Una victoria agridulce
El Partido Demócrata ganó la mayoría en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos; el Senado se inclinó a favor del presidente Trump.
noviembre 7, 2018

El sonido de un teléfono interrumpió la celebración que había tomado la casa de campaña de la congresista demócrata Nancy Pelosi en los últimos minutos. Según estimaciones de medios locales su partido, el Partido Demócrata, se levantaría del pesar de la elección presidencial de 2016 y tomaría el control de la Cámara de Representantes, el segundo órgano legislativo más importante en los Estados Unidos, tras ocho años de poderío republicano. A pesar de que las ambiciones de su partido, que también buscaba la mayoría en el Senado en estas elecciones intermedias, no se cumplirían completamente, los demócratas podían festejar que habían logrado algo que necesitaban: dar un golpe en las urnas al presidente Trump y su administración.

La llamada que recibió Pelosi -próxima líder de la mayoría o “speaker of the house”, como se le conoce al cargo más alto de la cámara-, durante la noche de este martes 6 de noviembre marcaría el inicio de un cambio de paradigma político en Washington. Del otro lado de la línea, Donald Trump esperaba en el Despacho Oval de la Casa Blanca para felicitar a Pelosi, una figura política a la que en repetidas ocasiones había criticado y a la que, quizá sin saberlo, había convertido en el principal contrapeso que enfrentará por el resto de su periodo presidencial.

De acuerdo con los primeros resultados oficiales, el Partido Demócrata ha obtenido 219 escaños en la Cámara de Representantes, uno más del necesario para considerarse mayoría. La llamada “Ola azul”, como se le conocía al movimiento político encabezado por el partido de Barack Obama y Hillary Clinton, conquistó 26 lugares que anteriormente habían sido ostentados por miembros del Partido Republicano, quienes se quedaron con 193 asientos.

Con su triunfo electoral, el Partido Demócrata garantiza un papel importante dentro de la agenda política estadounidense durante la última mitad de la presidencia Trump, permitiéndose bloquear algunas de las propuestas que el ejecutivo envíe al Congreso, como lo sería el fin del programa de salud universidad conocido como el Obamacare o el financiamiento del muro fronterizo en los límites de Estados Unidos y México e incluso investigar o llamar a testificar al presidente en asuntos como la publicación de sus declaraciones fiscales, aún desconocidas por los votantes estadounidenses, o la intromisión de autoridades rusas en su campaña política de 2016. Además, el triunfo de los demócratas en la Cámara de Representantes abre la posibilidad de que la investigación encargada al fiscal especial Robert Mueller pueda continuar sin mayores contratiempos.

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“Aunque no estoy en la boleta, de alguna forma estoy en la boleta”, manifestó el presidente durante un rally la semana pasada; sus seguidores respondieron en las urnas – Fotografía: Gage Skidmore, vía Flickr

Sin embargo, no todo fue felicidad entre los demócratas. A pesar de sus múltiples esfuerzos por recuperar el control del Senado, este recayó en el Partido Republicano, que mantendrá la mayoría en la Cámara alta con 51 miembros, entre ellos destaca Mitt Romney, el otro crítico de Trump durante la contienda presidencial de 2016 que ahora se ha convertido en una de las esperanzas republicanas en caso de que el ejecutivo decida no competir por la reelección en 2020. Romney será senador por el estado de Utah.

Otro de los casos más sonados de la contienda por el Senado, fue el del escaño de Texas, en el que el carismático político demócrata Beto O’Rourke pretendía desbancar al odiado republicano Ted Cruz, quien finalmente se mantendrá en el cargo por otro periodo de 4 años. En total, de los 35 lugares en competencia durante los comicios once fueron ganados por candidatos republicanos, mientras que 22 terminaron en manos de representantes demócratas, cuatro menos de los que ostentaban anteriormente. Dos candidatos independientes, incluyendo al exaspirante presidencial Bernie Sanders, también ganaron en sus respectivas elecciones.

Cabe señalar que los resultados en cuatro estados, Arizona, Florida, Mississippi y Montana, arrojan resultados tan reñidos (entre el . 3% y el 2% de diferencia entre el candidato puntero y su contrincante más cercano) que estos podrían solucionarse con un recuento de votos a mediados de este mes. De perder los cuatro peldaños frente a candidatos demócratas, el Partido Republicano de Donald Trump perdería la mayoría en el Senado y pondría en jaque el desempeño legislativo del presidente estadounidense en la última parte de su primer término al mando; sin embargo, eso parece ser poco posible.

En las elecciones para gobernador, el elefante rojo también frenó las esperanzas de los demócratas en 19 territorios, incluyendo a Florida, quienes eligieron al político racista Ron DeSantis como su próximo representante, y Georgia, donde la demócrata Stacey Abrams parecía estar en camino a convertirse en la primera gobernadora afroamericana en la historia de los Estados Unidos. El partido demócrata terminó estas elecciones intermedias con 17 victorias: Nevada, Iowa, Ohio, Wisconsin, Connecticut, Oregon, Illinois, Hawai, Nueva York, Nuevo México, Michigan, Minnesota, Maine, Colorado, California, Rhode Island y Pensilvania.

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“Un éxito tremendo esta noche. ¡Gracias a todos!”, tuiteó Trump tras conocerse los resultados en Texas, uno de los estados más reñidos – Fotografía: Gage Skidmore, vía Flickr

Trump, quien durante un rally la semana pasada invitó a sus seguidores a ejercer su voto como si el propio Trump estuviera en la boleta, se mostró feliz en redes sociales, describiendo a la votación como un suceso. “Un éxito tremendo esta noche ¡Gracias a todos!”, publicó en Twitter tras el cierre de las casillas.

Lo cierto es que, a pesar de que su administración no pasa por el mejor momento, Trump consiguió apuntarse un segundo gran triunfo en las urnas aplicando el mismo procedimiento que lo llevó a la Casa Blanca, hablándole directamente a sus votantes desde sus fobias y miedos, convenciéndolos de que sólo él podría evitar que su economía se desquebraje (como los analistas sugieren que podría suceder en un futuro próximo), que se respeten sus fronteras ante “amenazas” como la caravana de migrantes centroamericanos que actualmente cruza México para llegar a los Estados Unidos y que él, con su apariencia políticamente incorrecta, los entiende mejor que nadie; mejor que los gobiernos anteriores, los medios de comunicación (a los que tilda sin mayor preocupación como fake news) o los grupos de élite. Aquellos que salieron de sus comodidades para marcar una postura e invitar al voto, quizá demasiado tarde, como el caso de Beyoncé en Texas; quizá demasiado planeado, como el caso de Oprah en Georgia; quizá demasiado conveniente, como el caso de Taylor Swift, que salió de su tibieza política para apoyar a los candidatos demócratas en Tennessee; o quizá demasiado accidentado, como el caso de Kanye West y lo que sea que pretendía demostrar en los últimos meses.

Aún si los demócratas logran trabar por momentos a la administración que encabeza, Donald Trump utilizará estas elecciones intermedias para pensar en su trabajo, no tanto como un método de reflexión, sino como un ensayo de todas esas técnicas que podrían encontrarse en el libro de atajos usuales del magnate constructor para ganarse al pueblo estadounidense más elemental y seguir saliéndose con la suya. Si los demócratas no demuestran estar a la altura de las exigencias de sus votantes y sus críticos, quizá estemos hablando de la primera elección que Trump enfrenta como presidente y sale victorioso de una u otra forma. La siguiente es la que aprobaría su reelección.

* Fotografía de portada: Gage Skidmore, vía Flickr

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