Objetos de muy pesado simbolismo
Una entrevista con el artista Héctor Zamora sobre su más reciente muestra en la galería Labor.
febrero 10, 2019

El año 2004 fue un parteaguas en la carrera de Héctor Zamora. El artista recibió una invitación por parte del Museo Carrillo Gil para intervenir su explanada exterior. El proyecto que propuso planteaba la construcción de una vivienda parasitaria a montarse sobre la fachada del museo. La estructura se construiría con la misma lámina acanalada con la que miles de familias marginadas en México se han armado precarios hogares en la periferia de las grandes ciudades.  

La inquietud de Zamora por reproducir o incluso homenajear esta “arquitectura de la necesidad”, viene de su historia personal, pues parte de su familia es originaria de la zona de Pantitlán y el artista recuerda haber visitado algunos de sus tíos en casas construidas con sus propias manos. Además, su abuelo fue carpintero y también hizo trabajos de albañilería, así que cada vez que hacía falta una nueva habitación, simplemente la construía. En ese sentido, la “autoconstrucción” le era un concepto cercano.

Años después acompañó a un grupo de amigos urbanistas en sus investigaciones por la periferia de la ciudad y continuó su estudio de las distintas construcciones irregulares, fascinado por la cuestión formal del fenómeno.

Héctor Zamora, Carrillo Hill

Paracaidista. Héctor Zamora. / Cortesía de Galería Labor

“Te encuentras con soluciones fantásticas a problemas cotidianos en situaciones verdaderamente extremas a nivel social, donde el reto es protegerse del medio ambiente con lo que se tiene a la mano. Estas personas logran resolver grandes dilemas de maneras que nosotros, que tenemos más recursos, no hubiéramos imaginado”, dice Héctor Zamora en entrevista para Gatopardo.

Más allá de la complejidad del montaje, en un barrio de clase alta como el de San Ángel, una construcción irregular y parasitaria como esta, no fue bien recibida por muchos vecinos. Fue entonces que el proyecto tomó una nueva dimensión, evidenciando el clasismo y las enormes diferencias que existen en las realidades de los habitantes de una misma ciudad; y la forma en que ciertos materiales u objetos, en este caso la lámina acanalada, están cargados de significados, políticos, sociales y económicos que en este caso apuntaban a la marginación y la desigualdad.

Tras el éxito de aquella pieza, que llamó Paracaidista, su investigación viró de lo formal hacia las implicaciones culturales y humanas que llevan consigo ciertos objetos y la forma en que se utilizan. A partir de entonces se enfocó en una búsqueda de esos detonadores o catalizadores de reflexiones que encuentran eco dentro y fuera del mundo del arte contemporáneo y su público.


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En su más reciente exposición en la galería Labor, el objeto en cuestión es universal como pocos: una vasija de barro. Y lo analiza a partir de otra solución práctica común, sobre todo en las mujeres de varias culturas a lo largo del tiempo: cargarlas sobre la cabeza. El proyecto analiza los usos de un objeto vinculado a roles de género, otro tema que ha abordado anteriormente en su trabajo a través de piezas como Memorándum, donde cuestiona las muchas implicaciones que tiene, por ejemplo, el rol de una secretaria, un puesto usualmente ocupado por mujeres; o de los albañiles, un oficio vinculado a los hombres, en Constancia material.

La historia de Movimientos emisores de existencia, como se titula la muestra en Labor, comienza años atrás. Entre 2014 y 2015, Zamora presentó un proyecto con una premisa similar para el Palais de Tokyo en París, donde un grupo de mujeres afroamericanas recorrerían el museo con jarrones de barro llenos de agua y arena sobre la cabeza. De entrada, le prohibieron que las mujeres fueran negras, pues en Francia el gesto habría sido demasiado controversial por su fuerte connotación racial. A pesar de que el artista aceptó el cambio, tiempo después el proyecto se canceló por completo y sin justificación concreta, para reemplazarse por otro. Lo mismo sucedió cuando lo presentó en el MUAC.

Pero la idea seguía en su cabeza y con la ayuda de Pamela Echeverría le dio un giro al concepto para mostrarlo en Labor.

Es curioso que el proyecto mismo no haya encontrado salida sino hasta que se contempló que las mujeres que participaran en el performance no se limitaran a transportar la vasija. En la nueva versión tendrían que pisarlas, aún con el barro fresco, mucho antes de entrar al horno: un gesto donde el rol de estas mujeres pasa de lo pasivo o utilitario, a lo activo y transformador.  

A principios de febrero de este año, pocos días antes de arrancar la semana del arte, un grupo de artesanos, todos hombres, trabajaban a prisa en los tornos para moldear más de 600 vasijas que serían aplastadas ante un público por pies femeninos.

“Estamos parando su producción en un momento en el que aún tiene la flexibilidad suficiente para transformarse en otra cosa y en eso se basa la pieza. Al invertir la ecuación y quitarle la carga a la mujer para poner la vasija en el suelo, ella queda en libertad de usar su cuerpo para darle una nueva forma y destino”, explica Héctor Zamora. 

“Hay varias piezas mías, como Orden y Progreso, donde hay una transformación concreta, agresiva y violenta que sí es tal cual una destrucción. Pero esta pieza y su cadencia se parecen más al proceso de pisar uvas para sacarles el jugo y llegar al vino. Es una transformación”, añade.  

La selección de las vasijas como objeto de estudio fue una decisión de varias capas. “Son objetos que están con nosotros desde siempre, desde que comenzamos a quemar la tierra para crear objetos que nos ayudaran en la vida cotidiana. En ese sentido, su transformación también puede ser leída como la destrucción de un símbolo. Un símbolo hecho por el hombre”, dice. “Por otro lado, el material con el que están hechas siempre ha sido muy interesante para mí, porque es la tierra misma, que se hornea para convertirse en una especie de piedra artificial”.

Zamora se preocupó porque el grupo de mujeres, muchas de ellas bailarinas, que participaran en el performance, fuera representativo de la mayor diversidad posible. Finalmente, el 5 de febrero, al arranque de la semana del arte, varias chicas de cabello suelto y túnicas negras transformaron con sus pies las más de 600 vasijas que tomaron una nueva forma, compleja, sorpresiva y estética, en un único y silencioso performance que muchos documentaron para redes sociales.

Después, las vasijas transformadas entraron finalmente al horno para dar por concluida una evolución que quedó en la galería a modo de instalación hasta que el tiempo le depare otro destino.  

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