Darren Walker y el poder de la esperanza - Gatopardo

Darren Walker y el poder de la esperanza

Frente a la polarización de nuestros tiempos, el presidente de la Ford Foundation se mantiene optimista. Será crucial seguir apostando al combate de la desigualdad para lograr consolidar democracias más incluyentes en América Latina.

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Darren Walker sabe que es un hombre privilegiado y lo sabe porque no siempre fue así. Hoy es el presidente de una de las organizaciones filantrópicas más grandes e influyentes en el mundo, la Ford Foundation, con un patrimonio cercano a los veinte mil millones de dólares; y es el responsable de distribuir cada año mil millones de dólares entre organizaciones locales, de los que casi veintitres millones llegan a México y Centroamérica. Sus orígenes están lejos de los encuentros con celebridades como Elton John o personajes como Mark Zuckerberg, y aún más lejos de los presupuestos que alcanzan los seis ceros; esa historia de carencias y adversidades, lo han impulsado durante años a trabajar por un mundo más equitativo que, no sólo es posible, también es necesario y urgente.

“Las personas privilegiadas a veces no entienden la realidad de otros. Dicen cosas como ‘por qué no ahorran, por qué no piensan en el largo plazo’. Y no saben que la mayoría de la gente no puede hacerlo, no puede tomar esas decisiones”, dice.

Darren Walker conoce bien esa otra realidad. Nació en un hospital de beneficencia en Louisiana y creció en Texas en un entorno rural, asistiendo a escuelas públicas, sin conocer a su padre, y en una familia en la que nadie había logrado tener estudios universitarios. Gracias a una beca estudió Leyes en la Universidad de Texas, eventualmente fue contratado por firmas corporativas en Wall Street y, contrario a cualquier pronóstico, renunció a la bonanza económica para dedicarse a la filantropía, primero en una organización de Harlem, uno de los barrios más pobres en Nueva York, luego en la Rockefeller Foundation. Finalmente, llegó a la Ford Foundation, donde lleva una década al frente de la presidencia, dice en una entrevista a Gatopardo desde las oficinas de la Fundación al sur de la Ciudad de México.

“Tuve una crianza muy desafiante. Nadie me dijo cómo hacerlo, cómo lograr ser abogado, ser profesionista. Y, sin embargo, pude subirme a la escalera de la movilidad”, dice. Su historia es tan difícil de creer como de replicar y esa es quizá su mayor fuente de inspiración. “Parte de mi trabajo es asegurarme de que más personas puedan tener esperanza y sueños, personas como yo que enfrentan adversidades”, dice. “Imagínate lo emocionante que es para mi formar parte de una organización que tiene como misión ayudar a más personas, a comunidades enteras, a cumplir sus sueños. Es un honor que agradezco siempre”.

Darren Walker tiene una voz apacible que se enciende con entusiasmo cuando habla de sus logros más importantes en estos diez años, como su colaboración en el rescate de la ciudad de Detroit en 2013, cuando se declaró en bancarrota; la iniciativa Social Bond con la que buscaban apoyar con mil millones de dólares a las organizaciones en las zonas más marginadas y que fueron gravemente afectadas por la pandemia de covid-19; o el programa BUILD (Building Institutions and Networks), con la que otorgan recursos a las organizaciones civiles para fortalecerlas institucionalmente y hacerlas más resilientes en el largo plazo. Pero, según sus propias palabras, lo que más le enorgullece es continuar la larga tradición —que iniciaron en 1936— de ayudar a miles de personas a cumplir sus sueños. “En la Fundación estamos en el negocio de la esperanza y de los sueños”, dice con una sonrisa.

Pero cuando hablan de “esperanza y sueños” no se trata de un discurso etéreo y de temas intangibles, sino de acciones concretas, cambios estructurales que permiten a más personas tomar decisiones y construir un futuro más próspero, algo que, en los tiempos polarizados en que vivimos, parece difícil de conseguir.

Darren Walker, un hombre afrodescendiente, conoce bien los efectos de un entorno en el que los discursos de odio cobran cada vez más fuerza y han provocado fuertes divisiones entre la sociedad, pero se mantiene optimista. “Hay valores y aspiraciones que compartimos, más allá de nuestras diferencias. Primero nuestra propia humanidad, a todos nos fueron concedidos atributos como seres humanos que nos unen a este planeta”, dice. “Países como Estados Unidos y México tienen una democracia fundada en valores a los que todos aspiramos, como la igualdad o la libertad. Aún falta mucho por hacer para que cada ciudadano participe plenamente en la democracia que tenemos, pero esos valores son nuestra estrella del norte, son la guía que debemos seguir”.

La Ford Foundation tiene un legado de trabajo por la justicia social, pero con Darren Walker han enfocado sus esfuerzos en atacar el que, considera, el principal problema: la desigualdad. De acuerdo con el Banco Mundial, que usa el coeficiente de Gini como el estándar para medir la distribución de la riqueza, la región de América Latina y el Caribe es la más desigual y la lista la encabezan Brasil, Guatemala, Colombia, Chile y México. “La desigualdad es el enemigo de la democracia, la asfixia; disminuye la esperanza y la democracia necesita esperanza”, dice. “Los ciudadanos necesitan motivos para sentir esperanza, la desigualdad les arrebata esos motivos. Por eso es una de las principales causas de la polarización, aunque no la única”.   

Diana Amador: ¿Qué otros fenómenos han contribuido a la polarización que hoy vivimos?

Darren Walker: El crecimiento de las redes sociales, que ha permitido que el odio sea legitimado y mercantilizado, también contribuye a la polarización. A través de las redes sociales, ideas llenas de odio y que provocan divisiones se mueven a la velocidad de la luz; el odio se puede diseminar en nanosegundos, sin duda tenemos que considerar su impacto pernicioso. Otra razón son los problemas añejos que se han cocinado a fuego lento, justo debajo de la superficie. Cuando las sociedades se sienten económicamente vulnerables, la gente acumula enojo. Las personas que viven en vulnerabilidad económica también se vuelven más vulnerables ante los mensajes de odio porque buscan la explicación de la desigualdad y las injusticias que viven. Por eso, en tiempos en los que estamos enfrentados unos contra otros, los líderes juegan un papel crucial, necesitamos líderes que construyan puentes. Las grandes democracias no se construyen con muros, se construyen con puentes formados por intereses y soluciones comunes.

DA: ¿Cómo contribuye la Ford Foundation a la construcción de esos puentes?

DW: El privilegio de trabajar en filantropía es que podemos ver a largo plazo. Nosotros somos apolíticos, apoyamos a la democracia y a la sociedad civil porque creemos que es un ingrediente esencial para una democracia fuerte y vibrante. En México, y en cada país donde trabajamos, apoyamos organizaciones que llevan muchos años, que han hecho grandes contribuciones a su democracia y que buscan lograr cambios que beneficien a más personas a lo largo del tiempo, eso hay que celebrarlo y seguirlo apoyando.

DA: Has hablado del concepto “capitalismo incluyente”, pero muchos creerían que el capitalismo es el problema de origen. ¿Cómo podemos transformar al sistema que nos trajo a donde estamos?

DW: Soy creyente de que de todos los sistemas económicos que conocemos, el capitalismo es el que nos ofrece mejores herramientas. Pero no creo en el capitalismo que tenemos actualmente. No está generando suficiente prosperidad colectiva. Me preocupa que siga produciendo desigualdades, y eso le haga perder la legitimidad, y la gente se vuelva más cínica y desconfiada. Esa es otra amenaza para la democracia. No se trata solo de generar riqueza que se reparte entre los accionistas. Tenemos que pensar en los empleados, en los consumidores, en la comunidad donde se desarrollan los negocios. El capitalismo tiene que reconocer que los accionistas y dueños de las empresas son importantes, pero hay otros que participan en esa generación de riqueza y que también importan; deben pensar en cómo puede haber una retribución no solo económica, sino social.

DA: ¿Cuál es el papel de la iniciativa privada en esta transformación necesaria?

DW: Hay que encontrar formas de colaboración y seguir nuestras estrellas del norte (los valores democráticos). Las corporaciones deben entender que tienen derecho a existir porque así lo permiten el gobierno, las leyes y la misma sociedad. Deben pensar en qué hacer para ganarse ese derecho a hacer negocios. Una democracia fuerte es un taburete con tres patas, un sector privado fuerte, uno público fuerte y una sociedad civil fuerte. Esos son los pilares que sostienen una democracia. Hay una tensión natural y eso es saludable, se vuelve dañino cuando no hay equilibrio, cuando uno de los pilares es capturado por otro. Porque son pilares independientes pero interdependientes, deben estar conectados y ese hilo que mantiene unidas las tres patas es el reconocimiento de que ninguno puede existir sin el otro.

DA: ¿Se necesitan más incentivos para que los empresarios participen también en la filantropía?

DW: La mayoría de las personas, muchas con dinero, quieren hacer el bien y usar su riqueza para hacer el bien. En toda la región hay personas con esa voluntad y que están tratando de ayudar. El reto empieza cuando la filosofía detrás de la filantropía se trata más de caridad que de justicia y dignidad. Claro que necesitamos filántropos que den recursos a pequeños proyectos y programas sociales. Pero también necesitamos a filántropos dispuestos a transformar al sistema y a desafiar el statu quo, e incluso a cuestionar el origen de su propia riqueza y cómo llegaron hasta ahí, que estén dispuestos a incomodarse  porque esa es la diferencia entre caridad y justicia, entre generosidad y dignidad.

Darren Walker visitó México este mes de noviembre para participar en el Foro Global contra el Racismo y la Discriminación: Camino hacia una recuperación poscovid basado en derechos, organizado por la UNESCO. En México, de acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Discriminación del Inegi, 49% de la población indígenas afirma que sus derechos no son respetados y 24% dijo haber sufrido un acto discrimminatorio al menos una vez. En otro estudio, el Inegi concluye que el color de la piel influye en el nivel de estudios y en las oportunidades laborales que tienen las personas y que entre más oscura sea la piel, más difícil es acceder a la movilidad social. Según el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación no solo la población indígenas es discriminada, sino también las personas afrodescendientes o que simplemente pertenecen a una raza distinta a la mayoritaria. Esta población ha sido marginada al punto en que existe poca información estadística al respecto, pues durante muchos años no se les identificaba en los grandes censos nacionales. No es gratuito que la Ford Foundation, buscando atajar la desigualdad desde su origen, apoye a organizaciones indígenas en Yucatán, Puebla, Oaxaca y Guerrero.  Aunque el racismo en México sigue siendo un tema ríspido que muchos prefieren ignorar.

DA: ¿Cómo podemos resolver un problema del que nos cuesta tanto trabajo hablar?

DW: Creo que en todo el mundo, sobre todo en Occidente, las personas comienzan a ver que no hemos reconocido nuestro racismo y que es parte de nuestra historia. Pero el racismo es, desde la experiencia de las minorías, lo que les impide ejercer su ciudadanía plenamente. El tema puede hacer sentir incómodas a algunas personas, porque es incómodo ver algunos aspectos de nuestra historia, y quizá todos debamos sentirnos así de vez en cuando, y realmente tratar de entender sin rencores ni recriminaciones. Somos mejores cuando conocemos y entendemos nuestra historia para no creer en mitologías. Es esa historia mitificada la que ha dejado fuera a muchas personas, las ha borrado.

DA: El racismo y la desigualdad son problemas que existen en toda la región, ¿cuáles crees que sean los principales desafíos que tenemos?

DW: El cambio climático es la amenaza existencial para el planeta y por eso también hemos enfocado esfuerzos en temas de manejo de recursos naturales. Esta agenda pasa por el empoderamiento de las comunidades indígenas para el manejo de sus propia tierra, que los territorios les pertenezcan y sean las comunidades quienes decidan su futuro, es fundamental para el combate de la crisis climática. El segundo es la desigualdad. Y el tercero es el riesgo de que haya retrocesos en la democracia, porque la desigualdad produce escenarios fértiles para retroceder. La región ha tenido una relación volátil con la democracia, una relación de amor no correspondido. Las personas saben que la necesitamos, pero cuesta mucho trabajo [alcanzarla]. Es más fácil ser autoritarios, porque una democracia próspera necesita de la participación de todos, y la economía debe proveer prosperidad colectiva porque la gente no quiere participar cuando no tienen trabajo, cuando están enojados y hay algo que amenaza su seguridad. La democracia es un trabajo constante que hay que proteger.

DA: Como presidente de la Ford Foundation conoces bien los problemas que enfrentamos globalmente, lo difícil que ha sido atenderlos y que parece que no terminan nunca. ¿Cómo mantener la esperanza en estos escenarios?, ¿dónde la encuentras?

DW: Encuentro la esperanza cuando estoy con personas jóvenes, por eso participo en los discursos de graduación y visito los campus universitarios. La juventud es una parte importante de las soluciones que necesitamos. También cuando conozco a personas que son las más marginadas, cuando conozco a mujeres jóvenes que fueron víctimas del tráfico de personas o fueron dadas en matrimonios cuando eran muy niñas, personas indígenas que han superado adversidades tan grandes. Me doy cuenta de lo duro que han trabajado sin las herramientas, sin los privilegios y los recursos que yo tengo. Entonces me pregunto: si ellos tienen esperanza, tienen sueños, ¿cómo no voy a tenerlos yo que soy tan privilegiado? Después veo nuestra historia y veo a las personas que han buscado y luchado por la justicia, como Martin Luther King. Él sabía que en su tiempo de vida no vería la justicia que buscaba, y aún así tenía esperanza, él creía que era posible. Entonces, ¿quién soy yo para no tener esperanza, para no ser optimista? Pero no soy ingenuo, leo las noticias todos los días y uso redes sociales. Es muy fácil sentirse deprimido y desmoralizado, pero aún así mantengo la esperanza, porque recuerdo a quienes la tienen a pesar de todo. La esperanza es más poderosa que las balas, que las armas y las municiones, es el fenómeno más poderoso en nuestra sociedad.

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