La nueva reina del pop
Natalia Lafourcade le da una nueva vida al pop en español. Sus canciones suenan en todas partes, sus fans reproducen su estilo de vestir, sus conciertos se llenan y su música es cada vez más auténtica, más trabajada y, no le importa decirlo, más pop.
Cuando Natalia Lafourcade estudiaba en Fermatta, una academia de música de estudiantes virtuosos e innovadores, molestaba a sus compañeros con sus gustos musicales.
-¿Y qué tocas? -le preguntaban.
-Pop -respondía ella.
-¿Pop? ¿Cómo pop?
-Sí, pop, toco pop.
Les sonaba a blasfemia. Pop. No progresivo ni jazz ni contemporánea ni noise ni las infinitas fusiones entre esos géneros, que era lo que se hubiera esperado de una estudiante de esa escuela. Pop.
En diciembre de 2001, por azares del destino, fui a un festival en Plaza Loreto, donde varios estudiantes de Fermatta presentaron su trabajo: solos interminables de batería, ininteligibles piezas para piano, complejas composiciones en guitarra clásica. Después de cada ejecución se escuchaba la euforia de familiares y amigos, entre un mar de aplausos fríos y mecánicos. Hacia el final de la noche, cuando los asientos empezaban a incomodar y los estómagos a gruñir, una niña vestida con jeans, camiseta y pulseras de colores se subió al escenario acompañada de un grupo de músicos y coristas. Desde las primeras notas el tedio del público se convirtió en animación, y para el final de su repertorio se escuchó la única ovación sincera de la noche.
Cuando le platico a Natalia ese recuerdo, me dice que lo tiene presente. “Claro, Ximena (Sariñana, que apenas empezaba a darse a conocer como actriz) cantó conmigo, y por ahí estaban los productores con los que luego hice mi primer disco”. Meses después, el sencillo “En el 2000” empezó a sonar en la radio y en la tele, y el disco homónimo Natalia Lafourcade invadió anaqueles en tiendas. Era esa chica, la única popera de Fermatta.
Natalia llega a la sesión de fotos y saluda como si fuéramos los primeros invitados de una fiesta. Sólo que en vez de alcohol y botanas hay té chai, fruta fresca y donas glaseadas. Estamos en el departamento de Tony Moxham y Mauricio Paniagua, los creadores de la estrambótica marca de interiorismo DFCasa, y por la locación, la comida y la invitada especial, aquello parece más un cumpleaños que una sesión fotográfica. Natalia lleva un vestido vintage negro con flores rojas que le queda muy bien, y le pregunto de dónde lo sacó. “Se lo compré a Joel (creador de la tienda Vintage Heaven On Earth, en la Ciudad de México) que ya me conoce, además es como un vendedor a la antigüita, te avienta un rollo y te convence”, me dice. Encontrar algo que le quede bien no es muy difícil, porque parece una muñeca: bajita, delgada, cutis perfecto, ojos enormes y sonrisa radiante. Todo lo que el coordinador de moda le propone le queda bien. “Es como un dulce”, comenta uno de los presentes mientras ella hace las primeras poses frente a la cámara.
Al principio de su carrera, las niñas y adolescentes la imitaban y se peinaban de dos chonguitos, usaban jeans deslavados, camisetas de colores brillantes y accesorios con tenedores. Hoy tiene 25 años y su estilo sigue siendo juvenil, aunque se ha sofisticado al mismo ritmo que su música. Su debut, Natalia Lafourcade, editado en 2003, llegó a vender más de 150 mil copias. Casa, que firmó junto con su banda La Forquetina, vendió 50 mil el día del lanzamiento, en agosto de 2005. Pero su tercer álbum no siguió esa línea: Las 4 estaciones del amor, completamente instrumental, fue lanzado en 2007 con un tiraje de tan sólo cinco mil copias.
Ese bache comercial -que no musical- no impidió que Hu Hu Hu, el disco que ahora promociona, entrara a la lista Billboard de los 10 más vendidos en español días después de esta entrevista. Desde antes de su lanzamiento, en su sitio de MySpace las canciones podían escucharse sin costo alguno. Es fácil reconocer a la Natalia de siempre, pero con un sonido mucho más maduro. El disco ha estado sonando en oficinas, iPods, fiestas y en la radio. En la sesión de fotos algunos confesamos que “Ella es bonita”, un tema mordaz cuyo video se mofa de la belleza estereotípica, también repiquetea en nuestras cabezas. Somos sólo un botón de muestra. “Es pronto para saberlo, porque el disco apenas lleva una semana en tiendas, pero todo indica que le va muy bien”, dice.
Después de cinco años de grabaciones, conciertos y fama, y del éxito de Casa, Natalia se había ido a Ottawa, Canadá, para desconectarse un poco y aprender inglés. Los primeros meses durmió en el sofá de unos amigos músicos, rodeada de sus propios instrumentos y los que ya estaban ahí, entre ellos un piano viejo. Con tanto tiempo libre, y encerrada por la crudeza del invierno, se puso a componer. “Me quedaba tocando y cantando hasta las tres de la mañana sin que nadie me molestara, porque mis amigos trabajaban fuera, de noche”, me cuenta. En ese lapso nació el instrumental Las 4 estaciones del amor. Pero también ante ese polvoriento piano, dentro del mismo viaje de introspección, germinó el esqueleto de Hu Hu Hu.
De vuelta en México, el disco se grabó bajo la producción de Meme del Real, de Café Tacvba, Ernesto García y Marco Moreno, que sólo ayudaron a hacer realidad el esbozo de Natalia, porque las decisiones importantes las tomó ella. “Es el álbum en el que más me he involucrado en todo: los instrumentos, la producción, el arte, las fotos”. El resultado es mucho más íntimo que los anteriores. “Es como mi diario, un diario con música”.
Lafourcade es rentable, pero eso es asunto de la disquera. A ella le interesa la música y nada más. Por eso llegaron a un acuerdo: mientras ellos lanzaban como sencillo oficial el pegajoso tema “Ella es bonita”, Natalia impulsó “Azul” de forma independiente, a través de internet y algunas estaciones de radio. “Es una canción más personal, sobre dejarte ser, y es ilustrativa de lo que fue la producción, porque nos liberamos, probamos sonidos, texturas, colores. Es muy visual”, dice. Sin presupuesto de la compañía y con la ayuda de sus amigos Natalia hizo un video que ahora se difunde por internet. “En la letra hay referencias a la infancia, es como de cuento, de fantasía. Habla de los miedos que tenemos de niños, que sobreviven cuando somos adultos. Es como si viviéramos dentro de una cajita, hay cosas que lastiman y duelen, por eso usamos máscaras. Y luego viene la liberación. Todo eso se ve en el video”. A la fecha, “Azul” ha sido visto más de 250 mil veces en YouTube.
Natalia le pide prestado el iPhone a Carmen, su manager, para actualizar su Twitter. Escribe: “En un depa hermoso en la Condesa. Haciendo fotos para Gatopardo”. Su cuenta casi siempre tiene nuevas entradas. “Así le cuento a los que me siguen lo que estoy haciendo, y anuncio tocadas y cosas que van saliendo, o les recomiendo discos”. Le pregunto si le llegan muchos mensajes personales. “Pues normal”, empieza a decir cuando Carmen la interrumpe: “Uf, muchísimos”. LuisFrost, un follower, lanza la pregunta: “¿Alguien sabe si @lafourcade es de verdad?”. Ella misma le responde: “@LuisFrost, sí soy de verdad, besos”.
Más allá de la música, Natalia sabe que marca tendencias, y la idea le gusta. Se ha desencasillado del estilo “pandroso-fashion” con el que empezó, y ahora se viste con ropa de la diseñadora mexicana Alejandra Quesada, vintage bien seleccionado y prendas coloridas cuyas firmas no le importan. “No sé de diseñadores, soy pésima para los nombres. Compro lo que me gusta y ya”. Cuando la maquillista se acerca para ponerle brillo labial, Natalia retrocede como si la estuvieran amenazando con un cuchillo. “¿Es de esos pegajosos? ¿Se nota mucho?”, le pregunta recelosa. Se cerciora de que no es ni llamativo ni brillante ni viscoso, y entonces se deja pintar los labios. “Pero si no me gusta me lo quito”, le advierte. Entonces veo como Natalia se aferra a un estilo fresco y desenfadado, y se niega a lucir artificial.
La manager nos advierte que la sesión no se puede extender por mucho tiempo, porque Natalia tiene una cita en Televisa. Está grabando el score de la serie Locas de amor, protagonizada por Jimena Ayala, Cecilia Suárez e Ilse Salas. Originalmente el tema principal de la serie también iba a ser suyo, pero al final se lo dieron a Paulina Rubio. Ese detalle no la hace muy feliz, pero el resto de la experiencia sí. Por esos días su agenda está llena de presentaciones en vivo fuera de México. En una semana viajará a Barcelona, después a Londres. Hace poco estuvo en Japón, con siete fechas programadas, que sobre la marcha se duplicaron por el éxito que tuvo. “Los japoneses son muy raros, demasiado ‘educados’. Terminas una canción y se quedan callados, esperan algunos segundos para aplaudir, y eso me sacó mucho de onda al principio. Pero después toqué en una iglesia, con 300 personas, y fue de los mejores conciertos de mi vida: no me equivoqué nada, estaba cero nerviosa, canté como nunca”. Le gusta experimentar ante públicos extranjeros, pero dice que, en cuanto pueda, quiere dar muchos conciertos en México.
Le pregunto si planea tocar sus grandes hits en las próximas presentaciones. “Pues sí, antes sí estaba peleadísima con canciones como ‘En el 2000’, sobre todo cuando estaba componiendo mi segundo álbum, porque me chocaba que sólo esperaran ese rollo de mí. Pero ahora no, ahora las veo como lo que son: éxitos del pasado, y las toco. Yo también voy a conciertos de otros músicos y hay canciones que quiero escuchar, y si no las tocan siento que algo faltó”. La experiencia de tocar en vivo termina de darle sentido a lo que hace, y por eso cree que hay que darle gusto al público, conectarse con él.
Aunque ya no está peleada con sus trabajos anteriores, dice que “este disco es como un parteaguas”, después de haber pasado por varios géneros. “Cuando estaba con mi banda, La Forquetina, nos daba por decir que tocábamos bossa nova con jazz, rock y fusión, pero para qué complicarse”, me dice mientras se desmaquilla. Con Hu Hu Hu ha vuelto a sus orígenes, pero de una forma mucho más evolucionada, experimental y ácida, sin caer en galimatías ni engreimientos musicales. “Lo que hago es pop. Hay pop padre y pop feo, eso sí, pero el pop es el pop”, dice convencida.
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