El poeta nocturno
El poeta Manuel Acuña terminó con su vida a los 24 años, dejando trunca una de las carreras literarias más interesantes del México del siglo XX.
diciembre 6, 2018

La muerte fue un factor determinante en la vida del joven poeta Manuel Acuña, quien descubrió su pasión por las letras a los 19 años, tras la muerte de uno de sus mejores amigos. Desde ese momento, la muerte fue un fantasma silente que lo persiguió hasta su suicido, el 6 de diciembre de 1873.

Manuel Acuña Narro, nacido el 27 de agosto de 1849 en Saltillo, siempre estuvo en contacto con las letras. Previo a su instrucción escolar, el pequeño hijo del matrimonio conformado por Don Francisco Acuña y Doña Refugio Navarro se acercó a la literatura y la poesía desde sus primeras lecturas. Estudió en el Colegio Josefino de la capital coahuilense antes de trasladarse a la Ciudad de México, donde terminaría sus estudios básicos superiores.

A su arribo a la ciudad, Acuña ingresó en el Colegio de San Ildefonso, donde estudió Ciencias Exactas, Latín, Francés y Filosofía. Aunque parecía que las humanidades dominarían su futuro académico y profesional, el joven Acuña decidió darle otro rumbo a su vida e inscribirse en la Escuela Nacional de Medicina (hoy Palacio de la Escuela de Medicina – PEM), donde pasó sus últimos años como estudiante. Para mantenerse cerca de su lugar de estudio, Acuña se instaló en un sencillo cuarto del ex-convento de Santa Brígida y poco después se mudó al cuarto número 13 de la Escuela de Medicina, ubicada en el Centro Histórico de la capital.

Dicho cuarto, escondido entre los corredores y patios de la escuela, había sido el hogar del poeta mexicano Juan Díaz Covarrubias, un ideólogo liberal que fue ejecutado por el ejército conservador durante la Guerra de Reforma. Tras a su muerte, su última morada se había convertido en un lugar de encuentro para jóvenes escritores de la época, como Manuel Altamirano y Juan de Dios Peza, con quien el poeta coahuilense desarrolló una gran amistad.

En 1869, la muerte de su amigo Eduardo Alzúa sorprendió a Manuel Acuña, inspirándolo para escribir una breve elegía en la que lamentaba su pérdida. Ese homenaje sería el inicio de la breve carrera literaria de Acuña, quien ese mismo año fue invitado por sus compañeros de tertulia para fundar la Sociedad Literaria Nezahualcóyotl, una de las primeras asociaciones fundadas tras el triunfo de la República. Los trabajos presentados por la Sociedad, entre cuyos miembros destacaban Agustín F. Cuenca y Gerardo Silva, fueron publicados en la revista El Anáhuac y la revista La Iberia.

En dichas publicaciones fueron retomados los primeros poemas de Acuña, como Por eso, La brisa, Hojas secas y Soneto. En 1971, dos años después de su irrupción en la escena cultural mexicana, el poeta se consagraría entre la crítica y el público con el estreno de El pasado, obra basada en una de sus piezas dramáticas.

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Manuel Acuña en uno de los pocos retratos disponibles – Imagen: cortesía de la Gaceta Universitaria (UdG)

Parecía que el éxito de su obra lo impulsaría hacia los escalones más altos de la escena literaria mexicana, pero Acuña cayó en una terrible depresión causada por diversos factores, entre ellos la crisis económica en la que se encontraba sumido y la imposibilidad de estar junto a el amor de su vida, la aristócrata cultural Rosario de la Peña, de quien Acuña (y los también poetas Manuel M. Flores y José Martí) estaba enamorado.

Su dolor quedó plasmado en el poema Nocturno, (coloquialmente conocido como Nocturno a Rosario, dada la dedicatoria que el coahuilense había agregado al texto) en el que manifestaba el sufrimiento que le causaba su amor.

El 6 de diciembre de 1873, Manuel Acuña se encerró en su habitación y consumió una cantidad mortal de cianuro de potasio. A la mañana siguiente, de Dios Peza —la única amistad a la que Acuña consideró un hermano—, lo encontró tendido en su cama del cuarto número 13. La escena guardaba una similitud poética con el texto Ante un cadáver, en el que el escritor mexicano describía la muerte a de un sujeto desdichado.

Junto a él, el escritor había dejado cinco cartas, en una de ellas pedía que su cuerpo no fuera mutilado para una autopsia; el contenido de las otras cuatro cartas (las últimas palabras que Acuña escribió) permanece en la oscuridad. Sus restos hoy descansan en la Rotonda de los Coahuilenses Ilustres, al norte del país.

En el lugar donde el poeta terminó su vida hoy hay una placa que reza “Al memorable vate Manuel Acuña”. Su muerte terminó con una larga serie de encuentros con la muerte. De cada uno de ellos obtuvo algo que necesitaba: inspiración, reconocimiento y del último, la liberación del dolor.


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