Carta editorial: Trabajo en resiliencia - Gatopardo

Carta editorial: Trabajo en resiliencia

Desde hace diez meses nuestra revista se ha abocado a explorar un solo tema desde sus muy distintos ángulos, este septiembre dedicamos nuestro más reciente número a pensar el trabajo en América Latina.

José Ramón Cossío escribe que, dentro de todos los cambios sociales que estamos viviendo en el país, se advierte y se discute mucho menos lo que sucede en torno a la narrativa laboral. En un clima de incertidumbre como el que ha provocado esta pandemia podría ser normal agradecer el trabajo que tenemos sin cuestionar sus condiciones. ¿Por qué habríamos de elegir este momento de crisis y voltear a ver críticamente esos oficios, de los que dependemos tanto, y mirar la precarización? A lo mejor como una manera de alumbrar posibilidades, para que el trabajo no sea una ilusión sin futuro, para tener un anhelo de dignificación. Este número nació con el objeto de contar historias dentro de ese universo y romper los silencios; hacer una pausa en las horas incontables que se sumaron en la semana y hablar del trabajo como sólo Gatopardo podría hacerlo.

Para construir esta reflexión fuimos del trabajo colectivo que hacen los jóvenes diseñadores a la digitalización del dinero y el auge de las criptodivisas; de la precariedad laboral en que viven los músicos, con empleos simultáneos y poco acceso —o nulo— a las prestaciones sociales, a la tarea extenuante que realizan las arañas que tejen sus redes diariamente para atrapar alimento. Miramos el trabajo en la naturaleza, en el campo, en las ciudades, a través de las palabras de Ana Elena Mallet, Eduardo Huchín Sosa, Alejandra Manjarrez, Luis Mendoza, Román Luján y Pablo Duarte, entre otros. Por cierto, Duarte reflexiona sobre el sistema atroz detrás de las jornadas extendidas de trabajo —que nos roban horas de ocio y descanso—; el agotamiento acumulado que ha llegado incluso a causar muertes. ¿Por qué la insatisfacción sigue siendo la regla?, lanza esta pregunta como provocación.

Paula Mónaco Felipe regresa a estas páginas luego de ganar con nosotros el Premio Nacional de Periodismo. En esta ocasión siguió el rastro de las “nenis”, las mujeres que ante la crisis buscaron autoemplearse de maneras ingeniosas, tomando las redes sociales y convirtiéndolas en su plataforma de negocios. En Facebook, por ejemplo, la periodista encontró una catarata de ofertas y tianguis digitales, a los que se unió para conocer sus modos de trabajo. Marcas y diseños propios de productos tan disímiles como pasteles y ropa de segunda mano, bordados y cosmética natural. Su reportaje ofrece una mirada a esta resiliencia: millones de mujeres en edad de trabajar que no logran integrarse al mercado formal y buscan oportunidades para escapar de la pobreza, aunque no necesariamente de la informalidad.

Esta solución alterna también la retratan Cintia Kemelmajer y Diego Fernández Romeral en su historia sobre los “cartoneros”, como llaman en Argentina a quienes buscan el sustento rescatando materiales reciclables de la basura, afuera de casas, edificios y comercios, para venderlos. “El que cartonea, sobrevive”, dicen en el barrio de Villa Fiorito. Sergio Sánchez es el alquimista de la basura: se enfrentó a quienes calificaban su oficio como delictivo o veían en éste una amenaza para la industria pujante del reciclaje; organizó protestas, se encadenó al Obelisco de Buenos Aires y consiguió del gobierno un salario fijo para los cartoneros, uniformes, predios para reciclar, camiones y guarderías para sus hijos, además de formar la federación de recicladores más grande América Latina, que agrupa a más de veinte mil hombres y mujeres en su país.

En Venezuela el periodismo se ha convertido en un oficio a contracorriente. Los medios sortean todo tipo de restricciones y bloqueos por parte del gobierno de Nicolás Maduro. Tan sólo el año pasado se registraron más de cuatro mil evidencias de censura en la red, entre medios digitales nacionales y extranjeros. En ese contexto, Liza López escribe la crónica del ascenso de El Bus TV, un proyecto emprendedor creado por un grupo de periodistas jóvenes, algunos recién egresados que, con un altoparlante, en autobuses o desde los balcones de los barrios más humildes, donde con trabajos llega la señal de internet y hay apagones diarios, llevan las noticias que escapan de los discursos oficiales a la gente que menos recursos tiene. Cuando los vecinos del barrio La Cruz, en Caracas, escuchan: “¡Oído, comunidad!”, saben que de algo útil se enterarán.

En nuestro país la legalización —aunque con muchas restricciones— de la marihuana podría dar un giro inesperado: el futuro negocio del cannabis medicinal. Maya Averbuch, periodista para Bloomberg en México, viajó por Sinaloa y Durango, con el apoyo de la Fundación Gabo, para escribir el perfil de Benito Contreras, un hombre que busca emprender con cannabis. Mientras Estados Unidos avanza en la legalización en gran parte de su territorio y el precio de la marihuana mexicana ilegal que cruza la frontera ha caído considerablemente, Contreras comienza a planear su incursión en el mercado medicinal e incluso fundó su propio centro de investigación. Sabe que no puede hacerlo solo y busca aliados: ha estrechado lazos con agrónomos, pero también con campesinos que trabajan en la ilegalidad y con especialistas en oncología para desarrollar medicamentos paliativos. Quedan muchas preguntas por responder: ¿Qué pasará con los sembradores que han tenido que trabajar en el último eslabón del narcotráfico?; ¿tendrán las mismas oportunidades para transicionar o les pondrán trabas legales?; ¿tendrán que migrar?

Finalmente cerramos este número con el reportaje de Nadia Sanders, periodista que viajó a la Reserva de la Biósfera de Montes Azules, en Chiapas, siguiendo el rastro del “programa milagro” de Andrés Manuel López Obrador, Sembrando Vida, que ha capacitado a 426 mil campesinos para cultivar maíz, frijol y árboles frutales con la encomienda de reforestar. Lo ha hecho con un presupuesto descomunal: más de veintiocho mil millones de pesos tan sólo en 2021. Sanders recorrió la zona a finales de 2020, en los márgenes del río Jataté, y retrata una ilusión sin futuro: sembrar por cumplir con el programa, en sequías o bajo temporales, en zonas rocosas o poco propicias, talando para sembrar, aunque después haga falta la sombra de un árbol para que se dé el cacao. Sembrando Vida tiene fecha de caducidad. Especialistas apuntan que la producción de estos sembradíos no les servirá de sustento más allá de la administración actual. ¿Es también un espejismo? Como toda burbuja, ¿reventará? ¿Es lo que el campo mexicano necesitaba?

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