reelecciones Venezuela 2018, portada

Un funeral anunciado

Débora Ochoa Pastrán, escritora venezolana, narra cómo se vivieron las (re)elecciones de Venezuela desde las calles de la capital sudamericana.

Por Débora Ochoa Pastrán

Mayo 2018. Arranca la semana previa a las elecciones de supuesta transición en la ya drenada Venezuela. Luego del período de mayor crisis humanitaria que ha vivido el país en la modernidad, el llamado Madurismo, desgastado en el escarbado de basura compulsivo, enfrenta una nueva elección presidencial. La cara de Nicolás Maduro ya le es exclusivamente antipática a quienes, en la creencia de nuevas oportunidades para el chavismo, no han conseguido sino las sobras de los pudientes. O eso mencionan bajo el sol, y eso dicen mientras piden algo de comer descalzos en las panaderías.

Caracas amanece de balas ese lunes inundada de Guardias Nacionales y agentes del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional en cada cruce de calles y sección de autopista, una vigilancia que busca contener lo que no parece llegará: un latente conflicto, el estallido de la desesperación social por ganarle a los precios de la comida, quizás algún conato de saqueo. No sucede nada más allá de lo que el contexto obliga. En Plaza Venezuela las motos se alinean cerca de la Universidad Central para prevenir que el paro de trabajadores se torne en el típico conflicto “guarimbero”. Ya para el martes las ballenas de la Guardia, estacionadas junto al arco del mercado Bicentenario, ironizan la cola de unos 2 kilómetros de hambruna que ruega alcanzar una de las raciones baratas de comida que el gobierno empieza a repartir contra reloj antes del inminente domingo. La mañana es plena y el sol da cuenta de personajes que parecen arruinados por una espera de once horas, previa a la posible coronación del regalo prometido.

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Los votantes esperan en línea para ser registrados para votar. (Foto de Roman Camacho/SOPA Images/LightRocket via Getty Images)

La ofrenda como herramienta del poder pasa en la semana a ser el único motor del movimiento en la ciudad. Los cuerpos inermes avanzan como en un holocausto impensado. Solo codician algún alimento, instrumentos de un orden que no logra ser más ajeno a ellos. Remembranzas de la Rusia de principios de siglo XX vienen a tomar lugar en una urbe que parece comandada, como diría Mandelstam, por Perséfone. El cementerio está regado por toda la calle y vemos a los muertos danzar al son de la funesta comparsa subsidiaria.

La señora Violeta se despierta el miércoles en Los Teques para iniciar su acostumbrada odisea al centro de la capital y limpiar la casa de familia que le proveería el sustento del día. En el metro todo va peor. La absoluta gratuidad del servicio y la ausencia de dinero en efectivo en la calle obligan al colapso del transporte de subsuelo. Las horas y el calor juegan con la ansiedad del transeúnte. A los pensionados les cancelan la mensualidad en billetes que compran el alimento a precio menor que el dinero digital, pero se les apura en varios bancos para lograr esa codiciada sensación de rédito social que mantiene al candidato del Polo Patriótico apenas a flote. La señora Violeta concurre sin remedio. Lo que compran 2.600.000 Bolívares en efectivo lo compran 5.200.000 en débito y ella apenas gana 400.000 y dos comidas por jornada de trabajo. “No hay manera”, se dice. Nadie resolvería por ella una alternativa.

En la cola los pensionados comentan con lo que casi parece alegría los planes que tienen para los codiciados billetes. “El cartón de huevos está en un millón ochocientos, pero si vamos con esto a Guaicaipuro los conseguimos en menos de novecientos”. El misterio es simple: es tanta la escasez de efectivo que venderlo genera más ganancias que atesorarlo. Para pagar el moto-taxi al Valle, una muchacha llamada Daniela le compra un trozo de queso al conductor de turno. Es un intercambio directo que suplanta el billete con cualquier mercancía de otra índole, es el trueque reactualizado como manera adquisitiva.

En la radio todos los llamados son a votar bajo el título “Conciencia 2018”. En medio de la lluvia de bonos asignados a través del Carnet de la Patria y las cajas de raciones del Comité Local de Abastecimiento y Producción que los militares empiezan a regalar por todas partes, las personas parecen convencerse poco a poco de concurrir. La matemática es simple pero macabra, realmente no parece haber interés alguno en el análisis. Al ciudadano lo mueve la simple mecánica del “toma y dame”. Toma mi voto, dame mi comida, en ese orden exacto.

En paralelo la señora Violeta debe rotar de cola para buscar en efecto llegar a la regalía de la caja. Mientras que empleados del Ministerio de Transporte ganan un salario aproximado integrado de 4 dólares sin siquiera tener que asistir a sus puestos de trabajo, ella pasa 9 horas limpiando el apartamento de algún chavista adinerado en la Florida por apenas 0,3 centavos de dólar diario. Necesita la caja, esté de acuerdo con la elección o no.

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Nos llega el ocaso de la semana laborable con más sucesos que empañan la visión futura. Maradona asiste al cierre de campaña de Maduro mientras en el Helicoide los presos políticos con boletas de excarcelación hacen barricadas y exigen ser liberados, noticia que menos mal llega a The Guardian y otros medios internacionales. La angustia en el calor de la calle se hace más patente. Los empleados de Petróleos De Venezuela S.A, obligados a asistir a la fiesta del cierre para no perder sus trabajos, ponen música estridente en los alrededores de La Campiña. Las personas se agrupan en los bancos del Estado buscando rescatar alguna limosna sea en físico o en electrónico. Los carros circulantes rodean los unos las alcabalas y los otros las grandes vallas del candidato Henri Falcón con su absurda propuesta de dolarización.

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Los venezolanos buscan sus nombres antes de hacer su voto en una de las casillas en Caracas. (Foto de Carlos Becerra/Anadolu Agency/Getty Images)

El ciudadano de calle busca hacer una falsa diferenciación entre Falcón y Maduro pero la confusión del cotidiano impide el discernimiento. En general todo se percibe un tanto aturdido, sin capacidad de habla. A los celulares de los trabajadores públicos empiezan a llegar cadenas de mensajes. Informan explícitamente que el domingo mismo, al salir de los centros de votación, los electores podrían pasar por los puntos designados del Partido Socialista Unido de Venezuela a recolectar sus nutritivos presentes.

Violeta en su viacrucis culmina resignada su semana con un último viaje de vuelta a Los Teques. En los bares de Caracas se reúnen como ratas escondidas los jóvenes desertores de las academias. Se gastan los 30 dólares que hacen al mes en cervezas que ya los viejos no pueden costear tomarse. El mercado del alcohol mundano ha sido tomado por los pocos universitarios que saben inglés, Photoshop o transcribir audios para Televisa por el 10% del salario que percibiría un empleado fuera del territorio. Al final no importa. La apatía da solo para la búsqueda de una destrucción dionisíaca constante y en la conversación solo se sazona la huida, una desesperanza inteligente que lastima los imposibles romances que la diáspora termina por arruinar. “Nadie sabe realmente lo que sucede aquí”, “¿quién afuera va a entender nuestras propuestas artísticas si estamos tan por debajo de la superficie mediática?”, “aquí realmente no hay futuro, ni terminar la carrera quiero”, “¿Para qué graduarme si gano más traduciendo revistas independientes españolas?”. La escena parece tan calcada de La Peste de Camus que no sorprende ver cómo Los Puntos Rojos (puntos de chequeo para retiro de la comida post-voto) empiezan a instalarse en contraste con este encierro, ahogado en la poca posibilidad de cambio.

El sábado arranca inclemente con operativos de cedulación por toda la ciudad, con el contraste grosero del impedimento para llevar a cabo dicho trámite durante los últimos 4 meses por supuesta falta de material cedular. Todo indica un descaro declarado de esos de los que Jorge Rodríguez, actual Ministro de Comunicación y vocero insigne del socialismo del siglo XXI, siempre ha sido el mejor artífice. La calle se vacía. Las tascas abren a escondidas para consolar con las últimas Polarcitas lo que ya parece irremediable, la relegitimación de los lacayos de Chávez hasta el año 2025. El último calor de esa misma tarde inyecta un tono más amarillo en los ya marchitos Araguaneyes de Los Caobos. Nos vivimos unos a otros entre burbujas. El oeste de la ciudad se ahoga en un silencio de hambre mientras que en el este el ahogo es existencialista, privilegiado en contraste pero igualmente triste.

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Un hombre pone su dedo en el lector de huellas digitales después de poner dejar su boleta durante las elecciones presidenciales. (Foto de Carlos Becerra/Anadolu Agency/Getty Images)

Llegamos al día del velorio

El 20 de mayo transcurre con modorra y mutismo, desde los salones del liceo Diego de Lozada en la barriada del Valle hasta el colegio La Consolación en la parte florida de Las Palmas, donde las caras pastelerías, queriendo proyectar una protesta unísona, permanecen cerradas. La soledad es patente y es a la vez la metáfora clara de esa circunspección impuesta sobre cada individuo. Desde temprano los voceros del gobierno claman alegría en torno a una asistencia en las urnas imposible de verificar. De todos los entierros electorales, parece este el más fúnebre de todos. Henri Falcón anuncia ya para la noche una culpa adjudicada a la abstención por el desastre del que toda la población ya estaba enterada. Desde que Henrique Capriles entregó el país en bandeja de plata en 2013 al no reclamar su victoria ante Nicolás, la sapiencia de desastre en toda instancia electoral es material de las más bajas chanzas entre los votantes posibles.

¿Nos quedaremos sin presidente? Nadie lo sabe. Nadie siente como que lo haya tenido en demasiados años.

El sepelio se extiende hasta la noche esperando las palabras sagradas e irrefutables de la rectora sacerdotisa del Consejo Nacional Electoral. Entretanto el tercer candidato, Javier Bertucci, hace eco de las palabras de Falcón y sugiere la retirada del “Presidente Obrero” en una elección futura. Tibisay Lucena, la rectora, camina hacia la rueda de prensa y pide a la comunidad internacional y al pueblo de Venezuela respetar los resultados que un 46% de los votantes supuestamente determinaron. Lo esperado es expresado sin aspavientos ni sonrisas: Maduro gana con casi 6 millones de votos a su favor el parapeto armado durante los últimos 2 meses.

No parece haber muchos modos de decir nada ni tampoco ganas. A lo lejos suenan los cohetes en los bloques de las Misiones Vivienda y en Miraflores la tarima para la celebración espera el discurso del dictador supremo. La llamada “victoria popular” nos llega con una inmensa retahíla de agradecimientos que hablan de la conciencia popular. “Esta es la victoria número 22 en 19 años”, dice eufórico. Aullidos recorren las aceras de la Avenida Urdaneta y una pancarta que mienta “Presidente Maduro, juntos todo es posible” regaña la falsa fe de muchos.

La cacerola es la oración prohibida, pero empieza a sonar cuando la noche entra con su hambruna inexorable en estos ataúdes que ahora llamamos casas.

El entierro toma lugar así con su apropiada ceremonia. Queda por ver el baile típico que ya es costumbre disfrutar de parte de Nicolás y sus adeptos sobre las urnas, no electorales esta vez, sino de toda la población. Nuestro domingo de Pentecostés parece haber devenido en la consagración momentánea de la iglesia chavista. Las velas, destinadas a los altares de la mortalidad infantil que buscará dignidad en el milagroso plebiscito, seguirán siendo aún demasiado caras para el abrigo, demasiado costosas para redimir las plegarias de los más pobres.

reelecciones Venezuela 2018, Nicolás Maduro

Maduro escucha durante una conferencia de prensa en Caracas Venezuela, en junio del 2017. Desde el 15 de ese mes Maduro ha nombrado cuatro nuevos ministros: Mirelys Contreras como Ministro de Prisiones; Ana Reyes de Ministro de Cultura; Kyra Andrade Ministro de Comunas; Yamilet Mirabal Calderon de Ministro de Indígenas; y Samuel Moncada de ministro exterior. (Fotografía de Carlos Becerra/Bloomberg via Getty Images)

 

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