No vuelvas
La estremecedora crónica periodística en la que se descubren los mil y un rostros de la deportación.
Por Leonardo Tarifeño
agosto 10, 2018

Durante los tiempos de Barack Obama, Estados Unidos deportó a Tijuana unos 60 mil mexicanos por año. La cifra, que hoy se mantiene bajo el mandato de Donald Trump, equivale a unos 160 por día. Con el ascenso del magnate que sueña con un muro a lo largo de la frontera, el periodista Leonardo Tarifeño viajó a Tijuana para conocer a esos bad hombres que de un momento a otro se quedaron sin nada. El resultado es No vuelvas (Almadía, 2018), una estremecedora crónica periodística en la que se descubren los mil y un rostros de la deportación. Éste es un fragmento del libro que estos días aparece en México. 

Una mañana de domingo, de camino a Playas, le cuento al taxista que vine a Tijuana para escribir sobre los deportados.

—¿Ah, sí? ¿Me viniste a ver a mí? —pregunta, entre risas, con la mirada fija en el espejo retrovisor.

En la ciudad hay tantos expulsados de Estados Unidos que es difícil no toparse con alguno. Él debe andar por los 50 años, dice que es de Puebla y que a la frontera llegó de niño.

—Al “otro lado” cruzamos con mi esposa, en 1997. Justo por aquí, ¡ahí mero! —apunta, mientras pasamos junto a un cerro que cae en picada, detrás del Mirador. Se ve que a esta hora nunca hay mucho tránsito en este rumbo, pero yo igual preferiría que mirara menos por el espejo y más hacia adelante—. Estaba bien papita, eran otras épocas —suspira y acelera, temerario, siempre con un ojo en el retrovisor—. Luego, luego pagamos por mi abuela, pero en ese cruce se pusieron bien perros y tuvo que pasar por Zona Norte. No problem: cada coyote tiene su agujero. Diez años vivimos en Los Ángeles. Mi abuela, mi esposa, mis hermanos, todos. Hasta que me deportaron. Pero ¿sabes qué? Si no me hubieran corrido ellos, me hubiera ido yo.

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—¿Por qué? ¿No te gustaba allá?

—Bueno, a ver si me puedes entender. Si uno aquí tiene a la familia, los amigos, el trabajo… ¿por qué me tendría que ir? ¿A hacer qué?

Aunque supongo que las cosas no son tan sencillas, le doy la razón. Sobre todo, por motivos profesionales: como no quiero que deje de hablarme, no debería contradecirlo. Su testimonio podría ser significativo si sobrevivimos a su euforia al volante.

—Las cosas se pusieron feas cuando deportaron a uno de mis hermanos —continúa, con el viento en la cara—. Habíamos pagado un buen varo por él, y al primer día se lo llevaron por tomar unas chelas en la calle. ¡El primer día! Yo trabajaba en un hospital de ancianos, limpiándole el traste a los viejitos. ¿Y todo para qué? Cuando me deportaron por conducir sin licencia, no lo lamenté. A principios de 2008 me traje a mi esposa y aquí estamos, tan contentos.

—¿No estaba muy violento aquí por esos años?

—¡Pues ya sabes cómo es México, carnal! Cosas pasan, pero no hay que meterse. ¡Cada chango con su mecate! Y la verdad es que, desde que encerraron al Doctor, por aquí está todo más tranquilo.

***

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El Doctor es Eduardo Arellano Félix, médico de profesión y excerebro financiero del Cartel de los Arellano Félix (caf), con el que sus hermanos Benjamín y Ramón gobernaron de facto Tijuana entre 1989 y 2002. De los tres, el primero en caer fue Ramón, el pistolero en jefe de la banda, durante un tiroteo con la policía de Mazatlán, el 10 de febrero de 2002; un mes después le tocó a Benjamín, en Puebla, en un operativo que se saldó sin que nadie disparara un solo tiro. A Eduardo lo apresaron en octubre de 2008, justo cuando el deportado que a mil por hora me lleva a Playas se reinstalaba en TJ, un año en el que las estadísticas oficiales señalan que en la ciudad hubo 843 ejecuciones. ¿Qué clase de tranquilidad era ésa? Tal vez llegó el momento de contradecirlo. Ochocientos cuarenta y tres asesinatos anuales no son sinónimo de tranquilidad en ningún lado; o quizá sí, allí donde sólo a Ramón Arellano Félix se le atribuyen más de mil en 13 años, casi 80 por temporada laboral.

¿Mi taxista tendrá razón o yo me perdí de algo en el camino? Y es que, mientras dejábamos atrás la garita de San Ysidro, para no mirar el velocímetro me puse a pensar en el agente de la migra identificado como José Barrón, quien ahí mismo permitió durante años el paso de camiones con toneladas de marihuana, una hora al día, a partir de las 20.1 ¿Cuánto le habrá pagado el caf a ese empleado gringo? Cuesta saber el monto anual aproximado, aunque a la fiscalía de San Diego le consta al menos un pago de 650 000 dólares. Lo único cierto es que la droga siempre traspasa la frontera sin necesidad de visa. Y que los papeles se les pide sólo a quienes no valen tanto.

Al bajar del taxi, lo primero que siento es el aliento de las olas y, a lo lejos, el ritmazo de una plegaria salsera que emerge de un restaurante de mariscos. Gracias, amor, por los bellos momentos / quiera Dios que se cumplan tus sueños / y aunque sé que lo nuestro es pasado / nunca voy a olvidarte / porque fui taaan feliz…, escucho en versión de Alberto Barros, mientras llego al extraño punto fronterizo en el que la valla crece desde el mar. Todos los fines de semana, las familias partidas a ambos lados de la frontera se reencuentran aquí, en el Parque de la Amistad o Friendship Park, el área binacional donde la verja que hiere el Pacífico se transforma en una prisión al aire libre, amarga y entrañable a la vez.

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Pat Nixon, la exprimera dama estadounidense, lo inauguró en 1971, cuando la demarcación limítrofe sólo dependía de un alambre de púas y nadie soñaba con el “gran y hermoso muro” prometido por Trump. Durante aquel acto legendario, la señora Nixon les pidió a sus agentes de seguridad que cortaran el alambre para poder abrazar a quienes la contemplaban a escasos metros, tan cerca y tan lejos, en ese otro país que también es otro mundo. “Aquí no debería haber muros”, sentenció, premonitoria, sin saber que menos de dos décadas después, en 1990, justo en ese sitio se levantaría la primera gran cerca que su intuición quería conjurar.

Tres años más tarde, la malla ya abarcaba los 20 kilómetros que van del mar a las montañas del este. Y en 1994, como parte de la Operación Guardián ordenada por el entonces presidente Bill Clinton, el refuerzo con placas metálicas de la primera valla se complementaría con la instalación de una segunda, de 4.5 metros, inclinada al interior con alambres de púas más gruesos y espinosos de los que conoció aquella primera dama, hija de una inmigrante alemana y de un descendiente de irlandeses.

Desde 1990, Estados Unidos construyó 1 050 kilómetros de muros y cercas para cubrir 33.3 por ciento de los 3 145 kilómetros que abarca la frontera, un porcentaje que al autoritarismo del siglo xxi le resulta insuficiente. Equipada con sensores, drones, cámaras y patrullas activas las 24 horas del día, la sección de la verja que corresponde a Tijuana y San Diego es la más vigilada de todas. Tanto, que ni siquiera en el parque se permite nada parecido al contacto físico, aun cuando la única parte del cuerpo que podría asomarse entre los milimétricos huecos de la doble red metálica que cruza los barrotes es la yema de los dedos.

Ya a un lado del faro, la cercanía de la valla hace que los sentimientos se confundan. ¿El parque es el primer paso hacia la reunificación familiar o el rincón amable de un monumento a la intolerancia? La barda que guía a los migrantes ilegales hacia la muerte agazapada entre los desiertos y los ríos cobija este lugar de encuentro, sin el cual las familias con miembros en ambos países podrían pasar años sin verse. Aquí, un país dice de la manera más brutal posible que no quiere tener ninguna relación con su vecino; sin embargo, al mismo tiempo, el muro construye sus propios resquicios rigurosamente vigilados y organiza un recreo, un día de visitas para que nadie olvide que en realidad se trata de una cárcel. A su manera, simboliza una esperanza enjaulada y controlada, pero esperanza al fin.

—¿Sabe? Por allá abajo, un día llegué a meter la cabeza del otro lado —le cuenta un inesperado guía turístico a una pareja de gringos, en el pequeño mirador donde reposa una estatua con delfines. La caza de extranjeros con dólares me recuerda a tantas otras, como la de los vendedores de minipirámides y masajes energéticos en Teotihuacán, la de los hechiceros de ocasión en las calles de Catemaco y la de los pescadores que ofrecen tours mar adentro en las costas del Pacífico. Mientras pienso por qué allá nunca me resultó chocante y aquí sí, veo que en cada valla está escrito el nombre de un veterano de guerra mexicano que peleó por Estados Unidos antes de que ese país decidiera que defender su bandera no es una razón legítima para frenar la deportación de sus soldados. Más arriba, leo: “Cuando el poder del amor supere el amor al poder, el mundo conocerá la paz”, uno de los máximos lugares comunes del pacifismo, frase original del exprimer ministro británico William Gladstone, mal atribuida a Jimi Hendrix. A un costado, tres pastores evangélicos ofrecen “cursos bíblicos gratis”. Y arriba, con enormes letras corroídas por la humedad, la palabra empathy pide justo aquello que los drones, las cámaras y las torres de seguridad que la alumbran parecen negar.

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Delante de mí hay unas 30 o 40 personas pegadas al imán de barrotes que los acerca y aleja de aquellos que más quieren. En la parte gringa, una mujer alza un niño para que una abuela en silla de ruedas, de este lado de la cerca, roce los cachetes del chamaco aplastado contra la cuadrícula de metal. Más adelante, dos veinteañeros y sus padres les prometen a sus hermanos y cuñadas aferrados a la barda que al próximo encuentro llegarán con mariachis.

—Buenos días —dice un agente de la migra, alto y firme, parado detrás de una pareja dividida por la valla—, nada más les recuerdo que no pueden pasar nada.

Cuando palpo la verja para imaginar qué es lo que se podría pasar entre esos agujeritos tan pequeños, veo a un joven flaquísimo y con barba de tres días que, tal vez, aguarda a una familia que no llega.

—De mis 39 años, viví 29 en Estados Unidos —me cuenta, poco después de decirme que se llama David Díaz—. Nací en Puebla, pero de allí no recuerdo casi nada. De muy niño nos vinimos aquí para pasarnos al “otro lado” por Nido de las Águilas. Y en el gabacho tengo todo: mi mujer, mis cuatro hijos y mi nieto.

Para la dimensión de la ruptura que describe, David parece muy entero. Tiene una energía que no vi entre los deportados del desayunador; me habla seguro de sí mismo, más preocupado que perdido. Sin pausas explica que en New Brownsville (New Jersey), donde vivía hasta dos meses atrás, se ganaba la vida como empleado de una empresa de mudanzas, y al referirse a los suyos saca su cartera para mostrarme las fotos de su nieto y de sus hijos (Angela, David, Cristian e Irisdeia).

—Me detuvieron por llevar una licencia de conducir falsa, pero hacía un año que yo tenía mi residencia permanente —explica—. La licencia era de mucho tiempo atrás. La abogada me dijo que a esa falta le corresponde una multa y no una deportación. Sin embargo, lo único que me puede conseguir es una probation de cuatro años, para que regrese pronto.

—Y, mientras tanto, ¿qué vas a hacer?

—Me tengo que quedar en Tijuana,
no hay de otra. Recién deportado, a la salida de la garita, se me acercaron los hermanos de la iglesia Fiesta Pentecostal, de Jardín Dorado, así que ahora hago algunas cosas para ellos. Trabajo en la iglesia, hago reparaciones, colaboro con lo que necesiten. Y los domingos los acompaño aquí, al parque, para ayudar en lo que pueda.

—Pero tú también necesitas ayuda.

—Todos la necesitamos, ¿quién no? A mí ahora me toca tener paciencia. No le voy a decir que no estoy desesperado. Nadie puede ni imaginar lo que se siente cuando pasan los días y los meses sin ver a la familia, y que nadie te diga cuándo los vas a volver a ver. Cada noche, antes de dormir, me pregunto si realmente fue tan grave lo que hice. Pero venir a este lugar me hace bien, ¿sabe? Me hace sentir que no estoy tan solo.

Antes de irse, David me regala una estampita de la Virgen.

—Llévela, es la madre de todos nosotros —me dice en voz muy baja, casi en secreto—. Y por estar aquí, de usted también.

Al bordear la verja me cruzo con familias que llegan con banquetas, sombrillas y carriolas; algunos buscan un hueco para darse un beso con sabor a metal, otros hablan de policías, documentos y empleos prometidos. A pocos metros, del lado de allá, reconozco a Enrique Morones, histórico activista en cuestiones de migración y fundador en 1986 de la ong
Ángeles de la Frontera/Border Angels, que apoya a los migrantes en camino a Estados Unidos con asesoría jurídica, contacto binacional y hasta botellas llenas de agua que sus miembros dejan en distintos puntos de la travesía del desierto. Hijo
de padre chilango y madre sinaloense, nieto del secretario de Economía de Plutarco Elías Calles, Enrique nació en San Diego y se convirtió en una auténtica celebridad en 1998, cuando el expresidente Ernesto Zedillo lo distinguió como la primera persona en obtener la doble ciudadanía mexicana y estadounidense.

Al verme con mi estampita en la mano, primero quiere saber de dónde vengo y luego me comenta que al rato su grupo irá de visita a un panteón.

—Está a 30 kilómetros de aquí, en California —dice—. Es la madre de todas las fosas, no hay otra igual en ningún lugar del mundo. Tiene más de 600 cuerpos de migrantes sin identificar. Y ese lugar es sólo una parte de la historia: desde hace varios años, las autoridades creman los cuerpos que nadie reclama y los arrojan al mar. Para esos muertos ni siquiera hay una tumba sin nombre. Por eso, una vez cada seis semanas, vamos con Ángeles de la Frontera a colocar cruces y orar por todos ellos.

Cuando Morones fundó Ángeles de la Frontera, esta valla no existía. Por lo que motiva y representa, hoy es quizá su mayor enemiga. Por eso, dice, en 2013 le pidió al director de la Border Patrol que la abriera una vez al año, un par de minutos, durante el Día del Niño. Para su sorpresa, el jefe aceptó la propuesta. La idea consistía en abrir la puerta de emergencia y acompañar a la primera dama de San Diego para que se encontrara con su par de Tijuana, en un homenaje a aquella otra que fundó el parque.

—Pero, segundos antes de que la puerta se abriera, un muchacho se me acercó y me preguntó si podía pasar conmigo, ya que del lado de Tijuana estaba su hija, a la que nunca había podido abrazar —señala Enrique—. Como no había tiempo para que me explicara mejor, le di una playera de Ángeles de la Frontera, lo tomé de la mano y no lo solté. No
terminábamos de cruzar cuando una niña, Jimena, salió de entre la multitud que esperaba del lado mexicano y corrió al abrazo de ese joven. Nada de eso estaba planeado, y a mí me pareció muy poderoso. Al año siguiente no nos permitieron repetir el evento, pero en 2015 lo hicimos durante 15 minutos con cuatro familias, y en 2016 conseguimos 20 minutos para cinco. Ahora nuestro objetivo es lograr un reencuentro de media hora para la mayor cantidad posible de personas.

—En todos estos años, ¿cuál ha sido el mayor obstáculo que enfrentaste?

—La ignorancia. La gente cree que sabe lo que ocurre, pero la verdad es que no saben nada. Y en el caso de las autoridades es peor aún: todos te felicitan y nadie te da su apoyo. En 2009, el expresidente Felipe Calderón me dio el Premio Nacional de Derechos Humanos, pero lo que necesitamos no son reconocimientos, sino ayuda.

De este lado de la verja, otros activistas de Ángeles de la Frontera me cuentan algunos de los grandes problemas con los que batallan a diario. El fraude de muchos abogados, que cobran miles de dólares a sabiendas de que no podrán modificar la situación de sus desesperados clientes; el secuestro por parte de los coyotes que trabajan para el crimen organizado; la persecución policial, que ellos mismos han padecido. Con semejantes desafíos cotidianos, ¿qué tanta diferencia pueden hacer actividades como las de abrir la puerta del muro una vez al año, durante dos minutos o media hora?

A Morones la pregunta no le gusta, y se toma su tiempo para responderla con una anécdota. Hace varios años, recuerda, en la zona fronteriza del Valle Imperial, en California, un amigo suyo y él vieron a lo lejos a un hombre que caminaba con mucha dificultad. Cuando se acercaron, notaron que avanzaba a trompicones porque llevaba a otro sobre sus espaldas. El que cargaba se sentía muy débil y el otro era un moribundo. Los amigos asistieron a los dos migrantes y se ofrecieron a llevarlos al hospital, pero ninguno quiso ir porque le temían a la policía. Frustrados y tristes, los voluntarios continuaron su recorrido para ver a quién más podían ayudar. Dos semanas después, un joven, Francisco, llamó a Morones desde Los Ángeles para agradecerle por haber socorrido a su padre, que era aquel que cargaba al otro hombre. Días más tarde, recibió otra llamada, esta vez desde Chicago. Ese chavo se llamaba Pedro, y también quería darle las gracias. Su padre era el hombre que había estado a punto de morirse en el desierto.

—Yo nunca supe cómo lograron contactarme —remata—, a nosotros no nos interesa que nos busquen, lo único que nos importa es que se salven. Pero se ve que para ellos sí era importante encontrarnos, ¿entiendes? Eso significa que con poco podemos hacer mucho. Tú me preguntas por el impacto real de nuestro trabajo, yo también me lo pregunto a veces. Lo único que sé es que a Francisco y Pedro sí les hizo una diferencia. Y, para nosotros, eso es muy importante.

Está claro que Morones tiene razón; lo que duele es notar que su esfuerzo tiene un alcance limitado, una frontera que el odio, el racismo y la indiferencia hacen muy difícil de saltar. Consciente de esa sospecha incómoda me alejé del parque, abrumado por un vértigo agotador. Mientras me iba, sin darme cuenta, me di vuelta para captar una imagen a la distancia de la playa enrejada; bajo la luz tenue de un sol apacible, con hombres, mujeres y niños todavía a sus pies,
sentí que el muro de acero genera más tristeza que indignación. Las risas de las parejas que se toman selfies con fondo marino, la simpatía en venta de los cazaturistas y la caricia de la brisa amortiguan la impotencia y la transforman en melancolía, pero la sensación que se queda adentro es de las que no desaparecen de un día para el otro.

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