Mucho ruido y muchas nueces

Se cumplen 400 años de la desaparición de William Shakespeare. Su producción ha sido una mina de oro para la industria cinematográfica.

Por Andrea López Estrada / Fotografía Cortesía Walt Disney Studios

Decía el académico Mark Bayer, en un artículo publicado por la Universidad de Texas, que una parte de la gran notoriedad de Shakespeare en los últimos tiempos ha sido predicada por el bombo publicitario. Así es como se ha mantenido vigente alojándose en la memoria colectiva, en gran medida gracias a las historias y ejes temáticos que abarca su obra como el amor, la traición, la muerte y la lealtad. Las obras teatrales de Shakespeare, divididas en 10 tragedias, 18 comedias y 11 dramas históricos, han sido revisitadas un sinfín de veces, y memorables adaptaciones han llegado a plataformas como el cine y la televisión.

Han pasado 400 años desde que William Shakespeare dio su último respiro. The Guardian, por ejemplo, para celebrar su aniversario luctuoso, ha realizado una serie de videos en la que figuras como Eileen Atkins, Ayesha Dharker y hasta David Morrissey, interpretan con osadía algunos de los monólogos más fascinantes de su extensa producción teatral. Shakespeare tenía la habilidad de crear personajes con todas las texturas y matices, algunos nobles y heroicos, sensibles, otros atormentados, algunos leales, ocurrentes, traidores de la más baja calaña y mientras que otros fascinaban por ser mordaces. Así robaba la atención de un público variado, desde la más alta nobleza y los intelectuales, hasta los estratos más bajos de la sociedad. La palabra siempre fue su principal atributo y eje formador con la que formaba diálogos que pasaron a la historia y que enmarcaban su destreza lírica —dejó 138 sonetos para comprobarlo— y su prosa impecable. Todas estas cualidades le valieron la apreciación constante de la crítica y la historia se encargaría de colocarlo en el más alto peldaño de la literatura universal.

En el siglo xx, la cultura popular encontró la forma de adaptar sus historias a diferentes manifestaciones. No es de sorprenderse que desde finales de los noventa la industria cinematográfica haya encontrado en él una mina de oro como para nutrir todo tipo de producciones. Al grado de trasladar el argumento de una tragedia como Hamlet, recontada mil veces —en la que el príncipe de Dinamarca decide vengar la muerte de su padre, quien fuera asesinado a manos de su tío que buscaba apoderarse de la corona—, a una película de dibujos animados como El rey león. Lo mismo ha sucedido con Romeo y Julieta, la tragedia sobre dos jóvenes amantes que se suicidan al no poder estar juntos ya que sus familias son enemigas. La obra ha tenido diversas adaptaciones, incluso una ambientada en 1996 a cargo de Baz Luhrmann, la cual atrajo a un gran público a las salas de cine. Están además las versiones de George Cukor y Franco Zeffirelli; en terrenos del cine mexicano, una atinada mirada es El peñón de las ánimas, por Miguel Zacarías, hasta las extraoficiales como West Side Story, Grease, y lecturas incluso más diluidas en romanticismo adolescente como High School Musical. En busca de más ejemplos, en 1999 Touchstone Pictures buscó su propia versión y adaptó La fierecilla domada a una comedia contemporánea y también hit de una generación: 10 things I Hate About You. La historia gira en torno a Katherina, la “fierecilla”, cuyo temperamento ha hecho que sea imposible conseguir marido y esto hace que los pretendientes de su hermana Bianca busquen a toda costa a un hombre que la pueda “domar”, pues el padre de ambas ha decidido que Bianca no podrá casarse hasta que no lo haga su hermana.

No siempre el tratamiento a las obras de Shakespeare se ha quedado en ese romanticismo insulso adolescente. También se ha replanteado el acercamiento a sus obras con una mirada más sofisticada y solemne. Julie Taymor comenzó su versión cinematográfica de La Tempestad en 2010, en la cual se tomó la libertad de cambiar el género del personaje principal, Próspero, para que el papel pudiera ser interpretado por Helen Mirren. A la vez, la serie de televisión Lost hacía referencia a elementos, escenas o personajes de esta misma. Joss Whedon hizo una adaptación contemporánea de Mucho ruido y pocas nueces para 2012, filmada en blanco y negro y aclamada por la crítica, a pesar de que fue proyectada limitadamente. Apenas en 2015, se estrenó la más reciente versión cinematográfica de Macbeth, protagonizada por Michael Fassbender y Marion Cotillard.

El teatro contemporáneo se ha valido de figuras de renombre para enriquecer las puestas en escena de diferentes obras, como ha sido Tom Hiddleston como Coriolano o Benedict Cumberbatch como Hamlet, con localidades agotadas desde hace meses. En México, hace algunos años se pudo ver el éxito de Las obras completas de William Shakespeare (abreviadas), puesta en escena que se mantuvo en cartelera durante varios meses.

Si bien, la academia le ha dado un lugar altísimo y lo ha mantenido ahí a lo largo de los años, ha sido su tratamiento popular que lo ha presentado a audiencias más amplias e incluso “menos académicas”, manteniéndolo vigente. Mantenerlo en un estrato tan inalcanzable no ha sido contraproducente, pero ha mermado un poco su verdadero valor. No se le debe reconocer por su papel como piedra angular de la literatura, a él se le debe reconocer la capacidad de darnos historias y temas que hemos sido capaces de contar una y otra vez. De tomar las emociones intrínsecamente humanas y darles una voz.

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