Los señores de la costa

Durante mucho tiempo, Careyes y Cuixmala han sido dos de los lugares más emblemáticos de la costa pacífica mexicana y dos de los destinos turísticos más sofisticados del país. En este adelanto de Los señores de la Costa, el escritor Carlos Tello Díaz cuenta cómo se construyó este paraíso. El libro, que saldrá publicado a finales de verano por la editorial Grijalbo, relata cómo fueron los inicios de Careyes y cómo, en las paradisíacas playas de Jalisco, se cruzaron los destinos de los excéntricos millonarios Carlos Landero, Gian Franco Brignone, Edmond de Rothschild y James Goldsmith.

Por Carlos Tello Díaz

1. El sueño de Carlos F. Landero
La costa de Cuixmala, Careyes y Chamela ha sido sin interrupciones propiedad privada con acceso a pozo de agua desde mediados del siglo XIX. En 1861, el presidente Benito Juárez firmó el primer título de propiedad en esa parte de la costa de Jalisco. Los terrenos baldíos, originalmente de la Iglesia, fueron expropiados para ser adjudicados a un español de Nayarit llamado José María Castaños, quien había ayudado a la causa de los liberales en la guerra de Reforma. “La hacienda original iba desde el río Cuixmala hasta el río San Nicolás y tenía más de 900 kilómetros cuadrados”, afirma la persona que durante varias décadas administró la propiedad. “Eran más o menos 30 kilómetros por 30 kilómetros, o sea, unas 90 mil hectáreas.”[1] Años más tarde, una parte de la propiedad sería adquirida por el ingeniero Carlos F. Landero.

Los Landero llegaron a México en 1768 procedentes de Galicia, España, para sentar reales en Veracruz. Eran propietarios de tierras, comercios y minas de plata. Su miembro más destacado fue José Landero y Cos, ministro de Hacienda en tiempos de don Porfirio Díaz. “Pepe Landero era uno de los mineros mexicanos más prominentes del siglo XIX”, recuerda José Carral, el presidente del Club de Industriales. “Y era uno de los hombres más ricos de México.”[2] Su hijo Carlos le compró una parte de la hacienda de Cuixmala a Fernando Castaños, quien estaba emparentado con su madre, Elena Castaños. Tenía una superficie de “catorce patios, diez caballerías, cuatro fanegas”, que lindaba con los siguientes polos: “al oriente, con terrenos de don Manuel y don Margarito Domínguez, río Cuixmala de por medio, lo mismo que por el sur; al poniente, con el Océano Pacífico; al norte, con terrenos de Pérula y Chamela”.[3]

Carlos F. Landero era, escribe un experto de la costa de Jalisco, “un ingeniero que a fines del siglo XIX recorrió pausadamente la región para determinar la posible ruta de un ferrocarril de Aguascalientes a Chamela”.[4] El ingeniero Landero, en efecto, promovió el trazo de un ferrocarril de 673 kilómetros, con un costo de casi 18 millones de pesos, para conectar a Chamela con Aguascalientes. Fue él mismo quien recogió la información económica y geográfica de apoyo, a menudo en recorridos realizados a pie por la selva. “Era una gente muy estudiosa, geólogo, con una biblioteca muy grande”, recuerdan en su familia.[5] El ferrocarril, que tendería puentes, túneles y telégrafos, pretendía explotar las minas de metal de la región y deseaba promover los cultivos de algodón y tabaco en las vegas de los ríos Cuixmala y San Nicolás, así como aprovechar las salinas de Careyes, Chamela y Pérula. “Creo no incurrir en ninguna exageración al asegurar que el ferrocarril que se proyecta —sentenció Landero— convertirá en breve tiempo la casi totalidad de la región por él atravesada en una de las más ricas y florecientes de la República.”[6]

Pero el proyecto de ferrocarril jamás cristalizó. Fue aplazado a fines del siglo XIX y pospuesto de nuevo a comienzos del siglo XX, aunque volvió a cobrar vida después de la Revolución. “El proyecto se puso en obra, aunque parcialmente y sobre otras bases, en 1917, sufrió tropiezos a causa de la Revolución, se reanimó en 1919 y al fin fue posible que los trenes corrieran de Acatlán de Juárez a Cocula”, afirma un estudio. “El servicio tuvo cada vez menos éxito y en 1928 o 1929 se levantó la vía para vender los rieles como fierro viejo. Quedó así cancelada, quién sabe para cuántos años más, la perspectiva de comunicar por ferrocarril la costa de Jalisco.”[7] La vida de Landero para entonces había dado también un vuelco con el triunfo de la Revolución. “Durante la guerra cristera fue uno de los jefes de la Liga, junto con Miguel Palomar.”[8] La Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, fundada en 1925, era una organización laica independiente de la jerarquía religiosa, aunque muy ligada a la Iglesia. Su propósito era defender la religión católica por medios pacíficos, como por ejemplo no usar el transporte público. Hacia 1926, sin embargo, la Liga creó un Comité de Guerra para coordinar las acciones de los cristeros, hombres del campo que comenzaron a luchar a favor de la Iglesia, así llamados porque su grito de guerra era “Viva Cristo Rey”. Landero fue uno de sus dirigentes hasta que, ya grande, tuvo que salir al exilio en 1926, hacia Estados Unidos. “Cuando volvió, por el 30, murió en una de las estaciones de tren de Nayarit”, afirma su familia.[9] Así lo confirma un documento: “El señor ingeniero Carlos F. de Landero falleció a bordo del Ferrocarril Sur Pacífico, a la altura de la estación Barrancas, Nayarit, el día 8 de marzo de 1930”.[10] Tenía setenta y un años. Fue el hombre que más trabajó para comunicar la costa de Jalisco —el propietario de las tierras donde habrían de surgir, medio siglo más tarde, los desarrollos de Careyes y Cuixmala.

2. Los inicios de Careyes
Don Antenor Patiño, uno de los hombres más ricos del mundo, heredero de una fortuna legendaria en Bolivia, residente desde su divorcio en el país, recibía en el Hotel María Isabel de la Ciudad de México a los amigos que lo llegaban a ver de todos los rincones del mundo, entre quienes estaba, en el verano de 1968, un banquero que conocía de sus años en Francia, el italiano Gian Franco Brignone. “Mi esposa era sobrina de Beatriz de Rivera, que estaba ya casada con Patiño”, explica Brignone. “Yo lo conocía de París, donde todo el tiempo me decía: ‘Ven a ver, ven a ver, en México hay cosas muy interesantes…’.” [11] Por medio de don Antenor, ese verano Gian Franco vio a Luis de Rivera, quien unos meses después compró para él los terrenos de la costa de Careyes.

A lo largo de 1969, Brignone viajó prácticamente todos los meses a la costa de Careyes, como lo habría de hacer en los años por venir, hasta radicar por fin en México. “Hice sesenta y cuatro viajes en tres años —puntualiza—, treinta y dos de ida y treinta y dos de vuelta.”[12] Volaba por Air France desde París hasta Puerto Vallarta, con una escala en Houston —en primera clase, con un descuento de 75 por ciento por ser propietario de la agencia de viajes France-Europe. Había dejado ya su banco y su empresa inmobiliaria, aunque conservaba algunas de sus propiedades, como Beaulieu-le-Vieux. Su tiempo y su entusiasmo estaban ahora concentrados en otro país, México, en la parte más salvaje de la costa de Jalisco. Nada lo ataba al pasado. Comenzaba una nueva vida, en un país distinto, rodeado de gente que no conocía, lejos de la tierra donde había nacido y crecido.

Gian Franco estaba ya también separado de su esposa. Los años de la costa los habría de compartir con sus amantes, que eran jóvenes y guapas, y a menudo interesantes. Al arribar en la avioneta, recuerda, daban un par de vueltas sobre la playa donde estaban los trabajadores, para que supieran que habían llegado, y luego daban otras vueltas más sobre la pista de Teopa, diminuta, para ahuyentar a las vacas y poder aterrizar. Ahí los iba a recoger Chano, el chofer, en un viejo Dodge. Tenían una vida de pioneros. Iban mucho de pesca; a veces cazaban patos, o bien venados y pecaríes; la fruta la desinfectaban con pastillas de permanganato. Pero no pasaban muchos días ahí, pues tenían que trabajar en Guadalajara con los abogados del desarrollo de Careyes. El resto del tiempo, la cabaña donde dormían quedaba a cargo de Luis de Rivera, quien vivía ahí con su esposa Anne-Marie. “Era una casita chiquitita junto al mar, que tenía dos cuartos y un baño”, recuerda ella. “Todo estaba pintado de colores por adentro.”[13] Las vigas eran rojas y amarillas, las puertas anaranjadas y las paredes blancas, decoradas en la sala con pinturas de palmeras y jaguares hechas por Anne-Marie. A su lado estaba la barraca donde vivían con sus esposas los obreros que trabajaban para su marido, que a menudo le llevaban de regalo, para cocinar en las brasas, los langostinos del riachuelo que desaguaba sobre Playa Careyitos. “Los días eran largos. Todo lo que hacíamos era tardado. Y había a veces que subir al cerro porque llegaba un huracán.”[14]

Luis de Rivera estaba encargado de deslindar, cercar y tomar posesión de las tierras de Careyes. Puso el alambre de púas alrededor de la propiedad; desmontó parte de la selva para meter ganado; sembró palmeras de coco en las playas, que regaba con pipas de agua; construyó para sus vigilantes unas casitas de ladrillo que muy pronto quedaron hechas unas ruinas, carcomidas por el salitre. Todo ello no evitó las invasiones. Junto al faro, por ejemplo, había un señor que no quería salir. “Vivía en una choza con treinta palomas y un rebaño de siete chivos y dos burros”, dice Luis, que lo sacó sin ceremonias, pues tenía la piel bastante dura para todos esos menesteres. “Un día llegué con una maleta llena de billetes de baja denominación, para que parecieran muchos, y con ochenta trabajadores de Las Hadas. Íbamos en un camión, con un notario, y después de sacar al invasor quemamos la casita. Esa misma noche construimos otra casa y pusimos ahí a un velador, para que desapareciera todo vestigio de la invasión.”[15] Pero las invasiones seguían. Un año más tarde, los terrenos fueron ocupados por varias familias que llegaban del interior, atraídas por la noticia de que había tierras sin poblar en esa parte de la costa. Ahora era más fácil llegar, pues había un camino de terracería. Luis les propuso que salieran de Careyes para trabajar en las obras de El Tamarindo. Así lo hicieron.

El Tamarindo era una propiedad de sueño que Brignone, por su conducto, acababa de comprar por 600 mil dólares a la familia Becerra de Guadalajara. Eran 880 hectáreas de selva mediana y alta, con tres playas (Tamarindo, Majahua y Dorada), acantilados y manantiales, entre Careyes y Barra de Navidad, en la punta sur de la bahía de Tenacatita. Había sido adquirida con un grupo de inversionistas, antiguos clientes del banco que tenía Gian Franco. Una cosa bellísima. Luis de Rivera, que la conocía desde mediados de los sesenta, solía contar que había preparado en una de sus playas una cena con fogatas para Antenor Patiño, pero que Claudine de Cadaval, con quien estaba acaramelado, lo había convencido de permanecer en Manzanillo. “On est tellement bien ici, le dijo a Patiño. Bueno, pues por esa frasecita de la duquesa de Cadaval no está Las Hadas en la península de El Tamarindo.”[16] Los Brignone habían comprado El Tamarindo pocos años después de adquirir Careyes. Estaban enamorados de la costa de Jalisco. Por un tiempo, parece ser, estuvieron indecisos: no sabían si debían invertir en Careyes o en El Tamarindo. A pesar de que Careyes era espectacular, la propiedad más bella era, quizás, El Tamarindo. Pero tenía el inconveniente de ser un lugar muy húmedo, con más días de lluvia al año, por lo tanto menos atractivo desde el punto de vista del turismo. Fue esa, en parte, la razón que los inclinó por Careyes, donde hay un promedio de sólo veinte días de lluvia al año. También la morfología del terreno: Careyes podía ser desarrollado paso a paso, una bahía tras otra, mientras que El Tamarindo requería de entrada una inversión muy alta para construir el camino de acceso desde la carretera de Manzanillo. Así que la apuesta fue por Careyes. Una vez tomada la decisión, Brignone vivió absolutamente fascinado con la propiedad que acababa de adquirir en la costa del Pacífico. “Estaba completamente obsesionado, obnubilado, por su proyecto de Careyes”, dice su compañera de esos años, la modelo Valentine Brunet.[17]

Eran muy pocas las personas que vivían por esos tiempos en la costa. Estaban ahí Andrés Peña, el dueño de El Limbo, y Alejandro Gómez, el administrador de Cuixmala. Más al norte, en una colina de Chamela, pasaba temporadas largas un hombre que medía dos metros de altura llamado Evgeni Cocherga, al que todos le decían Eugenio. Era un ruso blanco nacido en China, donde sus padres huían de los bolcheviques que acababan de tomar el poder en Petrogrado. Residía en Europa, casado con una sueca que había sido reina de belleza, pero un día vendió sus negocios en España y Portugal y viajó a México, donde compró un terreno frente al mar a su dentista, el doctor Antonio Urquiza, que tenía fama de mantener a sus pacientes con la boca abierta hasta que les podía vender una de sus propiedades en Chamela. Ahí, en la cima de la colina más alta, Cocherga construyó una mansión frente al mar que llamó Vistahermosa. Todas las tardes admiraba desde su terraza las puestas de sol. “Ninguna es igual”, decía.[18]

Fue en Vistahermosa donde, hacia 1970, se hospedó por unos días al italiano más rico y sexy de su tiempo, Gianni Agnelli.

3. Club Méditerranée de Playa Blanca
La red de relaciones que tenía Gian Franco Brignone en Europa fue sin duda, en un comienzo, la razón más importante del éxito de Careyes. En esa red destacaba Edmond de Rothschild, uno de los hombres de negocios más conocidos de Francia. Edmond había sido miembro del consejo de administración de su banco en París, aunque Gian Franco lo frecuentaba sobre todo fuera del trabajo, en las cacerías de jabalí organizadas los fines de semana o durante los viajes de mar a bordo de su yate Gitana 4. Llegaron a ser amigos muy cercanos. “Fue testigo de mi boda”, afirma Brignone, quien en agosto de 1951 contrajo matrimonio con Consuelo von Oppenheim en el castillo de los duques de Noailles.[19] Al comienzo de los setenta, Edmond controlaba 42 por ciento de las acciones del Club Méditerranée, que acababa de extender sus operaciones a Asia, África y América. Su papel sería clave para llevar el Club Med a Careyes.

Edmond de Rothschild había nacido el mismo año que Brignone: 1926. Era hijo de Maurice de Rothschild, un hombre que dedicó sus días a criar caballos, cazar tigres y entretener a las mujeres más bellas de París. Un hombre de placer, no de empresa, que en vez de hacer dinero, lo gastaba. Y un excéntrico que en la década de los treinta colaboró en el Frente Popular con el Partido Comunista. Su hijo Edmond heredó lo segundo, pero no lo primero, pues fue siempre un hombre de trabajo. Llegó a ser la persona más rica de Francia. Pasó su infancia en los Alpes, en Megève y Pregny, pero creció en París. Trabajó un tiempo con su primo Guy de Rothschild en la compañía Transocéan, dedicada a la importación y exportación, y más adelante abrió su propia casa bancaria, la Compagnie Financière. Invirtió con los años en programas de televisión, juguetes, botellas de vino y hoteles de lujo. Residió toda su vida en París, en una mansión de la Rue de l’Élysée, frente a la casa del presidente de la República, y en su castillo de Pregny, a orillas del lago de Ginebra, rodeado de cuadros de Rubens.

El Club Méditerranée había sido fundado en 1950 por dos sobrevivientes de la segunda guerra mundial, dos judíos: Gérard Blitz y Gilbert Trigano. Blitz era de origen belga, hijo de un diamantista de Amberes, campeón olímpico de waterpolo (medallista de plata en las Olimpiadas de 1924 en París y de bronce en las Olimpiadas de 1936 en Berlín: uno de los pocos judíos en obtener una medalla durante los Juegos). Blitz redactó, al final de la guerra, los estatutos de una organización que tenía el objetivo de “desarrollar el gusto por la vida al aire libre y la práctica de la educación física y los deportes”.[20] Así surgió el Club Méditerranée. En junio de 1950, trescientas personas inauguraron las instalaciones del primer village del Club, en Alcúdia, un puerto de Mallorca. Blitz contrató para ello a un joven que hacía tiendas de campaña llamado Gilbert Trigano. Le pidió doscientas.

Trigano era de origen argelino, hijo de un fabricante de carpas, miembro activo de la Resistencia durante la Ocupación, periodista por un tiempo en el diario de la izquierda, L’Humanité. Conoció a Blitz durante la instalación del village de Alcúdia. Ambos fueron socios a partir de ese momento. “Gérard Blitz y yo éramos dos muchachos sobrevivientes de la guerra”, explicaba Trigano. “Y nos empeñábamos en brindar a los demás lo que nos hubiera gustado a nosotros: descubrir el mar, respirar aire puro. Existía un enorme anhelo de descubrir lugares nuevos y, en ellos, a la gente, al otro.”[21] En 1955 instalaron unos bungalows en Tahití. Ahí surgió la idea de ofrecer a los clientes un collar de plástico — inspirado en uno que tenía la hija pequeña de su inventor— con cuentas que funcionaban como moneda de pago durante sus estancias en el village. La fórmula fue un éxito.

Gilbert Trigano conoció más tarde a Edmond de Rothschild. Cómo era ese judío sefardita —cuarentón, homosexual, bon vivant— que había luchado en la Resistencia, le preguntó Nadine a su marido, el barón Edmond, quien le respondió así: “Simpático, emprendedor, los ojos vivos, muy inteligente”.[22] Trigano le propuso a Rothschild —y Rothschild aceptó— una parte de su sociedad en el Club Med. En 1963, la empresa se transformó en sociedad anónima; más tarde, en 1966, comenzó a cotizar en la Bolsa de París. Trigano era el presidente de una compañía muy especial, en la que los empleados, llamados extrañamente gentils organisateurs, eran todos bastante similares: “jóvenes de aspecto grato y bien bronceados para crear un ambiente juvenil y despreocupado”.[23] Con esa imagen triunfó en una industria que entonces daba sus primeros pasos. “Vendió el hedonismo de los cuerpos bronceados, explotó la imagen de una pareja retozando en la arena y se hizo rico.”[24]

En diciembre de 1971, Gian Franco Brignone sostuvo una reunión en París con la dirección del Club Med, en la que estaban presentes Trigano y Rothschild. Hablaron de Careyes. El momento no podía ser más propicio para invertir ahí: Brignone acababa de consolidar la tenencia de su propiedad en la costa de Jalisco. El Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización, encabezado por una persona muy temida, Augusto Gómez Villanueva, acababa de emitir unos meses antes, el 25 de agosto de 1971, un certificado de inafectabilidad del predio Careyitos, firmado por el presidente Luis Echeverría. El predio tenía una extensión de 265 hectáreas, que incluían Playa Blanca, Playa Rosa y Playa Careyitos, además de los futuros fraccionamientos de Rincón de Careyes y Península de las Estrellas, lo que sería con los años el corazón de Careyes. La propiedad había sido comprada por Brignone al ingeniero Jesús de la Garza, un empresario de Monterrey que sólo la conocía por una foto tomada desde el aire cuando se la vendió Ricardo Ludlow. En la reunión de París fue acordado que el Club Med sería construido en Playa Blanca. Brignone vendió el terreno de 16 hectáreas en 500 mil dólares, con lo que, como había sido acordado, construyó un camino de acceso de cuatro kilómetros y una línea de agua de 12 kilómetros desde los pozos del río Cuixmala hasta Playa Blanca. Había tenido que comprar tres terrenos para los pozos, junto con los derechos de paso de las tuberías, y también había tenido que comprar tres generadores de luz que consumían 70 litros de diesel por hora, los cuales le dieron luz a Careyes durante doce años, entre 1976 y 1987.

La constructora Ballesteros realizó la obra en Playa Blanca con una inversión de Banamex, que era de hecho el dueño del terreno y del hotel, el cual rentaba al Club Med. “El Club no hacía inversiones en bienes inmuebles, sólo operaba”, explica el entonces director de proyectos de la empresa, el arquitecto Jean-Claude Galibert.[25] En el verano de 1972, el Club Med asumió el compromiso de “poner en operación el conjunto Playa Blanca previamente a otros proyectos que se tienen en consideración” ante los socios de Playa Careyes S.A.[26] El Club Med tenía ya instalaciones en Israel, en una playa de Galilea, y también en Agadir, Marruecos, con el apoyo del rey Hasán II. Hacía apenas unos meses acababa de abrir, en el golfo de Guinea, el primer village de África al sur del Sahara. Pero había que acelerar las obras en Careyes porque el Club planeaba ya otro village en el país, en un sitio entonces despoblado de la península de Yucatán que sería famoso con el nombre de Cancún.

En diciembre de 1974, el Club Méditerranée abrió sus puertas en Playa Blanca. “Con muchos problemas, la obra mal hecha”, recuerda Galibert.[27] Pero en grande. A la fiesta de inauguración asistieron varios secretarios de Estado, celebridades como Marlon Brando, miembros de la nobleza de Europa. Edmond y Nadine de Rothschild, inspirados por Trigano, llevaron hasta Playa Blanca el cabaret del Alcazar de París. Había travestis, bailarinas, magos. También mariachis que tocaban junto a las fogatas en la playa, cantos de guitarra con un hombre que entonces era sobre todo conocido por su voz, el arquitecto Diego Villaseñor. Pero predominaban los cabareteros (“andaban por todos lados, vestidos con tangas de piel de leopardo”).[28] Era un sitio feo, encerrado, lleno de alacranes, con demasiadas habitaciones, pero también muy, muy divertido. Llegaban ahí toda clase de personajes: actores, escritores, directores de cine, funcionarios, hombres de negocios, deportistas, coreógrafos y cabareteras de alcurnia que bailaban en el anfiteatro del hotel con los senos al aire, ante la mirada fascinada y atónita de los meseros.

4. El master plan de Gianni Agnelli
Gianni Agnelli conocía desde joven a Brignone. Sus familias eran originarias del mismo lugar en el Piemonte: los Brignone de Pinerolo y los Agnelli de Villar Perosa, frente a los Alpes de Italia. Gianni vivía desde el fin de la segunda guerra mundial (había combatido en Rusia y en África, donde fue herido) en una villa del sur de Francia, La Leopolda, dedicado al placer, con un estipendio de un millón de dólares al año, mientras su gerente de confianza dirigía la empresa que había heredado de su abuelo, la Fiat. Gian Franco lo veía a veces en París luego de su matrimonio con la princesa Marella Caracciolo, quien era su amiga (dice que lo llamaba de cariño “il Brignoncino“).[29] Agnelli, además, tenía una relación cercana con la hermana de su suegra, Beatriz de Rivera. Gian Franco lo perdió de vista con los años, pero retomó su relación con él durante el viaje a Cerdeña, donde Gianni Agnelli estaba asociado con Luigi Dona dalle Rose en el desarrollo de Porto Rotondo, que por aquellos tiempos recibía a la crema y nata de la sociedad en Italia. Había tomado hacía pocos años, en 1966, ya maduro, el mando de la Fiat. Hacia 1970, por las fechas que llegó a Careyes, abrió una fábrica de autos en Argentina y Brasil, después del éxito de la que acababa de abrir en la Unión Soviética. La Fiat controlaba ya por esos años seis por ciento del mercado de automóviles en el mundo.

“Agnelli durmió con nosotros en la cabaña —recuerda Gian Franco—, y en la única casa que había en la costa, la de Cocherga.”[30] Hay una foto que lo muestra de jeans, con el torso descubierto, el pelo encanecido, la cara curtida y áspera, rodeado por un grupo de personas en algo que podría ser Playa Careyitos. Con él iban su esposa y su sobrina, la fotógrafa Priscilla Rattazzi. También Dino Fabbri, anticuario, financiero, editor y esteta —”un playboy clásico, medio payaso pero muy simpático, el bufón de Gianni”, comentan los amigos—.[31] Ambos iban a comprar en sociedad, Agnelli y Fabbri, 12 por ciento de las acciones del Fraccionamiento Punta Farallón. Existía ya un proyecto muy ambicioso —o más bien muy aparatoso, típico de los setenta— para construir catorce hoteles y seis mil condominios en la ensenada de Teopa, diseñado por el veneciano Luigi Dona dalle Rose. Fue de hecho el primer master plan de Careyes. Agnelli y Fabbri firmaron una carta de compromiso con Brignone que ponía como condición para cerrar el trato la construcción del aeropuerto de Manzanillo.

Meses después, Luis de Rivera, responsable de las negociaciones con el gobierno del presidente Luis Echeverría, recibió de la Secretaría de Obras Públicas un oficio que decía que se contaba ya con el dinero necesario para el aeropuerto, el cual se planeaba terminar en tres años, al norte de Manzanillo. Luis le dio el oficio a Gian Franco, quien viajó con él a Turín para hablar con Gianni Agnelli. Pero el acuerdo no cuajó. ¿Por qué? ¿Qué sucedió? La razón está envuelta en el misterio.

Algunos dicen que Agnelli canceló la operación porque concluyó por un informe que le dieron —equivocado— que no era un hecho todavía la construcción del aeropuerto. Otros sugieren que la canceló porque, al llegar a Playa Blanca, un francés que vivía en México le dijo que el país estaba al borde del comunismo, como el Chile de Salvador Allende. Unos más aseguran que la canceló porque consideró de mal agüero que Pancho, el tejón de Cocherga, mordiera en la pantorrilla a su sobrina Priscilla mientras disfrutaba el atardecer en Chamela. “Esa fue una de las razones por las cuales Agnelli no se asoció conmigo en una operación que de todos modos no era buena para mí”, consigna el propio Gian Franco en una nota de Nomask.[32] El hecho, en fin, es que nunca llegó Agnelli a la costa de Careyes, cosa que le ocasionó problemas muy considerables a Brignone. “Porque la gente decía: ¿Pero qué está pasando? ¿Por qué salió Gianni? ¿No están bien los papeles? ¿Qué sucede? Fue un disastro para mí.”[33]

En realidad no fue un desastre: fue una bendición. Así lo habría de entender con el paso de los años, al recordar el origen de Careyes, el propio Gian Franco Brignone: “Yo no pensaba en ningún futuro cuando estaba empezando, pero a un dado momento me salieron todos los planes de Gianni Agnelli y de Dona dalle Rose, que querían poner hoteles de todos lados, y me di cuenta que veían un mundo muy diferente de como yo lo veía”.[34] El fracaso de la inversión, en efecto, habría de llevar a Careyes por un camino muy distinto al que visualizaba Agnelli. Brignone entendió que había que privilegiar, por encima de los hoteles y los condominios, lo que era en el fondo el tesoro de Careyes: las playas y las lagunas, los ríos, los manglares y las selvas de ese lugar único en la costa de Jalisco. Había que avanzar poco a poco por aquel camino, como decía el viejo proverbio italiano que repetía Brignone: Chi va piano, va sano e va lontano.

5. The Lucky Gambler
James Goldsmith había llegado por primera vez a Careyes en 1976, en noviembre, según afirmó él en el libro de visitas de Casa Mi Ojo: “Jimmy Goldsmith, Nov. 15-28, 1976”.[35]  Viajaba con Lady Annabel, la hija del marqués de Londonderry, con quien poco después habría de contraer matrimonio en Francia. Gian Franco les rentó Mi Ojo por esas dos semanas, que pasó él mismo junto con su compañera, Danielle Ruais, en las cabañas de Playa Rosa. Ambos los vieron a menudo durante su estancia. Danielle, guapa y pelirroja, recuerda las aflicciones que sufrió en sus vacaciones Lady Annabel. “La primera noche la picó un alacrán”, dice. “Y luego perdió su reloj. Era una mujer fría, con clase, pero fría, tan fría como Jimmy era expansivo y cálido”.[36] No le gustó México, a diferencia de Goldsmith, quien quedó fascinado con Careyes. A lo largo de los ochenta, de hecho, habría de pasar ahí todos los fines de año, en las casas más espectaculares de la costa: Casa Clark sobre todo, pero también Casa Tigre y Casa Pelícanos, aunque ya no con Lady Annabel. Había llegado a ese lugar por primera vez con una amante y ahora, a mediados de los ochenta, casado ya con ella, regresaba de nuevo con otra amante, Laure Boulay de la Meurthe. La diversidad de su vida marital era ampliamente conocida. Como decía él: si te casas con tu amante, dejas en ese instante una plaza disponible.

Todos conocían a Goldsmith en la costa de Careyes. Era inconfundible: muy alto, el cuerpo ligeramente inclinado al andar, los ojos azules, la piel bronceada con algunas pecas, el pelo blanco, muy escaso, como si tuviera varios años más de los que en realidad tenía. Era hiperactivo, aunque salía poco: prefería recibir en casa, donde hacía fiestas para sus amigos, grandes fiestas en las que comía con apetito, pero casi sin beber. Dicen que se aburría fácilmente, que no soportaba la mediocridad. “Toleraba más a los tontos que a los mediocres”, aseguran sus amigos.[37] La gente lo veía sobre todo en las colas que tenía que hacer para hablar por teléfono con sus socios, en Europa y Norteamérica. En aquellos años existía todavía el teléfono de manivela en el que había que marcar a la operadora, que permanecía en Melaque. Había un solo teléfono, ese, en la recepción del Hotel Plaza Careyes. Un teléfono que administraba Ricardo Cuervo, quien había llegado con el Club Med. “En tiempos de tormenta nos quedábamos incomunicados por días y teníamos que ir hasta Melaque”, dice Cuervo.[38]  Ahí hacían cola James Goldsmith, Babou Poniatowski, Egon von Fustenberg, Gian Franco Brignone… “Hay nada más un teléfono en Careyes —confirmaba la revista Town & Country, para despejar todas las dudas—, y los huéspedes que sencillamente tienen que hablar a algún sitio en el mundo deben de hacer fila hasta que llegue su turno.”[39] Jimmy Goldsmith era uno de los más frecuentes en la fila. Desde ese teléfono, añade la revista, “hablaba de takeovers con sus socios”.[40] Varios de los takeovers más célebres de la década de los ochenta fueron orquestados (en parte) desde el teléfono de manivela de Careyes.

“En la vida hay que ser bueno”, solía bromear Sir James. “Cuando alguien te dice: ‘¡Cómprame! ¡Cómprame!’, hay que comprarle. Y cuando te dice: ‘¡Véndeme! ¡Véndeme!’, hay que venderle…”.[41] Así lo hizo. A lo largo de su carrera adquirió varias empresas que volvió luego conocidas en todo el mundo, como Carr y Bovril en Gran Bretaña, o como la cadena de supermercados Grand Union en Estados Unidos. Por los días que llegó a la costa vendió esta tienda de alimentos en más de mil millones de dólares, muchas veces más de lo que había dado por ella hacía apenas un puñado de años, luego de transformar su carácter: “rediseñó los interiores y modificó las etiquetas para incluir más información para el consumidor, introdujo productos sin pesticidas, carne fresca…”.[42]

Pero lo que lo volvió famoso, realmente famoso, fue la serie de takeovers que realizó durante la década de los ochenta desde Nueva York, donde vivía a partir de que vendió sus compañías en Europa. Su foco de atención eran las empresas que habían crecido demasiado, aquellas que él consideraba que debían de vender sus activos no productivos para concentrar su atención en el alma del negocio. Para ello hacía lo que los financieros llaman una oferta hostil: compraba en el mercado las acciones de la empresa, a la que amenazaba con desmembrar. Algunos le criticaban que su dinero proviniera de una actividad destructiva, más que constructiva. Pero Goldsmith respondía que sus objetivos no eran las buenas compañías, sino las malas empresas. “Yo nunca vi que una buena compañía sucumbiera a una oferta hostil”, solía decir Sir James.[43]

A fines de 1986, Sir James Goldsmith tomó la decisión de comprar una propiedad en Careyes. “He viajado por todo el mundo —le confesó a Town & Country—, y éste es el lugar que más me gusta… Aquí todo es tan bello que no hace falta hacer mucho para ser feliz”.[44] Su decisión habría de cambiar la fisonomía de la costa de Jalisco.

Desde principios de los ochenta, James Goldsmith vivía dedicado a sus negocios en Nueva York, instalado primero en una suite del Hotel Carlyle, después en una town house en el Upper East. Salía con frecuencia del país no sólo porque le gustaba viajar —era un nómada— sino porque, por razones fiscales, no le convenía permanecer más de una tercera parte del año en Estados Unidos. México quedaba cerca. Careyes le fascinaba. Brignone era su amigo. Conocía a varios de los personajes que estaban asociados con él en la costa del Pacífico. Alexis de Gunzburg, por ejemplo, accionista por un tiempo en el desarrollo de Careyes, había sido su socio en Générale Occidentale.

Pero había también otras razones por las cuales Goldsmith estaba atraído por la costa de Jalisco. Una era su hija Isabel, quien vivía parte del año en Las Alamandas, al norte de Careyes. Otra más, quizá más importante, era su hijo Manes, quien residía desde principios de los ochenta en México. Manes había conocido en un bar del fin del mundo —¡en Nueva Zelanda!— al entrenador de la selección juvenil de futbol, quien le propuso colaborar con él en México. Manes, fanático del futbol, aceptó de inmediato la propuesta. Desde Guadalajara, donde residió más adelante, financió un estadio para los Académicos de Cihuatlán, que ayudó a pasar a la Segunda División.

Hizo amistad con los empresarios del futbol en el país, como Guillermo Cañedo y Alejandro Burillo, y fue amigo del alma del goleador Carlos Hermosillo, con quien llegó a vivir en su casa de Coyoacán. También estuvo involucrado en algunos escándalos —el de los llamados cachirules, por ejemplo, en el que fueron falsificadas las actas de nacimiento de los jugadores de la selección juvenil, haciéndolos pasar por jóvenes en el premundial de futbol en Guatemala—. Su vida no era fácil a la sombra de su padre: jugaba y perdía, y bebía, dicen los que lo conocen. El futbol era para él un espacio de relajamiento. Estaba por eso feliz en México. Su residencia en el país fue una de las razones que llevaron a su familia a pasar las vacaciones de fin de año en la costa de Jalisco, como lo recuerda su hermana Alix, al explicar así la llegada de Goldsmith a Careyes: “Todo empezó gracias a mi hermano Manes, quien vino a México en 1983 y mi padre decidió que todos nosotros viniéramos a visitarlo en el Año Nuevo. Entonces alquiló una casa en Careyes. Inmediatamente, todos nos enamoramos de este lugar de México”.[45]

Goldsmith necesitaba pasar temporadas bastante largas fuera de Estados Unidos. Quería además estar los fines de año con dos de sus hijos, que vivían ambos en México. Pero había otra razón más que explica su decisión de echar raíces en el país, en Colima y Jalisco: su relación con Antenor Patiño. Sir James, en efecto, había estado casado con una de sus hijas.\\

Notas
[1] Entrevista con Guillermo Gargollo, México, 30 de mayo de 2006. Gargollo administró la propiedad entre 1946 y 1987. Aún conserva una copia del título original de la hacienda de Cuixmala.
[2] Entrevista con José Carral, México, 24 de julio de 2006.
[3] Sucesión testamentaria de Carlos F. Landero, México, 3 de octubre de 1945 (acta número 26353, Notaría 7 de la Ciudad de México).
[4] José Rogelio Álvarez, Relatos testimoniales, Biblioteca del ISSSTE, México, 1999, p. 65.
[5] Entrevista con Guillermo Gargollo, op. cit.
[6] Carlos F. Landero, Diversos documentos y datos relativos al proyectado ferrocarril de Chamela a Aguascalientes, tipografía de El Nacional, México, 1890, p. 60.
[7] Introducción a Carlos F. Landero, ibid., p. 8.
[8] Entrevista con Guillermo Gargollo, op. cit. Los jefes de la Liga fueron Carlos F. Landero, Miguel Palomar, René Capistrán, Rafael Ceniceros y José Esquivel.
[9] Idem.
[10] Sucesión testamentaria de Carlos F. Landero, op. cit.
[11] Entrevista con Gian Franco Brignone, Careyes, 8 de noviembre de 2005.
[12] Idem.
[13] Entrevista con Anne-Marie de Rivera grabada por Andresa Nunes (Archivo de Gian Franco Brignone).
[14] Idem.
[15] Entrevista con Luis de Rivera, Careyes, 2 de noviembre de 2005.
[16] Idem.
[17] Entrevista con Valentine Brunet, Careyes, 27 de abril de 2006.
[18] Entrevista con Gian Franco Brignone, op. cit.
[19] Idem.
[20] Club Méditerrannée, La naissance d’un mythe, París, diciembre de 2007.
[21] Amy Otchet, “Club Med: un imperio de arena”, Correo de la Unesco, julio-agosto de 1999.
[22] Nadine de Rothschild, op. cit., p.17.
[23] Asunción Serena, “Gilbert Trigano: el visionario que revolucionó el turismo francés en los 60”, El Mundo, 6 de febrero de 2001.
[24] Amy Otchet, op. cit.
[25] Entrevista con Jean-Claude Galibert, Careyes, 10 de noviembre de 2005.
[26] Contrato del Club Méditerrannée con Playa Careyes SA, México, 19 de julio de 1972 (Archivo de Gian Franco Brignone).
[27] Entrevista con Jean-Claude Galibert, op. cit.
[28] Entrevista con Valentine Brunet, op. cit.
[29] Entrevista con Gian Franco Brignone, op. cit.
[30] Entrevista con Gian Franco Brignone, op. cit.
[31] Entrevista con Luis de Rivera, op. cit.
[32] Gian Franco Brignone, Nomask (Archivo de Gian Franco Brignone).
[33] Entrevista con Gian Franco Brignone, op. cit.
[34] Entrevista con Gian Franco Brignone grabada por Andresa Nunes (Archivo de Gian Franco Brignone).
[35] Libro de visitas de Casa Mi Ojo (Archivo de Gian Franco Brignone).
[36] Entrevista con Danielle Ruais, Careyes, 22 de abril de 2006.
[37] Citado por Sally Bedell Smith, “Billionaire with a Cause”, Vanity Fair, mayo de 1997.
[38] Entrevista con Ricardo Cuervo, Careyes, 8 de noviembre de 2005.
[39] Jennifer Kramer, “Careyes”, Town & Country, enero de 1987.
[40] Idem.
[41] Entrevista con Luis de Rivera, op. cit.
[42] Sally Bedell Smith, op. cit.
[43] Citado por Fernando Ortega Pizarro, “Sir James Goldsmith ya está aquí: del jet set europeo a su paraíso de Colima”, Proceso, 4 de septiembre de 1989.
[44] Citado por Jennifer Kramer, op. cit. En la entrevista, Goldsmith añadió este comentario: “Careyes es como estar en el teatro”.
[45] Citado por Cyra Toledo, “Alix Goldsmith y su familia en su fabulosa mansión de Cuixmala”, ¡Hola!, 29 de marzo de 2006.

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