#EllosHablan: el testimonio de Gerardo
A partir de entrevistas de Lydia Cacho se cuentan testimonios de hombres, la relación con su padres, el machismo y la violencia.
julio 30, 2018

Desde niño nos dijeron que ser hombre era ser como mi padre y mis tíos, todos militares. Supe lo que significaba ser hombre de verdad la primera vez que vi a mi padre golpear a mi madre por desobedecerlo. Era algo muy trivial, yo siempre estaba pegado a sus faldas y a él le enojaba eso. Decía que me iba a convertir en un ser débil, femenino.

Sí, supongo que mi padre tenía terror de perder su virilidad o la nuestra, al menos la de sus tres hijos varones. La casa parecía un campo de entrenamiento en que siempre debías demostrar dureza, crueldad. Mi padre era un humillador espectacular. No lo digo con admiración, pero sí me impre- sionaba un poco. Con la voz y la mirada te hacía temblar. Tenía un fuete pequeño para caballos; jamás lo vimos mon- tar un equino, pero cada vez que nos mandaba llamar o que quería reprimir a mi madre salía con el látigo en la mano y lo movía delicadamente casi acariciando su pierna, con el puño cerrado amenazante, como en las películas.

"Un día golpeó tanto a mi madre
que la ambulancia se la llevó.
Dos días después, el 9 de julio
de 1971, nos dijeron que mamá
estaba muerta."

Que había fallecido de un infarto. Yo sabía que eso era mentira, pero todos en la familia decidieron ocultar la verdad para no manchar el nombre o la reputación de mi padre, que tenía una carrera importante en el Ejército mexicano.

Mi peor pesadilla durante casi toda mi juventud se repetía idéntica, como un corte de película. Mi padre golpeaba a mi madre, yo sostenía una gallina en la mano, por el cuello, sin percatarme de que la estaba ahorcando; llegaba corriendo frente a ellos, mi padre pateaba a mamá, que yacía en el piso. Cuando me acercaba a ella, era yo quien recibía una patada en la cabeza. Sólo veía la bota de papá, que parecía el pie de un gigante que a su vez se transformaba en un tanque militar. Entonces mi madre desaparecía y yo me que- daba allí en su lugar, recostado en posición fetal sobre un charco de sangre abrazando a una gallina muerta.

Ellos Hablan libro Lydia Cacho, int1

En cuanto pude salí de la casa, aprendí a huir de mi padre, a esconderme en los libros. Conocía todos los rincones de la casa; abajo de la mesa de la cocina me pasaba horas leyendo ciencia ficción. Nunca me gustaron las novelas que mis compañeros leían; todas eran de guerras, espadachines y militares.

Mi padre me enseñó a odiar la guerra, la que se da en casa; la otra también. Antes de irme del hogar paterno destruí su juego favorito de ajedrez; eran piezas de militares tallados a mano en marfil, su orgullo absoluto. Nunca se lo había confesado a nadie. Los rompí con un martillo, a otros los enterré en el jardín. Disfruté esa mañana que no había nadie en casa como he saboreado pocas cosas en la vida.

Estudié en la universidad pública para ponerme a trabajar y alejarme de él tan pronto ahorrara un poco. El cine es mi profesión y mi pasión; desde la ficción puedo contar historias.

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Sí, me casé a los veinticinco años. Tengo una obsesión por la verdad, la honestidad, que no es más que decencia. Le conté todo a mi esposa. Ella sabe que no puedo con la violencia. Nuestras dos hijas son lo más importante para nosotros. Queremos que crezcan en un mundo seguro, por eso jamás las presenté con su abuelo.

Sí, les conté la verdad, les dije que por eso dejé de hablarle a mi padre, porque era un golpeador. Cuando vemos en las noticias historias de un nuevo feminicidio no puedo dejar de pensar en mis padres. Sí, mis hijas me preguntaron un día, ya adolescentes. Yo les dije que, efectivamente, fue un feminicidio porque había violencia familiar desde antes, porque mi padre lo hizo con premeditación y crueldad.

Y no, no tengo excusa. No lo denunciamos porque a los niños nadie les cree y después, bueno, después la historia cambió. Toda la familia lo ocultó porque había que proteger al proveedor, al líder moral de la familia, al más poderoso. Ahora que me preguntas pienso que tal vez por eso somos tan agachones con los políticos corruptos, porque son los líderes morales de la familia nacional. ¡Qué asco!

Mis hijas ven las fotografías y dicen que soy idéntico a él. Ya no me molesta que me lo digan. Sólo nos parecemos en lo físico.

¿Miedo? No creo que esté instigándoles a mis hijas miedo hacia los hombres. La verdad no hay que maquillarla; siempre les digo que deben tener cuidado al elegir a los hombres. Sí, ambas son heterosexuales. Ellas mismas me platican que en el colegio los niños son más agresivos, los que hacen más trampas en los exámenes, por ejemplo; yo les respondo que eso es corrupción, y ellas son lo suficientemente inteligentes para comprender la importancia de la honestidad.

Mi esposa es científica, es investigadora y tiene una plaza fija. Gana más que yo y acordamos que yo trabajaría medio tiempo para estar con las niñas. Son mi orgullo.

¿La palabra para definirlo? Creo que es machismo.

"Papá se comportaba como un macho
de película, como un macho
del mundo animal que no quiere
dominar sus instintos ni sus
pulsiones".

No, no soy como mi padre, por fortuna para mi esposa y mis hijas.

Yo lo he trabajado, aunque mis amigos y mis hermanos digan que soy un oprimido, un mandilón. No entienden que pueden existir familias sin oprimidos ni opresores. No voy a perder mi tiempo en esa discusión.

¿Yo cómo me defino? Como un hombre feliz, pleno, que no hace daño a nadie, que ha pasado una vida preguntándose cómo pude haber salvado a mi madre. Sí, sé que no pude hacer nada, era sólo un niño. Yo pongo el ejemplo en casa, no me interesa ser líder social ni salir a pelearme con los machos; los hombres en general son muy necios y siempre vamos a perder esa discusión. Pues simplemente porque así ha sido siempre, son siglos de cultura que un hombre como yo no puede cambiar. Educar hijas fuertes es mi aportación, seguramente ellas darán la batalla contra los machos.

No sé si hubiera podido denunciar a mi padre, pero era mi palabra contra la suya y la de sus amigos del Ejército, como ya dije… Una guerra perdida. Eso sí lo entendí desde muy niño, no me preguntes por qué; sabía que hay hombres con los que uno no debe enfrentarse porque son capaces de matar a sus seres queridos.

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