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Peter Weir: El poeta del cine australiano

El cineasta australiano Peter Weir, director de La sociedad de los poetas muertos, todavía tiene historias que contar.

Por Marcela Vargas / Fotografía Montse Roma

Durante la XX edición del Guanajuato International Film Festival (GIFF), el cineasta australiano Peter Weir recibió un homenaje por su destacada trayectoria. Miembro de la llamada “Nueva Ola” del cine australiano en los años setenta, este realizador equilibra con calidad narrativa la cantidad de cintas que ha producido en 40 años de carrera (14 largometrajes).

El sello de Weir puede pasar desapercibido a una mirada casual, pues sus películas tratan temas diversos en geografías poco relacionadas unas con otras. En The Year of Living Dangerously (1982), Indonesia es el escenario revuelto para un romance complicado que se desarrolla durante un golpe de Estado. En Picnic at Hanging Rock (1975) –proyectada en el GIFF como parte del homenaje al director–, una formación geológica en un bosque australiano guarda el terrible misterio de la desaparición de un grupo de adolescentes durante un día de campo. En The Truman Show (1998), Weir advierte sobre los peligros de la obsesión mediática mediante el acontecer de un soleado pueblo en una costa estadounidense. Sin embargo, su maestría al combinar una cinematografía bella con los remolinos existenciales de sus personajes hacen de su cine una muestra deliciosa para reflexionar sobre la condición humana.

Esta amplitud en su rango temático exhibe el vasto mundo interno de Weir, quien como el poeta que es en realidad, no puede evitar hablar con metáforas incluso sobre su propio proceso creativo. “A veces siento que voy a repetirme”, cuenta el director australiano en entrevista con Gatopardo. “Soy un poco como una mina dilapidada en la que se tiene que excavar cada vez más profundo para encontrar la plata”.

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G: Con la tendencia de ciertos directores a considerar a la Realidad Virtual una herramienta para la producción cinematográfica, ¿usted se aventuraría a experimentar con esta tecnología?
PW: Siendo honesto, soy de una generación que casi se está despidiendo. ¡Espero no despedirme mañana y hacer otra película antes de partir! Pero ustedes, la nueva generación, son quienes deben explorar estas tecnologías porque no estamos seguros de hacia donde van o qué se puede hacer con ellas. Quizá estén emocionados, pero yo no. Quizá es generacional. Me gusta ver y hacer películas de la forma que lo he conocido toda la vida.

G: Películas suyas como La sociedad de los poetas muertos han marcado a su audiencia por generaciones. ¿Qué piezas de arte lo han marcado a usted?
PW: Si tengo que elegir, serían las si tengo que elegir una, serían las naturalezas muertas de Van Gogh, Cézanne y Matisse. ¿Por qué los pongo juntos? Hice un estudio de flores y frutas y miré estas pinturas. Girasoles para Van Gogh por supuesto. Necesitaba entender por qué tienen tanto poder. No hay rostros ni paisajes, pero las imágenes hacen que te necesites sentarte. ¡Son muy fuertes! No es la técnica, es algo que dejan en la pintura, un pedazo de su alma. Me fasciné. Algunas de las pinturas me afectaron, aquellas que conservan pedazos de su alma. ¡Es milagroso! También en la música. Yo intento hacerlo en las películas, aspiro a eso. No es una fórmula, pero siento como si estas obras me animaran y me dijeran que puedo lograrlo.

G: La cantidad de largometrajes que ha filmado en 40 años sugieren que es selectivo con los proyectos que lleva a la pantalla. ¿Cómo elige qué historia le interesa?
PW: Puede sonar afectado, pero es cierto: le he dicho que no a todo lo que viene de afuera, que no son historias originales mías. Le dije que no a Truman, a La sociedad de los poetas muertos, y solo entonces sabía que de verdad quería hacerlas. Si digo que no y son fuertes, vuelven a mí. Me despierto en medio de la noche pensando en esos muchachos en la escuela o escucho una pieza musical –[“Wish You Were Here” de Pink Floyd según contó en su clase magistral]– y pienso “¡Eso es The Truman Show!”. Debo ser cuidadoso y no llamar a mi agente demasiado pronto, porque generalmente me toma una semana cambiar de opinión. Así que básicamente le digo que no a todo.

G: Un rasgo profundo que suelen compartir sus protagonistas es la sensación de ser ajenos a su entorno, de no encajar del todo bien con quienes los rodean. ¿Por qué enfatiza este tema en sus películas?
PW: Yo nací en Australia, una nación europeizada relativamente joven. En 1820, si estabas en Portsmouth, Inglaterra, tenías dos opciones: irte a Nueva York, que estaba a seis semanas en barco, o a Australia, que estaba a seis meses. Si alguien viajaba a Australia era porque no tenía la intención de regresar – excepto quizá por los gobernadores. Todos conocen la historia de los convictos que eran enviados allá, también… Así que crecí en una sociedad huérfana, europeizada y desarraigada. Muchos australianos se han reído de mí cuando en mis películas planteo preguntas como “¿Quiénes somos?, ¿cuáles son nuestras raíces?”. Yo mismo fui a buscarlas a Europa, a Gran Bretaña. Creo que esa sensación de carecer de raíces es lo que se traduce en mi cine como el ser ajeno. Mis personajes están un poco fuera de su ámbito, no encajan bien y están buscando su camino.

G: Hay cierta poesía en la forma como están filmadas sus películas y en su clase magistral mencionó que constantemente escribe cuentos para pasar el rato. ¿Ha considerado una carrera literaria, paralela a sus producciones cinematográficas?
PW: No lo he pensado, porque no le he cerrado la puerta a hacer cine. Tengo un proyecto que podría hacerse así que me sostengo de esa posibilidad. De otra manera no es poco razonable la idea de escribir, porque amo leer. Es mi hobby. Leo de todo, a veces tomo un solo tema y me dedico a él, como leer todas las grandes novelas rusas y me divierte. Y luego paso a otro tema. Amo leer sobre historia.

Conoce más sobre el cine de Peter Weir en esta nota.

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