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Mi trasplante de riñón
2013-01-15 19:15:38


Por Eduardo García

Sentí un calor extraño en mis pies al salir del avión.

En un momento de descanso, tras pasar migración y la aduana del aeropuerto de Madrid, me quité los calcetines para ver si mis pies se refrescaban mientras esperaba un vuelo de conexión con mi familia.

Era agosto de 2011. El verano español estaba en plenitud. Luego de más de 10 horas de vuelo desde la ciudad de México pensé que el ardor se debía al clima y a mi cansancio. Había dormido poco durante el viaje.

Pero al remover las medias me espanté.

Mis pies eran, literalmente, dos tamales extra largos que se extendían desde mis piernas -mis tobillos habían desaparecido- hasta mis dedos. Para mí, que toda mi vida he sido delgado, y para mi familia, la forma que tenían mis pies provocó angustia.

"¿Qué te pasó pa?", preguntó mi hijo de siete años, mientras mi hija, de 10, se agachaba para picar los dos bultos que ahora tenía por pies.

No había dolor, sólo la sensación de una especie de combustión interna. Al remover los calcetines, el cosquilleo caliente descendió, mas no el volumen. Al calzarme mis topsiders, apenas y cupieron.

Creo que fue en ese momento cuando comenzó de manera acelerada el deterioro de mi salud. Ocho meses después ingresaría a la sala de urgencias del Centro Médico ABC en la calle de Observatorio de la capital del país, con sangrados internos y dolores renales insoportables.

Si bien en aquel instante, en el aeropuerto madrileño, Elisabeth, mi esposa, y yo asociamos el edema de mis pies con el problema genético-hereditario que me habían diagnosticado unos años atrás y que se conoce como Enfermedad Renal Poliquística (Polycystic Kidney Disease o PKD), jamás imaginé que en menos de un año me encontraría sin riñones, esperando un trasplante.

En mayo pasado, mis riñones se colapsaron. Mi pobre condición física no dio margen de maniobra a mi nefróloga, la doctora Magdalena Madero Rovalo. Ordenó quitármelos. Hoy, a cinco meses y medio de esa operación, mejor conocida en el mundo médico como nefrectomía bilateral, he recuperado mi salud.

Gracias a un trasplante de riñón, que ejecutó el equipo de cirujanos de la doctora Madero a mediados de julio, estoy vivo como si nada hubiera pasado.

Me atrevo a decir que incluso me siento como no me había sentido en años. Mi mejoría me permite darme cuenta del gradual deterioro que había padecido, como desánimo, cansancio y sueño, por una pobre filtración renal.

Hoy, en cambio, estoy listo para aprovechar esta segunda oportunidad que me han dado los avances de la ciencia médica, la generosidad de mi esposa, el talento de muchos médicos y enfermeras, y el apoyo de familiares y amigos.

Gracias a ello puedo recontar mi experiencia, que si bien tuvo un desenlace favorable, no fue ajena a periodos de incertidumbre y sobresaltos.

Al regreso de España, los resultados de los análisis que me hice para determinar la causa de la hinchazón de mis pies fueron claros: mis dos riñones se dirigían a su etapa terminal. En pocas palabras, requería un trasplante.

La noticia para mi familia y para mi fue un shock. Todos sabíamos, por la forma en que había progresado mi enfermedad, que yo pertenecía estadísticamente al grupo de pacientes con PDK que eventualmente enfrentaría un problema renal terminal.

La mitad de quienes sufrimos esta enfermedad acabamos en esa situación; mientras que la otra mitad puede llevar una vida normal. El escenario de mi transplante estaba así contemplado, pero no tan pronto.

Acababa de cumplir 50 años y había tenido hasta entonces la esperanza de que mis riñones, a pesar de los múltiples quistes que los envolvían y mortificaban, me duraran hasta que tuviera 60 años o más.

Al saber que esa expectativa era irrealizable, me desmoralicé. La tarea de conseguir un riñón y el potencial costo del padecimiento, aunque tenía un seguro de gastos  médicos mayores, también me abrumó, más cuando ponderé que quizás no podría ver crecer, junto con Elisabeth, a nuestros hijos.

Pronto muchos de estos temores iniciales fueron disipándose. Al poco tiempo del diagnóstico sobre mi trasplante tenía ya una lista de cinco donadores, mientras mi aseguradora comenzó a cubrir, puntualmente y conforme los términos de la póliza, los gastos que realizaba en preparación a ese procedimiento médico.

Un antídoto que también encontré para combatir los pensamientos negativos que me invadieron inicialmente fue la información. A medida que Elisabeth y yo conocimos más de los riesgos e implicaciones de un trasplante de riñón -en conversaciones con la doctora Madero, en la literatura médica y en las charlas con quienes habían enfrentado ya uno- al menos yo me tranquilicé.

Para esta época, los trasplantes de riñón, si bien no son todavía tan rutinarios como sacarse una muela, sí han alcanzado una alta probabilidad de éxito tras más de medio siglo de aplicación, en especial para pacientes con quistes.

Los quistes son como pequeñas bolsas transparentes que crecen en las nefronas -las pequeñas unidades de filtración de los riñones. Esas bolsas impiden la función renal, que es extraer el agua y las toxinas que el cuerpo asimila y genera.

Los quistes también pueden hacer que aumente la presión arterial. Al reducir la capacidad de filtración de los riñones, estos ordenan al corazón bombear más sangre, pues creen que no están recibiendo el volumen suficiente. Esto eleva la presión.

Los quistes también se llenan de fluidos y expanden el tamaño de los riñones. Tras extraer los míos, el riñón derecho pesó 2.4 kilos y el izquierdo 1.9 kilos. Un riñón normal pesa en promedio 170 gramos en hombres y 145 gramos en mujeres. Su tamaño normal es como el de un puño cerrado.

Los míos eran literalmente dos melones desguanzados, parecidos a piezas de carnicería en mal estado, con tejidos adiposos, de colores amarillentos y verdosos. Su apariencia, que vi en las fotos que tomaron los doctores en el quirófano, hacía obvia su descomposición.

En mi caso, no tuve que esperar mucho para conseguir un riñón. Elisabeth y yo resultamos ser compatibles. Tenemos el mismo tipo de sangre y yo, tras varios exámenes, no mostré tener anticuerpos que pudieran rechazar su riñón. El estado de salud de Elisabeth era además bueno, un elemento crucial para el trasplante.

También, frente al diagnóstico previo de que sufría PKD, yo había llevado, casi inconscientemente, una vida moderada y, en términos generales, sana. Nado dos o tres veces a la semana cuando puedo y no fumo.

Además, las muy favorables respuestas que tuve de familiares y amigos a mi solicitud por un riñón me ayudaron mucho.

En mi familia, mi hermana Gabriela y mi tía María Eugenia se apuntaron para donarme uno de sus riñones tras corroborar que tenían mi mismo tipo de sangre. En cuanto a mis amigos, dos, David y Gina, también se anotaron tras recibir un correo electrónico masivo mío en el que platiqué sobre mi problema renal (la mala noticia), y su posible solución (la buena noticia).

Hice ese envío porque los doctores sugirieron -con toda razón- no ser tímido frente a mi problema de salud. La mejor forma de conseguir un riñón, dijeron, era pedirlo, así de sencillo.

Las ofertas que recibí las considero como unas de las expresiones más genuinas de cariño y amistad. David incluso me escribió al saber que las pruebas de compatibilidad entre Elisabeth y yo marchaba bien, que el seguía al pie del cañón: "En cuanto a mi, yo estoy más que listo para donarte una parte redundante de mi cuerpo".

Su expresión no podía ser más elocuente. La mayoría tenemos dos riñones, pero para vivir realmente sólo necesitamos uno, como han demostrado múltiples estudios médico-académicos realizados con donadores de riñón y que han comprobado que el estilo de vida o la salud de los donadores no cambian tras una nefrectomía.

Yo tuve mucha suerte al contar con varios donadores vivos. En México, el sistema de recuperación de órganos de personas con muerte cerebral está mejorando, pero aún falta mucho por hacer. Los tiempos de espera pueden ser de dos, tres o más años, tiempo en el cual la salud del paciente puede deteriorarse.

Mi trasplante pudo avanzar sin la tortura mental de no saber cuándo llegaría ese órgano vital. Es más, progresaba con la ventaja de que la doctora Madero lo podía planear con anticipación y metodología.

En esas estábamos Elisabeth, yo y la doctora Madero, quien es además jefa del departamento de nefrología del Instituto Nacional de Cardiología Ignacio Chávez, una de las instituciones hospitalarias públicas más prestigiadas de México, cuando a mediados de abril mis riñones comenzaron a sangrar.

Los sangrados renales en pacientes con PDK se deben, por lo general, a la ruptura de uno o varios quistes. Se manifiestan a través de la orina. Uno al principio cree que está orinando sangre, lo que no es necesariamente preciso. Unas cuantas gotas tiñen fácilmente la orina. De cualquier manera, uno siente como si la vida se estuviera vaciando por ese chorro rojizo.

Tras el sangrado llegaron los dolores renales. Primero a finales de abril, lo que me forzó a hospitalizarme por tres días, y luego a principios de mayo. En esta segunda ocasión los dolores eran tan severos, que sentía como si alguien me estuviera electrocutando desde mis riñones.

El traslado al hospital, que realizó mi hermana Ana para mi segundo ingreso, fue particularmente doloroso. Cada rebote del auto me hacía quejarme a viva voz por los dolores que me provocaban. Ingresé incluso al hospital en silla de ruedas.

La doctora Madero, quien realizó su especialización en nefrología en Tufts New England Medical Center, donde además colaboró con algunos de los mejores especialistas en mi enfermedad, decidió ya no esperar más: mis riñones, me dijo, tenía que salir. "Te están haciendo daño", agregó.

Para entonces, mi condición física había empeorado. Estaba anémico y con una peor filtración renal. Confieso que cuando la doctora Madero me anunció su decisión, sentí alivio. Yo ya quería mis riñones fuera.

La nefrectomía bilateral tuvo que aplazarse 10 días por mi anemia. La realizó el doctor Fernando Cordera, cirujano oncólogo del Hospital ABC, el 14 de mayo. Duró tres horas. No tuvo problemas.

El alivio que sentí tras la cirugía fue inmediato. Las molestias desaparecieron al no tener en mí esos dos fardos que aplastaban mi estómago y mis intestinos. El sangrado obviamente también desapareció.

Sin riñones tuve que hacer uso de un procedimiento artificial para limpiar mi sangre que se conoce como diálisis. Desde que ingresé al hospital en mayo, la doctora Madero pidió que me colocaran un catéter en la parte superior derecha de mi cuerpo.

El catéter es un tubo que se bifurca en dos en uno de sus extremos, como una i griega. El tubo se inserta a la altura del hombro y llega hasta la vena yugular por el interior de la piel. Tras su instalación, el paciente tiene dos tubos colgando en la parte superior de su cuerpo, que le permiten conectarse, vía unas mangueras de plástico, a una máquina, o riñón artificial, para que éste limpie la sangre.

Tras la nefrectomía bilateral tuve que dializarme tres veces a la semana. Cada sesión duraba tres horas. Para mí, algunas diálisis resultaron bastante molestas. Al terminarlas, padecía fuertes dolores de cabeza y severos malestares estomacales.

En la jerga médica esto se conoce como "cruda de diálisis", ya que el procedimiento puede deshidratar al paciente al extraer demasiada agua, provocándole malestares similares a los que padece quien bebe en exceso.

A pesar de todo, la diálisis me permitió vivir sin riñones por dos meses, una situación un tanto extraña, pero en mi caso inevitable.

Aunque mi nefrectomía bilateral resultó todo un éxito, viví muy diversas emociones previas a esa cirugía.

La incertidumbre que tenía por el procedimiento, combinada con los dolores renales, me acongojaron, sobre todo por las noches. Además, cierta impotencia, desesperación y tristeza se apoderó de mí en varias ocasiones al verme en tan mal estado de salud. Había perdido 12 kilos en menos de tres semanas.

Fue también en estos días cuando tomé la decisión de cerrar Sentido Común (el periódico financiero digital que encabezo). No tenía la energía para continuar con el proyecto periodístico. Estaba agotado, me acababan de quitar mis dos riñones tras unos días con dolores abrumadores y me faltaba aún el trasplante.

Para colmo, el diario digital no atravesaba por sus mejores momentos financieros. La pérdida de algunos clientes corporativos en meses previos me había generado fuertes tensiones que ya no quería vivir, más cuando mi meta principal era recuperar mi salud.

Con gran pesar para mí, Sentido Común dejó de publicar el último día de mayo, aunque unas semanas después reinició operaciones parciales para mantener informados a algunos clientes corporativos. Para esto, mis colaboradores Luis Felipe Cedillo y Giselle Rodríguez, y mis socios, jugaron un papel fundamental. (Hoy Sentido Común reinicia operaciones en pleno).

La espera para el trasplante fue de dos meses. Elisabeth y yo nos internamos en el ABC a mediados de julio.

Los cirujanos Salvador Aburto y Eduardo Mancilla, quienes colaboran con la doctora Madero en Cardiología, fueron los encargados de llevarlo a cabo.

Ambos tienen un historial impresionante tras haber realizado más de 600 trasplantes. Los dos además viajan a distintas ciudades para trasplantar pacientes en otros hospitales del sistema nacional de salud.

El doctor Aburto hace la extracción del riñón con la técnica laparoscópica. Gracias a ella, Elisabeth solo recibió tres punciones en el abdomen y una pequeña incisión a un lado de su ombligo, por donde salió su riñón.

Ella regresó a casa tres días después de la operación, con las molestias normales de toda cirugía mayor, pero sin una incisión grande.

A las pocas horas de mi trasplante, yo me sentí de maravilla. Todavía estaba medio dopado por la anestesia y los esteroides que me habían dado para ayudar a mi cuerpo a aceptar el riñón de Elisabeth, cuando ya percibía una mejoría. Estaba casi eufórico. Tuve un gran alivio, sobre todo porque a pesar de la compatibilidad que existía entre Elisabeth y yo, existía aún 15% de probabilidad de rechazo.

También sentía una nueva cicatriz en mi abdomen, además de la que tenía en el centro de mi tronco, por donde el doctor Cordera sacó mis dos riñones.

El riñón trasplantado se coloca en la cavidad abdominal, derecha o izquierda, por arriba de la ingle. En esa zona el riñón cabe bien y está cerca de la arteria aorta, que lo irriga, como en su posición original. En esa zona está también muy cerca de las vías urinarias a las que también se conecta.

La herida del trasplante no es pequeña. El corte, en forma circular, es casi de un cuarto de circunferencia y va desde la parte inferior abdominal, en el centro del cuerpo, hasta casi la altura del ombligo, como si el cuerpo adquiriera una media sonrisa malévola.

El riñón de Elisabeth comenzó a trabajar en mí a la perfección desde un principio. Tras la operación, mi nivel de creatinina, una sustancia en la sangre que elimina el riñón y que permite medir la capacidad de filtración renal, era la misma de una persona sana.

Al regresar a casa cuatro días después las únicas restricciones que tenía eran evitar visitas múltiples y mantenerme en casa el mayor tiempo posible. Si salía, tenía que hacerlo con un cubre bocas para evitar algún contagio.

También tenía el estricto mandato de no olvidar tomar mis medicamentos, principalmente los inmunosupresores, que me permiten aceptar el riñón. Ésta tarea es de por vida, pero insignificante frente a lo que gané.

Un elemento más de cuidado era protegerme de los rayos solares. Quienes toman inmunosupresores son más propensos a adquirir cáncer de piel por tener bajas sus defensas. Para evitar ese riesgo, hoy uso sombrero en días soleados, además de que todas las mañanas protejo mi cara, cuello y manos con crema protectora solar.

El primer mes es el periodo más crítico tras un trasplante. En mi caso transcurrió sin sobresalto. A más de tres meses de distancia, otro periodo crucial, todo siguió funcionando bien. Hoy sigo muy bien, e incluso ya recuperé el peso que perdí, sin incluir los 4.3 kilos de mis dos riñones extirpados.

Poco a poco he ido reanudando mis actividades, pero bajo un nuevo enfoque. Desde ahora he decidido vivir con menos preocupaciones e intentando gozar al máximo lo que tengo. Hace un mes que trabajo de tiempo completo y con mucha confianza de que en esta segunda etapa Sentido Común alcance un nuevo estadio de desarrollo.

El promedio de vida de un riñón trasplantado es de 10 a 12 años, pero existen casos de una duración mayor de hasta 20 o 25 años. Con una década, yo me daría más que servido, aunque obviamente no pierdo la esperanza que mi "refacción" me dure mucho más.

El agobio que hemos tenido Elisabeth y yo de que nuestros hijos hayan heredado mi padecimiento (tienen 50% de probabilidad de que así sea) es también cada vez menor. Al parecer, un medicamento que detiene el crecimiento y la aparición de los quistes está a tan sólo unos años de convertirse en realidad.

Yo espero así que la ciencia médica siga avanzando para poder cambiar, como lo hizo conmigo, la vida de millones.

 
 
   
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