El campito

La Zona, a secas, o el campito, para las chicas, se ubica en pleno campo de la provincia de Buenos Aires, en el kilómetro 128 de la Ruta Nacional 5. Esta es una crónica de una noche en ZonaX, un bar para travestis en la provincia de Buenos Aires.

Conversan a los gritos, y una, Lara, baila como loca.

No conoce la frase de Manuel Puig. No sabe lo que él sabía. Ignora que “una danza de Rita Hayworth significa la alegría de tener un cuerpo, el triunfo de la vida sobre la muerte, el triunfo de la sexualidad vivida sin culpa, vivida con toda la alegría que el mundo ha ido olvidando”.

Nunca escuchó la maricona frase, no es Rita Hayworth y baila. Baila entre los cuerpos casi estáticos de las que con sumo cuidado se maquillan.

***

Estamos en la antesala de un viaje. Estamos en un departamento en Caballito. Estamos en el departamento de Flopy, en Morón, recién mudada a Capital. Yo no la conocía y la conozco ya así, montadísima como está. Me cuesta imaginar al abogado que da clases en la Escuela de la Policía Metropolitana, me cuesta imaginarlo en su estudio, me cuesta imaginarle el rictus solemne que reclaman los pasillos de Tribunales. No me cuesta imaginarle la astucia. Ahora está así ya, montadísma. Es puro diente, es una boca enorme en la que ella confía: imagina que la inmensidad oral pueda sugerir en algún varón la habilidad que sabe que tiene. No dice nada de esto Flopy, pero camina, habla, se maquilla como si lo dijera. La imagino taconeando en pasillos buscando en la urgencia de los expedientes la excusa para el violento contorneo de caderas.

De a poco los rasgos se les van afinando. Primero, la cara blanca. Después, la palidez da paso al labial rojo, al rubor rosa, a los ojos cargados de negro, celeste, verde. Quien hubiera llegado desprevenido habría pensado que acaba de presenciar algo parecido a la magia. En ninguna de las cuatro hay ya el menor indicio amenazante de la sombra de la barba. Podrían ser cuatro mujeres o ser cuatro travestis, listas para salir a bailar.

—La Naty está loca, se monta en concha. Me pasa por teléfonos unos modelito. Fotos de Calu Rivero. Loca—la mira— no sos minita.

Naty se ríe. Es su tercera vez, simula femineidad, pero pareciera que no terminara de creérsela  -¿quién me manda? – dice, y se maquilla sin la pericia que a Lara y Flopy les sobra.

—La cola te manda, nena —dice Lara— y que el maquillaje es un trabajo y que después los muy cochinos te quieran tocar la conchita. No. A esos les escapo. Ay, parezco un mimo- tiene la cara cubierta con una base dos o tres tonos más claros que el de su piel. Hace una mueca y comienza a pintarse los ojos.

Lara es actriz. Será por eso que se mueve como en su salsa. Perfuma el aire con cada sacudón de la peluca de un rubio interminable, su gesto distintivo. Se puso mucho perfume: uno bueno, importado, que le robé a mi hermana, dice, y que esto es un juego, que el perfume la ayuda a entrar en personaje.

—Los tipos van de putas, nosotros hacemos esto— se convence.

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