Un paseo por el Distrito 10, el barrio más multicultural de París

Un recorrido en ocho cuadras por el barrio más multicultural de París, alrededor de la rue du Faubourg Saint-Denis, alborotado y multiétnico.

Por Santiago Rosero / Fotografía Pía Riverola

El Sena divide a París en dos grandes universos. Lo que queda hacia el sur de la curva descendente que toma el río, donde se concentra mayoritariamente la ciudad que resaltan los libros de historia, las guías de viajes y los souvenirs; el París monumental, refinado, altisonante. Mientras que en la ribera derecha está la ciudad compleja, urdida con matices y desperfectos, acaso más vibrante por ser más heterogénea; seductora por su riqueza étnica y multicultural.

En el centro-norte de ese magma está el distrito 10, un concentrado de cosmopolitismo, hedonismo y vigor comercial, pero también de las tensiones que flotan en las grandes urbes cuando se encuentran tradición y modernidad. El 10 concentra la mayor cantidad de población extranjera de la capital francesa, alrededor del 20 por ciento. Son varias las zonas que lo llenan de encanto: por el este, el eje que recorre el canal Saint-Martin, con su paisaje abierto y natural; y por el oeste, el sector de Grands Boulevards, repleto de teatros, grandes almacenes y agitación en las aceras. Pero la zona que deslumbra por ser un microcosmos ecléctico en la ya ecléctica París es Strasbourg Saint-Denis, ubicada en el medio de este distrito.

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Entre la Edad Media y el siglo XVII, París estuvo contorneada por una muralla que fue expandiendo sus límites a medida que la ciudad crecía. En la muralla existieron primero varias puertas fortificadas y luego arcos monumentales que permitían el ingreso a la zona céntrica, donde vivían los privilegiados de la época. Lo que quedaba afuera era considerado suburbano y estaba poblado principalmente por campesinos y menesterosos. Uno de los arcos es la llamada Porte Saint-Martin, y el otro, separado del primero por apenas dos cuadras, la Porte Saint-Denis, que le da el nombre al barrio. Construida en 1672, la Porte Saint-Denis (25 metros de alto en piedra esculpida con alegorías triunfantes) se alzaba sobre una vía real que permitía el acceso de los soberanos a París. Hoy ese arco que juntaba centro y periferia es el punto de entrada a la rue du Faubourg Saint-Denis, una calle —eje principal del sector— que ha heredado el atributo de reunir varios mundos en uno.

En términos estrictos, la rue du Faubourg Saint-Denis tiene un kilómetro y medio de extensión, pero lo más rutilante, alborotado y multiétnico se concentra alrededor de las primeras ocho cuadras en sentido norte-sur desde que la calle toma su nombre. Adentrarse por allí es un viaje contrario a las convenciones: no hay más monumento que un arco colonizado por palomas. No hay museos. No hay sombra de la Torre Eiffel. No hay turistas. El atractivo es su miscelánea vitalidad, su energía de melting pot. Al tiempo que constituye un plácido sector residencial, es una animada zona de comercios con el ambiente de una feria de atracciones y un festival de comidas. Hay que recorrerlo sin mapa, penetrando las transversales, deteniéndose en las terrazas de los cafés, en las fruterías o en las esquinas, como quien planta una cámara y mira el espontáneo guion de la cotidianidad.

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“Un arco es el punto de entrada a la rue du Faubourg Saint-Denis, una calle que ha heredado el atributo de reunir varios mundos en uno.”

En el aire reverbera el fulgor de los letreros que dicen Carrefour y Franprix y el de los leds fluorescentes que anuncian kebab y carne halal. Pese a la presencia de esos dos supermercados y del restaurante Julien, una brasserie clásica y famosa donde los meseros llevan pajarita y mandil blanco, la primera cuadra tiene una predominancia turca. A ambos lados de la calle se intercalan fruterías coloridas y tiendas de abarrotes que huelen a comino. En las aceras se cruzan rubias delgadas con vestidos de diseñador y mujeres romaníes que piden limosna. Sobre la banqueta, al pie de una escuela primaria, una mujer de unos 60 años, menuda y enérgica, ha levantado con simetría un montículo de ropas, muebles y otros objetos que se notan recuperados de los basureros. Lo que debería ser el triste hábitat de un sintecho luce como una instalación de arte contemporáneo.

En el número 13 está Le Sully, uno los bares más populares del barrio por tener la pinta de cerveza más barata (3.50 euros, mientras que el promedio en la zona es cinco), por permitir que se consuma comida traída de otros lugares y por tener en su clientela la síntesis demográfica del sector: árabes, africanos, obreros, artistas, hípsters y personajes nocturnos como los que pintaba Toulouse-Lautrec conviven a gusto en esta guarida de lustre añejo, con sillones empotrados forrados en cuerina roja, piso en mosaico beige y espejos en el contorno. Junto al Sully hay un restaurante diminuto, con absoluta falta de pretensiones y al que le sobra calidad. Mardin Çorba Salonu tiene ocho mesas, cinco sopas turcas en el menú y las ollas siempre humeantes: lentejas, yogur, tripas de cordero, pollo con arroz y frijoles blancos con carne de res. Un bar de sopas, una tienda de concepto minimalista sin habérselo propuesto. Las sopas se sirven con pan y se aderezan con chiles frescos, jugo de limón, aceite de oliva y vinagre con ajo. El local se pierde entre el abigarramiento de la zona, y es justamente eso lo que le da su gracia de gema secreta.

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“Adentrarse al barrio es un viaje contrario a las convenciones: no hay más monumento que un arco colonizado por palomas.”

*Fragmento del reportaje “París, el mundo en ocho cuadras”“París, el mundo en ocho cuadras”, publicado en nuestra revista hermana Travesías número 172.
Fotografía por Pía Riverola

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