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Mónica Ojeda: en busca de la tiniebla interior

Mónica Ojeda es una autora ecuatoriana que ha desarrollado un tipo especial de gótico, el andino. En esta entrevista, que también analiza algunas narraciones suyas, comparte sus reflexiones sobre el miedo, su combinación con el deseo, y afirma que la escritura es un acto que le permite escapar de la “zona muda”.

El cuerpo desnudo entra a la boca del reptil, poco a poco se introduce en la garganta, en el esófago. ¿Qué es lo que ve? y ¿a qué huele ahí adentro? Con un brazo se sostiene dentro de la mandíbula, avanza sobre lengua fibrosa. Su espalda roza el paladar, los colmillos, hay destreza en ese frágil equilibrio. Las fauces siguen abiertas, no hay prisa, el cocodrilo parece aguardar. ¿Aguardar qué? Se deja tocar, explorar, invita a ese humano a que palpe su interior. No se distingue si es un hombre o una mujer, eso no importa. Tampoco importa si el cuerpo sigue entrando o si, más bien, ha estado saliendo. Los pies están afuera y tocan el piso. Los músculos de las piernas se tensan, los glúteos; todo ha quedado para siempre ahí, en el blanco y negro de la foto que decora el perfil de Twitter de Mónica Ojeda.

—Para mí hay mucha sensualidad en la postura del cuerpo —comenta la escritora acerca de esa fotografía—. Hay un erotismo en esa simetría entre lo humano y la figura del cocodrilo. Para mí se puede ver lo salvaje, lo antiguo, lo primitivo. El miedo. Creo que encapsula todas las cosas que me hacen escribir.

Esa imagen se relaciona con un recuerdo indeleble de su infancia. Mónica Ojeda creció en Guayaquil, ciudad costeña del Ecuador, donde las lluvias persisten por días y no es inusual que los ríos se desborden. En más de una ocasión vio a los reptiles aparecer en lugares inesperados: en un jardín, en el asfalto, saliendo de un manglar.

—De niña los ves y te parece que estás ante un dinosaurio. Creo que se quedó en mí como el contacto con lo monstruoso. Me atraía y, al mismo tiempo, me daba miedo.

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