reseña happy obra de teatro, portada

Happy o el lado oscuro de la felicidad

Pablo Perroni y Adriana Rogel llevan al teatro “Happy”, original de Robert Caisley, que cuestiona el lado oscuro de la felicidad.

Por Ulises Castañeda

El actor y productor Pablo Perroni tiene una obsesión sobre el tema de la felicidad. En Puras cosas maravillosas, de Duncan MacMilla, presentó un emotivo esfuerzo bajo la premisa de convencer a un suicida sobre las cosas por las que vale la pena vivir; en Nerium Park, de Josep Maria Miró, a través del patetismo de su personaje, que es un joven recién casado, reflexiona sobre la necesidad de convencerse de ser feliz en la mediocridad; ahora en Happy, de Robert Caisley, cuestiona la decisión de ser feliz como una máscara para ocultar el dolor.

“Yo creo que las personas que son felices son las que más mienten”, dice el personaje de Eva (María Penella) a la visita de Alfredo (Pablo Perroni), en una frase que esconde toda la esencia de la puesta en escena. Happy inició temporada el 21 de agosto en el Teatro Milán, para conmocionar al espectador con la duda de si se puede ser feliz a pesar de todo. Una propuesta que, mientras busca cuestionar la felicidad a partir de un trasfondo muy pesimista, tiene pinceladas de humor negro que hacen más llevadero el filo de su historia.

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Pablo Perroni, productor y protagonista de “Happy”.

Eva se encuentra sentada en la sala de su casa, envuelta en una toalla y con una bebida. De un momento a otro, entra Alfredo, un profesor universitario que ha dejado atrás sus deseos por ser un escritor. Ella tiene 22 años, es perspicaz, sensitiva, tiene una personalidad amarga y una forma de expresarse muy directa, tiene un sentido de la manipulación que no esconde y un pasado duro en experiencias. O al menos eso es lo que dice. Él tiene una reputación ejemplar: un trabajo estable, en el que es apreciado, una vida acomodada, con su adorable esposa Melinda (Yuriria del Valle), y ambos han criado a una hija con necesidades especiales. Él mantiene la cordura todo el tiempo y se dice satisfecho con su vida.

El encuentro se da porque Eva es la nueva novia de Eduardo (Pablo Bracho), el mejor amigo de Alfredo y quiere presentársela. Eduardo es un artista plástico de renombre y le ha dicho a Eva que su amigo es “insoportablemente feliz”. Ella es una mujer con personalidad fatalista que llevará su honestidad al borde de la incomodidad, con la intención de desvelar el motivo por el cual Alfredo y su esposa son tan felices.

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Esta puesta en escena es dirigida por Angélica Rogel, quien también estuvo detrás del montaje de La piel de Venus, y quien esta vez nos muestra una hábil dirección desde distintos puntos. El primero y más importante es sobre el argumento, pues ha maniobrado con el detalle de las emociones de los personajes para usarlas a favor de las situaciones de incomodidad, al mismo tiempo que en los diálogos puede soltar algunos comentarios que divierten y amenizan. Hizo de la represión de los sentimientos, y lo embarazoso, un espectáculo lúdico.

El segundo eslabón importante radica en las posibilidades dramáticas de los actores. Las constantes confrontaciones de diálogo que tienen Alfredo y Eva, en el desarrollo de la historia, permiten que se abra el abanico de facetas. El actor se somete a la situación y en el camino nos regalan un manojo de reflexión para el pensamiento mientras van desnudando sus personalidades.

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María Penella.

Pablo Perroni muestra una vez más virtuosismo como un actor arriesgado, versátil y con una peculiar habilidad de matices dramáticos que ayudan a su personaje de Alfredo a ser totalmente creíble en su estructura. Por su parte, María Penella nos ofrece una actuación de regocijo, su aparente fragilidad física contrasta de forma casi poética con la grandeza y fuerza de su personaje, que va en constante cacería sobre la verdad de ser feliz. Su personaje muestra perversidad y dulzura, seduce y atrapa, pero además confronta.

Por otro lado están los personajes de Yuriria del Valle y Pablo Bracho, quienes se mueven con más discreción. Sin embargo, también tienen una serie de matices dramáticos que hacen que sus personajes se dejen llevar como barcos en el mar. Junto a ellos tenemos un buen diseño de producción a cargo de Mauricio Ascencio, que contribuye a una experiencia emocionante.

Es así que Happy se vuelve una puesta en escena fundamental para estos tiempos en que parece que lo superficial ha conquistado a lo real. En los que las redes sociales muestran las máscaras felices mientras que detrás de ellas puede haber una vida miserable; tiempos en los que los temores condicionan la existencia y en los que, incluso se pone en duda la amistad. Esto y más tiene Happy, una obra sobre la sinceridad de la felicidad, que tiene un final catártico como pocos.

Happy
Teatro Milán
Del 21 de agosto de 2017 al 1 de enero de 2018
Lunes a las 20:30 horas

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