Historias de fracasos y enfermos
Carlos Manuel Álvarez, presenta su más reciente novela, Los caídos.
febrero 11, 2019

Luego de varios minutos para encontrar la luz perfecta, Carlos Manuel Álvarez, el escritor cubano que irrumpió en la escena mexicana con La tribu. Relatos de Cuba en 2017, fundador de la revista cubana independiente El Estornudo, recibió a Gatopardo en su departamento de la Narvarte. Se acomodó en un sillón donde la luz de la ventana le daba de lleno en el rostro, y luego de media hora en la que esperó a que lo fotografiaran, y de algunas bromas, nos sentamos en una mesa y comencé esta entrevista sobre su más reciente novela, Los caídos, que publicó Sexto Piso a finales del año pasado.

Le hice una pregunta irritante, de qué trata su novela, algo que no tiene respuesta o tiene muchas, todas inexactas o limitadas. Y es que la literatura nunca trata de una sola cosa. En efecto, él respondió: “No me gusta contar el cuento, porque sólo te puedo dar una trama, y la novela no se trata de una trama, se trata de temas puntuales: la enfermedad, la espera y la pobreza como una marca espiritual”. 

Ante la necesidad de síntesis, sólo es posible responder con una trama, y ésta es sólo eso: un conjunto de personajes a los que les pasan cosas. Los personajes literarios se dividen en dos: aquellos a los que les ocurren cosas y aquellos que hacen cosas. Los más trágicos son indudablemente aquellos a quienes, como a Edipo, la vida les cae encima. Eso es lo que ocurre también con los personajes que caminan por Los caídos, de este autor de 29 años, cuyas columnas de opinión han aparecido en The New York Times, BBC World y Al Jazeera. 

Libro Los caídos de Carlos Manuel Álvarez

Los caídos de Carlos Manuel Álvarez

La trama es la historia de una familia cubana promedio que se da cuenta de que el tiempo de hacer promesas y vislumbrar una vida mejor ya quedó atrás. Es una historia de madurez y de parricidio espiritual e ideológico, es una de fracasos, de la enfermedad, y también una historia de la pobreza y el hambre.

Inicia con una frase inocente pero que después se revela abrumadora, como todas las primeras frases que marcan un tanto los derroteros del libro entero: “Llamo a mi madre por teléfono para ver si se ha caído y me dice que no”. Es el hijo quien llama a casa, el hijo que ya no cree en la Revolución, ni esa anécdota que su padre repite obsesivamente una y otra vez sobre la bicicleta que un empleado de una fábrica le obsequió al Che Guevara para su hija: el Che le replicó que no podía aceptarla porque no le pertenecía, era propiedad del Estado. El hijo es también un muchacho en plena adolescencia que ha tenido que hacer el servicio militar porque era lo que tocaba, y que en cada página se encuentra fuera de lugar. Y la madre, la enferma, es una mujer que ha padecido cáncer y sufre ataques epilépticos a consecuencia de la quimioterapia. La enfermedad es el estado que más roza la locura, y que, sin embargo, proporciona un cierto tipo de lucidez y autoconciencia que los sanos no conocen. 

En Los caídos, hay una diferencia en la enfermedad desde el enfoque de la familia y desde la experiencia de la madre: ellos creen que va a mejorar; y ella ya no quiere curarse. Sin embargo, en la constelación de acontecimientos que detona la decadencia de la madre, el lector descubre que el padre, la hermana y el hermano (así titulados, sin un nombre específico), quizás no lo sepan, pero ellos también han dejado atrás los años de las idealizaciones, del hambre extrema, cuando se alimentaban gracias a las dádivas de otros y de los deshechos que encontraban en la despensa, cuando la comida duraba once cucharadas. Ahora, sólo queda el fracaso.


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A partir de la enfermedad, los habitantes de esta familia sufren un alejamiento que culmina con las caídas. “Hay un momento de ruptura en la vida de todas las personas”, dice Álvarez al hablar de sus personajes, “cuando se dan cuenta de que han pasado la vida entera lidiando con gente, incluso demasiado cercana y amada, sin haberse entendido jamás”. 

Al preguntarle si Los caídos era una fábula política, si la relación del hijo con el padre no era una historia simbólica sobre su relación con Cuba, Álvarez responde que no. “Yo no espero nada de mi país, no tiene que darme nada. El país es un pretexto”. Y sin embargo, en la era posFidel, la obra se inscribe en una realidad que incide en la condición humana en forma de incertidumbre y decepción por lo que no se cumplió. 

Carlos Manuel Álvarez ha sido reconocido como uno de los 39 mejores escritores de Latinoamérica menores de 40 años, y las páginas de esta novela demuestran por qué. Desde las primeras líneas, uno reconoce que está ante literatura pura. Sabemos, en el principio del libro, que la madre no ha caído, pero también que lo hará, se anuncia, y cuando pase, los demás habremos caído con ella.

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