Los esenciales: Los trabajadores de la central de abasto – Gatopardo
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El mercado que nunca se detiene

Los habitantes de la Ciudad de México replantearon sus vidas durante la pandemia. Las calles quedaron solitarias y las empresas laboraron de manera remota. Pero no todos pudieron quedarse en casa. Para miles era salir a trabajar o quedarse sin sustento; y sin ellos, la ciudad no hubiera podido funcionar. Sería un error “heroificar” la precarización de la vida laboral en México. Estos son los rostros del trabajo durante la pandemia.

 

 

 

Por si hay alguna duda, el gran cartel de la entrada lo deja claro: “¡Atención! Ésta es una zona de alto contagio”. Sobre advertencia, no hay engaño. El que quiera o necesite ir a la Central de Abasto de la Ciudad de México, uno de los mercados mayoristas más grandes del mundo, ya sabe a qué atenerse. 

Día tras día, unos 90 mil trabajadores pasan debajo de ese cartel sin siquiera mirarlo, entregados a la resignada indiferencia con la que arriesgan su vida por los pasillos ruidosos de la Central. En esas 327 hectáreas (51 veces la plancha del Zócalo), la actividad no se detiene nunca; su ritmo incesante y poderoso demuestra su condición de pulso cardíaco de la ciudad. De hecho, con sólo poner un pie en cualquiera de sus andadores, la fuerza enloquecida del trasiego devora al visitante y lo arroja a una ola de cumbia, gritos y empujones que, desde marzo pasado, incluye el posible contagio de Covid-19 como parte de su vértigo. Aun así, con o sin coronavirus, el latido —que alimentan unos 500 mil compradores diarios— no para ni puede parar. Buena parte de los nueve millones de habitantes de la Ciudad de México depende de que ese ritmo no se interrumpa jamás.

En realidad, la Central es una ciudad disfrazada de mercado. Su volumen anual de transacciones de compraventa roza los nueve mil millones de dólares, una cifra que equivale a la mitad del presupuesto para 2020 de un país como Costa Rica y que en México sólo la bolsa de valores logra superar. Sin embargo, a pesar de lo que sugiere esa danza de millones, su carácter de mercado tradicional no está en venta y vibra en los alaridos de los vendedores, la velocidad ultrasónica de los diableros y la plática inesperada y permanente, que brota cuando menos se la espera. Al menos eso noté apenas entré al sector I-J, una mañana de septiembre de 2020, donde de inmediato me abordó un diablero de 58 años, Luis, el primero que me ofreció sus servicios para acarrear mi posible compra. “¿Qué quería?: ¿semillas?, ¿fruta?, ¿papas?” Mientras yo me decidía, platicamos del tema del momento: el coronavirus.

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