El andar de Elisa Carrillo
Un perfil de la "prima ballerina" mexicana del Ballet Estatal de Berlín.
octubre 29, 2019

Elisa Carrillo sorprendió en la Escuela de Bellas Artes desde niña cuando audicionó por primera vez para estudiar ballet. Formada en Londres como bailarina clásica, llamó la atención al aparecer en las carteleras personificando a una Blanca Nieves de piel morena en la Ópera de Berlín. Ése fue el inicio de todo. Desde entonces ha construido una carrera prolífica, convirtiéndose en una de las mexicanas más destacadas de la danza. Este año, la chica originaria de Texcoco, y primera bailarina del Ballet Estatal de Berlín, ganó en Moscú dos importantes reconocimientos. 


Esta noche no le brilla el cabello negro hasta la espalda baja. Lo lleva recogido en un chongo, de ésos tan relamidos que parecen apretar su cabeza ovalada, y desnuda su piel morena que se asoma por el cuello hasta sus hombros. Aparece en el escenario del Conservatorio Nacional de Música como recién desprendida de un campo de algodón, envuelta en un tutú vaporoso salpicado de pedrería y coronada con plumas blancas. Es Odette, a la que el malvado Rothbart ha convertido en cisne, y que se para en puntas a llorar por su amor en una pieza de El lago de los cisnes, que musicalizó Piotr Tchaikovsky, y cuya coreografía se debe a Marius Petipa.

Es la velada de un domingo de septiembre de 2019, en la Ciudad de México. Ahí está Elisa Carrillo, que a sus 38 años se encuentra en la cima de su carrera como prima ballerina del prestigioso Ballet Estatal de Berlín, y que es originaria de Texcoco. Ella es una de las invitadas del PopUp Experience, una muestra de danza y música en México que reúne a artistas de distintas disciplinas en recintos culturales como éste. Carrillo forma parte de este programa, luego de haber ganado en Moscú, el presente año, dos de los reconocimientos más importantes de su gremio, el Alma de la Danza y el Benois de la Danse, que se suman a diversas medallas al mérito.

Entre la oscuridad en un escenario pequeño, sin adornos y ante el público, Carrillo levanta sus brazos como si éstos fueran a desprenderse y posteriormente agita con suavidad las muñecas en el aire. Lo único iluminado es su tutú que luce casi transparente bajo los reflectores. Cuando las manos se sincronizan con sus empeines, la parte frontal de sus pies —que en ella parecen de goma cada que se levanta en puntas—, ella comienza a deslizarse dando múltiples giros.

Carrillo, finalmente, luego del andar de su rutina y como proclamándose a sí misma, cierra con una reverencia. El público se levanta entre aplausos, y entonces ella regresa a su camerino.

***

Aunque en el Conservatorio la distancia entre el público y el escenario es cortísima, esta cercanía es sólo una ilusión del acceso a Elisa Carrillo. Cualquier periodista que pretenda llegar a ella y hacerle una entrevista, se enfrenta a un muro infranqueable de presentaciones en distintas partes del mundo, una agenda saturada en Berlín y un círculo de colaboradores todo el tiempo protegiéndola. Todos quieren estar con ella, artistas, compositores o funcionarios públicos. Luego de un sinfín de correos y llamadas telefónicas con su coordinadora de comunicación, de atacar por todos los frentes, incluso a través de su cuenta de Twitter (@ElisaCarrilloC) y de la Fundación Elisa Carrillo Cabrera, A.C. —que la bailarina fundó en 2012 con el propósito de impulsar el desarrollo de la danza en México y de apoyar a los talentos emergentes—, se confirmó una entrevista telefónica. Treinta minutos. Carrillo tiene estrictamente medido el tiempo, dijeron, y era preciso que tras colgar ella continuara con sus actividades.

—¿Bueno?… Hola… Estaba esperando tu llamada —suena al teléfono.

El timbre de su voz es delicado. Detrás uno imagina su rostro de nariz respingada y esa forma tan suya de caminar, tan rigurosamente erguida, pero suave en su andar, que se apasiona andando en puntas para encontrarse a sí misma en múltiples personajes. Del otro lado del teléfono, quien llena auditorios con aforo de hasta diez mil personas, parece que la voz tiembla.

Carrillo habla de la danza como quien le debe el máximo respeto, segura de que le ha dado todo en la vida, una carrera triunfal: la ha hecho viajar, le ha permitido conocer otras culturas y dominar idiomas. Es el origen de todo el movimiento de su cuerpo. Y cuando habla de los brazos y de las piernas, de los pies y de las manos, el tiempo no se detiene.

—Siempre es el cuerpo el que habla, tus brazos, la manera en que reacciona tu cabeza, tus pies. Es algo que tenemos desde que nacemos. Si te pones a pensar, cuando estamos tristes o enojados, todo se ve reflejado, ésa es la expresión del cuerpo. Hablamos con nuestro cuerpo. Justamente eso es lo que te da la danza. Emociones.

Cuando a Carrillo se le pregunta si a estas alturas hay escenarios que le imponen, ella responde, segura:

—Imponen mucho y eso como bailarín y como artista te puede afectar. Creo que cada uno tiene su parte difícil. Sobre todo cuando vas a uno nuevo. Hay algunos muy grandes. Uno de los que más me ha impactado ha sido el del Teatro Kremlin, del Palacio del Kremlin en la Plaza Roja en Moscú. Es inmenso y me da una sensación de ser una hormiguita; hay momentos en que te sientes un poco perdida al principio, porque te metes a un lugar donde no se ve nada y estás sola, completamente sola.

Bellas Artes le parece cálido, íntimo, la cuna del arte en México, donde debutó en 1990 con la Compañía Nacional de Danza Clásica siendo una niña de nueve años con su participación en El Cascanueces, presentado con coreografía de Lev Ivanov y de Marius Petipa. Algunas ocasiones en el Auditorio Nacional ha resentido una gran distancia con el público de lo grande que es. Cuenta apasionada que el Teatro Bolshói de Moscú está inclinado, y aún así es bellísimo, lleno de oro y lleno de luces.

—Pero creo que es muy importante el momento de tu carrera en el que te presentas y cómo vas preparada.

Los días que se presenta en esos lugares, Carrillo trabaja hasta las dos de la tarde, come y descansa hasta las cinco, momento en que regresa a los teatros a fin de alistarse para las presentaciones; su agenda dicta que sus días terminan por lo general a la medianoche. Si tiene una función en otro país, entonces no duerme, por el cambio de husos horarios, o duerme muy temprano. Su rutina siempre es demandante.

—¿Tienes tiempo para dormir?

—¡Uy!, no, no. Ya me he acostumbrado a no dormir, me he vuelto un vampiro, porque es la única manera; teniendo cosas que hacer en México con la fundación, con el cambio de horario, cuando aquí ya me quiero dormir es el momento de empezar a trabajar allá. Digamos que es parte de la vida y hay que aprovechar esta época en que se están dando las oportunidades.

Carrillo habla sobre Danzatlán, el Festival Internacional de la Danza que organiza su fundación desde 2018, con la intención de inquietar a la gente para que se acerque a la danza a través de conferencias, clases magistrales y funciones gratuitas con primeros bailarines de la talla del Mariinsky Theater Ballet, el Bolshói Ballet, Mikhailovsky Theatre Ballet, Norwegian National Ballet, New York City Ballet o de la Ópera Semper de Dresde.

—Ya no sé si sueño… A veces creo que sueño que ya va a empezar la función y no tengo las zapatillas puestas, y que tengo que correr. Sueño a que llego tarde. Creo que mi vida es así.

***

Elisa Carrillo vive reivindicándose en los teatros. Se alimenta de esa relación simbiótica en la que sus experiencias le permiten perfeccionarse en la interpretación, al tiempo que sus roles la preparan para las circunstancias de la vida. En esa relación, encuentra uno de los principales motivos de vida, se obsesiona de forma descomunal hasta pretender amar hasta la muerte como lo haría la Julieta que interpretó por primera vez en Romeo y Julieta en 2014, o a desvivirse escribiendo cartas pasionales como la Tatiana en el tercer acto de Oneguin, del ballet adaptado de la novela en verso Eugene Oneguin de Aleksandr Pushkin, a la que estelarizó en 2018.

Pero la manía de sentir como lo harían sus personajes en un mundo real no se limita a las pasiones deleitables, también trata de cuidarse de la maldad como lo haría la Blanca Nieves a la que dio vida descalza con la coreografía del francés Angelin Preijocal en 2011, rol que le dio fama internacional; se obliga también a sentir las injusticias como la Esmeralda que la hizo debutar en el Teatro Bolshói en 2010, ballet homónimo inspirado en la novela Nuestra Señora de París de Victor Hugo.

—Para interpretar debes de sentirlo en tu corazón. Es importante haber estado enamorado, haber sufrido en algún momento para poder saber el carácter que estás representando. Por lo menos siempre que tengo que expresar algún momento difícil leo el libro de lo que estoy bailando, trato de buscar información, investigo. Si es una historia muy conocida, trato de compararla con algo que ya he vivido para acordarme de tales momentos. El punto es ponerme en la situación y poder sentirla.

Luego de una pausa, añade.

—Cuando he reinterpretado roles, por ejemplo diez años después de la primera vez que los bailé, como ya he vivido muchas cosas en ese tiempo, los interpreto de otra manera o me vienen otras maneras de hacerlos en el escenario.

“Esa preparación es lo que hace que, cuando la ves en escena, sea como magia. Su parte artística te envuelve y realmente te crees lo que estás viendo. Es una bailarina elegante, entrenada. Hay bailarines muy jóvenes que no les duele nada el cuerpo pero les falta la parte artística, la interesante de ver. Con Elisa es ver arte y por un momento olvidarte del tiempo. Sólo mirar”, dice en entrevista el coreógrafo Diego Landín para Gatopardo.

Elisa Carrillo

Formada en Londres como bailarina clásica, llamó la atención al aparecer en las carteleras personificando a una Blanca Nieves de piel morena en la Ópera de Berlín. Ése fue el inicio de todo.

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Elisa Carrillo es la menor de tres hermanos, aunque fue la primera en irse de casa. Ulises, el mayor, nació en Chiapas, Miguel en Nayarit, y ella en Texcoco, en el Estado de México, el 31 de octubre de 1981. Los tres son hijos de Elisa Cabrera, una médico de profesión, y Miguel Carrillo, un ingeniero agrónomo. En la casa donde creció, ubicada en la colonia Paseos de Taxqueña, de la Ciudad de México, vive su mamá. Para llegar, se tiene que cruzar una avenida de fachadas empedradas y bugambilias desbordantes hasta encontrar una casa blanca con zaguán de madera y dos timbres (uno para la casa y el otro para el consultorio).

Es una mañana de finales de agosto de 2019. La doctora Cabrera, como la llaman los colaboradores cercanos de su hija, anuncia su presencia bajando por las escaleras. Camina quejándose de un dolor en el hombro, pasa frente a una pintura que muestra a su hija bailarina con un vestido blanco mientras su cabello ondea con vientos imaginarios, y se detiene unos segundos frente al jardín de bugambilias y enredaderas que se ve desde las ventanas. Ella es la manager de Elisa Carrillo. Tiene los ojos profundos, rasgados y la mirada serena. Trae una blusa de flores bordadas y un pantalón negro. No responde al estereotipo de un representante artístico apresurado, que termina una llamada cuando ya tiene otras en espera.

La doctora pregunta si es necesario detener la licuadora que suena a lo lejos. Pide que me acomode y se sienta en uno de los sillones.

—CNN se te adelantó, vinieron a hacer lo mismo que tú, pero para la tele, va a salir en todo Latinoamérica… ¿Entonces quieres saber realmente de los orígenes?

—Sí.

—Te voy a platicar. Yo soy chiapaneca, de la zona del Soconusco, pegada al río Suchiate, de un lugar que se llama Rosario Izapa, que era un Centro de Investigación del Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas. Mi padre ahí trabajaba, primero fue chofer, después perito agrícola. Nosotros crecimos ahí, en un lugar maravilloso. Éramos súperpobres-pobres-pobres.

De niña escuchaba el rumor del Suchiate que corría cerca del pueblo donde se crió, llenándose los ojos de exuberante vegetación que impregnaba el aire a olor de café, caña y cacao. Era la mayor de siete hermanos, a los que tenía que enseñar a no temer a las boas, ni a las víboras de cascabel, ni a las coralillo.

—Era un lugar donde vivían solamente los ingenieros agrónomos que trabajaban ahí, el instituto tenía mucha influencia de Chapingo, la Escuela Nacional de Agricultura que formaba a los agrónomos de este país, y todos los agrónomos iban como practicantes a ese campo a ver todo lo que se estaba haciendo de trabajo de investigación y de mejoramiento genético del café o el cacao.

Su esposo, Miguel Carrillo, era un joven nayarita recién graduado de ingeniería agrónoma cuando la conoció, a los 17 años. Se conocieron en el campo de Rosario Izapa, donde se casaron y nació su primer hijo, Ulises. El peregrinaje por distintas tierras vendría después. Se mudaron a Nayarit, donde nació Miguel y, cinco años más tarde, a Texcoco, donde nació la única mujer.

—Nos fuimos a Texcoco porque mi marido iba a dar clases en Chapingo, y yo empecé a estudiar de nuevo la preparatoria. Con Elisa dándole pecho, yo me iba a la preparatoria; estuvimos ahí hasta que Elisa tendría casi seis años. Después mi esposo empezó a trabajar en la Ciudad de México, entonces tuvimos que venirnos para acá, y así yo podría estudiar medicina.

Primero llegaron a la calle de Ciencias en la colonia Escandón, luego se mudaron a la calle de Londres, en la Del Carmen, a una cuadra de la casa de Frida Khalo, que en ese entonces no era tan visitada como lo es ahora, y donde madre e hija pasaban tardes enteras.

La doctora Cabrera quiso siempre que su única hija caminara derechita y elegante, por eso la matriculó en clases de ballet a los seis años en una academia que recién habían inaugurado a pocas calles de su casa en la Escandón. En una entrevista de 2012 para Mexiquense TV, su papá declara: “Nunca hubo la idea de iniciarla en la danza, pasó como pasan muchas cosas en la vida. Empezó a ir en las tardes a ballet solamente para que se entretuviera en algo. No había ninguna pretensión”.

Aprendió rápido, como también lo haría en la Escuela de Iniciación Artística No. 1 del Instituto Nacional de Bellas Artes. Su madre había recibido las observaciones de varios profesores que insistían en profesionalizar las aptitudes de su hija. Todo anunciaba un futuro prometedor.

Por aquellos años, Elisa era una niña inquieta que descubría el movimiento de su cuerpo, que se alegraba con la música y que en tardes doradas solía sentar a sus papás en la sala para actuar ante ellos obras de teatro que le venían de la imaginación. Siempre tuvo la necesidad de expresarse, de crear su propio escenario. Desde entonces tuvo esa conexión, aunque al
principio ella misma ni lo sabía.

—Un día fuimos a ver la Sílfide y el Escocés al Palacio de Bellas Artes, era la primera vez que ella iba. Me dijo: “Mami, yo quiero ser como esa muchacha”. Y me señaló a la primera bailarina. Yo le dije que lo sería.

Se abrió el telón y de repente vio todo ese mundo que parecía de fantasía.

—Dije “quiero estar ahí” —declaró Elisa Carrillo en una entrevista para el canal de YouTube del Monterrey International Ballet Gala, en 2019.

***

En 1990, Elisa Carrillo ingresó a la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea de Bellas Artes, tenía ocho años y la impresión que generó en la maestra Elsa Recagno —fallecida en 2013— durante el examen de admisión fue tal que la mujer interrumpió la plática que impartía a los padres de las aspirantes para preguntar por la madre de esa niña prodigio, y solicitarle que le permitiera quitarle el atuendo para dejarla sólo en calzoncillos y corpiño y confirmar sus proporciones físicas.“Para bailar el ballet clásico se necesita una cierta proporción, piernas largas, pies con mucho empeine, el cuello largo, la cabeza ovalada. Luego viene una prueba de condiciones, donde se le ve la flexibilidad, el en dehors, que es la rotación hacia afuera de la región pélvica y de los pies. Elisa cumplía con todo”, declaró Recagno para Mexiquense TV en 2012.

Carrillo tenía 14 años cuando ganó la medalla de oro del Concurso Nacional de Danza Infantil y Juvenil en 1996, que la llevaría a Londres un año después. Su mamá se dedicó a buscar financiamientos porque era la única posibilidad que su hija tendría para irse, ya que la beca le cubriría el pago de colegiatura pero no la manutención, por lo que tras la insistencia de su madre obtuvo el apoyo del Instituto Nacional de Bellas Artes y el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.

Carrillo había agotado los estándares de excelencia en México, era el momento de demostrar que de un tercer mundo en desventaja también surgen las grandes figuras. Entonces en 1997, a los 15, empezó a medirse con los amos de la danza cuando entró al English National Ballet School en Londres, donde permaneció hasta 1999. Ya no era un asunto de talento, ni tampoco faltaría mucho para que sus empeines demostraran su evolución en los idealizados teatros: el Bolshói en Rusia, el Palacio de Bellas Artes en México, el Deutsche Oper de Alemania. Quedaba sólo esperar.

A pesar de que cuando arribó a Europa —donde se encontró con la elegancia y precisión de los ingleses, con la distinción de los rusos al erguirse, con el magnífico vuelo de pies de los franceses— ya habían pasado muchos siglos desde que el ballet fue una cosa aristocrática para nobles con pelucas rizadas (y sólo quedan retratos pintados al óleo), un fantasma purista se empeñaba en recordarle su origen:

—Te voy a decir una cosa, me acuerdo que tuve un maestro que me decía que las bailarinas todas eran de piel muy blanca —dice al teléfono una mañana de agosto de 2019, sobre los años en que estuvo en Londres—. Mentalmente me llegué a sentir en desventaja, porque me sentía diferente. El color de mi piel, el color de mi pelo, creo que a veces me llegó a hacer sentir inferior. Entonces de repente empiezas a crear ese sentimiento de inferioridad, porque aparte estás en otro país, donde son expertos en danza clásica, países que son culturalmente muy fuertes y yo venía de uno que aún no ha sido reconocido en ello.

No requirió mayor solidaridad que la suya para arropar sus sueños, pronto se reconcilió con el tono de su piel y la negrura de su cabello. “Reclamó su lugar en el mundo diciendo ‘soy mexicana, soy diferente, y soy una buena bailarina’”, dice el coreógrafo Landín.

—Después me di cuenta de que ser diferente fue algo que benefició mi carrera —dice.

Elisa Carrillo en una de las funciones de la Galade Estrellas “Elisa y Amigos” en el Auditorio Nacional.

Elisa Carrillo en una de las funciones de la Galade Estrellas “Elisa y Amigos” en el Auditorio Nacional.

***

—Fue la primera en irse. Siempre a la casa venían los amigos de mis hijos, los de Elisa. Me hablaban de repente, mami, ¿puede ir sutano y fulano a comer? Entonces en esta casa siempre se cocinaba para 9 o 10 personas. Siempre había mucho bullicio. Las novias, los amigos, las amigas, y mi marido también trabajaba acá —dice la doctora Cabrera.

Hoy aquel bullicio ya no se escucha más. Ahora en esta sala, Silvita, la doméstica que trabaja en la casa de Paseos de Taxqueña, sostiene una jarra de agua
de jamaica mientras trata de acomodar sobre la mesa tres vasos de cristal. La doctora interrumpe la charla para pedirle que no haga tanto ruido, la desconcentra. Y regresa al relato.

—Cuando le ofrecieron la beca, ella no lo dudó ni un momento, dijo “sí, mami”. Yo le vi todo el amor y toda la emoción y dije, bueno, la llevaré a Londres.

—¿Qué recuerda de ese día?

—Todo, no se me olvida nada, nos fuimos por Delta a Nueva York y de Nueva York a Londres. Entonces Elisa había participado en un concurso, y los resultados iban a salir el día que nos fuimos, muy temprano, y cuando llegamos a Nueva York, en la sala de espera alguien había olvidado el Reforma, y se leía “Mexicana a la conquista de Europa”, y estaba Elisa en el encabezado. Como que sentí algo raro, pero no dije nada, sólo recuerdo ver hacia afuera y ver en el aeropuerto todo el movimiento, se veía cubierto de niebla. Así lo veía.

Estuvieron juntas el primer mes en que arribó a Londres. Lo primero que hicieron fue ir a la casa de los Wilson, la pareja de jubilados con los que Elisa Carrillo vivió los dos años que estudió en el English National Ballet. Ahí vivían 17 niños que compartían un solo baño y dormían en cuatro recámaras con literas, bajo las que guardaban las maletas que contenían su ropa. Durante esas semanas permanecieron una al lado de la otra, recorrieron en metro el camino que haría Elisa para llegar a la escuela, y después llegó el día en que Elisa tuvo que hacerlo sola, y adaptarse a un nuevo idioma y a una nueva ciudad.

Silvita, como la llama la mamá de Elisa, licua algo en la cocina, mueve los trastes, abre la llave de agua. Falta poco para la hora de la comida.

—Como madre es muy difícil, no te acostumbras. Pero bueno, mira, cada familia tiene su historia, cada familia tiene que pagar un precio por el éxito.

***

Elisa Carrillo pronto asimiló que el dolor físico sería parte de su vida, que no habría un solo día en el que no tuviera algún dolor, y que las ampollas o las uñas que amorataban sus pies significaban sólo una cosa: perfección en la ejecución. Si quería llegar a ser prima ballerina habría entonces que generar resistencia.

Su sueño comenzaba a volverse realidad cuando una tarde de 1999, Reid Anderson, el director de la compañía alemana Ballet de Stuttgart, visitó un ensayo del English National Ballet School, en Londres, donde la observó bailar en una coreografía. Entonces ella tenía 18 años, su segundo año en Europa. Días después, la directora del colegio le avisó que Anderson quería que audicionara. Pero antes le llamó a su madre y pidió que le reiterara su apoyo y le recordara lo buena que era ella. Que se lo repitiera. Pero aquel día salió triunfante: logró los movimientos solicitados y marcó los ritmos adecuados.

—Cuando llegué a la audición, me dieron boletos para ver una función de la compañía. Pero al ver el ballet tan maravilloso con súperbailarines, pensé que jamás me iban a aceptar. Estaban bailando Oneguin, algo muy importante para los rusos, es de los ballets más relevantes de John Cranko, que fue el fundador y coreógrafo más renombrado de Stuttgart —cuenta Carrillo en un video de su página de Facebook.

Se mudó a Sttutgart, una ciudad al suroeste de Alemania, rodeada de bosques, haciendo conexiones entre trenes y cargando maletas de 32 kilos. Ingresó a la compañía de ballet fundada en la década de los sesenta, y estuvo a prueba intentando igualar en rigor a sus nuevos colegas, hasta que pasado un año, en 2000, firmó contrato como parte del cuerpo de baile. Tuvieron que transcurrir todavía cuatro años más para que alcanzara el grado de solista secundaria, y bastó sólo uno más de disciplina para que en 2006 la ascendieran a solista. Tenía 25 años. Con ese ritmo, pronto llegaría a ser de las que se acababan los pares de zapatillas con cada función.

—De los roles que más he disfrutado y que tiene un significado mayor para mí es Tatiana de Oneguin, porque es un ballet que desde que lo vi por primera vez me conmovió muchísimo —dice Carrillo al teléfono—. Es un rol en el cual en tres actos vives toda una vida. Hay partes dramáticas, una historia de amor, de sufrimiento, y son cosas que me han pasado. Siento que es un ballet muy completo porque además también tiene una gran dificultad técnica, una interpretativa, y una música bellísima.

En el Ballet de Sttutgart pudo presentarse como parte del cuerpo de baile siendo una de las willis, los jóvenes espíritus que murieron vestidas de novias sin poder llegar al altar y se aparecen iluminadas bajo la luz de la luna en pleno lamento mientras acompañan a la protagonista en Giselle, un ballet de dos actos con música de Adolphe Adam e inspirado en la leyenda germánica de Heinrich Heine. Tenía todo para perfeccionar, la armonía en los movimientos, la posición del cuerpo, pero participar en Giselle era ya señal de un futuro que no podía detenerse.

Carrillo podía lo mismo ser una sílfide (esos seres irreales dotados de gracia que danzan con infinitas notas de Frédéric Chopin y coreografía de Mijaíl Fokin en Las sílfides), que una de esas bailarinas centelleantes que acompañan al príncipe Sigfrido (en el icónico Lago de los cisnes) que se enamora de Odette. Carrillo estaba proyectándose como tanto lo había deseado cuando miraba a las bailarinas desde los auditorios de Bellas Artes en México.

Durante siete años, y con entrenamientos constantes, trabajó primero como solista secundaria, y luego como solista, pero el verdadero reto vendría en 2007, cuando Vladimir Malakhov —a quien había conocido ocho años atrás en Stuttgart como primer bailarín— le ofreció irse al Ballet Estatal de Berlín, donde él era director. La propuesta era irse a la capital alemana pero regresar a solista secundaria. En una nota de la revista Líderes Mexicanos, el periodista Jacobo Bautista escribió: “Para Carrillo el momento más difícil de su carrera fue en 2007, porque tenía que decidir entre permanecer en el Ballet de Stuttgart donde ya era solista y con muchas posibilidades de ser primera bailarina o emigrar a Berlín, lo que implicaba bajar a secundaria y volver a luchar y abrirse camino”.

Carrillo asumió el reto. Dejó la tranquilidad de la ciudad de Stuttgart convencida de que sería en Berlín donde el mundo la conocería. Dos años después, en 2009, ya era solista en el Ballet Estatal de Berlín. El público y la crítica alemana encontraron en ella un acontecimiento: una Blanca Nieves morena y mexicana sobre el escenario de la Ópera Alemana de Berlín. Estaba aprovechando al máximo la oportunidad de Malakhov, en un montaje moderno de Blanca Nieves, con coreografía del francés Angelin Preijocal y con el vestuario diseñado por Jean Paul Gaultier. Las carteleras de Berlín mostraban una fotografía donde ella aparecía con el pecho desnudo reposando sobre manzanas rojas, con el cabello negro, suelto y largo. “La imagen de Elisa Carrillo dio la vuelta al planeta, la protagonista del estreno mundial de Blanca Nieves”, publicaba Proceso.

“Más felina que dulce, con una cabellera azabache como quiere el cuento y de tez menos blanca de lo que pensaron los hermanos Grimm, Carrillo se alzó como heroína en Blanca Nieves, estrenado hoy como parte de la temporada berlinesa […] La Blanca Nieves mexicana no precisa más imán que ella misma para acaparar ovaciones”, dijo El Universal.

Blanca Nieves es uno de los ballets más importantes en mi vida. Tiene algo de amor, es una historia que de cierta manera puedes vivir en tu vida, a pesar de ser un cuento de hadas —dice Carrillo—. La versión de Blanca Nieves que tenemos aquí, que es una versión contemporánea, que bailé descalza, era una Blanca Nieves de otro tipo de movimiento, no era como una niña inocente, sino una mujer más madura.

Esta interpretación la posicionó entre la prensa y el público alemán como la favorita. Dos años después, tras cumplir cuatro temporadas como solista, por fin llegó el nombramiento: Elisa Carrillo era primera bailarina del Staatsballett Berlín. Era julio de 2011 y transcurrieron dos meses para su debut, que fue en septiembre. En México comenzaron a llamarla la
Princesa mexicana del ballet. 

La gala del debut inició con la presentación de todo el cuerpo de baile, después el director de la compañía Vladimir Malakhov presentó a Carrillo ante más de 1 800 espectadores, en un pas de deux con música de Verdi, así como una coreografía de la turca Zeynep Tanbay con música de Philip Glass. Para Carrillo, la experiencia era como interpretar a un ser querido que tiene que irse de su vida, declararía después. Al concluir, el público se volcó en ovaciones.

Asimiló que el dolor y las ampollas o las uñas que amorataban sus pies significaban una cosa: perfección en la ejecución.

Asimiló que el dolor y las ampollas o las uñas que amorataban sus pies significaban una cosa: perfección en la ejecución.

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Es una tarde de julio de 2019, Mijaíl Kaniskin estira las piernas y espera a que los niños hagan lo mismo. Él los sigue con sus ojos azules. Todo esto lo vemos desde los espejos de uno de los salones de la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea, en la Ciudad de México, donde se multiplican los pies de los niños con potencial que aprovechan la posibilidad de instruirse con el primer bailarín del Staatsballet Berlín, formado en el Bolshói, y quien ganó junto a su esposa (Elisa Carrillo) el Premio a la Mejor Pareja en el Festival Internacional Dance Open de San Petersburgo (2013). La clase forma parte de Danzatlán, el festival que él y su esposa organizan en México, en el que ofrecen funciones gratuitas con los bailarines más reconocidos del mundo y clases magistrales, y becan a los más aptos para prepararse en Alemania.

Kaniskin y Carrillo se conocieron en el cuerpo de baile de Stuttgart, y durante 19 años han interpretado roles en pareja con el Ballet Estatal de Berlín; la prensa los ha fotografiado juntos en galas, y tienen a una niña pequeña de tres años, Maya.

La clase concluye y los niños esperan a sus padres en el pasillo. Kaniskin se cambia la ropa de ensayo, unos pants holgados por un pantalón de mezclilla, su playera por otra limpia, y se pone una chamarra negra de cuero tras un pequeño mostrador en la esquina del salón.

—Mira, hay doctores que pueden ayudar con los dolores, de pierna, de todo, nosotros hacemos algo para el alma. Es súperimportante despertar sentimientos que la gente llega a olvidar en la vida cotidiana. Yo no sé por qué en México no usan el ballet como una arma contra la violencia. Sin arte estamos muertos.

Carrillo creó la Fundación Elisa Carrillo Cabrera en 2012 para democratizar el ballet en un país donde gran parte de las academias son privadas, y en un esfuerzo por hacer más fácil el acceso a la danza para la población. También a través de esta asociación civil intenta subir el nivel del ballet mexicano, en conjunto con la Compañía Nacional de Danza, invitando a algunos de los mejores coreógrafos y bailarines del extranjero.

—Lo que ha motivado a Elisa a hacer esta empresa es pasión pura. Stanislavski dijo una vez “el artista en escena está realizado”; una vez que entras en escena cualquier persona o cree en ti o no, y Elisa tiene mucha pasión en lo que hace. El público la ama. Todo el país la ama y eso la hace diferente.

Kaniskin hace una pausa, pensando en las palabras a decir, y continúa.

—Nosotros bailamos juntos y bailar con alguien a quien amas es bailar con tu alma desde el principio hasta el final.

Por momentos, se esfuerza por los adjetivos, responde a ratos en inglés y a ratos en español. Recuerda que en Rusia, de donde es originario, hay muchísimas bailarinas que son excelentes pero fue Carrillo, una mexicana, la galardonada del Alma de la Danza 2019, el mayor reconocimiento en Rusia, creado en 1994 por el Ministerio de Cultura de la Federación Rusa y los editores de la revista Ballet, la cual ha reconocido a diversos personajes del mundo por su labor en la danza.

—¿Qué transmite Elisa cuando baila?

—Ella es la luz, es pasión. Algo especial. Es muy difícil tratar de decirlo con palabras. Cada interpretación en ella es diferente, y es verdaderamente especial. Es un fenómeno. ¿Qué te puedo decir? La amo.

Suena un teléfono que lo interrumpe.

—Estoy terminando clase, estoy en una entrevista —dice Mijaíl al contestar—. ¿Por?, ¿tú en dónde estás? Vamos al hotel y después a Bellas Artes. Ok, besito, bye.

Vuelve a la silla y se acomoda la chamarra.

—La danza me ha dado todo. Me dio a mi familia. Soy un hombre muy afortunado, te lo digo. Trabajamos en la misma compañía, en el mismo equipo, hacemos roles juntos. Tienes que ser extremadamente afortunado.

Se acercan unos niños a pedirle un autógrafo. Él les sonríe, les firma las libretas y algunos se toman una selfie con él.

***

El Prix Benois de la Danse es el premio internacional más prestigioso del mundo, creado en 1991 por la International Dance Association en Moscú, y con el objetivo de reconocer a bailarines, coreógrafos y compositores. Carrillo lo recibió en mayo pasado en el Bolshói por su papel de Julieta en Romeo y Julieta, que escenificó en 2018 con el Ballet Estatal de Berlín y con la coreografía de Nacho Duato.

—He bailado dos versiones de Julieta, una contemporánea y una clásica-clásica, son muy diferentes, pero me encantó representarlas —dice Carrillo nuevamente al teléfono—. Aparte, todo mundo lo sabe, desde muy pequeño se tiene el primer amor, todo mundo se enamora en algún momento y sufre por el amor y quieres dar todo por él, es algo que pasa en la vida. Entonces las dos Julietas pude vivirlas al cien y realmente dejarme ir.

Cuando le llegó el correo que le anunciaba su nominación, se soltó a llorar, y el día de la ceremonia, bajo las luces de los reflectores del Bolshói, se preguntó si realmente era su nombre el que pronunciaban por los micrófonos. Pero después del shock, pasó a recibir la estatuilla. 

Actualmente ensaya el nocturne pas de deux de Emeralds, la obra maestra de George Balanchine que está tomada de las suites de concierto de Gabriel Fauré. De hecho, para las fotos que acompañan esta nota, Adam Wiseman pudo tener acceso a los ensayos durante una jornada de septiembre en la Deutsche Oper de Berlín. En diciembre estrenará un ballet del coreógrafo sueco Alexander Ekman, que será una creación para la compañía estatal alemana, y a finales de año, La Bayadera, en la que interpretará a Nikiya, una historia escrita durante la Rusia zarista por Marius Petipa. Aunque sus ensayos son tan absorbentes, Carrillo disfruta hacer estos personajes a pesar del tiempo, de la agenda y de los compromisos a contra reloj.

—Digamos que hay tantos roles que llegan en algún momento de tu vida, que te llegan mucho al corazón.

—¿Habrá alguno que no hayas bailado y quieras interpretar?

—Bueno, siempre hay muchos roles que quisiera hacer, te puedo decir que dos de los que siempre he querido interpretar y no me ha tocado hacer todavía es Margarita, de La dama de las Camelias, y me encantaría hacer Carmen, también. Como bailarina siempre habrá cosas que vas a bailar, habrá cosas que no bailarás, y siempre te quedarás con la ilusión.

—¿Disfrutas más bailar sola o en pareja?

—Cuando bailas con alguien que te conoce por dentro y por fuera al cien por ciento, que lleva muchos años de estar contigo, te puede dar la tranquilidad de que no importa lo que pase, va a estar ahí. No puede haber algo más bello que eso. Es confianza al máximo, porque siempre pueden pasar cosas en una función en vivo, siempre, algo puede fallar, o algo se te puede olvidar o la música va más rápido de lo normal, o más lento o las luces te molestan, o el vestuario es incómodo, o estás nervioso.

—¿Qué piensas de que te consideren la mejor bailarina?

—Cuando me dicen “¡eres la mejor bailarina del mundo!”, les digo “es que no, no es cierto, a lo mejor soy una de las más reconocidas. Una de las más destacadas, sí, eso sí puede ser”. Sé que he recibido algunos de los reconocimientos más importantes en el mundo de la danza. Es un honor para mí, creo que todavía hay mucho que hacer.

Elisa Carrillo baila en un ensayo del nocturne pas de deux de Emeralds, en la Ópera de Berlín.

Elisa Carrillo baila en un ensayo del nocturne pas de deux de Emeralds, en la Ópera de Berlín.

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Es una noche de julio de 2019 en el Auditorio Nacional al pie de Paseo de la Reforma. La gente en una larga fila espera a comprar sus boletos para la Gala de Estrellas “Elisa y Amigos” en la taquilla. La gente ha venido a ver a algunos de los mejores bailarines de la danza internacional que desde 2012 se presentan cada año por invitación de Carrillo. Faltan 15 minutos para que inicie, pero algunas niñas con tutús y mallas rosas y blancas siguen comprando playeras con la imagen de la bailarina, plumas y llaveros que simulan ser zapatillas de ballet.

Mientras el público se esfuerza por hallar un halo de luz en el escenario, el violoncello anuncia la presencia de dos siluetas que se encuentran en escena. Se trata de Elisa Carrillo y Marcelo Gomes, que pronto se convierten en un asterisco que da maromas. Carrillo ha decidido que esta noche no habrá mayor sutileza que la suya. A la ejecución de sus movimientos, de brazos extendidos que simulan abrir cortinas invisibles, y piernas que cortan el aire en líneas rectas, Carrillo baila entre la exquisitez y la conmoción, con ligereza, pero con la fuerza de un ninja.

Una ola de aplausos quiere salir de las butacas, sin embargo el público se esfuerza por sobrevivir al ahogo.

Marcelo Gomes ofrece sus manos extendidas para que ella pueda navegar por el aire, pero ella ya no responde. Permanece absorta, no salta, ni se extiende, ni se arquea, parece que Elisa Carrillo se ha fugado a otra dimensión. Así concluye el pas de deux de Amorosa, coreografiado por Ricardo Graziano, y el suspiro del público no se extingue aún.

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Es un domingo de junio de 2019 en el salón Los Ángeles, en la colonia Guerrero de la Ciudad de México, el espacio con más abolengo para la tradición, la salsa y el danzón. Elisa Carrillo trae puesto un vestido satinado color lila, su cabello suelto gira en toda su extensión mientras se menea al ritmo de la salsa. Sonríe y toma la mano de su pareja, que en este momento es un señor vestido de pachuco con zapatos de charol, un traje azul rey y sombrero blanco. Juntos dan vuelta bajo luces de neón.

Carrillo, la ganadora de tres premios internacionales de la danza clásica, vino a develar un par de zapatillas de ballet autografiadas a este salón donde se escucha la cumbia más pasional, la salsa seductora y una huaracha animosa. En este momento, Carrillo no vuela por los cielos infinitos del Bolshói, ni del Kremlin, ni del Bellas Artes mexicano, está en la pista poseída por el espíritu caribeño que le insta a sacudir la cadera y los hombros, revelando su gusto por la música guapachosa.


 

Aurora Villaseñor Mejía nació en Pachuca, Hidalgo. Es egresada de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado en El Universal, con entrevistas y crónicas en relación a la explosión del ducto de combustible en Tlahuelilpan y feminicidios en México; así como en la casa productora No Ficción, como asistente de investigación; en la sección web de Gatopardo con notas de personajes del ámbito cultural; y en la Cineteca Nacional, en la realización de síntesis informativas. Tomó el taller “De cerca nadie es normal”, impartido por Julio Villanueva Chang.

Adam Wiseman nació en 1970 en la Ciudad de México. Ha vivido en México, Escocia y Brasil. Estudió la licenciatura de Cine Etnográfico (1992) en la Universidad de Nueva York y cursó estudios de posgrado en el Centro Internacional de Fotografía (ICP) en Nueva York. El trabajo fotográfico de Adam Wiseman está marcado por su relación con el fotoperiodismo; su obra da testimonio de un profundo entendimiento de la imagen como un fenómeno que ocurre entre el documento y la intersubjetividad. En la actualidad, Wiseman trabaja como artista y fotógrafo independiente en la Ciudad de México y Londres.

 

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