Los esenciales: Panteón de San Isidro Atlahuatenco - Gatopardo
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Cuidar la casa de los muertos

Daniela Rea
Fotografía de Felipe Luna

Los habitantes de la Ciudad de México replantearon sus vidas durante la emergencia sanitaria. Las calles quedaron solitarias y las empresas laboraron de manera remota. Pero no todos pudieron quedarse en casa. Para miles era salir a trabajar o quedarse sin sustento; y sin ellos, la ciudad no hubiera podido funcionar. Estos son los rostros del trabajo durante la pandemia.

 

“¿Se imagina? Si nos hubiéramos guardado por lo de la pandemia, cada familia tendría que venir a sepultar a su difuntito”, dice Juan, un hombre de 60 años, robusto, con manos terrosas, cara cubierta con sombrero y paliacate. Con sus palabras abre una imagen tétrica a quien lo escucha: en este camposanto que se extiende sobre la loma de un cerro en Ecatepec y que mira a todo un valle urbanizado, hombres y mujeres abren torpemente la tierra con picos y palas, casi zombis del cansancio y la tristeza, intentando hacer agujeros profundos y geométricos para arrojar ahí los féretros.

Sí, alguien tiene que hacer el trabajo que el resto no queremos o no podemos, o ni siquiera imaginamos, pero que es necesario: las manos ampolladas, el sol y los bichos, el sudor que pica en la piel; el polvo, las náuseas, el dolor, el miedo. Se dice que en la antigua Roma, enterraban a los difuntos en sus propias casas, pero no se aclara si lo hacían sus propias familias. El tema es que en México, desde el Virreinato, sacamos a los muertos de la vida cotidiana y los enviamos a las afueras de las ciudades, y la tarea de sepultarlos quedó en manos de otros, unos desconocidos, como Juan, a quienes incluso los vivos miramos con cierto recelo, porque pareciera que están más cerca de ellos, los muertos, que de nosotros.

Juan es panteonero desde hace 20 años en San Isidro Atlahuatenco, en Ecatepec, uno de los municipios más violentos en el Estado de México. Su trabajo termina cuando echa la última palada de tierra sobre la tumba y comienza el de Ivonne Islas, una mujer cuyo oficio no tiene aún nombre definido pero que, en un intento por nombrar, dice “Somos los que cuidamos a los difuntitos”. Ivonne cuida las tumbas. Les quita las flores secas, el agua estancada, la basura acumulada; les construye lápidas o les siembra un jardín: rosales, geranios, suculentas. Cuidar la casa de los muertos, su tumba, es también cuidar de ellos.

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