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Madres tenebrosas

Las películas de terror más famosas del cine tienen un común denominador: una madre tenebrosa. Un ensayo que analiza este arquetipo en el horror nuestro de todos los días.

Por Issa López

La parte más poderosa de hacer cine no está en el set. No es cuando dices “acción” ni cuando alguien grita el tan temido “Wrap it up! ” que señala el final de un rodaje. Sino cuando uno está sentado en la sala, escondido entre el público comiendo palomitas y, de repente, sin aviso ni permiso te cae un veinte. Me pasó con Vuelven, mi primera película de horror. La historia de una niña huérfana por la violencia del narco que pide un deseo: que su madre desaparecida vuelva. Y el deseo se le concede. Su madre regresa, pero de entre los muertos. Y al verla, con mis palomitas, descubrí que ese fantasma, eco del de mi propia madre muerta, es un terror común de todos. El temor más viejo, visceral y aberrante: estamos aterrados de nuestras madres.

El ejemplo más inmediato para un mexicano es la Llorona. La leyenda de la Colonia, la mujer indígena que en un arranque de celos ahoga a sus hijos para castigar al padre de ellos, un español que la deja para volver con su esposa castellana. Y luego, loca de culpa, queda condenada a buscarlos por la eternidad, aullando por ellos. Cabellos negros, ojos desencajados, anegados de lágrimas de sangre, manos extendidas tratando de alcanzar algo que ya no existe y gritos sin fin que nos vienen acompañando desde que la nación nació.

De noche, en soledad, jamás se repite su grito, el “¡Ay, mis hijoooos!” en medio de la nada. No hay en todo el país quien lo haga. Porque aunque sea un cuento para espantar niños, hay algo en la idea de una madre filicida que nos altera. Una paradoja en el concepto de que quien tiene por función proteger de todo mal, puede ser también el monstruo que te devora. La madre oscura.

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El arquetipo no es mexicano. Es, quizá, el más universal. Hay innumerables ejemplos: Kali, madre hindú de la creación en una mano y la destrucción en otra; Medea, hechicera griega que no depende de ningún hombre, pero que igual que la Llorona asesina a sus hijos por celos del progenitor; Lilith, la primera mujer de Adán, que envidiosa de los hijos de Eva jura perseguirlos en las noches y sombras. Está también la Gran Madre, un mito estudiado por Carl Jung, un arquetipo de opuestos, que incluye a la cariñosa, atenta, comprensiva, así como a la devoradora, seductora, venenosa.

Puede que el terror provenga del espectáculo sangriento y doloroso del nacimiento; sangre, gritos, llanto, espasmos, una criatura indefensa tratando de salir, todo devorado por una vagina. Quizá provenga de las madres mismas; el horror de sentir a una criatura creciendo dentro, moviéndose, hinchándote hasta partirte de dolor y obligarte a expulsarla, entre fluidos viscosos, alaridos y dolor. El “milagro de ser madre” tiene un lado oscuro.

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El cine de terror y la maternidad son viejos íntimos conocidos. Por mencionar algunas madres icónicas, podríamos empezar por Norma Bates, en Psicosis, de Alfred Hitchcock, (1960). Una madre tan posesiva que le da su propio nombre a su hijo, Norman, y lo convierte en uno de los primeros y más definitorios asesinos seriales en nuestro inconsciente colectivo. Un hijo tan aterrado de cualquier mujer que le despierte deseo sexual que llega al punto de encarnar a su madre muerta para asesinar a las provocadoras.

Está Margaret White, la madre de Carrie, (1976), en el clásico de Brian De Palma sobre una fanática religiosa que aliena tanto a su hija sobre sus compañeros de secundaria que termina convirtiéndola en una bomba de tiempo que explota cuasi-borrando a la población adolescente de un pueblo, en una preclara metáfora de los francotiradores escolares que enfrentan los estudiantes del Estados Unidos contemporáneo.

Está Pamela Voorhees, la madre de Jason Vorhees. Frecuentemente se nos olvida que en la primera cinta de la infinita Friday the 13th la asesina es Pamela, no su hijo, oculto tras la infaltable máscara de hockey.

Estas tres madres icónicas tienen en común una cosa: aborrecen el acto sexual, que puede corromper a sus hijos. El acto mismo que las convirtió a ellas en madres devoradoras.

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Se suman Rosemary —y su bebé diabólico— en Rosemary’s Baby (Roman Polanski, 1968) y Chris MacNeil, la tan ocupada madre con su carrera de actriz como para prestar atención a su hija Regan, adolescente solitaria en The Exorcist (William Friedkin, 1973).

A estas madres seminales del horror las siguen una multitud de mujeres que, mientras más ocupadas con sus carreras y su independencia o más resentidas por la pérdida de las mismas, más en riesgo de lo supernatural, lo grotesco y lo homicida estarán ellas y sus vástagos.

Recientemente, podemos enlistar a Erica Sayers, en Black Swan (Darren Aronofski, 2011), tratando de convertir a su hija en lo que ella no fue, y en el camino robándole la cordura, o la Otra Madre, en Coraline (Henry Selick, 2009), con sus ojos de botón, que invita a Coraline a quedarse en un mundo de sombras. Y Mama (Andy Muschietti, 2012) reclamando desde la tumba a dos niñas vivas.

La lista se vuelve larga. Un sinfín de películas dirigidas, en su mayoría, por hombres. Un lazo cuyo nudo está siendo cada vez más analizado, retorcido, desamarrado y re-amarrado por mujeres. Me suscribo a esa lista, desde luego. Porque el asunto es que si en los cuentos tradicionales las princesas son salvadas, en los cuentos modernos se salvan solas. Pero nadie, nadie, salva a la Reina. La Reina mata. O muere. Sola.

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