Sasha Sokol a su propio ritmo
Fotografía de Allan Fis

Sasha Sokol a su propio ritmo

De niña fue la favorita del grupo Timbiriche, de adolescente todas querían ser como ella. Fue un icono de la moda, una actriz y cantante respetada y aun cuando reconoció sus problemas con las drogas, su imagen pública quedó intacta. Se tardó más de una década en encontrar lo que quería decir con su música, pero ya está de regreso.

 

Peculiar.
Dice el Diccionario de la Real Academia Española: “Propio o privativo de cada persona o cosa”. La definición crece de juicios de valor y acepta, de alguna manera, la subjetividad. Es eso que sólo algunos tienen, que los caracteriza sin que podamos ponerlo en términos más concretos. Cuando pienso en Sasha Sokol, pienso en que es alguien peculiar: diferente a los otros, poseedora de características que no podemos aprehender; una persona que se escapa a las definiciones fáciles y totales, maniqueas. Sencillamente, ella me remite a la palabra y viceversa.


Está a punto de lanzar su próximo disco, Tiempo amarillo, y de regresar con él a los escenarios y a la vida de presentaciones. Hacía 12 años que no estaba en el candelero con una producción pop como la que ahora acomete; sin embargo, da la impresión de no haberse ido nunca. Su anterior disco con este tipo de música, 11:11, está fechado en 1997. El siguiente álbum, Por un amor, es una reinterpretación de la música tradicional mexicana, muy diferente a lo que había hecho hasta entonces, al menos en apariencia. Febrero de 2010 verá, entonces, una nueva producción con la que Sokol parece volver a sus orígenes.


Y es en el “parece” donde se encuentra, en buena medida, la esencia de Sasha. Benny Ibarra —su amigo entrañable y compañero de trinchera desde su infancia— lo pone así: “Si tuviera que definirla con una sola palabra sería: impredecible. Así lo es como persona y como artista, no le tiene temor al cambio y a exigirse crecer aunque duela”.


La distancia que hay entre sus discos o entre sus distintas actividades públicas parece enfatizar la idea de una figura que se mueve sin un calendario estricto, sin la necesidad de estar siempre presente. Lo curioso es que, a pesar de los largos periodos de ausencia en los escenarios, su música y su figura no dejan de estar ahí, no dejan de sonar o de traer recuerdos frescos, que parecen ya fijados en la memoria colectiva. Sencillos como “Rueda mi mente” o “Serás el aire” siguen sonando en la radio con regularidad y, al menos en el primer caso, el título forma ya parte del vocabulario cotidiano: con esas tres palabras se alude a aquel o aquella que gira y gira dentro de nuestras cabezas sin que podamos soltar el pensamiento.
 

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