Sarah Lucas artista Kurimanzutto, portada

Entre la catarsis y la destrucción

Luego de su primera exposición individual en Kurimanzutto, Sarah Lucas confirma, entre desenfreno y humor ácido, por qué es una de las exponentes más irreverentes del Reino Unido.

Por Alejandra González Romo

Sarah Lucas hizo una escultura con la forma su cuerpo años atrás, que iba de la cintura para abajo, con un cigarro clavado en la vagina. La pieza, hecha a partir de un molde de yeso que dejó secar sobre su propia piel, se incendió en 2004, junto a cientos de obras de varios artistas británicos, en una bodega de la compañía Momart en Londres.

Una década después, justo en un momento en que la artista había decidido no hacer exhibiciones para tomar un respiro, recibió la invitación para ocupar el pabellón inglés en la Bienal de Venecia en 2015, la exhibición de arte más importante del mundo. Por supuesto que aceptó, pero después le vino la misma depresión que la persigue antes de cada exposición. “Siempre me pregunto qué mierda voy a hacer ahora y si va a ser mínimamente buena”, dice Lucas, descalza y fumando el primero de muchos cigarros, en la parte trasera de la galería Kurimanzutto el día que inauguró su más reciente muestra. “Tienes que recorrerte a ti misma de pies a cabeza y de forma muy dura para encontrar algo, sabiendo que la gente espera siempre encontrarse con una artista segura de sí misma. Es un proceso aterrador y extenuante.”

En medio de aquella crisis creativa rumbo a la Bienal, Lucas tuvo un sueño con la escultura que se perdió en el incendio, y decidió revivirla para darle una nueva dimensión. Su obsesión con el cuerpo humano y lo poderoso y manipulable de sus representaciones la ha acompañado siempre, desde su primera exhibición individual, en 1991, en la galería City Racing, que tituló “Penis Nailed to a Board”.

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De Lucas se habla invariablemente con el desgastado adjetivo “controversial”, en parte por su exploración de lo sexual y lo corpóreo desde ángulos que son todo menos favorecedores; por su capacidad de sacudir a quien mira a través de superficies y texturas que evocan carne humana, piel flácida y restirada, venas, celulitis, senos y testículos, tratando de entender por qué nos incomoda tanto nuestro propio cuerpo. No lo hace porque se sienta libre del tabú. Por el contrario, coincide con muchas mujeres en que encontrarse con la representación explícita de una vagina es más desconcertante que la de un pene y no entiende por qué, pero no se ha cansado de explorarlo. “Creo que tiene que ver con una opresión muy antigua, pero tenemos que encontrar la forma de darle la vuelta. El hecho mismo de cuestionarlo es poderoso, ya sea riéndonos del tema, o simplemente exhibiéndolo”, afirma.

Lucas tiene casi treinta años de carrera en el mundo del arte, pero se le describe siempre como una yba (Artista Británica Joven, yba, por siglas en inglés), una frase que, a pesar de su obvia imprecisión, se sigue utilizando para referirse a la generación de artistas que puso a Londres en el mapa del arte contemporáneo en los noventa. Sarah Lucas, Damien Hirst, Gary Hume, Angus Fairhurst y Michael Landy, entre otros, no se sentaron a esperar a que les ofrecieran participar en alguna exhibición cuando salieron de la escuela. Las organizaron ellos mismos y con sus propios recursos. Sin pensarlo, se convirtieron en el punto de choque que detonó una escena artística que atrajo los ojos del mundo para siempre.

Además de feminista férrea, Lucas describe a su yo de los noventa como una “borracha, violenta y agresiva”, que pasó su juventud entre el arte y el desenfreno.

Sarah Lucas artista Kurimanzutto, int1

Fotografía: Diego Berruecos

Hoy es distinta, pero la misma. Aún fuma muchísimo y toma todos los días, pero dejó la ciudad y se mudó al campo en busca de una vida más tranquila. Vive y trabaja ahí con su novio y colega Julian Simmons, a quien, por cierto, también le puso yeso sobre el pene en innumerables ocasiones para una serie que llamó “Penetralia”. Son una pareja creativa que trabaja desde una intimidad profunda que Lucas describe como uno de sus ideales más altos y difíciles de encontrar. Como evidencia, está la serie de retratos tomados por él que forman parte de la exhibición en Kurimanzutto, “Dame zero”, que concluyó este 3 de mayo. En todos aparece ella sobre un fondo rojo, rodeada de una estela de humo de cigarro, y en uno tiene una mirada triste e introspectiva, casi desoladora, que no habría podido capturar nadie más. Frente a esta serie hay una silla intervenida, o mejor dicho, violentada, por una serie de lámparas led que la atraviesan por todos lados.

Al centro del espacio hay un coche destruido que roba toda la atención, pues parece haber protagonizado un choque letal para sus ocupantes. La parte exterior está minuciosamente cubierta con cigarros, símbolos de autodestrucción paulatina que aparecen de forma recurrente en su obra, desde la ocasión en que intentó dejar de fumar y sólo lo consiguió por seis meses. La catarsis y lo destructivo son parte de su proceso creativo, tal vez de forma inconsciente, pero irresistible.

En Europa habría sido imposible conseguir un coche así con fines artísticos, “pero me cuentan que aquí en México pude haberlo encontrado hasta con los cuerpos”, dijo en el recorrido para prensa. El humor negro esa mañana sólo le alcanzó para risas nerviosas. Como una de las artistas británicas más reconocidas, hace años que Lucas dejó de tener tiempo para aburrirse y es algo que extraña. “Del aburrimiento o la frustración sacaba el ímpetu para forzarme a hacer algo importante”, dice. “Todos queremos que nuestras vidas sean significativas, pero yo lo deseo aún más.”

Sarah Lucas artista Kurimanzutto, int2

Fotografía: Diego Berruecos

 

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