El campito
Crónica de una noche en ZonaX, un bar para travestis en la provincia de Buenos Aires.
abril 4, 2019

Conversan a los gritos, y una, Lara, baila como loca.

No conoce la frase de Manuel Puig. No sabe lo que él sabía. Ignora que “una danza de Rita Hayworth significa la alegría de tener un cuerpo, el triunfo de la vida sobre la muerte, el triunfo de la sexualidad vivida sin culpa, vivida con toda la alegría que el mundo ha ido olvidando”.

Nunca escuchó la maricona frase, no es Rita Hayworth y baila. Baila entre los cuerpos casi estáticos de las que con sumo cuidado se maquillan.

***

Estamos en la antesala de un viaje. Estamos en un departamento en Caballito. Estamos en el departamento de Flopy, en Morón, recién mudada a Capital. Yo no la conocía y la conozco ya así, montadísima como está. Me cuesta imaginar al abogado que da clases en la Escuela de la Policía Metropolitana, me cuesta imaginarlo en su estudio, me cuesta imaginarle el rictus solemne que reclaman los pasillos de Tribunales. No me cuesta imaginarle la astucia. Ahora está así ya, montadísma. Es puro diente, es una boca enorme en la que ella confía: imagina que la inmensidad oral pueda sugerir en algún varón la habilidad que sabe que tiene. No dice nada de esto Flopy, pero camina, habla, se maquilla como si lo dijera. La imagino taconeando en pasillos buscando en la urgencia de los expedientes la excusa para el violento contorneo de caderas.

De a poco los rasgos se les van afinando. Primero, la cara blanca. Después, la palidez da paso al labial rojo, al rubor rosa, a los ojos cargados de negro, celeste, verde. Quien hubiera llegado desprevenido habría pensado que acaba de presenciar algo parecido a la magia. En ninguna de las cuatro hay ya el menor indicio amenazante de la sombra de la barba. Podrían ser cuatro mujeres o ser cuatro travestis, listas para salir a bailar.

—La Naty está loca, se monta en concha. Me pasa por teléfonos unos modelito. Fotos de Calu Rivero. Loca—la mira— no sos minita.

Naty se ríe. Es su tercera vez, simula femineidad, pero pareciera que no terminara de creérsela  -¿quién me manda? – dice, y se maquilla sin la pericia que a Lara y Flopy les sobra.

—La cola te manda, nena —dice Lara— y que el maquillaje es un trabajo y que después los muy cochinos te quieran tocar la conchita. No. A esos les escapo. Ay, parezco un mimo- tiene la cara cubierta con una base dos o tres tonos más claros que el de su piel. Hace una mueca y comienza a pintarse los ojos.

Lara es actriz. Será por eso que se mueve como en su salsa. Perfuma el aire con cada sacudón de la peluca de un rubio interminable, su gesto distintivo. Se puso mucho perfume: uno bueno, importado, que le robé a mi hermana, dice, y que esto es un juego, que el perfume la ayuda a entrar en personaje.

—Los tipos van de putas, nosotros hacemos esto— se convence.

***

En pleno campo de la provincia de Buenos Aires, en el kilómetro 128 de la Runta Nacional 5, y entre las ciudades de Suipacha y Mercedes, se levanta una construcción muy parecida a un galpón, que no llama la atención entre silos y depósitos de productos agrícolas. Salvo por el detalle de las palmeras, una evocación a un clima voluptuoso lejos del frío que en noches como esta enfría los cuerpos que hacen fila afuera. Quien esté atento verá una luz roja, y si la curiosidad le gana y agudiza la vista, leerá el cartel: “Zona X”. La Zona, a secas, o el campito, para las chicas.

¿Qué me lleva hasta el medio de La Pampa? ¿Qué de los cuerpos que bailarán cumbia y se ausentarán cada tanto? ¿Qué de esas elipsis que llenaré de fantasías: gauchos pijones derramándose en las caras pintadas en un baño lumpen?

No habrá el baño lumpen de la estación de tren, no el flâneur marica que busca en las orillas de la ciudad nocturna las de su propio deseo, las orillas de su clase. Allá habrá otro salirse del propio cuerpo. Habrá otro abismo. Como el enchastre después del sexo en la cara, en el vientre.

¿Hay este deseo en el medio La Pampa?

El flâneur puto se habrá corrido de lugar. Como si hablando en octosílabos encontráramos en las tolderías —entre los nubarrones de tierra que levantan los cimarrones que vienen y van— una cautiva que supo ser gaucho y prefirió la delicadeza que le exige el cacique a la leva, o un militar que prefiere descubrir la suavidad de su gestos y ofrecerla a los indios, capaces en su violencia de la ternura que su jefe no encuentra en su marcialidad. Así, como una cautiva pintarrajeada con las tintas que extrae de una flor de colores potentes, una cautiva que mariconea en las tolderías para ocultar sus rasgos de varón y ayudar al autoengaño de otros varones que la prefieren a cualquier cautiva inglesa y delicada.

Así, ellas, las que ahora se maquillan para el placer, bailarán.

bar para travestis en la pampa argentina

***

¿Qué me lleva hasta el medio de La Pampa? Me lleva un mito.

Lo había escuchado. Alguna loca me lo había dicho. Me había hablado de una procesión marica hasta el medio del campo para buscar varones, marcado a fuego en la piel su condición de chongo marca chongo.

Me lleva un mito. Un mito que encarnó en la sentencia entre risas de un amigo: él se iría montada hasta el lugar. Iría en auto. Serían varios. Yo podía ir.

Seremos dos varones vestidos como varones y con gestos de varones en una caravana de dos autos llenos de chicas. El otro: amigo de mi amigo. Yo no lo conocí hasta hoy. Él viene por una frase que escuchó como una promesa: en el boliche hay un túnel, si es tarde, y aunque no estés montada, podés comer.

¿Y yo por qué voy? ¿Qué me lleva a La Pampa? ¿Me guía entonces el mito? ¿La curiosidad? ¿Yo también habré escuchado la frase referida como una promesa lumínica?

***

María Morena—tal como la llama Lara, quien antepone María al nombre de fantasía de cada una, su propio vocativo democrático ideado para la ocasión— camina insegura, trastabilla con los tacos, le da vergüenza hablar y cuando por fin la supera lo hace con un falsete que no logra esconder la gravedad de su voz.

—Cuidá la voz, mami— le dirá una trava una vez adentro de La Zona.

Lara dice que las travas son bravas. Que si te ven revoloteándole a algún cliente se ponen jodidas. Y que ellas cuatro no van a trabajar, que van a divertirse.

Ellas, ellas cinco, no son travestis.

Lara dice también que algunas son un fuego. Pero no pasa nada, porque cobran. Ahora, si hay mucha minita, ahí sí, no comés. Porque es como que el chongo se inhibe si hay minitas. Aparte al lado de una minita, nosotras, imagináte: cuatro mostras.

El chongo y la espesura de su deseo son la última garantía de verdadera y femenina belleza.

Morena dice que la última vez que fue, una trava entró al baño mientras ella estaba concentrada en darle placer a un gaucho que había venido acompañado de amigos, otros gauchitos, después de una fiesta regional.

—La trava se puso a cagar y yo meta chupársela al chongo. Fue en el baño del bar de Gerard.

—Gerard es el dueño del barsucho que está al lado de La Zona. Un viejo divino. Vamos antes y después. Porque cierra temprano. Y nosotras seguimos yirando, hasta las siete, ocho— dice Flopy.

—Vos sos habitué, putita— le dice Lara y Flopy la golpea delicadamente en el hombro.

Morena se ríe a carcajadas.

—Vos mejor ni hables—le retruca Flopy.

Morena hace como que no escucha.

—Ella es do-cen-te— dice Flopy.

Morena niega con la cabeza. Me mira.

—No soy docente—me dice— les conté que era ayudante, pero dejé.

Le quedó el mote. Lara dice que fue en verdad porque un día fue de anteojos, con un pañuelito de seda al cuello y una camperita de hilo.

—Dabas docente, loca— dice Lara— De geografía.

—De educación cívica— dice Naty.

Todas se ríen.

Morena estudia Sociología, está terminando la carrera y trabaja en un Ministerio Nacional.

—Docente y montonera— dice Flopy, provocando.

Morena me mira: me dicen montonera porque soy filokirchnerista (de ella la palabra).

—María Morena Cristina, así se llama la Morena— dice Lara.

—Mirame, nene—Morena acerca su cara a la mía- Mirame. Soy una negra correntina, qué puedo ser sino peronista.


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***

La primera en ir fue Lara. Que un amigo le había contado. Que otro un día le dijo vamos. Que se animó.

Hace años que existe el mito. Un boliche en el medio del campo donde los gauchos van a buscar chicas que van montadas de Capital. Montadas: varones que se visten con vestidos, polleras, calzas, sandalias, tacos. Que supo haber incluso una combi que hacía el viaje para las montaditas, como ellas se refieren a sí mismas. Hay quienes las llaman crossdressers. Montaditas, crossdressers, hasta transformistas, aunque cuando traigo esa palabra a la charla, ellas me corrigen: la de transformismo es una noción más ligada a la de drag queen, que designa a quienes se visten de mujer para alguna performance, show, espectáculo, y que supone una exageracion de rasgos estereotipados de lo femenino: las caderas prominentes, la cintura estrecha, el culo enorme, cejas altas y delgadas, boca delineada. Yo no les digo lo que pienso, no les digo que esto es para mí una performance, un espectáculo. El término  crossdresser (o el de montadita que prefieren las chicas) refieren a lo mismo: varones que se visten con ropa para estar con varones (como las chicas), otros para estar con mujeres y hay quienes incluso no encuentran en ese gesto un placer sexual, sino de otro orden: son las crossdressers que organizan fiestas y reuniones vestidas de mujer, para beber y charlar, como amigas que se juntan a tomar el té, y ahí radica todo el placer. Lara, ante la sola idea de estar con otra crossdresser ofrece cara de asco. Que no es lesbiana, dice entre risas.

—Una loca me había dicho “vas, te ponés una cadulqui así nomás, y no sabés los chongos que te comés”.

Cadulqui quiere decir peluca, porque encontrar un nuevo lugar entre las cosas del mundo requiere también palabras nuevas.

—¡Y es verdad! Ya después le dije a esta loca –Flopy- y vinimos un par de veces más.

Morena la mira de reojo mientras se pasa un lápiz delineador por los labios con la gracia y la precisión que cualquier calígrafo japonés envidiaría. Al mismo tiempo fuma y en sus dedos los Virgina Slims parecen más largos y finitos y entran y salen con frenesí de su boca salmón. Sobre el maquillaje casi blanco que oculta su piel morocha, ella extiende con una brocha ahora un rubor que me hace pensar en el rosa pálido de la flor de los cerezos. El gesto evoca ahora no ya en un calígrafo, evoca a una geisha.

—Este labial, así, salmoncito, me queda mejor con mi tono de piel.

Dice y que todo lo aprendió en YouTube, en tutoriales, que ahí está todo, lo que quieras, que aprendes a maquillarte en unos días. Prefiere maquillarse más tranqui que las chicas, que si no pareces unas mascarita, como las del corso de sus pagos—Morena es de Corrientes—. Y que quién sabe, que siempre fantaseó con eso, que era como un límite, que ahora que lo probó no le alcanza.

—¿Sabes qué pasa?—dice Flopy, sabia— Una vez que probás lo que es tener ese poder. Te envicia. No hay chongo que te diga que no con una peluquita.

Yo no lo sé todavía, pero veré cómo en los peajes, las estaciones de servicios y los kioscos donde pararemos hasta llegar a destino no habrá varón que no diga una guarangada y no intente el levante con algunas de las chicas.

Ahora todas se maquillan. Mi amigo se deja hacer. Yo bebo en un rincón mientras los preparativos siguen su curso, preparo ahora un trago con gin en la cocina, vuelvo al living, donde sigue la previa: la veo a Luna. Lara lo estuvo maquillando a mi amigo que ha desaparecido detrás de la base, el rubor, las pestañas que Lara con precisión colocó sobre los ojos celestes. Él se ríe detrás del maquillaje y me mira, dejándose hacer ante mi asombro.

—Sólo por hoy loca, eh. La próxima, aprendés y te montás solita.

Luna asiente, y cuando está lista, brindamos con gin.

Los preparativos siguen entre vasos de gin, whisky y fernet: las tanguitas, las medias de red, las calzas, las pelucas, el cepillado de las pelucas, las pestañas postizas, los abrigos, las carteras, los autos, la ruta.

bar para travestis en Argentina

***

La Zona por dentro es un boliche que casi logra hacerme olvidar su carácter de galpón, hasta que levanto la vista y veo el techo de chapa. En el boliche, hay una mayoría de varones de camisa, lisas, blancas, rosas y a cuadros. Se acodan en la barra y miran con lascivia, marcan con la mirada como hacen con el ganado, así, también les tocan el culo a las chicas, algunas agradecen la gentileza con una sonrisa, algunas se alejan rápido. Ninguna elude la mirada que compruebe si el de la mano boba pueda ser buen candidato para los diez, quince minutos que dure el fervor en el cuarto oscuro, el túnel, preparado para el amor fugaz de La Zona, o en el auto, en el camión –hay decenas estacionados afuera- o en los reservados del patio, hechos con cañas y la buena voluntad de ver en la precaria construcción algún tipo de resguardo a la intimidad que se insinúa en los grititos de placer y en la piernas envueltas en medias de red que se escapan del improvisado y angosto biombo.

El aire se siente pesado, por la humedad de los cuerpos, pero también por el tabaco y la madera –los varones fraguan su masculinidad con perfumes de los ochenta-, por la vainilla y las flores –las chicas replican formas remanidas de lo femenino-. En ese aire compiten Thalía, Gilda y Daddy Yankee, y el ritmo se resuelve en los cuerpos de maneras diversas: en los grupos de varones la danza es una forma ecuestre del pogo, en las chicas la excusa para la imaginación, bailan como si el lente de una cámara las observara desde todos los ángulos, aunque la imaginación se comprueba real cuando miro las caras de los varones embobados por los meneos del infaltable perreo, para ellos la voluptuosidad, para esas miradas que alcanzan a las chicas de todos lados. La escena confirma lo que hasta hace minutos había sido fantasía, y acaso los lugares comunes que se multiplican bajo el calor de las chapas sean las riendas para tolerar la fuga que buscarán en los recovecos de La Zona los que ahora bailan en la pista, las riendas que domestiquen luego del placer la fuga y permitan no perderse en los lugares desconocidos, las riendas que posibiliten el regreso a salvo a casa por el camino de siempre. A ellos, la masculinidad exagerada les permite no abandonar el rol; en ellas, la feminidad artificiosa impide la posibilidad de encarnarla como identidad permanente: en la verdulería, la oficina o la fábrica no podrían perrear tan perfecta, regiamente, ni exhibir el cuerpo tan dulcemente vainillado.

Morena llega y cuenta que se la chupó a uno en los reservados, que quería que vayan al campo, pero ella dijo que no porque los que no te quieren cojer ahí son los que quieren que te los cojas vos a ellos sin que vean los amigos. Que por eso se la chupó nada más. Que antes le hizo el novio. Se la chamuyó.

—Eso me gusta, que me chamuyen. Te tratan como a una minita. Están locos.

Dice y no miente. Yo la vi sentada, sola, en el patio, tomando un daiquiri como distraída, fumando sus eternos Virginia. Y vi cómo él se acercó, y le rizó el canecalón mientras le sonreía. Vi cómo la mano bajó suave del rulo al muslo, cómo estiró la media de red, cómo la tensó hasta que el elástico no dio más y golpeó violento la pierna de Morena. Yo vi los ojos de Morena: cómo en ese gesto confirmó la potencia, el atrevimiento del fugaz partenaire. Vi cómo rápido él le agarró la mano y cómo ella se dejó guiar hasta el reservado.

—Te tratan como una minita— dice Lara, que llega. Amo ser amada, dice también.

Me miran y me dicen al unísono: loca, la próxima te venís montada. Se ríen, Y, rápidamente, cada una se va por su lado.

Son escasos los momentos que las peregrinantes coinciden. Son flâneurs desplazadas de la ciudad. Ahora hurgan en la muchedumbre el deseo que corresponde a sus cuerpos. Son muchos los deseos que corresponderán esta noche a sus cuerpos.

La pista es minúscula, son pocas las chicas que bailan. Las que bailan son travestis y ellas no persiguen ningún deseo más que el de hacerse unos mangos algunas o divertirse entre amigas otras. Pero a la pista la dominan los varones que en grupo gritan enfervorizados por el alcohol, cortejan a las travestis que no se dejan, agarran del brazo a algunas chicas que se escapan y a otras que se alejan hasta la puerta del túnel y ahí los esperan. Así pasa la noche.

La pista separa la barra de unos asientos de cuerina llenos de tajos que dejan ver la gomaespuma percudida: un VIP sin acceso restringido. Un VIP que es tal por el capital simbólico del champán en frapera que sobre las mesas exhiben los que se sientan. Su propia manera de la exclusividad.

En ese VIP autoimpuesto está Naty, con el correspondiente champán que bebe sola. Naty no se parece a Calu Rivero, Lara tenía razón. Naty es petisa y retacona. Es de Formosa, y odontólogo de civil. Esta es su tercera vez montada y se nota. Camina sin poder disimular la chuequera—aunque pienso que quizás no quiera disimularla. Las plataformas de corcho, enormes, la pollera de algodón, suelta, blanca y larga, la peluca rubia sobre la piel cetrina y el escaso maquillaje no contribuyen a que pensemos en Calu. Es más bien una Susana Giménez del litoral. Una india guaraní devenida reina rubia de prime time. Una india guaraní con ojos de un verde espeso como el monte allá arriba. Ahí es donde Naty gana. Esos ojos la ayudarán a que entienda para qué está acá: hacia el final de la noche confesará que se acercó uno que la arrinconó, y que ella no quería nada, que Lara la quiso ayudar, hasta que el chongo peló, y que calzaba fuerte. No contará cómo pasó del miedo al ultraje en el campo a tomar cerveza de la pija del camionero. Por ahora está sentada bebiendo champán, marcando la diferencia con el blanco de la ropa, la peluca rubia y las burbujas: así de honda cala en ella su clase alta formoseña. Ella entonces adorna su riqueza, se separa del resto y sale al patio a fumar, tenaz en su chuequera, y pienso que acaso no quiera ceder toda su masculinidad, que acaso clase y género, o sus remedos, estén imbricados, que quien está acostumbrado a dominar no pueda ceder en nada aunque el gesto descubra su propia imposibilidad de libertad, de placer.

¿Pero quién soy yo para hablar de libertad y de placer? Yo, que sólo me dedico a mirar y beber mientras mi amigo, Luna, también va y viene. En el medio bebemos juntos, y se ríe. Se lo ve, se la ve feliz.

Luna, cuando es mi amigo, es cineasta, documentalista, aunque haya asistido en cine comercial y en publicidad. Ahora no es más que Luna, una glamazona punk: negros los zapatos, negras las medias, la pollera y la blusa, un collar metálico y los ojos delineados, un tributo al anarco que supo ser, un tributo que sólo yo entiendo bajo la chapa de La Zona.

—Me siento tan Luna. ¿Y sabés cuál es mi apellido? Del Parque. Luna del Parque, dice y ríe. No me cuenta nada de sus aventuras esta noche. Pero lo veo entrar y salir del boliche acomodándose la pollera. Deberán pasar meses hasta que me confiese que esta noche descubrió algo, que quiere incorporar esa dimensión, femenina, a su vida, deberán pasar meses hasta que lo vea llegar al trabajo con los ojos delineados y prendas cada vez más unisex en un recorrido que ni él sabrá a dónde podría llevarlo. Me dirá que eso no le importa, que se siente libre y me enumerará las nuevas formas de identidad que irá descubriendo en el camino que empieza esta noche: heteroflexible, trans, homoflexible, pansexual, sapiosexual o las categorías de la libertad.

La noche para mí es beber y ver las chicas ir y venir. El amigo de mi amigo me acompaña intermitentemente y como yo es mero voyeur. Nos miramos como si nos preguntáramos por qué no vamos al túnel, por qué no aprovechamos la resaca de gauchos que las chicas rechazan. Ya vimos cómo algunas locas -y hasta algún gauchito que añoraba para sí mismo la suavidad- se retuercen de placer en los sillones manchados del túnel, en sus paredes rugosas. Quizás buscamos en nuestra timidez el coraje que sólo una pollera pueda dar. Eso lo pienso, no se lo digo. En cambio lo miro, nos miramos, bebemos.

Ya nadie queda en la pista. Pronto las luces se encenderán. Veremos cómo la oscuridad favorecía a las chicas, los varones que las deseaban hasta hace minutos también: en sus caras de asombro la evidencia. Afuera comprobaremos que el deseo, aunque menguado, no se va a desvanecer. Durante una hora, hora y media, las recorridas y las persecuciones que sucedían adentro de La Zona migrarán a los galpones de camiones, a los pastizales, al barsucho de Gerard que se levanta donde supo haber una estación de servicio, ahora refugio de autos donde se apoyan grupos de amigos que entre risas se contarán la noche y desde donde los menos proclives a darse por satisfechos insisten en las miradas a las chicas, en las idas atrás de los yuyos. Debajo del techo de la vieja estación de servicio también las chicas charlarán en grupo, enlazadas del brazo como adolescentes, se rizarán inocentes el canecalón, se retocarán el maquillaje en espejitos diminutos y cederán al llamado de los hombres que chistan desde el baño, desde los camiones, los yuyos.

***

El trajín de la noche le corrió el rímel a Lara que llega exultante y, qué besadas fuimos, dice, bailé bachata abrazada, dice, me besaron los pechos, dice. Morena la mira, ella tiene en cambio el maquillaje intacto, por el temor a que se le derrita la máscara ha ido a retocarse al baño insistentemente.

En la cara de Naty amenaza la sombra de la barba. Morena le dice que ya perdió el glamour.

La carroza se hace calabaza mientras Lara baila. Desde el bar de Gerard, Celia Cruz insiste: la vida es un carnaval. Lara sigue bailando como loca. Naty y Luna se abrazan como en un festejo. Flopy charla con Gerard y un empleado, como baquiana. Morena hace visera con las manos. Entre ellas el sol ya se ha instalado. Morena tiene los Virginia sellados a los labios y la mirada perdida en la ruta. Cada tanto los autos pasan y les tocan bocina. Ella pestañea y cierra los ojos por un rato. Mueve apenas las caderas, su cuerpo cede, se une finalmente a la danza.

Y ellas, las cautivadas por los chongos que vinieron a buscar y que supieron conseguir, bailan. Ellas, las cautivadas por el gusto de los gauchos, bailan y dicen que el gusto les dura dulce en la boca. Ellas, las cautivas rescatadas por decenas de gauchos, bailan. Ellas, las que no son travestis. Ellas, las que no son mujeres.

¿O sí?

*** 

¿Y si vine a La Pampa para verlas bailar? Me digo mientras las miro y el amigo de mi amigo bebe en una mesa del bar.

Los autos siguen pasando, las bocinas insisten.

Ellas, que ignoran la frase de Puig, se ríen, ya solas. Ninguna se parece a Rita Hayworth, pero bailan con un remedo de su gracia en “Gilda”, y se ríen.  Bailan y se ríen, como si hubieran encontrado una nueva impensada manera de vencer a la muerte.


Sobre el autor:

Lisandro Gallo nació el 14 de junio de 1985 en la ciudad de Gualeguay, Argentina. Realizó estudios de Comunicación Social en la Universidad de Buenos Aires, y actualmente cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura de la Universidad Nacional de las Artes. Escribe narrativa y poesía. Trabaja y vive en la Ciudad de Buenos Aires.

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