La revolución cultural cubana que desembarcó en Venezuela – Gatopardo

La revolución cultural cubana que desembarcó en Venezuela

Mucho se ha escrito de la relación que se ha fraguado entre Cuba y Venezuela. Para entender la influencia cubana en el país de Nicolás Maduro, un periodista hizo una investigación de cómo y por qué un Estado somete a otro. Este es un fragmento de La invasión consentida (Debate, 2019), que da cuenta del desembarco, en el Caribe venezolano, de miles de cubanos para trabajar en programas sociales y culturales diseñados en La Habana.

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Henry Barroso cruzó el mar Caribe con un contrato en dólares y una intrépida misión: ayudar a rescatar la identidad venezolana. Como si fuera un galeón hundido en una fosa profunda. No era un experto en el tema, pero el trabajo no parecía tan complicado. “Cuando llego acá, a Venezuela, tengo que aprender el cuatro [instrumento venezolano] para, entonces, enseñárselo a las personas de aquí”, explica el joven de Guantánamo en un reporte radial a finales de 2015.[1]

Barroso habla como suelen hablar los cubanos de las cosas más insólitas. Con la mayor naturalidad. Nunca antes ha visitado el país. Jamás ha tenido en sus manos la pequeña guitarra de cuatro cuerdas, considerada el instrumento fundamental de la música folclórica venezolana. Tampoco tiene idea de quiénes son los maestros venezolanos más notables y no sabe que un grupo de jóvenes virtuosos —los miembros del grupo C4 Trío— ganaron un Grammy Latino en 2014 con un álbum de cuatro.

El aprendiz es instructor de arte. Es cubano. Y eso basta para que el gobierno del presidente Nicolás Maduro lo contrate para formar parte de un programa creado por Hugo Chávez en 2008: la Misión Cultura Corazón Adentro, dirigida a fortalecer la identidad nacional y las tradiciones culturales venezolanas nada menos que con la ayuda de trabajadores de la isla caribeña. A Barroso le han ofrecido cobrar en un mes lo que gana en un año de trabajo en Cuba. Su tarea es enseñar música venezolana en Barrio Encantado, un humilde vecindario de Margarita, donde escasean varios alimentos básicos, como la leche, y algunos medicamentos elementales. La principal isla turística del país, antes próspera y vibrante, no es ni la sombra de lo que fue a finales del siglo XX.

En el reporte de la radio cubana la periodista destaca la solidaridad de su paisano mientras, al fondo, se escuchan las voces de un grupo de niños cantando “Mi burrito sabanero”. El aguinaldo más famoso del país es una melodía novedosa para los oídos del improvisado maestro que los dirige.

Como Barroso, centenares de instructores de arte, reclutados por el gobierno cubano, desembarcan en Venezuela para enseñar lo que hasta hacía poco desconocían completamente. Pedro Estévez, natural de Guantánamo, llega el mismo año y aprende bailes típicos venezolanos para enseñarlos a un grupo de nativos en Los Valles del Tuy, una calurosa ciudad dormitorio a 76 kilómetros de Caracas. Estévez también se muestra orgulloso de su trabajo ante la radio cubana:

Por lo menos, yo que soy profesor de danza, hemos trabajado muy fuerte en cuanto a las danzas tradicionales venezolanas. Y creo que se ha logrado, los padres se sienten muy motivados con el resultado de esa coreografía, y el trabajo creo que se ha visto porque la comunidad lo dice y, bueno, es la que decide.

Marilyn Díaz, una profesora de teatro de veintinueve años, se vanagloria de improvisar clases en una escuela de la misma zona sin ser educadora. “Los niños me pidieron que fuera yo la que les diera la clase de Matemáticas, Lenguaje, Geografía e Inglés. Entonces, cuando llegó una facilitadora nueva [una maestra venezolana], ellos dijeron que si no era conmigo, la profesora cubana, no querían dal la clase [sic]”.[2] Aunque no tiene los conocimientos, se siente por encima, muy por encima de la docente local y el Ministerio de Educación permite que ocupe la plaza.

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