Peregrinaje a Marfa
¿Qué queda de Marfa después de Donald Judd?
septiembre 4, 2019

Aunque suene paradójico, lo difícil que es llegar a Marfa, en medio del desierto de Texas, es una ventaja competitiva. Por inaccesible, ha sobrevivido al cuchicheo de los artistas y las celebridades que invadieron este pueblo en los noventa y los dosmiles. También por eso ha aguantado la oleada de pseudobohemios y el frenesí instagramero que se desató cuando en 2012. Beyoncé posteó en Tumblr una foto suya con la melena suelta, minifalda y un top amarillo eléctrico, brincando frente a la tienda de Prada Marfa. Si no fuera porque queda lejos de todo, este lugar estaría asolado de curadores, artistas conceptuales, artesanos Etsy, bandas indie, influencers y modernillos. No le quedaría nada de ese encanto polvoriento que tienen los pueblos perdidos en la árida inmensidad de Texas.

Lo cierto es que Marfa no es como ningún otro pueblo de Texas. Aquí filmó James Dean su última película, la legendaria Giant, dirigida por George Stevens y coprotagonizada por Elizabeth Taylor y Rock Hudson. El Hotel Paisano, donde se alojaron dichos figurones, está tapizado de parafernalia del rodaje. Vale la pena visitarlo y tomarse una margarita frente a las hermosas fotografías de Jimmy y Liz jugando a las luchas en medio del desierto.

Prada Marfa

También dicen que, desde los 1800, la gente viene a aquí para atestiguar un extraño fenómeno meteorológico, cósmico o esotérico, según quien lo cuente: las Marfa Lights, misteriosas luces de colores que de vez en cuando aparecen y bailan en el horizonte en un páramo a las orillas del pueblo. Además, en la última década, Marfa se ha ido poblando de galerías, hoteles, tiendas y restaurantes que podrían competir, incluso en precio, con cualquiera en Nueva York o Los Ángeles. 

Sin embargo, lo que realmente marcó un antes y un después para Marfa fue la presencia y la visión de un individuo: Donald Judd, un gigante del arte americano en la segunda mitad del siglo XX. Deshuesó la realidad en cortes limpios y claros pero cargados de significados complejos, en toda su producción creativa. Se siente en las líneas perfectas y las formas depuradas de sus muebles. Está presente en sus obras más reconocibles de los sesenta y setenta, “objetos específicos” en tres dimensiones, compuestos a partir de materiales y acabados industriales, salpicados con colores llamativos, que se encuentran en colecciones y museos del mundo. 

A principios de los setenta, Judd quería huir de la pose y el ajetreo de Nueva York para dedicarse de lleno a construir su visión total del arte. En noviembre de 1971 voló a El Paso para explorar desde ahí el Big Bend. De todos los pueblos de la zona, Marfa le pareció el “más bonito y el más práctico”, así que rentó dos grandes naves en el centro y una pequeña casa a las afueras del pueblo y se mudó ahí con sus hijos. Desde entonces y hasta su muerte, en 1994, Judd se concentró en realizar lo que sería su proyecto de vida: el Marfa’ Projects.

Marfa, Donald Judd

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Si uno teclea “Marfa” en el buscador de imágenes de Google, lo primero que aparece no es Donald Judd, sino una serie de imágenes bizarras de una tienda de Prada perdida en la nada. Prada Marfa es una instalación de Elmgreen & Dragset (un dúo multidisciplinario de escandinavos afincados en Berlín), que se construyó en 2005 por encargo de la Art Production Fund de Nueva York en colaboración con Ballroom Marfa, la organización independiente de arte más filosa y activa de la región. Ubicada en el pueblo de Valentine, a 58 kilómetros, esta peculiar “escultura viva” se imaginó como una mezcla entre marcador de carretera, instalación de Land Art y sentencia jocosa al consumo conspicuo. La pieza ha causado furor, para bien y para mal: ha sido venerada, vandalizada, restaurada, replicada y retratada ad nauseam. 

¿Qué tiene que ver Prada Marfa con la visión de Donald Judd sobre Marfa? Nada. Sólo que una no existiría sin la otra. El legado imprevisto de Judd es igual de poderoso que su cuidado y controlado legado artístico. “Don” jamás pensó que, algún día, Marfa competiría con Brooklyn por el título de capital global hípster. No me imagino a Judd desembolsando 595 dólares por un par de botas “minimalistas” cosidas a mano con máquinas de la década de los cuarenta (en Cobra Rock), 300 dólares por una sesión personal de “travesía aromática” y un roll-on de cinco mililitros de perfume personalizado (en Nagual), 180 dólares por un kimono con diseño de franjas de sarape (en la tienda del camping de lujo de El Cósmico), 108 dólares por un cojín oversized de lino inspirado en frazadas bolivianas (en Garza Marfa), 69 dólares por un sombrero de palma fabricado en Oaxaca (en Communitie), 40 dólares por un llavero moteado de piel de vaca (en Marfa Book Company) y ni siquiera 10 dólares por una barra de jabón orgánico infusionado con té Lapsang Souchong (en Marfa Brands). 

¿Qué queda de Marfa después de Donald Judd? A 25 años de su muerte, una tercera ola cultural ha puesto a Marfa en el mapa y en la imaginación de miles de visitantes. Muchas personas llegan aquí buscando algo profundo: una sacudida existencial. Otras sólo buscan la selfie perfecta para presumir al mundo. Otras tantas pasan por estas calles y estas vías y estos descampados sin parar siquiera un segundo, buscando refugio, esperando no acabar en alguno de los campamentos de detención de inmigrantes de la zona. //

Éste es un fragmento del reportaje “Don o el desierto (o un peregrinaje a Marfa)”, publicado en el número 199 de la revista Travesías. Conoce más en travesiasdigital.com


 

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