A SAVAGE JOURNEY TO THE HEART OF THE TORREÓN DREAM OF LIFE
"En los pueblitos del norte siempre ha corrido la sangre", mienta un corrido de Los Cadetes de Linares. En concordancia con los relatos populares, en los últimos tiempos mi ciudad se ha convertido en un referente mundial debido a sus altos índices de criminalidad. En cuanto a las estadísticas, somos una cifra más en el conteo del infortunio. Sin embargo, los sucesos, que causan pánico, inestabilidad social y asesinatos, no han provocado una transformación radical en los habitantes. Sólo un reducido porcentaje de personas han emigrado de la ciudad. Por el contrario, se ha desarrollado una "domesticación" de la violencia. No concibo una fuga masiva por la situación actual que vivimos. Pero sí considero que experimentamos un crack-up que no se rompe. Qué sostiene a estos "pueblitos" del norte. Ante los acontecimientos y la respuesta de parte de la población hacia ellos, surgieron ante mí varias preguntas: qué nos define como torreonenses. En dónde radica el rasgo de identidad que nos une. Qué nos sostiene imantados a una tierra que cada día que transcurre se aleja más y más del ideal primario de supervivencia. Para descifrar a tales cuestionamientos, me propuse indagar en los rescoldos más íntimos del alma torreonense. Emprendí un trayecto enloquecido a través de mi idiosincrasia.
Mi viaje comenzó una madrugada que recibí la llamada de José Alfredo Jiménez, el artista más cabrón del Estado. Eran las cinco AM. Qué reputas haces despierto, me increpó. Veo The wire. Por qué mejor no escribes, continuó. Cuando veo The wire estoy escribiendo, me defendí. Cuando proferí tales palabras me aconteció una epifanía, si se me permite la imagen. Y no trataba en lo absoluto sobre mí. Como desee creer en un principio. Era sobre la ciudad. Comencé a recapitular y descubrí un paralelismo horrorizante entre Torreón y el Baltimore que es retratado en la serie. Vino a mi memoria un diálogo entre dos policías. El Gobierno Federal le declaró la guerra al narco. Una imprecisión, definitoria, calificaría yo, de la realidad mexicana contemporánea. Una pecata minuta que la charla entre oficiales clarifica a la perfección. Uno de ellos sostiene que su combate contra el narcotráfico no es una guerra. "Porque las guerras terminan". Oh, verdad. Entonces, en medio de qué estamos. En qué temporada está Torreón. Esta sutileza, obvia si se antoja, nos revela que la narcoviolencia ha rebasado los niveles de audiencia. The wire sólo tuvo cinco temporadas. Torreón no es The wire. Pero Torreón sí es Baltimore.
Entre las coincidencias descubrí que Baltimore cuenta con el mismo número de habitantes que Torreón: 600 000. Mientras observaba obsesivo por enésima vez los capítulos de The wire, compré toda la serie porque la encontré en oferta, me repetía a mí mismo que los escenarios donde se desarrollaba la trama me eran conocidos. Nunca he pisado Baltimore. Tampoco los rememoraba por una especie de dejà-vu televisivo. No quiero parecer exagerado, u excesivo, pero lo que atestiguaba en la pantalla, eran los mismos platós donde se filma la cotidianidad aplastante de mi ciudad. Y por encima de todo, me resonaban estas palabras de David Simon: "Yo soy totalmente contrario a la prohibición de las drogas. Lo que comenzó como una guerra contra el narcotráfico hace ya varias generaciones se ha convertido actualmente en una guerra contra las clases marginadas, y lo que las drogas no han destruido en nuestras ciudades lo ha destruido la guerra contra ellas". Otra vez, no pretendo sonar mamón, pero una guerra contra las clases marginadas es una definición más exacta para explicar lo que se escenifica en Torreón. En este ranchote, como deduzco se repite en otras zonas de la república, todos los convoys que lo transitan: Federales, Guachos, Grupos Especiales, etc., apuntan sus armas a la ciudadanía en general. Entonces todo se distorsiona, sale de cuadro, se vuelve un ready-made. Y la destrucción es palpable. No es necesario que la enumere.
Torreón es una ciudad postindustrial. Apenas rebasa los cien años. Somos una colonia fundada por nómadas procedentes de distintas partes del país. Qué nos otorga significado. Un indicio podríamos encontrarlo en una marca: Lala. Que alude a La Laguna, conformada por, como diría el himno del equipo Santos, "tres ciudades, dos estados". Torreón, Coahuila y Gómez Palacio y Lerdo, Durango. En honor a las escrituras terminaré el verso que cité: "en un solo corazón". Lala es uno de los abastecedores de productos lácteos más importantes del país. No falto a una verdad si asevero que me siento orgulloso de la calidad del queso tipo Chihuahua que ofrecemos. Sin embargo, como una gran cantidad de industrias, la que nos ocupa está ligada a la especulación. Se presume que la extracción del agua, para regar la alfalfa de la que se alimenta el ganado lechero, está acabando con el Valle de Cuatrociénegas. El agua ocupa un lugar preponderante dentro de Torreón y la región coahuilense donde se encuentran las pozas del valle. No sólo aquí, para todas las regiones del norte, que en su noventa por ciento padecen sequía, el agua es indispensable, pero en nuestro entorno alcanza un matiz complejo. Por lo mencionado anteriormente. Y por su relación esotérica con la cerveza. El papel de la lechería dentro del crecimiento de la zona es fundamental. Sin ella la región no sería lo que es hoy. Y no me refiero sólo al aspecto económico o de crecimiento. También aludo al plano subliminal. Me explico. Torreón cuenta con un equipo profesional que pertenece a la Liga Mexicana de Béisbol. Durante mi infancia, mi padre me llevaba al parque Revolución a los partidos de Los Algodoneros del Unión Laguna. Cuyo uniforme era guinda y blanco. Con un logo clásico. Obvio calcado de los correspondientes a las grandes ligas. Cuando el equipo fue vendido al consorcio comercial Soriana, cambió de colores y de nombre. El guinda fue sustituido por un naranja fosforescente. Y pasaron a llamarse Vaqueros. Desconcertante. Por supuesto. En este páramo yermo jamás hemos avistado el Western más que en películas. De dónde sacamos cowboys. La única conexión es con las vacas. Y las únicas que conocemos son aquellas que se encuentran dentro de las plantas productoras de la empresa Lala. Este rasgo me parece significativo en cuanto a cómo se va construyendo la identidad del torreonense. La mayoría de nuestros orgullos corresponden al simulacro.
Además del ganado lechero, ostentamos ganado vacuno. Y su escaparate se llama Carnes Laguna, cliché ¿no? La calidad de nuestra carne me parece la mejor del país, sólo por debajo de la producción sonorense. Las únicas ocasiones en que he visto superada la lozanía de nuestros cortes es cuando frente a mí se posa un pedazo de carne en Sonora. Un elemento que extraño de la industria, que no forma parte de ella, pero me parece una indispensable nota al pie, es la comercialización de carne seca. Que es inmejorable en el noreste (Nuevo León) pero envidiable en el noroeste (Sonora). Aquí se desdeña el consumo de carne seca. No es consuetudinario. Yo lo lamento porque la utilizo. Para mí es una fuente de energía. Y es riquísima. Algunos dudarán de mi apuesta. Se convencerán de ello cuando prueben la de calidad. Siempre que aterrizo en Hermosillo lo primero que hago en el aeropuerto es comprarme una bolsa. Pero en carne roja, somos los amos. O casi. No tenemos nada que competirle a los cortes argentinos. Su consumo incide directamente en el carácter del torreonense. Los veganos afirman que su ingesta es nociva para la salud. No tengo los elementos para contradecirlos. Pero sí puedo sostener que el torreonense carnívoro, un alto porcentaje, que asciende a más del noventa por ciento, se mata a base de carne roja. Su calidad me recuerda otra vez su participación en la construcción de la identidad torreonense. Tampoco asistimos nunca en esta ciudad al espectáculo de un paisaje poblado de ganado vacuno. Se encuentra albergado en establos. Y el talante citadino de esta urbe no nos liga a ello. ¿O sí? Retomo el ejemplo del equipo de béisbol. Again se trata de vacas.
Siempre que han apostado ante mis narices una cerveza de la Moctezuma lo he tomado como una especie de afrenta. No me considero un erudito de la chela. Comencé a emborracharme a los catorce años. El derecho de antigüedad me otorga el empecinamiento empírico para conocer en mi paso, concienzudo y reflexivo algunas veces, atropellado y embrutecedor casi siempre, el taste de algunas cheves. Y en ese concubinato me he decidido por el Grupo Modelo. Orgullo de Torreón. Owner del equipo de futbol. Y símbolo de la región. De entre todos sus productos me he inclinado por la Modelo Especial de botella. En mis recién cumplidas dos décadas como bebedor me he hastiado de todas las variedades. Corona, Victoria, Modelo Especial de bote, Modelo Light, hasta de la Negra Modelo. Y no hablemos de la competencia. En ocasiones, debido a los bares que he frecuentado, me he visto obligado a consumir Indio. La abomino. Amarga. Según un compa, que como todos sabemos las cervezas están fermentadas con esencias, la Indio contiene clavo en exceso. De ahí su sabor. La única chela que no me ha aburrido es la Modelo Especial de botella. Para mí la mejor. En cuanto a las marcas extranjeras me abstengo de opinar. La mayoría no están diseñadas para el consumo del ciudadano de a pie.
En este desierto lo único que consigue defendernos del calor es la cerveza bien helada. Existe una creencia popular de que la región, esto solapado por supuesto por los comerciales de Corona, confecciona "la mejor cerveza de México". El ingeniero Jorge de la Rosa, jefe de recursos humanos, me aseguró, en llamada telefónica, que todos los productos del Grupo Modelo son de la misma calidad, sin importar dónde se produzcan. Para la cervecería, la creencia generalizada de que lo que se genera en esta zona es superior es un mito. Pero así como el sinaloense insiste que la mejor Pacífico se consigue en Mazatlán, para los oriundos de aquí se exporta la mejor chela. Para ambos casos, la fortuna del proceso radica en la calidad del agua. No deja de resultar paradójico que en algunos de los promocionales de la Corona se utilicen imágenes del Valle de Cuatrociénegas. Zona conformada por una reserva de agua subterránea que emerge a través de un sistema de pozas conectadas en el subsuelo. El sitio se encuentra amenazado. Se culpa a los lecheros de explotarlo de manera inmoderada para la cosecha de alfalfa.
Lo contradictorio reside en la presunción de recursos naturales en extinción. El deterioro de la región ha servido para la consolidación de la industria. Grupo Modelo no es responsable, pero es visible la conexión. La imagen más poderosa a la que aludimos en este desierto es el agua. No pocos atribuyen la excelencia de los melones y las sandías de Tlahualilo, Durango, al mismo factor. Grupo Modelo utiliza el líquido que extrae del subsuelo del municipio de Torreón conocido como "burbuja". Esta área se encuentra a salvo de salinidad y arsénico. Según Conagua, hacia el año 2030 en la Comarca Lagunera escaseará el agua. En la actualidad el agua que abastece la zona metropolitana ha dejado de ser potable. Y los mantos que se encuentran fuera de la "burbuja" concentran un alto grado de arsénico y no es aprovechable ni para empleo agrícola o industrial.
La versión del Ingeniero de la Rosa, quien me negó una visita a la planta, de que la calidad se reproduce independientemente del agua con que se elabore, se contradice con trabajadores de la misma planta, que se encuentra en Calle 37 # 300 NTE. Col. San Marcos. Ellos juran que la calidad generada por esta sucursal es incomparable. Quizá las aseveraciones populares obedecen más a un sentimiento chovinista que a una certeza de producción. Una explicación posible sea el clima de la ciudad. El mes de abril Torreón se hizo otra vez con el récord del primer lugar como el sitio más caliente del país. No es lo mismo beberse una media en un restaurante de la Roma, que una caguama bajo el solazo lagunero a 44 grados centígrados después de caminar un par de calles a la intemperie.
Un signo fundamental, pero insospechado, donde se recarga la identidad torreonense, es la cumbia lagunera. Su cumbre: Tropicalísimo Apache. Salido de un barrio bravo, como deben ser todos los cumbiamberos que se respeten, la agrupación fue fundada por Arturo Ortiz. A lo largo de su historia, han sufrido cambios en la alineación. Durante un periodo se pensó incluso que se habían desintegrado. Pero continúan. Con las dos voces que le imprimieron el sello inconfundible a su sonido: Arturo Ortiz y Víctor Manuel Solís. Este año celebrarán su treinta aniversario con un baile en el Teatro Nazas de Torreón, el 31 de mayo.
Todavía recuerdo el primer baile de Tropicalísimo Apache al que asistí. Mi tía Maleni era amiga de la esposa de Pedro Ortiz. Y la acompañaba en calidad de grupi a todas las presentaciones. Era 1986, año en que lanzaron el Regresó la Medallita. El disco incluía "La hierba se movía", una canción que se convertiría en emblemática para la región. Estaba cargada de doble sentido, aludía al movimiento de una pareja que copula oculta entre unos matorrales. Entre la raza, la pieza adquirió un matiz más gandalla. Relacionaron la yerba con la mariguana y se granjeó una fama enervante. El dancin fue en la Feria de Torreón. Al evento no asistieron más de diez o quince personas. Todas familiares del conjunto. Aquello apenas comenzaba.
Su primer disco, La burlona, presentaba en la portada la imagen de unas palmeras junto a una laguna, en franca alusión al trópico. Algo en apariencia ajeno a la región. Pero que llevó a la comunidad a un grado de identificación que pocas veces se ha presentado en la tradición de la música popular mexicana. Aunque podría parecer contradictorio, el mensaje subliminal es acertado. La avenida Morelos de Torreón está plagada de palmeras. Las mismas que usó el grupo para representarse. A partir de 1985, Tropicalísimo Apache construyó una carrera exitosa y prolífica. Creó un himno: "En La Laguna". Pero más allá consiguió algo que pocos movimientos musicales en el norte han conseguido. Crear un sonido único. Una narrativa. Y una relación con el terruño sólo comparable a la música norteña o al regio vallenato.
La cumbia lagunera, y su manera de narrar historias, se convirtieron en un estilo único dentro del género de la cumbia. Hasta la fecha continúa siendo el exponente más representativo de esta corriente. Hasta 1995 gozaron de un poder de penetración multitudinario a nivel nacional. Después, Pedro Ortiz abandonó el grupo para formar Tropicalísimo Lobo. Y Apache ha sufrido altibajos. El gusto del público se ha visto atrapado por bandas más recientes, como los monumentales Chicos de Barrio, Los Capi, Los primeritos de Colombia, en el vallenato, la Sonora Everest (yo me hice novio de una morra sólo porque su carnal tocaba ahí), la Sonora Tropicana o la Real Sonora, pero el lugar que conserva Apache en el inconsciente colectivo permanece intocado. Su sonido es característico de esta región. Inconfundible.
Siempre que me he preguntado a mí mismo qué somos los torreonenses me respondo: un sonido. Somos pura música. Es indescriptible el viaje que hizo la cumbia colombiana hasta esta desierto y cómo se convirtió en una parte más del paisaje. No pretendo fantasear, pero es imposible dimensionar hasta qué grado la estructura de la cumbia lagunera ha influido en mi estilo. La forma en la que estructuran sus historias es apabullante. Dueña de una soltura narrativa natural que proviene de la oralidad. Hace un tiempo, cuando también me preguntaba cuáles son los rasgos que identifican como coahuilense, pensé en Apache. He abundado en otras ocasiones en mi creencia de que el norte no pertenece a México. Que esto es la verdadera tercera nación. Un fenómeno similar ocurre con Torreón en cuanto al resto del estado.
Torreón no pertenece a Coahuila. Saltillo, porque es la capital del estado, cree que conoce a Torreón. Nada más alejado que la realidad. La prueba es la cumbia lagunera. Las dos ciudades siempre han experimentado una rivalidad. Saltillo concentra el poder político, Torreón el económico. En una ocasión un saltillense calificó a los torreonenses como "los argentinos de Coahuila". Fuera de los cardencheros, que es una herencia lagunera también, no se ha registrado fenómeno similar a Apache en Coahuila y estados del norte. Y es aquí donde el abismo entre las dos ciudades es insalvable. Somos poseedores de una narratología a la que ellos jamás podrán aspirar. Y no lo digo en detrimento de Saltillo, una gran ciudad, sino en cuanto al desarrollo que ha tenido Torreón en comparación con ésta, en tan solo cien años.
Recuerdo cuando trabajaba en una tienda de discos e Inés Ortiz fue a comprar un disco de Santana, yo lo atendí, donde viene "Marcela". Y un inmejorable cover de ella apareció en el disco de 2001 Para todos con sabor. El espíritu de Apache sigue presente en los corazones. Uno de sus grandes temas, "Loco", ha sido modificado y adaptado por la porra la Komún, como un himno que se canta en la tribuna siempre que hay partido en el Territorio Santos Modelo. La paráfrasis es: "Loco, me estoy volviendo loco, loco y Guerrero".
En mi savage journey, el último reducto que me quedaba era el futbol. En 1997, cuando era incapaz de pagarme ni siquiera un trago, bebía a costa de mis amigos. Para entrar gratis a todos los partidos, me metí a trabajar como vendedor de cerveza en el extinto estadio Corona, casa de los Guerreros. Conocido como La casa del dolor ajeno, sólo aquellos que tuvieron la oportunidad de visitarlo entienden la expresión. Un recinto pequeño, que prácticamente mantenía al público encima de la cancha. De ahí su reputación. La de un espacio que obligaba a experimentar a la escuadra visitante la presión de una de las aficiones más famosas, por aguerridas, del futbol mexicano.
En este recinto se obtuvieron tres campeonatos. En él brillaron jugadores que se convertirían en iconos santistas, como Jared Borgetti o el "Pony" Ruiz. El Corona guarda un lugar especial en la memoria de la ciudad por el encanto que poseía de estadio de barrio. Además de que siempre se le calificó como "la cantina más grande de Torreón". Debido a un decreto estatal, se prohíbe la venta de alcohol los domingos. El Corona era uno de los lugares donde se condonaba la ley seca. Mi recuerdo más intenso, además de la emoción de los partidos, o de ver jugar a Ramón Ramírez, Apud, Adomaitis, Daniel Guzmán, Benjamín Galindo o Cuahutémoc Blanco, era que la cerveza era imposible de enfríar. Llegaba a los juegos desde las doce del día. Yo trabajaba para Marín, un viejo famoso que vende cheve en el fut, en el beis y en la lucha libre. Después de atascarme un lonche de don Chilo, mi tarea era llenar una de las yeleras de Sombra Norte. La razón por la que la chela no se enfriaba era porque las yeleras eran de cemento. Estaban empotradas en la pared del estadio. El hielo siempre era insuficiente. El pinche calorón impedía su enfriamiento. Para el medio tiempo, todo el hielo se había fundido. Y las botellas de Corona o Victoria nadaban en caldo. Como estaban calientes, siempre al servirlas en el vaso, hacían de a madre espuma. No cabían. Y una décima parte se quedaba en la botella. Todos los residuos los vaciaba en un vaso que me tomaba apenas llegaba a la mitad. Antes de que pitara el árbitro el final del segundo tiempo yo estaba hasta las manitas. Salía pedísimo. Y gratis.
Tiempo después me alejé del futbol. Mi intenso romance con la cocaína, mis exploraciones en la vida nocturna y los viajes me alejaron. Sólo hasta que Torreón se convirtió en la ciudad más violenta del país volví a pensar en el Santos. Mi compa el Güero me invitó a un partido contra Tigres, en el Territorio Santos Modelo. Un día antes del encuentro, comencé a presentar síntomas de gripe. Para no perderme el partido, comencé a suministrarme antigripales como si fueran dulces. Para cuando entré al estadio, descubrí que en menos de veinticuatro horas me había puchado dos tiras. En las contraindicaciones se recomienda que no se combinen con alcohol. No me importó. Comencé a beber, como siempre, como un maldito degenerado. Y me pegué dos o tres rayas de merca. No recuerdo nada del partido. Me convertí en un autistazo. El Güero estuvo a punto de agarrarse a chingazos con un putete de la porra de los Tigres, estábamos atrás de la portería. Ni me enteré. Al día siguiente andaba preguntando por el resultado.
Pese a los contratiempos, sentí que había recobrado una parte importante de mi ciudad. Conminado por el Güero, volví. Regresamos a Platea Federativa. Uno de los mejores puntos para ver la cancha. Al centro. Y a media altura. Nos aburríamos enormidades. Los espectadores de esa localidad están muertos. No gritan. No cantan. Parece que están sentados frente a un televisor. Y a quien ose escandalizar, como lo hicimos nosotros, lo abaratan con un "váyase a la lucha". Aquello no nos impedía emborracharnos y esnifar cocaína. Ni desbordarnos de emoción. Era tanta la represión en esa localidad que en una derrota contra el América, ante la impotencia de no poder descargar la frustración contra nada, terminamos por agarrarnos a chingazos entre nosotros. Pero unos amigos nos separaron.
En el siguiente torneo acudimos a un par de partidos más a platea. Fue una campaña triste. Santos quedó subcampeón al perder contra Tigres. Venía de una campaña en la que fue eliminado de la liguilla por el América. Sin embargo, la pena se recrudeció por el tiroteo que se presentó fuera del TSM durante un partido del Morelia. Era un suceso insólito para el futbol de este país. La mafia, no la de escritorio, la que siempre ha estado ahí, es decir: la de las calles, un cartel, se atrevió a no reconocer que se encontraba en las lindes de una de las instituciones más sagradas de México y tuvo un enfrentamiento con la policía en las proximidades del estadio.
Ignoro cuál sería la repercusión de este hecho en un contexto diferente, pero para la idiosincrasia de esta ciudad representó un duro golpe. Ocurrió lo que jamás imaginamos que podría suscitarse: el fondo. Lo tocamos. Nadie lo afirmó, pero lo sabíamos. Para una ciudad fisurada como esta, que se encontraba a salvo en uno de los pocos lugares en los que creían que el brazo de la violencia no irrumpiría, disparar afuera de la casa del equipo, era el fin. Todos lo sabían. Nadie lo dijo. Pero volveríamos a pensar en ello meses después, cuando el gobernador, ante la súbita ola de violencia desatada en Saltillo, lo llevó a proferir una desafortunada declaración. Aceptó que Coahuila había llegado al tope. Una frase histérica, si tomamos en cuenta que la situación que se vive en la capital del estado no se compara con el desastre de Torreón. No importa qué tan mal se encontrara la Comarca Lagunera, fue hasta que su ciudad fue víctima (con la misma intensidad) de lo que nosotros hemos sufrido desde hace años, para que reconociera la grave circunstancia de los coahuilenses. Buen susto se llevaron Los Saraperos de Saltillo, equipo de la Liga Mexicana de Béisbol, cuando hubo un enfrentamiento entre el crimen organizado cerca de su lugar de entrenamiento.
Para el nuevo torneo, el Güero y yo regresamos esta vez a Sol General. Los resultados, en especial los de los partidos de futbol, inciden en el comportamiento de las personas. Acá existe una teoría, medio en broma, medio en serio, de que cuando el equipo pierde se intensifica la violencia doméstica. Para mala entraña de las familias torreonenses, no contamos con una contraparte. Cuando el Guerreros sale victorioso no aumentan los índices de armonía entre las parejas. Después de un triunfo, lo menos que desea un aficionado es correr a casa para hacerle el amor a su mujer. Por el contrario, la borrachera se prolonga hasta lo indecible. Hasta que el alma derrote a la cartera. Debería realizarse un estudio serio que atestigüe los cambios de humor de los simpatizantes del futbol dependiendo de los marcadores de cada encuentro.
En casa, Santos volvió a caer frente al América. Y el Güero se volvió a poner "chuky". Se la hizo de pedo a su primo Gabo. Estábamos en un bar. Por motivos erróneos o justificados, pero se destrampó. Su carácter violento estalló. Hubo una discusión. Empujones. Y lo echaron del bar. Nos impidieron salir. Los guarros del lugar seguro imaginaron que pretendíamos madrearlo fuera. Nos cerraron la puerta por dentro. Cuando alguien del crew se pone intenso, lo toleramos, hasta nos resulta divertido. Pero cuando dirige su encono contra un miembro de la misma banda, es que nos indignamos. Después de casi agarrarme a chingazos con el Güero tres veces, he dejado de tomar este tipo de arranques de manera personal. Me fastidió, doy media vuelta y me largo. Puedes darle la espalda al alcohol, a la droga, pero no a un amigo. Pero más allá de la explicación posible a raíz del partido, no está fuera de lugar que todos somos iguales respecto a esa misma conexión. Ese día fue el turno del Güero. Pero, antes o después, qué importa, me tocó a mí hacer el papelón. Así que al día siguiente o al juego siguiente es como si nada hubiera pasado. Te encuentras junto al mismo cabrón cantando en la tribuna.
Un recuento de toda la temporada sería excesivo. Así que me concentraré sólo en algunos de los partidos más importantes. Santos se había colocado como líder general. Además disputaba la semifinal de la Concacaf contra Toronto. Para todos aquellos que han estado en la luna (es decir: platea) los últimos años o jamás han pisado un estadio de futbol, les cuento cómo se vive un partido de semi en el TSM. El Güero, otros descarriados y yo, entramos a las cinco de la tarde. El solezaso nos pegaba de frente. Para los que llegamos a barrer se nos tiene un regalo: 2 por 1 en cerveza hasta las seis cuarenta y cinco. Así que nos pusimos a beber como unos jodidos pervertidos. Para cuando el árbitro dio el silbatazo de inicio, ya estábamos bien mamados.
El fut, como el box, debe disfrutarse en la cancha. No es lo mismo guacharlo en la televisión. Además de que te ahorras las estupideces de los comentaristas (que alguien por favor ahorque al Perro Bermúdez) sientes cómo pesa la afición en una plaza. Quien estuvo ahí estará de acuerdo en que los dos penales que marcó el árbitro estuvieron afectados por la presión del público, incluida la villamelonada. El rápido encuentro de Santos y la certeza de que había pasado a la final nos puso más facinerosos que de costumbre. Hacia el medio tiempo fumé mota. Y me puse hasta el culo. Por más cocaína que me metía en el baño, seguía cruzadote. La yerba la había sacado el Kena, un morro que acababa de salir de prisión y se había ido derechito al estadio. Tenía ocho meses a la sombra. Pero apenas salió se compró un ticket y se lanzó al juego.
Cuando comenzó el segundo tiempo nos salió lo "juligansotes". Pero la culpa fue de la policía. Ante el desparpajo que traíamos, la tambora a madres, todos cantando: "Señores yo soy Guerrero y tengo aguante", y de mariguaneros, nos quisieron reventar la pary. Lo demás les valía madres. Estaban cagados porque quemábamos mota. Pero ni que no fueran ellos también unos pinches macizos. Se nos acercaban y todos nos percatábamos de que tenían los ojos rojos y la boca seca. De repente sorprendí al Güero cantándole un tiro a un poli. Y a todo el barrio tratando de apagar los ánimos. La llevábamos de perder. Unos refuerzos y tápate ai. Nos hubieran puesto una zapatería culera. Y nos habrían sacado al burguerito. Mejor de lejecitos.
Pero volvieron los putos. No sé si se trataba de un asunto puramente legal, pero me consta que un torreonense no soporta ver a otro torreonense contento, la hace de pedo. El Güero estaba otra vez decidido a agarrarse a chingazos, pero lo contuvimos. Estábamos más borrachos. Más de pechito para que nos partieran la madre. Los putos no se apaciguaron hasta que se llevaron al Kena. Apenas había salido el compa y ya había caído en las garras de la ley. Las aguas se tranquilizaron. Nos dedicamos a ver el partido y que chingaran a su madre los cerdos.
Hasta que cayó el quinto gol. Bien pedos, faranduleros, nos desatamos. Dos compas del crew arrojaron cerveza a los villamelones que estaban más debajo de nosotros. Y se quejaron. Y volvió la pinche tira. Y otra vez a discutir. A calmar al Güero, que traía en chinga a un viejillo bien pedero que no se callaba y nos apuntaba a nosotros como los responsables. Tanto se calentaron que le íbamos a partir su madre. Pero era un vejete que jamás se apersonaba en el estadio y no sabía que es parte del show. Que se fuera a platea. Pinche delicado. Se aceleró tanto el Güero que ya iba para abajo a madrearlo, pero lo detuvimos. Usted ni la haga de pedo, ya ni pelo tiene, le grité, y agüitado, el anciano se aplastó.
Después, en el desafore, dejamos de ir al baño y comenzamos a meternos coca ahí mero. No sospechamos de los tres compas que estaban detrás de nosotros. Era la primera vez que aparecían por ahí. Alguien del crew mencionó que nos estábamos aturrando de droga. Y de inmediato los morros esos, que seguro eran unos "halconcillos", comenzaron a hacerla de pedo por la procedencia del polvo. "No digas marcas", gritó uno de nosotros. Al parecer pertenecían al cartel de la competencia. Comenzamos a paniquearnos. Por un alarde así, lo mínimo que te toca son unos tablazos. Si los batos andan locos, igual te dan un tiro por fanfarrón. Pitaron el final y a un costado, encima de las cabeceras, comenzó a tocar en vivo la banda Toritos Barrio. Y salimos echando leche. Paranoicos de que fueran a seguirnos. Pero nos perdimos entre el gentío.
Un mal resultado contra Estudiantes nos hizo descender a la segunda posición. Galindo había descansado a varios titulares para el partido de final de la Concacaf en Monterrey. Partido que se perdió, era de esperarse. Pero que a la larga resultó carísimo, pues en el TSM, en un juego de esos de los que prefieres olvidar, fingir demencia, pretender que nunca existió, se empató con Estudiantes.
En una misma semana, Santos tuvo dos importantes encuentros en casa. El primero contra Tigres, quien había ascendido a primer lugar de la tabla. Un juego esperado. Por la afición, y por los jugadores. Santos era el subcampeón del futbol, apenas unos meses atrás había perdido precisamente contra Tigres. El gran nivel de los regios y el tropiezo ante Estudiantes hacía suponer que se presentaría un partido difícil. Pero sucedió todo lo contrario. Santos goleó tres a cero. Las emociones en la cancha no trascendieron demasiado a la tribuna. Nos emborrachamos y nos drogamos como siempre. Cero alharaca. Sin embargo, lo grueso estuvo a la salida. Mientras abandonábamos el lugar, un grupo de encapuchados corría por entre los autos en movimiento. Todos iban aperingados de un arma larga y vestidos de negro. De inmediato me invadió el pánico. Lo primero que piensas es: "Vienen por mí". Pero una vez superada esta fantasía caes en cuenta de algo que sí es factible y peligroso: "va a desatarse la pelotera, y voy a quedar atrapado en el fuego cruzado. Ya me cargó la verga". Por suerte, se perdieron entre los autos delante de nosotros y pudimos escapar de la amenaza sin contratiempos.
Estoy convencido de que no sólo nosotros atestiguamos el despliegue de los uniformados. Cientos de personas también. Sin embargo, no salió nada en las noticias. Todos calladitos. Este espectáculo debería ser suficiente para que nadie volviera al estadio. Pero si no pasó con el impresionante jelengue que se armó contra Morelia, ya nada asusta a un aficionado santista. Este tipo de episodios son los que emplearía en contra de todos aquellos desapasionados que argumentan que el futbol estupidiza a la gente. Creo que detrás de estos acontecimientos existe una gran enseñanza a los demás, aficionados al fut o no, y a nosotros mismos. Me parece un excelente motivo para reflexionar sobre nuestra relación con la violencia.
Días después llegué al estadio a las cinco con el Güero para la final de la Conca vs Monterrey. Una historia triste. Rayados se coronó. El resultado favoreció a Santos dos a uno. Pero fue imposible remontar el global. Hacía mucho tiempo que no veía llorar a tanta gente junta. El ambiente era insuperable. Hubo quien se burló porque hicimos mucho tiempo por disputar esa copa. Pura envidia. Ya quisiera un equipucho como el América ser protagonista. Y todo mundo cantó, fumó, se emborrachó. Y como siempre, no faltaron los villamelones, que fueron incapaces de desdoblar la kilométrica bandera con la que nos cubrimos en parte al principio de los noventa minutos. A la salida fuimos a solapar el monchis en un puesto de "palomas", tortillas de harina gigantes con carne asada, frijoles y queso, y nos largamos sin pagar. Caímos a un bar. Hasta el quequi. A fungir de autistas. Pedimos una cerveza y no nos la terminamos. Lo único que hacíamos era mirarnos a la cara. Callados. Mientras el bar bullía.
A partir de ahí me perdí todos los partidos en casa debido a unos viajes. Al ganarle al segundo (Tigres) y al tercer (Rayados) lugar en una misma semana, Santos demostró que era un serio aspirante al título y que era el equipo que mejor jugaba en la liga. Así lo demostró ante Jaguares, en aquel disputadísmo encuentro que terminó cuatro a tres en Chiapas. Para el partido de vuelta me encontraba en Xalapa. Al llegar la noticia de que la periodista Regina Martínez había sido asesinada en su casa, el poeta José Homero, con quien me echaba una chela, me contó que el MP le había llamado para hacerle unas preguntas. Una investigación rutinaria. Cuestionamientos que le hacían a todos los que habían conocido a la occisa. El hecho reavivaría la llama de la indignación en el estado de Veracruz, ya de por sí hasta la madre de la situación. Semanas después la situación empeoraría. Y además, se presentaría un siniestro al morir 43 personas en un accidente en un camión que venía hacia Coahuila. Cifra que hizo palidecer a los siete que se hallaran tan sólo unas horas antes en Torreón. Por esos días de que se cargaron a un madrazo, coincidió que la periodista Karla Lottini me contactó a través de Lolita Bosch. Deseaba escribir para Nuestra Aparente Rendición un texto sobre Rodolfo Ochoa Moreno, un trabajador de Milenio Laguna muerto por el crimen organizado. Debido a las obvias políticas del medio, Milenio Laguna tiene una historia negra en cuanto al tema. No conseguía dar con el paradero de los familiares de la víctima. Me tiró un cable para que le ayudara a localizar a alguno off the record. Llamó mi atención que la muerte de Regina en Xalapa tuviera tal repercusión y se retomara con tal intensidad el tema de los asesinatos de periodistas.
Santos pasó por encima de Jaguares y disputaría la final contra Tigres. Y me enteré por Récord de la balacera que se presentó afuera del hotel donde estaba alojado el equipo Jaguares. En el enfrentamiento murió un oficial. La alineación no era el objetivo, es obvio, pero arroja el dato de lo caliente que está la ciudad y lo peligrosa que resulta. Para el partido, se contó con la seguridad de 420 elementos de la policía, más el apoyo de militares, federales y estatales.
Vi el partido de ida contra Tigres en un hotel del DF. Un espantoso uno a uno que infundía cierto nerviosismo ante el juego de vuelta. Pese a que ya se le había ganado por goleada, era el campeón. Y un rival que siempre peleó la tabla al tú por tú. Estuve a punto de volver a Torreón para asistir al game. Pero me quedé varado en Monterrey. Estaba ahí para cumplir unos compromisos de chamba y visitar a mi amigo Vicky Pasiva Barcelona. Una loca erudita en Bolaño y en Fresán, con quien me he pasado noches enteras sin dormir discutiendo sobre el escritor chileno, yo en contra, mientras nos esnifamos toda la coca que encontremos. Sentado frente a la tele fui testigo de una de las hazañas deportivas más memorables que se hayan vivido en el TSM. Santos tuvo su tarde más pinche de la liguilla. Sí, peor que contra Estudiantes. Perdía 2 a 0. Pero al minuto 87 una genialidad de Oribe Peralta, que no era opción de gol, sumó el primer tanto. Sabía que una vez roto el hechizo, vendría el empate. Y lo proferí en voz alta. Ai viene el segundo. Y en el último minuto de reposición, un tirazo del "Cepillo" colocó el marcador al parejo y Santos se coló a la final.
Un triunfo dramático. Sufridísimo. Que me remitió a la ciudad automáticamente. Así se vive en Torreón, me dije. Así se juega. Nada como vivir en La Comarca Lagunera. Ningún otro equipo como Santos. En un territorio como este, que mientras se escribía este texto difundía la noticia de la proliferación de cáncer en la piel debido al arsénico, que atestiguó el nacimiento, ascensión y caída del, en un principio simpático gobernador Humberto Moreira, y su linchamiento moral, debido a la deuda en que sumió al estado, y su salida del PRI como dirigente nacional del partido. Por todo eso y mucho más, llegar a la final para todos fue un baile inconmensurable, inabarcable. Y volví a pensar en la urbe. En la leyenda de mercado negro de que esta tierra posee el mayor índice de nacimiento de niños acéfalos debido a la contaminación expulsada por la planta de Peñoles. Y en Baltimore.
La diferencia para atestiguar lo que ocurre en la ciudad gringa y esta es que para husmear en su mierda debemos contratar HBO. Torreón se trasmite por señal abierta. Nacional. Gratuita. Y no pude evitarlo, pensé en mí. En mis días de adicto al crack. Cuando me subía al Cerro de la Cruz a fumar en la antena con el Picoyo. En mi estado físico actual. Y en que la maldita piedra es la culpable de lo jodido que estoy. Pensé en mí como en una especie de Jimmy McNaulty. Alguien que lleva una doble existencia. Por un lado, una vida desordenada, tumultuosa, de sexo urgente y alcohol en exceso; y por el otro, una vida familiar, abstemia, autocontrolada. Los días que cuido a mi hija, tres a la semana, me mantengo sobrio, luchando para sacar el trabajo de oficina y la integridad profesional (haciendo el ridículo). Una trama en tensión, soy, un personaje en crisis.
Días antes del partido de vuelta de la final del futbol mexicano, por fin, después de tanto buscarle al chicharrón, se chingaron al capitán Juan Manuel López Macías, subdirector del Cereso. La había librado un chingazo de ocasiones. Lo encontraron dentro de un auto en el bulevar Torreón-Matamoros. Desde hacía meses se había desatado una cacería de brujas dirigida a los celadores del penal. Le dieron para abajo a varios. Todavía después de ajustar cuentas con el cabecilla, a las afueras de Bodega Aurrerá, atacaron al chofer del director del penal, quien sólo resultó herido. Iba en compañía de tres menores. Rodrigo Fresán había afirmado que The wire era una "serie trabajosa. Sobre el trabajo". Sólo estoy de acuerdo en lo trabajosa. Me pregunto sobre qué es la serie que trasmite esta ciudad al mundo. Obvio no es sobre el trabajo a la manera en que se refiere el argentino. En las siguientes semanas los ajusticiamientos no cesarían. Acabarían con la vida del magisterial Federico Morado Campos en un semáforo. Su hijo, un menor de cuatro años, resultaría muerto.
No conseguí boleto de Sol General para la final. Intenté comprar uno tras la portería en la reventa pero me lo ofrecían en 5 000 pesos. Me fui a Platea Élite con el Thom Yorke Come Burritos, el secretario de una regidora. Extrañaba el desmadre. Estar con el Güero. Pero no era un partido para el "color", la droga. Lo único que importaba era que Santos sacara ventaja en casa después del empate con Rayados en Monterrey en el partido de ida. Y que ganara el campeonato. Me mandaron con los hipsters. Después de precopear con un Jack Daniels en casa y de zamparme unos tacos de camarón capeado llegué al TSM. Antes de entrar, el Thom Yorke Come Burritos me pidió que le sacara una foto con las edecanes. Nos metimos directo al bar. Y me pedí un megavodka.
Qué distinto ambiente en el TSM al inicio de la temporada. El estadio repleto. Algo que ha sucedido en otros arranques de temporada. Pero enmarcado en el nerviosismo que no tuvo la inauguración del estadio. Ya el torneo pasado se había acariciado el cuarto título para Santos. Era el momento perfecto para conseguirlo. Me llamó la atención particularmente cómo había cambiado la relación entre los aficionados y el "Hachita" Ludueña. No hacía tantas jornadas que se le abucheaba desde las gradas por su pobre desempeño. Se pedía su destitución. Y ahora era distinto. La ovación que recibía el "Hacha" no tuvo parangón. Hacia el cierre del torneo y durante la liguilla desempeñó un papel fundamental para que el equipo consiguiera jugar su tercera final en tan sólo un año (Apertura, Conca, Clausura). Santos es el mejor equipo del futbol mexicano de los últimos tiempos. El rencor que se le prodigaba a Ludueña se transformó en cariño y admiración con unos cuantos toques al balón. No hay duda de que después de Oribe Peralta fue el mejor.
El Santos que se paró en la cancha aquella noche fue un equipo distinto al de los ochenta y siete minutos contra Tigres y en el partido de ida en esta final contra Monterrey. Le recetó a Rayados la misma dosis que en el desenlace de la Conca: dos a uno. Con un gol de Peralta. El producto local. A los conchudos de Platea Élite se nos obsequió una bandera, que nos esperaba en nuestros asientos cuando llegamos. Viví una final sin canticos, sin mota, sin mis compas, pero con el hígado apuñalado con vodka. Seguro el alcohol del TSM está adulterado, porque con celeridad pasmosa me embriagué. Y al día siguiente sufrí una de las crudas más cuentas de los últimos lustros. Pero "campeonamos". Al fin. Terminado el festejo en la cancha, la vuelta olímpica, el levantar la copa, la colocación de las medallas, etc., me quedé en el bar del TSM hasta la una de la mañana. Metiéndole al vodka. Disfrutaba enormemente el desmadre que traía la afición. Una rueda enorme que se hizo al centro y que los de seguridad intentaron sin éxito reventar dos horas.
La única manera de culminar una gran noche como esa, un año futbolero como el de Santos, era con unos burritos de yelera. Salimos a la calle. La ciudad estaba de fiesta. Era domingo y sólo encontramos un puesto abierto. Me pedí uno de mitad chicharrón mitad deshebrada. Sentado en el cordón de la banqueta, pedísimo, me puse a observar a la gente que celebraba. Por un momento conseguí olvidarme de mis problemas, del narco, de los deadlines muertos. Para descubrirme cautivado por un equipo que en los últimos años ha sufrido una serie de descalabros descomunales. Como el fantasma del descenso, la telenovela emo protagonizada junto al nini Carlos Ahumada, las pendejadas de Vuoso, las lesiones. Y en plena madrugada me volvió a asaltar la pregunta: ¿Dónde radica el rasgo que define la identidad torreonense? Y recapitulé en mi mente todo lo que he escupido en este texto. Y miento si asevero que somos una mezcla de todo lo que aquí se enumera. Somos eso, sin duda. Pero no sólo la suma de eso. Somos algo mucho más complejo. Que quizá no consiga averiguar. Mientras trataba de descubrir qué me hacía torreonense me sorprendió la siguiente noción: yo no era más que un santista más en una tierra de santistas. Una víctima de la guerra contra el narco más en un país de víctimas de la guerra contra el narco. Un frik más en una tierra de friks.
Bonus track (oculto)
Este viaje debía terminar con la imagen de un individuo que llega a su casa después de ver cómo su equipo alzaba la copa (Postcards from a young man). Pero no puedo dejar de consignar lo que sucedió al día siguiente. Milenio publicó una noticia en la que reportaba un 80 por ciento de ausentismo laboral en la ciudad debido al triunfo. Un indicio clave que indicaría lo que acontecería por la tarde-noche. La ciudad se paralizó, 45 000 personas salieron a la calle a festejar. El equipo realizó un recorrido por La Comarca Lagunera. Salieron en un vehículo desde el Avión de Sarabia, en Ciudad Lerdo, pasaron Gómez Palacio y atravesaron Torreón por el bulevar Independencia.
El desfile cruzaba por la esquina de mi casa, lo presencié junto a mi hija de cinco años. Observar a tanto lagunero me remitió, contra mi voluntad, a The wire. A la serie que Torreón protagoniza. Que al parecer no llegará a su emisión final el próximo sexenio. Y rememoré la enseñanza que el futbol intentaba insuflarle a la ciudad. Sin importar la hora o lo peligroso que resultara, la noche del domingo y la noche del lunes, el pueblo tomó las calles. Líneas atrás mencioné que los aficionados se habían resistido a perder el TSM. Sin duda un gran paso. Pero insuficiente. Para nuestra mala fortuna, no existe continuidad a lo que sucedió en esos momentos. Lamentablemente no existe en Torreón alguien, fuera del equipo, que aliente a la población a recobrar las calles. No será la cultura, definitivamente. Pero sí lo puede conseguir la vida nocturna.
Para desgracia de todos, no contamos con la iniciativa. Deberíamos exhortarnos a nosotros mismos a meternos en la cabeza que todas las noches Santos es campeón y salir a celebrar. Obligar a los bares y cantinas que permanezcan abiertos. Exigirnos un esfuerzo. Tal vez esto último suene demasiado Remi, pero es posible. Se ha demostrado. Sin embargo, aún no nos hemos curado la cruda de la guerra contra el narco. La situación en Torreón no va a cambiar. Quizá trascurran diez años, espero me equivoqué, para que este sitio se decida a levantarse.
Como todo posmoderno, durante un tiempo, asumí la moda de odiar a mi ciudad. No es para menos, mientras tecleaba esto el termómetro marcaba los 45 grados centígrados, todos los días amanecen dos o tres ejecutados, sin excepción, cuando no más. Al principio me parecía el lugar menos indicado para que me hija creciera. Me consolaba al tratar de convencerme que si se trataba de mí no habría problema, pero que ella no tenía porque aguantar. Y un tiempo comprendí que la circunstancia ya no es tolerable ni para mí. Y me planteé el autoexilio.
Sin embargo, mientras escribía este texto, comencé a experimentar un profundo apego por Torreón. Un sentimiento que, o nunca había saboreado o que hacía demasiado tiempo que lo olvidé por completo. Esta ciudad la tiene difícil como pocas, al igual que Baltimore no protagoniza una guerra contra las drogas, está más que demostrado que esto ya duró más tiempo que cualquier guerra moderna. La fuga de capital, la crisis a nivel estatal y municipal deriva de la deuda, y la parálisis de la economía pintan un panorama de la chingada. Este sitio ha dejado de ser una ciudad promedio. Creo que por su movimiento musical, la cumbia lagunera, puede sumarse a la lista de laboratorios de la posmodernidad de este país.
He decidido quedarme. Tanto pregoné que me largaba. Al final me he retractado. Me quedaré al final de la serie. Quizá cometo una estupidez. Pero por el momento no me puedo alejar de la cerveza, de los lonches del Payó, de los tortillones don Lolo, de los partidos en el TSM. Volver al estadio acompañado por el Güero, aunque el puto conduzca como la mamá de Tony Soprano. Tal vez me arrepienta. No lo sé. Tampoco sé que me atañe a esta tierra. Si el morbo de presenciar cómo se lo carga a todo la chingada o si en realidad la amo. O si tan sólo, como dice Tropicalísimo Apache: en La Laguna "Aquí no existen tristezas, todo se puede arreglar, con el ritmo y su compás". Quiero saber si eso ocurre al final de la última temporada.