Tres décadas de Blue Velvet

La cinta del controvertido David Lynch cumple treinta años, y no ha dejado de impactar a nuevas generaciones con sus personajes y narrativa.

Por Miguel Cane / Fotografía Getty Images

“Tal vez esté enfermo, pero la quiero volver a ver”, así reportó la legendaria Pauline Kael para The New Yorker, la reacción de un espectador luego del estreno del cuarto largometraje de David Lynch en 1986. Se trataba de Blue Velvet, un truculento melodrama post-noir, que describía con elegante surrealismo la sordidez y el sadismo que se ocultan bajo los primorosos acabados de la plácida existencia estadounidense. Pronto esa declaración encontraría su lugar en la mitología lynchiana, donde la cinta ocupa un lugar privilegiado.

Las reacciones de los críticos y el público fueron encendidas y encontradas: donde Kael, Janet Maslin y Andrew Sarris encontraron mucho qué elogiar, Roger Ebert se sintió abrumado por su violencia y no vaciló en acusar al director de misoginia; de hecho, aunque con los años reconoció a Lynch como un espléndido cineasta, su percepción de la película no cambió. Blue Velvet fue nominada al Oscar a la Mejor Dirección y, con el paso del tiempo, ha sido apreciada como una de las cintas estadounidenses más relevantes de su tiempo. El misterio de cómo llegó a existir es, sin embargo, tan fascinante como la trama tenebrosa que plantea.

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Kyle MacLachlan e Isabella Rossellini protagonizaron la mítica cinta “Blue Velvet” en 1986.

A principios de 1984, antes de que el estreno de Dune resultara en una debacle espectacular —la elefantina adaptación de la novela de ciencia ficción de Frank Herbert, que pasó casi un año filmando en la Ciudad de México—, Lynch, entonces de 37 años, dos veces divorciado y ya nominado al Oscar como Mejor Director en 1981 por El hombre elefante, cerró un trato con Dino DeLaurentiis, el magnate productor de Dune, célebre por su ecléctico gusto en cintas así como en su implacable manera de hacer negocios. El trato consistía en tener el total control creativo de un filme con un presupuesto de 6 millones de dólares, que DeLaurentiis financiaría, a cambio de los derechos de distribución a nivel mundial. Las condiciones para Lynch resultaban ideales. Tenía la libertad de hacer prácticamente lo que le diera su gana: elegir elenco, locaciones y equipo. De este modo podría realizar un trabajo que lo obsesionaba desde hacía varios años: los aspectos ocultos, las vidas secretas, de los habitantes de un poblado idílico en algún lugar de Estados Unidos.

El elenco, tal como Lynch lo había imaginado, era muy distinto: Harry Dean Stanton —que acababa de filmar Paris, Texas —como Frank Booth; Debbie Harry o Helen Mirren como Dorothy Vallens, Val Kilmer (entonces de moda por Top Secret y Top Gun) como Jeffrey Beaumont, y Molly Ringwald (estrella juvenil del momento) como Sandy Williams. Todos presentaron razones para rechazar el guion: Stanton estaba agotado después de filmar con Wim Wenders, Mirren tenía otros compromisos, Debbie Harry estaba harta de que sólo le ofrecieran papeles “raros”, y en el caso de los jóvenes, Kilmer consideró el libreto “pornografía” y la madre de Molly, escandalizada, dijo que no.

Esto llevó a Lynch a opciones inesperadas que curiosamente le dieron los personajes que él buscaba: para entonces Dennis Hopper estaba recuperándose de una década hundido en el abuso de drogas y alcohol; Kyle MacLachlan, que había sido el joven Paul Atreides en Dune; Laura Dern, que a los diecisiete años ya tenía una carrera, y la hermosa Isabella Rossellini, hija de dos leyendas del cine —Ingrid Bergman y Roberto Rossellini—, exesposa de Martin Scorsese y, en ese entonces, radiante rostro de la casa Lancôme, con la que iniciaría una relación amorosa que duró seis años.

Asociándose por primera vez con Ángelo Badalamenti para crear una banda sonora inquietante, Lynch filmó en Wilmington, Carolina del Norte, como la locación ideal para ser Lumberton, un pueblo bonito y amable, ahíto de corrupción y otros horrores imperceptibles a simple vista. Pero los temas de Blue Velvet iban más allá. Giraba en torno al amor y los tortuosos senderos que guían al ordinario protagonista Jeffrey, un universitario cuya vida cambia al encontrar una oreja mutilada tirada en la hierba, a su encuentro con tres personas que alterarán su existencia: por un lado Booth, el psicópata enganchado al nitrito de amilo (vulgo: poppers); por el otro Dorothy, la cantante de cabaret deprimida cuya familia ha sido secuestrada, que se somete a toda clase de humillaciones para salvarlos, y Sandy, una especie de Nancy Drew que representa la única luz en el abismo repelente en el que Jeffrey se adentra.

A lo largo de tres décadas desde su estreno, Blue Velvet ha tenido numerosas interpretaciones desde todos los ángulos —incluyendo el psicoanalítico y sociológico— pero la inquietud persiste: no es necesario un análisis profundo para abandonarse a las atmósferas creadas por Lynch —sin las cuales otras obras maestras de su canon como Twin Peaks o Mulholland Drive no existirían—. Simplemente hay algo que atrae de manera irresistible a este espejo oscuro. Y sí, puede que uno esté enfermo, pero siempre queda el deseo de volverla a ver.

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