El pueblo en rebeldía

En Guerrero, el sistema de justicia comunitario, al margen del gobierno, lleva más de una década de existir. Pero con la violencia generada en
los últimos años por el crimen organizado han surgido grupos de autodefensa, los cuales se enfrentan no sólo a los delincuentes, sino al
desprestigio mediático, a ser absorbidos por el gobierno y, sobre todo, a su propia ambigüedad.

La cancha de basquetbol es hoy un tribunal popular. Hombres encapuchados con escopetas y rifles al hombro custodian las esquinas, al centro una mesa guarda lugar para las autoridades de los poblados, los invitados de honor. La plancha de cemento la ocupan unas quinientas personas ansiosas, no tanto por el calor que los hace sudar a chorros, como por el inicio del desfile: hoy conocerán el rostro de quienes, dicen, han matado, secuestrado, extorsionado y violado a los habitantes de la zona en los últimos meses.

Alrededor de la cancha los niños corretean por aquí y por allá, los estudiantes recién salidos de la escuela se acercan curiosos, el casi centenar de medios de comunicación nacionales e internacionales peleamos por un lugar en el minúsculo cuadro destinado para nosotros y, en el otro extremo, las señoras cocinan un caldo rojo y grasiento en grandes cazos sobre las fogatas improvisadas al aire libre. Porque hoy, a esta fiesta, todos están invitados.

Es el último día de enero y estamos en El Mezón, una comunidad indígena del municipio de Ayutla, en la Costa Chica de Guerrero. Llegar aquí desde la ciudad de México nos llevó unas seis horas en automóvil y, a media carretera, otros tantos retenes militares, de policías federales, de guardias civiles encapuchadas, hasta uno de niños que piden dinero para tapar los baches del camino y otro de la reina de la primavera que, vestida con su amplio traje de holanes, también pide cooperación para su fiesta.

Bajo el techo de lámina el público hierve como el caldo de res que cocinan las mujeres. Un hombre se presenta como comandante Guerrero, da la bienvenida e invita a dos supuestas víctimas del crimen a dar su testimonio. Lo hacen bajo la capucha, para proteger su identidad. El primero es un comandante quien dice que los criminales lo agarraron en venganza por haber detenido a uno de los malos; el segundo es un comisario de Rancho Nuevo quien asegura haber sido secuestrado por no querer pagar extorsión a los delincuentes.

Entonces sí, comienza el desfile.

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