IX. Otras bombas, otra tierra
OTRAS BOMBAS, OTRA TIERRA, OTRO FUEGO
Están por todo el lugar. A la costa norte de la península de Bakú en el mar Caspio la separan 20 kilómetros hasta el centro de la ciudad en la costa sur. El trayecto es desolado y desolador. Caminos de tierra entre caseríos mal armados con puertas de diversos orígenes, ventanas adaptadas de diferentes casas y muros –que siempre son cafés o con mala pintura de algún color desgastado– decoran las llanuras.
Cerca y lejos las bombas de petróleo no paran. Suben y bajan y con cada ciclo envenenan lo que tocan; a su alrededor se ven charcos de agua y aceite en torno a los cuales vive la gente, mucha gente. (No es por criticar pero para algunos éste sería un crimen ecológico de dimensiones descomunales). Y aun así, la vida sigue; las bombas suben y bajan sin cesar, y con cada ciclo crece el flujo petrolero y crece también la riqueza, crece la pobreza, crece la integración económica y la desintegración social de Azerbaiyán.
Crece la riqueza de los dueños del petróleo, la corrupta clase política que expulsó a miles -tal vez decenas de miles- del centro de Bakú, a la buena y a la mala para quedarse con sus propiedades sin importarles el destino de los desplazados.
Crece la pobreza de los que por no encontrar lugar en el ciclo económico de los energéticos están condenados a mal vivir y a mal comer con lo que les mal pagan por sus pocos y siempre escasos productos.
Crece la integración porque ahora Azerbaiyán es el país con el que todos quieren tener algo que ver, tiene petróleo, y mucho; tiene gas, y mucho “y que no se te olvide –me dice Rashid– que acaban de encontrar también unas minas inmensas de platino”. Todos quieren integrar e integrarse a y con Azerbaiyán. Vaya, hasta el festival musical más importante de Europa –Eurovision 2012– tuvo lugar recientemente aquí: “los ojos de Europa van a estar sobre nosotros” me habían dicho durante mi visita los azeríes que encontré a mi paso. “El gobierno ha dicho que el festival tiene que ser mejor que el de Dusseldorf” me detalló Rashid con fastidio. (Y para quedar bien con los visitantes el gobierno construyó un muro a todo lo largo de la autopista que va del aeropuerto a la ciudad para evitar que los visitantes se ensucien la vista: detrás del muro, la miseria de cientos de pueblos –que de tan extensos parecen ciudades– espera, ¿qué espera? algo, lo que sea.
Crece también la desintegración de la sociedad porque si existe un lugar en el mundo en el que Marx sonreiría –como diciendo “ven, yo tenía razón”– ese lugar es Azerbaiyán. Aquí la fractura social más obvia no es entre musulmanes chiítas –la mayoría– y sunnitas o entre musulmanes en general y cristianos ortodoxos; la fractura del tan mentado “choque de civilizaciones” entre Occidente y Oriente aquí no tiene sentido tampoco: por la calle se ven zapatos Prada, lentes Gucci y pañoletas musulmanas cubriendo cabezas como se ven minifaldas, escotes y túnicas de cuerpo entero.
No. Aquí la fractura es económica: la misma, la de siempre.
Entre los millones que viven en casas en las que la falta de agua corriente obliga a utilizar filtros de piedra -para quitar algunas impurezas- y los no tan muchos que enloquecieron de petróleo, dinero y poder.
En esto Azerbaiyán es tal vez igual al resto del mundo.
Pero crece también la esperanza, la esperanza de que algún día por algún motivo, tal vez como producto de la presión de la Unión Europea, de “los americanos”, de las organizaciones de la sociedad civil, de la “comunidad internacional”, de alguien o de algo todo ese petróleo, todo ese gas, todo ese platino, todo ese dinero, todo ese interés y todo ese poder del mundo servirán para expulsar a los cuatro caballos del Apocalipsis de San Juan que ya cabalgan estas tierras.
Y es así como a pesar de la desesperanza (¿la desesperanza? sí, la desesperanza de saber que la realidad es diferente) la llama no se extingue.
¿Qué cuál llama? La llama que hizo a Fakhrinur enviarme a principios de enero de 2012 un efusivo correo agradeciéndome a mí y al gobierno mexicano, que por vía del Senado, había reconocido oficialmente la tragedia de Khoyali como un genocidio según lo había reportado la prensa azerí.
¿Qué cuál llama? Esa que llevó a la embajada azerí a falsificar la verdad. En realidad el escueto comunicado de prensa del Senado mexicano que inflamó la felicidad de Fakhrinur apenas decía que se “exhorta a los gobiernos de Armenia y Azerbaiyán a propiciar encuentros a efecto de alcanzar un acuerdo que ponga fin de manera definitiva al conflicto en la región de Nagorno-Karabaj”. Nada más.
¿Qué cual llama? Esa llama que adorna en color rojo el escudo del país; esa que las leyendas locales refieren como el fuego protector y que, cual espíritu que se filtra por los poros de la tierra, se debe al hidrocarburo del subsuelo; esa llama que permite suponer que la maldición del presente no es eterna, la misma llama por la que Azerbaiyán significa Tierra del Fuego, esa que calienta e ilumina el sueño, y que alberga la promesa de un futuro.
VIII. La tiranía democrática del petróleo
VII. Los amigos de Azerbaiyán
VI. La democracia de altares
V. La historia maldita
IV. El dolor en primera persona
III. La esperanza de la guerra
II. "Azerbaiyán del sur"
I. Cartografía del limbo