El diseño habla: objetos honestos, formas vivientes - Gatopardo

El diseño habla: objetos honestos, formas vivientes

Los objetos de diseño contemporáneo no nacieron por generación espontánea. Son producto de un trabajo colectivo que apuesta, más que por desarrollar objetos fabriles de corte industrial, por la investigación de materiales locales, la profesionalización de los oficios, el intercambio de saberes y la producción artesanal.

Durante la última década el diseño mexicano ha estado presente lo mismo en museos, foros y festivales que en tiendas departamentales, bazares, boutiques exclusivas y tiendas de concepto dentro fuera del país. Actualmente conviven y trabajan cerca de cinco generaciones de creadores que hacen de sus propuestas una oferta rica, lúdica, diversa y competitiva. Si bien es cierto que aún estamos en el proceso de construir una cultura del diseño, ya se percibe una escena con discusiones y proyectos que apelan al contexto y las condiciones locales sin caer en el nacionalismo o en la búsqueda cuestionable de la “mexicanidad”.

Buena parte del diseño contemporáneo ha apostado por privilegiar los procesos de investigación y experimentación que lleven a crear objetos sensibles, cargados de significados e historias. Ya lo decía Clara Porset Dumas, que nació en Cuba pero desarrolló su vida creativa en México y es uno de nuestros referentes fundacionales en materia de diseño:

Diseñar es dar figura e integridad a las cosas, es crear formas que puedan llamarse vivientes por la relación justa entre sus partes, es conformar una unidad por un proceso que comienza y se perfecciona en la mente […] y que va expresándose sobre el material mismo o a través del dibujo.

Para Porset diseñar implicaba experimentar: entender la forma útil, bella, pero también escuchar al material, respetarlo con el fin de crear objetos honestos que dialoguen con su contexto y apelen a la sensibilidad de los usuarios. Durante su vida, escribió profusa y atinadamente una serie de reflexiones sobre el diseño como práctica, profesión y oficio. En un texto que publicó en 1949 en la revista Arquitectura México, editada por el renombrado arquitecto Mario Pani, reflexiona:

El respeto al material es invariable. Tiene que ser usado en su naturaleza inherente y acatando las formas específicas que produzca. No podrían obtenerse formas honradas si a un material se le impusiese la forma de otro. Su falsedad las declararía de inmediato inválidas.

En cambio, usado, digamos, con veneración, el material puede mejorar la forma siempre. Entonces habla y canta. Y se establece un diálogo entre éste y el diseñador en el que el material sugiere y, después de oírlo, el diseñador responde con su sensibilidad particular.

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Marisol Centeno trabaja con acuarelas en su estudio. Fotografía por Andrea Cinta.

Por otra parte, Octavio Paz afirma en su ensayo “El uso y la contemplación” (1988) que la artesanía es la conjunción entre utilidad y belleza, un maridaje que produce placer a la vista y satisfacción al espíritu: “Las cosas son placenteras porque son útiles y hermosas”, afirma, y escribe sobre el diseño industrial que “consiste en aumentar la utilidad del objeto en proporción directa a la disminución de su materialidad […], al máximo de rendimiento corresponde el mínimo de presencia”. Paz afirmaba que para que el diseño industrial fuera efectivo, era necesario que fuera invisible. ¿Qué pensaría el poeta del diseño artesanal o de lo que algunos han llamado “neoartesanía”? Objetos que se crean con una metodología contemporánea, pero de manera artesanal, con respeto hacia la esencia del material y la honestidad de las formas, sin contravenir su nobleza y, en ocasiones, en colaboración horizontal con comunidades de artesanos rurales y urbanos. Sin duda, le darían interesantes puntos de vista a su reflexión.

El país es un territorio riquísimo en recursos naturales y con una arraigada tradición artesanal que, por momentos, coqueteó con la industrialización y el progreso. Éste fue el punto de partida para crear programas universitarios para profesionalizar el diseño. Sin embargo, con la llegada del Tratado de Libre Comercio a finales de los ochenta, la ilusión de ser una fuerza industrial se desvaneció para dar paso a la conformación de un país maquilador, que ensambla mucho e innova poco.

En las últimas dos décadas, sin embargo, han surgido grupos que apuestan, más que por desarrollar objetos fabriles de corte industrial, por la investigación de materiales locales, la profesionalización de los oficios, el intercambio de saberes y la producción artesanal a partir de un proceso de diseño formal.

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Hace casi una década Marisol Centeno comenzó la aventura de montar un taller en Teotitlán del Valle, una comunidad oaxaqueña con gran tradición artesanal textil, en la que las autoridades son mayormente masculinas y cuyos usos y costumbres relegan a las mujeres a un rol secundario. Centeno se enfrentó a un ambiente hostil, pero a fuerza de tesón y paciencia, se fue ganando el respeto de la comunidad. Escuchar, proponer y sumar fueron sus principales estrategias. Su filosofía con respecto a los procesos de diseño, la esencia del arte textil y la importancia de los materiales fue fundamental para lograr un proyecto sano, productivo e innovador. Marisol se entiende como diseñadora, pero también como una empresaria que ve el trabajo como un proceso colaborativo, que fomenta la coexistencia y diversidad en un acto de reconocimiento de la multiculturalidad e interdisciplinariedad.

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Marisol Centeno en su estudio en Ciudad de México. Fotografía por Andrea Cinta.

Entender cabalmente los procesos y dedicar tiempo a la experimentación es parte del ADN de Biyuu, hoy una marca con ventas a escala internacional. Para Marisol, la relación entre las personas y las tramas textiles en la vida cotidiana es importantísima: concibe sus tapetes como el traje ideal, una segunda piel para los espacios y habitaciones. Con atención al detalle, selecciona materiales que envejezcan con dignidad y está siempre preocupada por utilizar técnicas que amortigüen el impacto ambiental. Por ello, además de utilizar pigmentos naturales, escoge colorantes certificados para ocupar menos agua y recursos naturales.

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Patrones en acuarela y tapetes de Biyuu. Fotografía por Andrea Cinta.

Piedrafuego es el proyecto de Aldo Álvarez Tostado en Guadalajara. Colabora con comunidades de artesanos, con quienes intercambia técnicas y saberes. La tradición es un elemento central para Álvarez y se acerca a ella como un elemento vivo, en constante transformación; es consciente de que todo lo tradicional fue nuevo en algún momento y lo entiende como una continuidad más que como un canon estático, inamovible. En sus piezas busca afanosamente que converjan pasado y futuro y que sea el material, con sus defectos e imperfecciones, el que dicte la manera de abordar la pieza.

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Aldo Álvarez en piedrafuego. Fotografía por Andrea Cinta.

“El material es el punto de partida de la búsqueda plástica en Piedrafuego. Es lo que nos da las pistas sobre qué queremos producir y los límites con los que debemos trabajar”, expresa y destaca otro valor importante para ellos, el aprovechamiento: “Siempre buscamos darle salida al material que no puede comercializarse de manera estándar. Lo restauramos, le damos otro uso o se lo regalamos a alguien que lo vaya a usar”. Para este diseñador, “la experimentación es una búsqueda que no cesa en el estudio y en los talleres artesanales. Creo que se responde con otras preguntas: ¿hasta dónde puede llegar un material?, ¿qué tan dispuestos están un artesano o artesana a salir de su práctica cotidiana?, ¿qué sucede en el encuentro de dos materiales?, ¿qué puede provocar esto en otros y en mí?”.

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Aldo Álvarez en piedrafuego. Fotografía por Andrea Cinta.

Los objetos de Piedrafuego, como las macetas Tzom de cantera tallada en Yahualica, Jalisco, con calaveras que aluden a los tzompantlis, o los bancos Caballito de madera torneada y crin, reflejan sus convicciones y cuestionamientos. El resultado es esa impronta artesanal en un lenguaje contemporáneo.

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Fotografía por Andrea Cinta.

También en la capital de Jalisco, Melisa Aldrete y Luis Cárdenas fundaron su estudio de cerámica, Popdots, cuyo principio fundamental es la experimentación. El material con que trabajan, la arcilla, los hace conscientes del tiempo, la transformación, el progreso, la historia, la naturaleza y el clima. Es lo que marca el ritmo, el vaivén entre el hacer y el pensar. Más allá de diseñar objetos de uso cotidiano, han buscado llevar el material al límite, como en el proyecto Vida y muerte, que presentaron en la feria de diseño Campamento en 2019, en el que, luego de la primera quema, sembraron chía, levadura y alpiste en las piezas hechas con barro de Tonalá. Al crearse un microclima apropiado, estas especies naturales comenzaron a habitar el barro y la responsabilidad de mantenerlas vivas quedó en el usuario.

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Luis Cárdenas y Melisa Aldrete en Popdots. Fotografía por Andrea Cinta.

Antes de que nazca un objeto en su taller, siempre hay un diálogo para encontrar una ruta. La apuesta es descontrolar uno de los pasos hacia la materialidad, lo que suele alejarse de las formas estándar y llegar a representaciones inesperadas. Le guardan fidelidad a la forma y a la belleza y procuran llegar a los límites de la materia para que, a través de su convivencia con el espacio, el objeto genere su propia función. La belleza no siempre es útil, pero la utilidad siempre es bella.

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Melisa Aldrete modelando barro en su estudio en Guadalajara, Jalisco. Fotografía por Andrea Cinta.

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Luis Cárdenas en Popdots. Fotografía por Andrea Cinta.

Diego Vides Borrell comenzó su taller de vidrio soplado, Do Estudio, para colaborar y dialogar con diferentes profesionales. Luego de haber hecho estancias en Estados Unidos y Europa para entender la práctica del vidrio y sus complejidades, Vides Borrell se dio cuenta de que el vidrio soplado, una técnica que antes era común y hasta económica en el país, estaba casi extinta: había pocos talleres donde soplar y producir piezas que privilegiaran la técnica, el material y el proceso sobre las formas comerciales. Oaxaca fue el territorio que eligió para retomarlo y Do Estudio se convirtió en una suerte de escuela-taller donde el diseñador contrata a otros profesionales para asistirlo en su práctica y les da espacio para producir sus proyectos personales. Do tiene producción propia y, a la vez, se propone como un espacio para que otros diseñadores, interioristas y arquitectos produzcan piezas por encargo, en ediciones limitadas y con la factura artesanal en la que Vides Borrell ya es experto.

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Diego Vides Borrell en Do Estudio en la ciudad de Oaxaca. Fotografía por Andrea Cinta.

El material tan frágil y la técnica tan especializada del soplado hacen que la materia y su tratamiento estén al centro de cada proyecto. “Lo especial del vidrio es la transparencia”, explica Vides. “Hay dos grupos generales de vidrio, translúcidos y opacos, y en el taller apostamos por los primeros, pues nos interesa preservar la transparencia del material, respetar la forma en que viaja la luz y las combinaciones de colores superpuestos”. A este diseñador le gusta enfatizar la capacidad que tiene el vidrio de mantener su estructura fluida aun en la etapa sólida. “Al soplar vidrio entiendes que algunos principios de los líquidos aplican al proceso de soplado. El mejor ejemplo es la esfera: al no haber ángulos, la temperatura y el movimiento fluyen muy fácil, mientras que cuando hay ángulos rectos, se genera estrés y el proceso se vuelve más complicado”.

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Vidrio soplado en Do Estudio. Fotografía por Andrea Cinta.

Con un material tan maleable y delicado, el error debe ser parte del proceso e integrarse al resultado. Así que cada pieza es única y tiene parte del espíritu, no sólo del diseñador, sino de quien sopló el objeto. Para Vides, las piezas mejor logradas son aquéllas en las que la fluidez y el movimiento del vidrio se perciben a la distancia y evidencian el material y sus características esenciales.

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Vidrio soplado en Do Estudio. Fotografía por Andrea Cinta.

Los objetos de diseño que se producen hoy en día no nacen por generación espontánea ni de métodos mecánicos ya establecidos, sino que los precede una serie de procesos, errores y una constante experimentación. Sólo así es posible propiciar momentos de reflexión para dilucidar para qué sirve el diseño y qué situaciones puede —o no— solucionar.

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