Utopía en el Pacífico

La renovación de Careyes, donde el placer de hacer nada se combina con exquisita gastronomía. ¿Cómo pasar el día en las playas de Careyes?

Por Mónica Isabel Pérez / Fotografía Paulina Figueroa

Donde no hay azul, hay verde. Desde donde estoy, los colores que dominan el panorama. Y eso que la primavera aún no comienza y que lo que veo —me dicen los careyenses— “no es nada”.

Tomo un café al filo de la ventana de la casita en la que me hospedo. Se llama Las Mandarinas y lo de “ventana” es un decir. La arquitectura de Careyes, que es un estilo en sí misma, aprovecha la benevolencia del clima de la costa jalisciense y hace de todos los interiores un nuevo exterior. Gracias a su juego de enormes huecos, palapas y a la conjunción de las estéticas mediterránea y mexicana, lo que permite al visitante no perderse ni por un segundo la vista al mar, el aroma de la brisa y el sonido de las olas que lo llena todo, porque si hay otra cosa que reina aquí, además del azul y el verde, es el silencio.

Es injusto conocer este paraíso sabiendo que hay que dejarlo. Pero si hay algo peor, debe ser jamás conocerlo. Limpias, pacíficas y ordenadas, las playas de Careyes son una excepción a una regla lamentable en materia de desarrollo en las costas mexicanas, así que por supuesto que hay gente que llega aquí para quedarse.

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Playa de Careyes.

En esencia habitacional, el desarrollo Careyes tiene un cupo aproximado de 430 habitantes —que hoy registran 42 nacionalidades sin que ninguna de ellas sea dominante—, un número que crecerá a unos 600 cuando la remodelación de su hotel-complejo de departamentos El Careyes Club & Residences quede terminado. De esos números hay que restar mucho para saber cuántas personas habitan la zona de manera permanente: hay sólo 30 careyenses “de tiempo completo”. El resto va y viene según las estaciones del año y los periodos vacacionales, dejando así un montón de bellos espacios disponibles que, gracias a un cuidadoso proceso de renta y a cambio de tarifas que van de unos cientos a unos miles de dólares, pueden ser disfrutados por los viajeros que han escuchado el rumor de este poblado utópico enclavado en la zona conocida como Costalegre.

“Mágico” es el adjetivo más usado. 
“La gente lo describe como un lugar mágico”, dice Filippo Brignone, quien entre otras decenas de cosas —como organizar festivales de arte— dirige la fundación filantrópica Careyes Foundation. “El nombre de Teopa, la zona donde tenemos el santuario de las tortugas, significa ‘donde los dioses venían a descansar’. Es por eso que desde siempre la gente habla de la magia de Careyes”. Parte de esa magia también tiene que ver con la ya muy mencionada arquitectura, que incluye entre los nombres que le dieron forma a Marco Antonio Aldaco, Diego Villaseñor, Luis Barragán y al propio Gian Franco Brignone.

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Castillo Casa Oriente.

Al venir a Careyes hay que explorar los restaurantes, que no son muchos, pero que tienen suficiente variedad y encanto para atrapar un buen rato a los viajeros. Está Playa Rosa Beach Club, ubicado en la playa homónima, a un lado de los búngalos y las casitas. Su menú, asegura Filippo, no ha cambiado en 30 años y no tiene por qué hacerlo. Ofrecen pastas, risottos y, en especial, la pesca del día, que se puede preparar al limón, a la mostaza, con salsa de tres chiles o de un montón de formas más. Es importante, al sentarse a la mesa, pedir de inmediato un guacamole turbo, que pasaría por un guacamole normal, pero cuyo sabor mejora al tener una mayor cantidad de cilantro y de chile verde que la receta estándar.

Para la cena las ofertas se amplían. Está Punto.Como, donde conviene pedir una pizza napolitana y vino tinto. Es un sitio perfecto para cenar, relajarse y para echarle un vistazo a las películas que se proyectan al aire libre en la plancha de la plaza. Si se está en Careyes durante un fin de semana, hay que ir a Playa Careyitos, donde está el Cocodrilo Azul, un sushi-bar que al avanzar la noche invita a la fiesta gracias a la música de sus DJ residentes. Está también la Casa de Nada, que —montado en la que fue por muchos años la casita abandonada del velador— parece la opción más modesta y relajada de la zona. Tiene desayunos y comidas, pero ir en la noche implica poder disfrutar de su fogata y de sus mezcales. El menú no tiene ninguna pretensión de alta cocina. Hay quesadillas, hamburguesas, sopes, burritos y unas jugosas y bien servidas puntas de filete en salsa roja que sólo acompañan con arroz blanco porque no necesitan nada más.

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Casa Tigre del Mar.

Y por último, pero no por eso menos importante, está el muy nuevo Pueblo 25, creado por el peruano-careyense Marco Lorelli. El lugar tiene apenas cuatro mesas. “Mi idea no es tener un restaurante. Quiero ofrecer a la gente muy buenos vinos, que pueden llevarse a beber a casa o que pueden tomar aquí mientras disfrutan de un menú muy breve que nos diseña un chef español. Que el menú sea móvil, pero que no pase de 15 opciones”.

Algo hay que hacer entre comidas, por supuesto, y en la Plaza de los Caballeros del Sol hay buena oferta de elementos para alimentar la vista. Está, por si se quiere hacer algo de shopping, la boutique Índigo, donde la careyense Geraldine de Caraman ofrece maravillosas prendas y accesorios hechos por mujeres indígenas de Guatemala. Justo enfrente está la galería de arte diseñada por la arquitecta Emanuela Cattaneo Adorno.

Arquitectura deslumbrante, arte, gastronomía y servicios de lujo, todo esto y más pasa en Careyes. Todo lo que uno puede pedir, lo tiene. Y, además, en medio de una naturaleza exuberante. Un paraíso global y salvaje ideal para entregarse al dolce far niente.

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Vista de Costa Careyes.

*Versión del reportaje “Utopía en el Pacífico”, publicado en la revista Travesías núm. 173.

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