estar en casa. Sent claramente que era Amrica Latina y que eso era algo cercano,  familiar, acogedor, y me sent bien. Esto a pesar de que vena en unas condiciones relativamente difciles porque vena sola con las dos nenas Mercedes y Mara, lo nico que traa era una maleta con ropa y dos bolsos con juguetes. Llegaba sin contacto de trabajo, sin casa, sin nada. Hay una primera etapa que es difcil para m que tiene que ver con esta condicin como de aislamiento por no tener gente conocida a la que recurrir. La nica gente que yo conoca era la que tena que ver con la militancia poltica; era gente en general bastante hostil conmigo que, por circunstancias polticas, por cierta desconfianza que exista hacia los sobrevivientes, propiciaba mi aislamiento, propiciaba que yo no me vinculara con las redes que existan en Mxico. Pero, al poco tiempo llega mi mam, y comienzo a rearmar mi vida; rompo con un trabajo nefasto que me haban conseguido, y empiezo a ir a la universidad.

Yo llegu aqu a principios de junio, las clases empezaban en septiembre y yo no haba hecho el examen de admisin. Entonces, me lanzo a la UNAM y pregunto si puedo asistir como oyente y me dicen que s y entonces empiezo inmediatamente en septiembre a estudiar Ciencias Polticas. A partir de ese momento para m cambia totalmente la situacin: empiezo a tener amigos, a tener un espacio para pensar, a escuchar cosas que me interesan; me vinculo con esta UNAM que era tan diferente a la imagen que yo tena de la universidad argentina, esta UNAM que era muy abierta, muy amigable, muy estimulante. Empiezo entonces a vincularme realmente con el pas, con mis compaeros. Recupero tambin la actividad intelectual: el placer de estudiar, de escuchar, de aprender... Todo esto me abri otro mundo. En enero de 1980, consigo un trabajo en la Secretara de Educacin Pblica que termina de insertarme en un circuito completamente diferente y empieza lo que yo llamo "mi vida en Mxico": un periodo de gran apertura para m en todos los rdenes, con un trabajo que me gusta, con la posibilidad de sostener a mi familia, de estudiar...

Sin embargo, muy pronto tambin se produce un quiebre muy fuerte: secuestran a Horacio, mi marido(4). Mantengo el trabajo, porque para m el trabajo era as como el pilar bsico, era como el cable a tierra que me permita mantener a mis hijas y a mi mam, pero dejo de ir a la universidad. No tena corazn para hacer nada. No poda. Regreso un da, despus de dos meses, a devolver unos libros, y me encuentro con un profesor, scar Martiarena, que me dice: "Qu pas, por qu ya no ests viniendo?". "Es que tuve un problema personal le contesto y ahora ya perd el semestre". "No, no perdiste nada, regresa". "En serio?" Yo no lo poda creer. Para m, ese regreso fue la salvacin.

Entonces Mxico para m es eso. Es volver a tener una casa estable. Es tener un espacio de tranquilidad con mi familia. Es tener un trabajo que me gusta. Es estudiar. Es recuperar el gusto por la naturaleza... Despus de un tiempo, tuve un novio mexicano, aprend a bailar, a comer comida picante: fue la recuperacin de todos los espacios del goce. Mxico para m fue la recuperacin de la vida y del goce en todos los niveles. La vida, Mxico fue la vida.


Sueos, batallas y utopas:Patricia Vaca Narvaja

Cundo llegaste a Mxico la primera vez?, le pregunto a Patricia Vaca Narvaja, Embajadora argentina desde junio de 2010, cuando empezamos a charlar. Nosotros llegamos el 2 de abril del 76, me contesta. Nosotros? Quines son "nosotros"? "Nosotros" somos una familia formada por trece adultos y trece nios. El grupo familiar ms grande que lleg con el exilio. Poco tiempo antes, el padre, Hugo Vaca Narvaja, que fue Ministro del Interior con Arturo Frondizi, haba sido secuestrado por las fuerzas de seguridad argentinas y su cabeza apareci dentro de una bolsa de plstico. A Miguel Hugo, Huguito, hermano de Patricia, reconocido abogado y apoderado del Partido Autntico, lo fusilaron con otros dos compaeros, meses despus de haberlo apresado. La familia completa pidi asilo en la Embajada de Mxico.

De a poco nos habamos ido metiendo al Consulado. Cmo entran veintisis personas sin llamar la atencin? Hablamos con el embajador y despus de unos das, pudieron sacarnos hacia el aeropuerto. bamos "escoltados" por la Polica Federal Argentina, por gente armada; adelante, atrs, a los costados. Aunque se supona que los autos de la Embajada tenan inmunidad diplomtica, imaginate lo que sentamos en ese trayecto hacia Ezeiza. Venamos muy asustados, muy lastimados.

Cuando llegamos nos instalaron en el Hotel Versalles, en el centro, y el gobierno se hizo cargo de nosotros durante el primer tiempo. Como se quedaron con nuestros documentos no nos animbamos a salir. En la Argentina eso era muy peligroso. Una de mis hermanas que haba llegado un tiempo antes, nos dijo: "Ac no hace falta andar con documentos, salgan tranquilos". La sensacin de libertad plena que sentimos a partir de ese momento, sin ningn tipo de temor, fue maravillosa.

El 3 de abril se public en el diario que habamos llegado, y al da siguiente se present en el hotel un mexicano con un enorme ramo de flores para mi madre. "Qu raro! pensamos. Si no conocemos a nadie ac...". Era alguien que haca muchos aos haba conocido en Espaa a mi hermano Daniel que segua clandestino en Argentina y que cuando se enter de todo lo que haba pasado, vino a ponerse a nuestra disposicin. Se llamaba Jess Ortiz; despus fue nuestro amigo entraable. Y haba otra mexicana, vinculada al ACNUR, que alquilaba una combi para poder pasearnos los fines de semana! Las historias de solidaridad son impresionantes.


Adems de eso, qu nos llamaba la atencin en esta ciudad? La cantidad de gente nosotros venamos de una ciudad chica, como es Crdoba, la comida en la calle, los contrastes sociales las diferencias entre los geritos y los dems, los contrastes hasta en la misma arquitectura: la maravilla de lo prehispnico y lo colonial, pero tambin lo extrao de las altsimas bardas, en ciertos barrios, que te impiden ver hacia adentro. La cordialidad, la amabilidad mexicana fue muy fuerte y muy distinta a como somos los argentinos. Tambin aprendimos que cada uno tiene sus tiempos; nosotros venamos mucho ms acelerados. "Tranquilo, baja una velocidad", como diran los chicos; varias velocidades tuvimos que bajar. Nos sorprenda cmo valoran su historia, su cultura, su identidad; eso es fuertsimo. Nosotros que venamos de un pas donde los pueblos originarios parecan no existir.

Mi cuada que era enfermera y yo que soy instrumentista quirrgica entramos al IMSS, al Hospital General de la Raza. Tuvimos una recepcin excelente, una generosidad y una calidez impresionantes por parte de las compaeras, las enfermeras, los mdicos, todos. Las "che" nos decan, por supuesto. El hospital nos pona en contacto permanente con Mxico, con todos los niveles econmicos y sociales de manera cotidiana. Tal vez por eso para m la integracin y la relacin con Mxico fue increble; no me cost nada adaptarme, integrarme y sentirme una ms. Empec a hablar en (casi) perfecto "mexicano", hasta con tonada. De hecho, empez a pasarme que las voces y los modos imperativos de los argentinos empezaron a chocarnos. Lo cierto es que, por un lado con el trabajo, y por otro lado con que mis hermanas y yo misma entramos a la UNAM para seguir estudiando, la integracin no nos result nada difcil.


Tambin inmediatamente empezamos a trabajar con las comisiones de familiares de desaparecidos. Empez todo el tema de las denuncias que hacamos, encabezados por mi mam; adems ya se vena la aplicacin de la Ley de Fuga y tenamos a mi hermano preso en Crdoba, como preso poltico. Yo trabajaba con el Movimiento Peronista Montonero, en el Cospa (Comit de Solidaridad con el Pueblo Argentino). Ah trabaj directamente con Rodolfo Puiggrs, un tipo solidario, impresionante. Entre otras cosas, hacamos Vencer, que era la revista de Montoneros. As que por una parte estaba muy ligada a Mxico, a travs del hospital, y por otra parte muy ligada a la Argentina.

Y tuve el privilegio de formar parte, junto con otros compaeros, de la brigada sanitaria que organiz en Mxico el Movimiento Peronista Montonero para ir a Nicaragua. Llegamos un mes antes de la toma de Managua y pudimos ser testigos y partcipes de todo eso.


Estuve seis aos y medio en Mxico. Aqu me cas cuando lleg mi novio de Crdoba. Aqu naci mi primer hijo, Martn. Y ahora que regresamos, naci mi primera nieta tambin en Mxico! El lazo que nos une a este pas es muy fuerte.

Voy encarando con mucha pasin las cosas que hago. Cierro lo que haya que cerrar y avanzo hacia el nuevo proyecto. No soy nada "nostalgiosa". Pero, claro, volver ac es algo muy fuerte. No slo en trminos personales sino tambin familiares, por todo lo que signific el exilio para nuestra familia, lo que significaba para mi madre...Cuando yo volv a la Argentina en agosto del 82, tena la sensacin de no haberme ido nunca. No me cost para nada integrarme nuevamente. Y lo mismo me pas en este regreso a Mxico despus de treinta y cinco aos: sent como si nunca me hubiera ido. En los dos pases me siento como en mi casa.

Mi lugar de pertenencia es ste:Ricardo Nudelman

Lo que yo agradezco a Mxico es que me dieron la oportunidad de tener trabajo, de tener una vida en la que pude hacer algo productivo para los dems y para m, dice Ricardo Nudelman cuando lo invito a que charlemos sobre su experiencia del exilio. Gerente de la librera Gandhi durante ms de veinte aos y del Fondo de Cultura Econmica desde 2002, Ricardo regres a la Argentina para sumarse al proyecto poltico del presidente Alfonsn en 1984. Diez aos despus, Mauricio Achar, dueo de Gandhi, lo llam y le dijo: "Ahora te necesito yo a ti. Te pido que regreses". Volvi, claro. Su deuda afectiva no poda permitirle hacer otra cosa. Y su cario por la librera y por Achar, por supuesto. Fue volver a un espacio conocido, como si hubiera salido de mi casa para entrar en mi oficina, dice. Un rato antes me haba contado sobre su llegada a Mxico.

Vine por razones estrictamente polticas. No solamente en el sentido de que mi vida pudiera correr peligro, o mi libertad, o la de mi mujer y la de mi hijo que acababa de nacer, sino por una decisin de la organizacin en la que yo militaba porque, dado que ya exista ac un grupo grande de argentinos, haba que hacer trabajo poltico entre ellos. Llegu los primeros das de noviembre del ao 76, a vivir a la casa de una amiga argentina que ya estaba aqu, y con la decisin primero de buscar trabajo, despus un departamento para instalarme y despus traer a mi mujer y a mi hijo. Cosa que sucedi, por suerte, muy rpido: a la semana siguiente de haber llegado ya estaba trabajando en Gandhi.

En general todos los argentinos tuvimos alguna posibilidad de trabajo desde el principio y lo que es interesante es que esos trabajos tenan que ver con las profesiones que cada uno haba ejercido en la Argentina.

No tuve problemas de adaptacin. Mi trabajo en la librera era con mexicanos, y yo no tena esa cosa "nostalgiosa" que tenemos los argentinos en general, y sobre todo los porteos. Extraaba algunas cosas, por supuesto: la ciudad, los amigos. Tuve que acostumbrarme a ciertos cambios, obviamente, si no no se puede; uno no pasa indiferente por las cosas. Pero hablo casi igual que cuando llegu dice riendo. Me cuesta mucho hablar de "t", por ejemplo, an hoy me cuesta mucho; siento como que no estoy diciendo lo que quiero decir realmente.

Mi actitud es tratar de estar bien en el lugar donde estoy. Si te quers defender, si te quers diferenciar, algo est mal en vos, no? Uno lo que tiene que hacer es trabajar, aceptar a la gente, tratar de vivir bien, tener una buena relacin con esa sociedad nueva por ms distinta que sea. Supongo que si me hubiera ido a vivir a la India, el golpe hubiera sido mayor. Pero estaba en Amrica Latina, hablando en espaol, con gente que conoca, etctera, no poda tener ninguna dificultad y la verdad es que no la tuve. En ese sentido mi adaptacin a Mxico fue fcil, y creo que los mexicanos me aceptaron tambin, porque no vieron en m ningn tipo de cosas que buscara disimular lo que yo realmente era.

Yo no soy nacionalista, nunca fui nacionalista, por razones ideolgicas y hasta por razones de gusto. No me gusta el nacionalismo, me cae mal.

Lo que siento es que ya no pertenecs mucho a un slo lugar; ya perdiste eso. Siempre perds algo de tu identidad, gans algo de tu identidad diferente; ests como partido. Pero para m, eso no implica desgarramientos. En mi vida los desgarramientos tuvieron que ver con otro tipo de cosas.

Esa identificacin del lugar en donde tens tu trabajo que es tu vida, y el lugar de tus afectos, creo que es lo que define; ya no hay otra cosa. En cuanto a los afectos, en mi caso, yo tengo aqu muchos amigos y amigas a quienes quiero mucho con los que la paso muy bien. Y en Buenos Aires y en Espaa, lo mismo. Pero no definen mi lugar de pertenencia; mi lugar de pertenencia es ste.

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1. Laura Bonaparte es miembro de Madres de Plaza de Mayo-Lnea Fundadora. Perdi a tres de sus hijos y a su marido a manos de la dictadura militar. La cita pertenece al libro de Pablo Yankelevich, Rfagas de un exilio. Argentinos en Mxico, 1974-1983, Mxico, FCE-Colmex, 2009, p. 336.


2. Carlos Ulanovsky, Seamos felices mientras estamos aqu, 1983.

3. Esta historia la cuenta el psicoanalista uruguayo Juan Carlos Pl en el artculo "Soy otro en ambas patrias", incluido en En Mxico, entre exilios. Una expeciencia de sudamericanos.

4. Horacio Campiglia fue secuestrado en Ro de Janeiro en 1980, en el marco de la Operacin Cndor, y asesinado.

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