Los millonarios de Cristo

Los mercaderes vuelven al templo. Reseña de “El imperio financiero de los Legionarios de Cristo, una mafia empresarial disfrazada de congregación”, de Raúl Olmos.

Por Emiliano Ruiz Parra

Indignados por la expulsión del templo, los mercaderes y cambistas inventaron la Legión de Cristo para vengarse de Jesús.

Es una broma, por supuesto, pero el lector se queda con esa sensación tras la lectura del libro El imperio financiero de los Legionarios de Cristo, una mafia empresarial disfrazada de congregación, que escribió Raúl Olmos y que la editorial Grijalbo puso en circulación a fines de 2015.
LegionariosImperioGDE-1Raúl Olmos ofrece una de las investigaciones más acuciosas y detalladas del periodismo mexicano. Durante cinco años, el periodista guanajuatense (director de la unidad de investigación del diario AM de León) escudriñó cientos de reportes financieros, fiscales y contables —muchos de ellos exclusivos— de las empresas relacionadas con los legionarios.

Su libro está poblado de hallazgos periodísticos. Lo que Olmos encuentra, en general, es una maraña complejísima de empresas reales y de membrete (llamadas “empresas fantasma” porque carecen de domicilio o activos) de Marcial Maciel y sus cercanos:

“La legión cuenta con una estructura de más de 300 empresas constituidas como sociedades anónimas o sociedades civiles […] más de 100 inmobiliarias, una agencia de viajes, despachos de consultoría, una comercializadora de ropa para dama, una agencia internacional de noticias…”, informa Olmos. Sólo en México, la congregación recibe unos 8 mil millones de pesos al año a través de 161 organizaciones supuestamente filantrópicas.

Tras la pista del dinero, Olmos lleva al lector a los paraísos fiscales del mundo: Panamá, Liechtenstein, la isla de Jersey, las Antillas Holandesas, Delaware (Estados Unidos) y Singapur. Los legionarios establecieron empresas en los países o estados que les permitieron ocultar a sus dueños, triangular millones de euros o dólares y hacer inversiones inconfesables.

“Invierta sin pecar”, predican los legionarios a sus empresarios afines. Pero sus millones capitalizan empresas que fabrican armas, bombas y helicópteros artillados, y que sirvieron para arrasar poblaciones en la segunda guerra de Iraq; en cerveceras trasnacionales o en farmacéuticas que producen condones (¡Santo Niño de Atocha!).

Para quien no lo recuerde, la Legión de Cristo la fundó, en 1941, Marcial Maciel, un sacerdote michoacano con una doble vida: para sus seguidores era un santo en vida. En 60 años la Legión tenía ya 600 sacerdotes y dos mil 500 seminaristas. Un éxito que, decían los legionarios, era un milagro de Dios.

Periodistas e historiadores (valientes todos, porque enfrentarse a la Legión podía costar el empleo) descubrieron que la congregación, en realidad, le funcionaba a Maciel como una estructura de encubrimiento de decenas de abusos sexuales cometidos contra seminaristas, la mayoría menores de edad. El santo varón tenía por lo menos dos familias, múltiples identidades, varios hijos (abusó de dos de ellos) y se daba una vida de sultán: los mejores hoteles y restaurantes y las casas más lujosas.

Esas historias ya las sabíamos por los testimonios valerosos de José Barba y otros ex legionarios, y el trabajo acucioso de periodistas como Gerald Renner y Jason Berry, o del historiador Fernando M. González, biógrafo de Maciel. Ahora Raúl Olmos ha venido a llenar un vacío: la historia del entramado financiero y empresarial de la Legión. Gracias a su trabajo conocemos que la orden religiosa no sólo fue una red de encubrimiento sino también de acumulación de capital.

Por eso uno de los capítulos más impactantes acaso sea “El imperio inmobiliario”: Maciel y la cúpula legionaria se dieron las mansiones más exquisitas en Sorrento (costa del Mediterráneo); en Vero Beach, Florida; en Arcadia y Cupertino, dos de las zonas más exclusivas de California; un edificio frente a Central Park, Nueva York, o 30 hectáreas en Atlanta. Y mucho más.

La propiedad que más llama la atención, sin embargo, es la residencia de Jacksonville, Florida, que la Legión compró para el retiro de su patriarca. Tras los testimonios irrefutables de pedofilia, el papa Benedicto le había ordenado apartarse a una vida de oración y penitencia, pero Maciel mejor se hospedó en una mansión de siete recámaras, piscina techada, cine y vista a un lago. Ahí murió rodeado de curas legionarios y de su esposa y su hija, ambas de nombre Norma. A su cadáver lo vistieron con ornamentos sacerdotales para su inhumación.

Por el libro desfilan los nombres de los operadores financieros de Maciel, todos ellos sacerdotes ordenados: Luis Garza Medina, Evaristo Sada Derby, Juan Manuel Dueñas Rojas… Y las denominaciones de decenas de empresas que, agrupadas, forman holdings, como Fidelis International, una gran inmobiliaria que, a su vez, forma parte de Integer, el gran holding financiero…

La lista podría seguir. Me detengo sólo en un caso paradigmático: el banco Compartamos, una microfinanciadora para los pobres. Raúl Olmos demuestra que fue una creación de los Legionarios de Cristo a través de José Ignacio Ávalos (también a la cabeza de Un Kilo de Ayuda). Compartamos incrementó su capital 342 mil veces en quince años, gracias a transferencias legionarias y a los microcréditos con intereses de hasta 70 por ciento anual. Es más rentable que Bancomer, Banamex o HSBC.

Maciel gustaba decir que “los pobres eran el mejor negocio”, y, según Olmos, Compartamos Banco, Un Kilo de Ayuda y el Teletón lo atestiguan: se han convertido en sus recaudadores de millonarios donativos y réditos.

La Legión contó con el respaldo político y económico de empresarios como Carlos Slim e incluso de jefes de Estado como Vicente Fox. Lo que más llama la atención, sin embargo, es que el apoyo de los hombres más poderosos del país y a veces del mundo se mantuviera, casi sin excepciones, incólume después de 1997, cuando nueve ex legionarios dieron a conocer los abusos del fundador. E incluso se sostuviera después de 2006, cuando el Vaticano retiró del sacerdocio a Maciel.

Maciel les dio la “Teología de la Prosperidad” u opción preferencial por los ricos (términos del antropólogo Elio Masferrer), que considera a la riqueza una bendición de Dios. El legionario edificó un aparato eclesial a gusto de la burguesía: sacerdotes de pedigrí, escuelas de niños ricos, bodas en las playas del Caribe y recepciones con el papa a cambio de millonarios donativos.

La Legión de Cristo se torna así en el epítome del capitalismo moderno —el neoliberalismo— donde todo se mercantiliza, aun los bienes inmateriales como el confort espiritual o la salvación de las almas. El éxito de la Legión radica en su capacidad de fabricar un cristianismo para las élites. ¿Los últimos serán los primeros? ¡Nunca! En la teología macielista el Cielo está reservado para los más generosos bienhechores de la Legión.

Durante años la Iglesia católica justificó su inacción ante Maciel en una supuesta ingenuidad. Según la narrativa oficial, Maciel fue un criminal solitario que engañó por igual a san Juan Pablo II así como a decenas de cardenales, obispos y a sus propios discípulos y asistentes. Esa narrativa ya no es vigente.

Con este libro, el Vaticano y el papa Francisco disponen de elementos para intervenir en esa red mafiosa de acumulación de riqueza. Si Francisco no lo hace será por debilidad, cálculo político o complicidad, pero no por desinformación.

Raúl Olmos. El imperio financiero de los Legionarios de Cristo, una mafia empresarial disfrazada de congregación. México: Grijalbo, 2015.

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