La ira de México: Siete voces contra la impunidad

Adelanto del libro “La ira de México: Siete voces contra la impunidad”, que aborda problemas del México contemporáneo y alza su voz en contra de la impunidad.

La ira de México. Siete voces contra la impunidad (Debate, 2016) que reúne textos de algunas de las figuras más relevantes del periodismo actual en el país: Juan Villoro, Diego E. Osorno, Lydia Cacho, Sergio González Rodríguez, Anabel Hernández, Emiliano Ruiz Parra y Marcela Turati. Cada uno de ellos aborda, desde su perspectiva, problemas del México contemporáneo y alza su voz en contra de la impunidad. El libro fue editado originalmente en Reino Unido por MacLehose Press. Elena Poniatowska y Felipe Restrepo Pombo fueron los encargados de prologar el trabajo de los cronistas. Acá presentamos un adelanto con fragmentos de textos de tres de los autores.

Ira de México, intro

NIÑOS DE LA CALLE en La ira de México. Siete voces contra la impunidad
Por Juan Villoro

El niño y el árbol

En 1969 mis padres se separaron. Mi madre, mi hermana Carmen y yo nos mudamos a un apartamento en la Colonia del Valle, donde las casas comenzaban a ser sustituidas por edificios para la clase media.

Mi padre alquiló un apartamento cerca de allí. Mi hermana y yo lo visitábamos en fin de semana. Dedicado a la filosofía, mi padre carecía de talento para las cuestiones domésticas. El sitio era frío y oscuro; las ventanas daban a un estacionamiento y el mobiliario tenía un aire provisional. Comíamos en platos de cartón, como si estuviéramos de campamento. Esas incomodidades nos cautivaban: un lugar extraño, irregular, abierto a la aventura.

Usábamos un radiador para dormir. Me gustaba el sonido parejo y suave que salía de la cavidad infrarroja. Al oírlo, imaginaba que viajaba en tren a Veracruz. En una ocasión, mi padre colocó el calentador demasiado cerca de la cama y las mantas se incendiaron. Las apagamos con un fabuloso despliegue de almohadazos. Un hueco se abrió en mi manta, pero mi padre actuó como si nada hubiera sucedido. El siguiente fin de semana me tapé con una manta carbonizada.

La vida con mi madre era más ordenada, pero ella rara vez estaba en casa. Trabajaba como psicóloga en el Hospital Psiquiátrico Infantil y regresaba a nuestro apartamento con poco ánimo de analizar las alteraciones de sus hijos.

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