La batalla del siglo: detener la explotación sexual de niñas y niños

La batalla del siglo: detener la explotación sexual de niñas y niños

Los pedófilos han encontrado en la pandemia nuevos sitios intangibles para ser cómplices de la esclavitud para la explotación sexual. Nunca como en 2020 se había consumido tanta pornografía por internet. Los usuarios se convierten en parte de la cadena de consumo de crímenes, y sus víctimas tienen historias que contar.

Tiempo de lectura: 5 minutos

Cuando en 2005 publiqué Los demonios del edén: el poder que protege a la pornografía infantil (Ed. Grijalbo) llevaba dieciséis meses sumergida en un mundo desconocido. Navegaba entre la escucha presente de historias que me contaban niñas pequeñas de ocho y diez años, chicas de catorce a diecinueve, y la investigación de los sujetos que las explotaban sexualmente, los que habían hecho videos de las violaciones y los compartían entre ellos. He narrado muchas veces que, ante la ignorancia de las autoridades en aquél entonces, me vi obligada a buscar a jóvenes expertos en Inteligencia Artificial, creadores de algoritmos, hackers, analistas y programadores de internet —casi ninguno tenía más de treinta años—. Gracias a su ayuda y enseñanza pude entrar en los cuartos oscuros, la Deep web y explorar programas que por básicos que parecieran a los programadores, eran un verdadero acertijo para las autoridades de México y Estados Unidos.

Hace quince años, los departamentos de inteligencia de nuestros países no habían discutido, ni por asomo, la posibilidad de integrar la perspectiva de derechos humanos de la niñez a la investigación criminal. En aquellos tiempos, entrevisté a un agente de la CIA que se preparaba para entender un fenómeno curioso que tomaría el nombre de criptocurrency. Ya desde 1983 el criptógrafo David Chaum había creado una forma básica de dinero electrónico, y en 1996 los servicios de inteligencia norteamericanos iniciaban investigaciones sobre el potencial criminal del intercambio de dinero electrónico, que permitía la posibilidad de millonarios traspasos anónimos entre dos fuentes ocultas. El agente al que entrevisté no pudo responderme cuando inquirí si veían el mismo potencial de uso de internet para propagar masivamente negocios criminales, como la compraventa de niñas y niños, y sus derivadas económicas tales como la porno-violación.

Para demostrar los delitos en mi libro, me vi obligada a obtener imágenes e información concreta que consistía en horripilantes fotografías y videos de empresarios, políticos, jueces y profesionistas de todo tipo, violando a niñas y niños de entre un año y apenas quince. Ninguna autoridad había sido capaz de explorar esas subredes, los dominios ocultos, las IPs o direcciones enmascaradas. Así que me vi obligada a diversificar mi capacidad como reportera, al tiempo que incrementaba mis visitas a terapia sicológica para manejar el trauma que conlleva este trabajo, de conocer a las pequeñas víctimas y vivir con la obsesión de ayudar a que las niñas vuelvan a casa, a un lugar seguro.

Estados Unidos, México y otros países de los que son originarias las niñas vendidas y compradas para la explotación sexual —y luego exhibidas en la pornografía infantil— no estaban interesados en desentrañar el uso de las tecnologías para el secuestro y esclavitud sexual de la niñez. Había una especie de ceguera colectiva sobre el tema.

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